rabudopuntocom

"El amor es algo muy resistente, se necesitan dos personas para acabar con él" José Luis Alvite

Mes: noviembre, 2013

8. Carta del maestro Alvite: La grava de un sombrero

Desde que existe este blog -que fue pionero en la blogosfera, no nacimos ayer-, aunque he cambiado varias veces de diseño, permanece en la cabecera, como una declaración de principios, una frase de mi maestro y amigo José Luis Alvite: “El amor es algo muy resistente, se necesitan dos personas para acabar con él“. Siempre me gustó por lo muchísimo de verdad y de enseñanza que encierra. Alvite, como sabéis, se enfrenta ahora mismo a una doble batalla durísima de la que ya hemos hablado. El hombre que, cuando dejó La Voz de Galicia, me clavó en el corazón una declaración por la que me nombraba su “heredero natural”, ahí es nada, me dedicó también un cariñoso comentario en Facebook hace unos días. Sin su permiso, maestro, le doy visibilidad a tus palabras porque, como aquella vez en aquel restaurante, lo que dices me ha hecho crecer diez centímetros como persona. Y yo nunca he sido tan alto. Coged, amigos lectores, un paquete de pañuelos si acaso, porque os va a hacer falta; yo casi encharco el teclado. Pero llorar no es malo, como tampoco lo es reír, siempre y cuando los mocos o la carcajada nazcan en el manantial del corazón. Habla el maestro José Luis Alvite, así que  yo no puedo más que callar:

“Sé de qué hablas y cómo te sientes, amigo Nacho. Asediada por dos cánceres, mi vida se rebela y amenaza con írseme de las manos sin haberla apenas tuteado. Aunque ya no soy un joven periodista, me cuesta aceptar que mi próxima noticia sea el mármol de mi sepulcro. Y sobre todo, me niego a tu mala suerte y reclamo la adversidad para quienes, como yo, tantas veces nos sentimos avergonzados por haber tenido peor reputación que nuestra conciencia y mejor salud que la muerte. En el momento extremo de mis peores noticias me he dado cuenta de que la vida también puede ser hermosa aunque, por falta de tiempo para ir lejos, hayas de conformarte con que la acera de enfrente te espere a este lado de la calle. Tienes mi admiración profesional y mi sincera amistad de muchos años. Y te advierto, amigo mío, que tenemos pendiente aquella cena aplazada y una de esas largas sobremesas en las que desfallecen sin remedio el rencor, la maldad y la muerte. Cuídate y sigue. Aplaudiré a tu paso. Y si me ves caído en el camino, por favor, piensa que nosotros hemos nacido para ser enterrados con la grava que cabe en un sombrero. Pero no te detengas, hermano. Ya sabes que en el periodismo perder el tiempo se considera menos digno que perder la vida, del mismo modo que sabes que vivimos en un país en el que el talento se considera una perversión de la inteligencia. Te deseo lo mejor. Sabes como soy y cuánto te aprecio. Permite que tus lectores sigamos enjuagando cada día la mirada en tus ojos aún tan limpios”.

Pon bar y hora, amigo. Te estaré esperando.

7. Daños colaterales de un tumor cerebral

Me pasa estos días con la neurocirugía y la neurología lo mismo que cuando estás enamorado de un coche y, al salir a la calle, no haces más que verlo por todas partes, aparcado, en circulación… Una provocación continua. Seguro que os ha ocurrido. Hace un momento, el periódico en el que trabajo, que le ha dedicado un ímprobo esfuerzo al congreso de neurología de Barcelona, me asaltaba el Facebook con la siguiente noticia: “Muere la joven con un tumor cerebral que emocionó a Katy Perry cantando uno de sus temas“. “Ha fallecido este lunes por un tumor cerebral del que había rechazado ser operada”, añadía. Yo lamento mucho la muerte de Olivia Wise, que es como se llama la finada pero, de repente, en pleno duelo, me viene a la cabeza una idea: Con amigos así -los de periódico- colocando las noticias ¿quién necesita enemigos? (es broma, los adoro a casi todos). Desconozco el diagnóstico exacto de Olivia y las razones que la llevaron a rechazar la intervención; seguro que lo suyo era más grave que lo mío, quiero creerlo, pero no puedo evitar que la realidad me dé otra patada en la boca. Yo también tengo un tumor en el cerebro ¿Queda alguien que no lo sepa? Pues no será por información… Se confirma una vez más mi teoría del primer capítulo de estas memorias tumorales: a la audiencia le interesan las vidas, las casas y, sobre todo, las enfermedades de los demás. Escribid “tumor” en un titular y el éxito está asegurado. Si después lo adobáis con el nombre alguna estrella conocida, mejor todavía. No es mi caso.

