83. La trola de la receta electrónica. Europedos.

por Nacho Mirás Fole

Cuando, como es mi caso, eres un paciente oncológico que se toma al mes un cargamento de pastillas, es posible que te pierdas en la cuenta y te quedes sin género antes de lo que pensabas. Me pasó el miércoles con el Septrin Forte, ese antibiótico de caballo que tengo que tomar tres veces a la semana para que una infección oportunista no me coma la vida a traición. Me di cuenta en el aeropuerto de Santiago, a punto de embarcar hacia Barcelona: ¡Mierda, estoy sin Septrin! Aprovechando que ahora el Servizo Galego de Saúde te deja hablar con tu médico de familia por teléfono si la cuestión es más técnica que propiamente sanitaria, lo cual habla bien del sistema, llamé al centro de salud y le conté el problema al doctor.

-No tengo cargado el antibiótico en la tarjeta y tengo que tomarlo. ¿Me lo pone? Me despisté…

-Ahora mismo.

Dicho y hecho. En segundos, un señor de bata blanca pulsó un botón en Fontiñas y la prescripción quedó registrada en la tarjeta sanitaria de mi cartera viajera. El futuro parecía la hostia.

“Ahora llego a Barcelona, voy a una farmacia y andando”, me dije. Iluso de mí; hubiera sido más fácil intentar la operación en París o en Sebastopol.

Ya en Cataluña, busqué una farmacia, que con las cosas de vivir mejor no se juega.

-Bon día. ¿Me podría despachar por favor el antibiótico que tengo cargado en esta tarjeta? (traduzco del catalán, que todavía me defiendo)

-Bon día. De ninguna manera, es una tarjeta de otra comunidad autónoma.

-Ya lo sé. Pero es de España. De Europa, en cualquier caso.

-Lo siento. No leemos recetas electrónicas de otras comunidades.

-¡No fastidie! Es un tratamiento que tengo que tomar sí o sí. Soy un paciente oncológico y esto es un antibiótico preventivo. Ya sabe, las defensas bajas… Pues cóbremelo al precio normal, me sella el envase y ya veré cómo arreglo.

-Le digo que no se lo puedo ni despachar sin receta.

-¡Pero la receta está aquí, en mi mano! Se lo estoy diciendo…

-Pero la Seguridad Social de aquí y la de Galicia no tienen sistemas compatibles. No tiene nada que hacer.

Me empecé a calentar, pero me contuve, que me conozco y acabo en el cuartelillo. Los Mossos no se andan con chiquitas…

-¿Qué hago entonces?

-Lo siguiente: Se va usted a un dispensario de este mismo barrio. Les cuenta que es un paciente desplazado, le asignan un médico, le da cita, lo atiende y convence usted al doctor de que necesita ese antibiótico. Si no se fiara, él llamaría a su médico a Santiago y lo arreglan. Entonces el médico de aquí le da una receta de papel, vuelve a la farmacia y yo lo vendo el Septrin Forte.

-¿Está de broma? ¡Y de dos días en Barcelona me tiro uno en un dispensario convenciendo a un médico de que tengo cáncer y haciendo papeles? ¡Por el amor de Dios! ¡Qué me está contando!

-No puedo hacerle otra cosa. El sistema funciona así.

-Ese es el problema. El sistema, que NO funciona así.

No di un portazo porque la puerta de la farmacia era automática, pero no fue por falta de ganas. Al final decidí jugármela y posponer la ingesta del salvavidas un día, así, a lo loco. No pasa nada, seguro, pero el hecho en sí me inflama. Tengo unas ganas de mandar un poquito a la mierda a los políticos que se baban tanto en el nombre de Europa que se me está avinagrando la sangre, con sus linfocitos bajos y todo. Mucha campaña para las europeas y mucha hostia y resulta que si te recetan en Santiago te jodes en Barcelona. Lo del libre paso de personas y mercancías no llegó a las farmacias, lástima. No somos europeos; somos europedos, que no es exactamente lo mismo.

Incidente burrocrático galaico-catalán aparte, estos dos días han cundido mucho y bueno. Aún no puedo dar detalles, pero lo haré pronto. Os vais a hartar. En este viaje se trataba de hacer más que nunca de la necesidad virtud. Y así ha sido. Escribo desde el Prat, con muchas ganas esta vez de volver a casa y abrazar a mi familia hasta el agotamiento y arriesgarme, de paso, a que mi hijo pequeño me contagie unos mocos que den con mis huesos en el hospital. ¡Por haber calculado mal las dosis de antibiótico antes de atreverme a moverme por mi propio país! ¡Si hasta tengo un título por una universidad catalana! ¡Soy medio catalán hasta en el primer apellido! Hay que fastidiarse con la sanidad 2.0. O carallo vintenove.

Así baje del avión, no me puedo olvidar de ir a una farmacia de Santiago en la que puedan resolver algo tan complicado tecnológicamente para la sanidad catalana como es leer una tarjeta sanitaria gallega. Supongo que en Galicia tampoco leemos las recetas electrónicas que se prescriben más allá del telón de grelos, que para chulos nosotros. Para mear y no echar gota, oigan. A ver si además de arreglar lo de Europa arreglamos también lo de España de un carallo de una vez. Que el cáncer no entiende de fronteras, rehostia! Burrócratas, pero mucho. Voy con Celso Emilio Ferreiro musicado por Luis Emilio Batallán. Porque, por suerte, algunos de los muertos que mata la burrocracia, gozamos de buena salud. Disfrutad del fin de semana como yo pienso hacerlo. Y gracias por permanecer a la escucha.