Yo jamás emocioné a Katy Perry cantándole nada, aunque si pudiera escucharme interpretando con una gaita en Re la Muiñeira de Chantada, a solas, (bueno, acompañado al tambor por Manolo Alonso), igual me pedía el teléfono. No, en serio, las noticias neurológicas y neurocirujanas, sin dejar de impresionarme, me entretienen la espera de aquí a la motosierra del día 12. Estoy extrañamente instalado en el humor negro, incluso, diría, en el humor abisal, maleducado, estúpido. Pero no es mal analgésico para el miedo. Lo adormece, aunque no lo haga desaparecer.

En las últimas horas, sin embrago, no pienso en éxitos y fracasos de los que operan. Sí lo hago en la frase que me soltó el jefe del equipo de neurocirugía que me abrirá la cabeza cuando supo que yo, básicamente, soy un tipo con una moto entre las piernas: “Jamás volverá a subirse a una moto, jamás. Véndala”.

-Oiga, pero es que tengo dos.

-Pues venda las dos.

Me lo espetó así, como quien te dice que vendas a tu mujer o a tus hijos porque no te convienen. Qué barbaridad. Los que me conocéis sabéis que soy un fulano con manillar y tubo de escape. A los 14 años me estrellé con el Vespino de mi amigo Jose (hoy tu marido, Sesi) contra un poste de la luz. Me empalmé acelerando y Jose no tuvo tiempo de explicarme cómo se frenaba, así que lo hizo el hormigón. Cumplí esa regla no escrita que dice que el mundo de los moteros se divide entre los que se cayeron y los que se van a caer. Después de aquello me estampé muchas más veces. La siguiente fue delante mismo de una patrulla de la policía local en pleno centro de Vigo, junto a mi amigo Fredy. Desde los catorce, la cuenta de las motos ha ido pareja, moto arriba, moto abajo, a la cuenta de novias. Y ahora vivía felizmente instalado entre una chavala de 46 a la que restauré con mis propias manos, la Vespa de mis sueños, la Vespa del tiempo a la que inmortalicé en el periódico; y una Suzuki Burgman 400 de doce años en perfectísimo orden de marcha. La Sprint 150, la Vespa, es una joya de la que no me da la puta gana deshacerme, por mucho que me lo recete un especialista laureado. Pero a la otra, visto lo visto, le tendré que decir adiós con aquel manido argumento que tantas rupturas ha gobernado: “Nena, no eres tú, soy yo”. Con dolor de corazón venderé mi 400 y con lo que me den por ella me haré un homenaje, todavía no sé de qué tipo, aunque tengo alguna idea electrónica. Y la Vespa…. quiera Dios que la Vespa no acabe decorando el salón; es la herencia de mis hijos. Un respeto a la edad; es mayor que yo.

Lo de la prohibición motera no tiene tanto que ver con el tumor como con la operación, con el aserrado de cráneo y las consecuencias que eso entraña. Se me hará duro. “Que no puedas andar en moto es el menor de los problemas”, me dice la gente. Ya, y también lo es medicarme dos años, operarme del cerebro, no conducir coches hasta dentro de varios meses, no poder dar clases (adoro dar clases), no poder trabajar… Sí, son pequeñas putadas, pero si las sumáis todas lo que sale es una faena del tamaño de la Cidade da Cultura. Así que permitidme que me tome mi tiempo para asumirlo. Esta mañana, el médico de familia, el que me bendice las bajas, me ha dado la mano con una cordialidad y una emotividad que casi sentí ganas de abrazarlo. Creo que él tampoco se esperaba el diagnóstico, y son muchos años juntos con catarritos y caralladas. Me cae bien: es el único médico que me ha recetado, además de las pastillas inevitables, leer libros. “Lea a Tucídides, y ya me dirá”. Tucídides, dice el doctor, debería ser obligatorio para los que nos dedicamos al periodismo. Cuando despierte de la motosierra prometo hacerle caso y encararme con el cronista de las guerras del Peloponeso.

Mañana toca test de memoria, al que tendré que ir… ¡En taxi! Yo, el peor de los usuarios del transporte público. “Tranquilo, ir en taxi es el menor de los problemas”, pensaréis. Vais a tener que buscar otra frase… Jamás le mentéis un taxi a un motero de raza, por mucho que con un tumor le hayan extirpado también la moto de debajo del culo. Ya me extraña que mi amigo Fernando Blanco no me haya propuesto, en una de sus coñas medicinales, cambiar la primera estrofa del Himno Gallego por “Que din os tumorosos…” Seguro que ya lo ha pensado, el muy cabrón.Os quiero cada vez más; me estoy poniendo tontorrón y lloroso, así que planto aquí. Por hoy.

To be continued…

6. Dios no es de letras

Leo la declaración de mi maestro y amigo José Luis Alvite contando que tiene dos cánceres y me desplomo. Decía Alvite esta mañana en Twitter: “Me han diagnosticado un cáncer de pulmón y otro de colon. Nunca pensé que envidiaría el estado de mi coche”. Me desplomo, decía, primero por él, porque Dios está demostrando esta temporada que lee poco, que no es de letras y que toca de oído, esparciendo mierda sin ton ni son. ¡Rencoroso! Alvite, incluso con la ITV caducada, es el espejo periodístico en el que me miré cuando yo tenía diecinueve años y él ya era un veterano de este oficio de contar la vida. Por cierto, entonces su coche, en el que llegó a vivir, ya era un desastre, todo lleno de colillas y de recibos de Fenosa. Pero me gustó el reflejo que me devolvió aquel retrovisor torcido un día que estábamos parados frente a la puerta del Maycar. Yo no le llegaré jamás a mi maestro ni a las uñas de los pies, ya no digo escribiendo, que tampoco, sino a la categoría de sus enfermedades. Comparado con lo suyo, mi tumor en el cerebro es, de momento, acné juvenil, un molesto grano en el culo. Pero mi grano, mi Casiano de renta antigua, se empeña en seguir complicándome la vida. En los últimos días me ha costado echar mano de algunas palabras. Recordad que está cerca del área de la memoria y del lenguaje, ahí metido, jodiendo. Esta mañana, por ejemplo, no era capaz de decir “campo”, lo mismo que ayer por la noche se me resistía “modalidad” en una charla en furgoneta que ahora no viene a cuento. “A mí me pasa a menudo”, me dicen los amigos para quitarle importancia. Ya, pero a mí no. Hace unas horas, paseando por Concheiros, he vuelto a tener un dejà vu horroroso, de nuevo el visionado de una película vieja en la que salgo yo. Mi neurólogo de guardia, que siempre me coge el teléfono, me ha contado que el tumor se manifestó, primero, con un tremendo ataque epiléptico que llegó a partirme la espalda y que ahora lo hace de esta manera. Guerra psicológica. Y que por eso, precisamente, hay que extirparlo. Durante el fin de semana, el acojone ha subido algunos peldaños, así que lo que hago es poner tierra por medio y sacar a pasear a mi inquilino de renta antigua, él y yo, solos. Ayer, en Vigo, eché a andar desde la casa de mis padres, cuando me di cuenta había llegado desde A Salgueira a Teis -hay un cacho tremendo- y todavía me quedaban fuerzas para regresar en el coche de San Fernando y recoger las tres barras de pan que me había encargado mi madre. Desde el viernes habré caminado varias decenas de kilómetros. No me gusta el monte, prefiero la humanidad. En Vigo, donde nací, tengo la curiosa sensación de que apenas veré rostros conocidos. Y así es. Me marché de esa ciudad a los 18 años y el paisanaje apenas me suena más que me puede sonar una calle de Salamanca. Eso en Compostela no ocurre: voy saludando sin parar, como un concejal cualquiera, pero prefiero eso a meterme en un tramo del Camino de Santiago lleno de coreanos que me dan lo mismo. En cualquier caso, ambas ciudades se me quedan pequeñas y volaré a mi tercera casa, a la ciudad de los prodigios, en cuanto tenga ocasión. Hoy he llorado bastante, he reído menos… Por suerte, tengo a mano personas que saben darme unas hostias, ya sea en persona, por teléfono o por Whatsapp -bendita herramienta- en cuanto la mirada se me nubla más de la cuenta. Siempre creí, camarada Alvite, que las carreras no serían posibles sin toda esa gente que está a los lados de la carretera animando a los ciclistas. Gracias a ellos nos queda un montón de recorrido, a ti y a mí. Te quiero, maestro; y ahora que no puedo conducir, ya sabes: mi coche es tu casa. 

5. La memoria y la soledad acompañada

Hacer público que tienes un tumor en el cerebro, como es mi caso, genera reacciones muy variadas. Por un lado está esta ola de solidaridad que me sobrecoge y sin la que, y os lo digo en serio, no sé si soportaría la antesala de la motosierra. Por otra parte están las historias de craneotomizados que me hacéis llegar, algunas de las cuales son tan impresionantes que me arrancan una carcajada que tiene efectos medicinales. Tú cuentas que tienes un tumor y, al final, todo el mundo conoce a alguien que tenía un tumor, lo sanearon y quedó incluso mejor que antes. Ya, seguro que las operaciones que salieron mal os las calláis, cabrones, pero no os lo voy a tener en cuenta. De todos los relatos, el que más me ha impresionado es el de un tipo al que operaron de un inquilino de renta antigua en el lóbulo frontal y, cuando se despertó, completamente desinhibido sexualmente, lo hizo en posición de presenten armas y dispuesto a fecundar a cualquier cosa que se moviera en la planta tercera del Hospital Clínico, ya fuera la celadora o una monja alférez. Mi tumor no está en el lóbulo frontal, vale, pero nunca se sabe si a los neurocirujanos les puede saltar una viruta en plena intervención, que las virutas tienen vida propia. Yo, por si acaso, voy preparando a mi mujer:

-Pero tú me quieres, ¿verdad, cariño? (me pregunta ella)

-Claro, pero no soy yo, es mi cerebro. Y piensa que si tocan donde no deben lo mismo el que despierta es Nacho Vidal, no necesariamente Nacho Mirás. ¡Saldrías ganando! Además, últimamente he tenido sueños eróticos en los que salen concejalas, y mejor prueba de que mi cerebro trabaja solo no la vas a encontrar.

Otro caso es el del tipo que se despertó aparentemente bien, pero no recordaba las contraseñas de nada. Así que ahí me tenéis, escribiendo las claves de correos electrónicos, banca por Internet, el código de acceso a La Voz de Galicia… todo lo que se me ocurra, no vaya a ser. Y hay un tercer operado del que me hablaron, también con el lóbulo frontal afectado, que ahora es incapaz de mentir, ni siquiera de ser políticamente correcto: dice lo que piensa a quien sea y donde sea. No me vengáis con que eso es bueno para un periodista, que yo como de esto.

Ya tengo fecha. Será el 12 del 12 del 13. No sé si comprar lotería de Navidad con la terminación. Si lo hacéis vosotros, supongo que tendré comisión ¿no? Las tres semanas que quedan se me van a hacer muy largas pero, para entretenerme, el equipo de neurocirugía me ha convocado a un estudio cuya obligatoriedad desconocía hasta esta mañana. El día 28 me pasaré tres horas con un neuropsicólogo estudiando mi memoria. El tumor está en el área de la memoria y, por lo visto, hay que medir mi capacidad actual para compararla con la que tenga después del día 12. Y no creo que vaya a mejorar. Siempre he sido un negado para los argumentos de los libros y de las pelis, pero soy un cerebro privilegiado -sin modestia- para la música. No sé en qué consiste este tipo de estudio y casi prefiero no saberlo. Pero supongo que en esas tres horas tendré que recordar la mayoría de las cosas que hacen que yo sea yo: nombres, procesos, lugares… yo qué sé. No voy a buscar en Internet, no vale la pena. Me imagino que el día 12 despierta un tipo con mi traje que no soy yo y me pongo malo. Claro que, bien pensado, esto de la memoria lo puedo utilizar en mi beneficio y, aunque todo vaya bien, hacer cuando despierte como que no me acuerdo de alguna gente tóxica que pulula a mi alrededor.

Ahora en serio (solo un poco). El estudio del 28 me ha acojonado más porque eso quiere decir que la posibilidad de que me despierte de la operación con la memoria tocada está ahí. Por fortuna, no falta quien le quite hierro al asunto, como mi amigo Luis Pardo. Esta mañana, tomando café en el Sano Sanote (somos clientela fija), me dijo: “Bah, la memoria tampoco es tan importante; Yosi, el de Los Suaves, lleva treinta años sin acordarse de las letras de las canciones y ahí lo tienes, triunfando en los escenarios. Cuando se le van, lo que hace es abrir los brazos y animar al público, para que sea la gente la que cante. Tú puedes hacer igual”. Cómo agradezco estas paridas, Dios.

Vaya por donde vaya, la neurología y la neurocirugía me persiguen. Hoy he abierto el periódico y me he encontrado una información firmada por mi compañero Joel Gómez que habla del éxtasis de no sé quién y recogido en las Cantigas de Alfonso X El Sabio, que los especialistas del siglo XXI atribuyen a la epilepsia. Yo todavía no he sentido éxtasis. Y levitar con mi envergadura no debe de de ser cosa fácil, seguramente necesitaré un permiso de Aviación Civil. Lo que sí sigo sintiendo son falsos recuerdos -vean el capítulo primero de mis episodios nacionales- y pánico como el que padecí esta mañana debajo de un andamio de la calle Doutor Teixeiro de Santiago. Ocurrió justo después de saludar a un policía local al que conozco. La escena la viví como si estuviera rebobinando una cinta vieja y eso me provocó un miedo irracional, auténtico terror bajo un andamio. Supongo que esta es la soledad acompañada de la que hablan algunos; vosotros me dais ánimos y estáis ahí, pero lo que siento me toca torearlo a mí solo. Pero gracias de nuevo; es bueno saber que os puedo abrazar.

To be continued…

4. El valiente acojonado

Si un encuestador de Sondaxe (hay que tirar para casa) me preguntara: “Diga las tres veces en que más se ha acojonado en su vida” -pregunta improbable pero no imposible en un cuestionario-, diría sin pensar demasiado: 1. Aquella vez que La Voz de Galicia me mandó al Senado a entrevistar a Fraga; 2. El día del año 2001 que decidí enviarle un rudimentario SMS a una chica que me gustaba invitándola así, a la brava, a pasar un fin de semana en Oporto; y 3. Este momento sanitario en el que vivo secuestrado. El orden de los factores no altera el producto. Porque cada acojone fue proporcional a su momento y a sus circunstancias. Y todos me hicieron sentir en la garganta la agobiante sensación de haberme anudado una corbata hecha con los escrotos del padre de Dumbo.

Las dos primeras situaciones de pánico acabaron bien; “¿Tiene usted mi último libro? ¡Ahora mismo se lo traen! ¡Helena, tráigale un ejemplar de Final en Fisterra a este amigo. ¡Y ahora mismo se lo firmo, con todo el cariño!”. Que Manuel Fraga Iribarne me llamara amigo después de entrevistarlo en su despacho de senador -el maestro Benito Ordóñez estaba, impecable, a las fotos- ya da una idea de que tuvimos un final feliz, incluido el abrazo. Si nos dejan un rato más acabamos bailando agarrado. Y no es que yo no le apretara las tuercas al viejo, pero digamos que tuve la mano izquierda suficiente -soy zurdo- como para no lanzarle un dardo envenenado gratuito que supondría, de manera automática, la expulsión del terreno de juego y el consecuente bochorno. Yo creo que para preguntar bien no necesariamente hace falta perder el norte, ni siquiera con los que acostumbraban a perderlo con los demás. Pero sobre periodismo ya hablaremos en otro momento, que no vengo aquí a pontificar.

Del segundo miedo sobrenatural no voy a dar más detalles que un dato: la chica del SMS es la madre de mis hijos y media Galicia -al parecer, todos menos yo- se levanta con ella a través de las ondas de la Cadena Ser. Menudas horas.

Así que, con semejantes antecedentes, querido Murphy, autor de esa ley no escrita que dice que todo lo que puede salir mal saldrá mal, ¿qué carallo podría salir mal esta vez? No jodas, que yo sobreviví a Fraga y a lo de Oporto y un tumor en el cerebro me parece una minucia.

Los preparativos para la craneotomía pterional ya están hechos: un análisis de sangre digno de un titán; una placa de tórax en la que transparento en negativo, arrebatador; un electrocardiograma en que, como siempre, aparece una extrasístole que provoca que los médicos residentes hagan corrillo; y una consulta con la anestesista que me hizo firmar cosas terribles que es mejor no saber y que midió, a ojo de buen cubero, el calibre de mi garganta; lo hacen siempre, para meterte a traición una cañería formidable que es el desagüe entre este mundo y el otro. Solo queda que fijen la fecha y que me pongan el pijama de luces, que vestiré con la máxima dignidad incluso aunque se me salga un huevo ante las visitas. Eso ocurre, doy fe; ¡Mirad para otro lado, coño!

Durante estos días he recibido cientos de palabras de ánimo que, no lo niego, me ayudan a tirar palante. Sois tantos que, como decía Celia Cruz, no hay cama pa tanta gente, pero haré lo posible para que entréis todos, apretaditos. Si tocáis algo raro no soy yo, es el pijama, que lo carga la Consellería de Sanidade.

Muchos habéis loado mi supuesta valentía por hacer públicas estas cosas. Yo no sé dónde empieza la valentía y dónde acaba el exhibicionismo, es verdad, pero reconozco que no es demasiado habitual bajarse los pantalones ante la afición, conocida y desconocida, para mostrar las interioridades de uno sin reparos. Pero también os diré que, si he sido valiente, estos últimos días soy un valiente acojonado. Entre el lunes y el martes he llorado por las calles de Santiago lo que no está en los escritos. No es difícil verme: soy el tipo de la gorra que camina sin rumbo enganchado a unos auriculares con canciones de Doctor Deseo o de Izal, lo mismo que de Malvela, Abba, Camarón, Chambao, Manel o Antònia Font. Vale, y Te regalo de Carlos Baute, lo confieso. El que está pensando en que el tumor es fruto, precisamente, de semejantes listas de reproducción, lo mismo tiene razón, pero la neuróloga no lo contempla. “Pareces un alma en pena por la calle”, me dijo el otro día uno que tiene el humor en el culo (no falta gente que hace de vientre convencida de que hace chistes). ¿Es mejor que me quede en casa? Non hó! Llorar al aire libre, aún con la seguridad de que todo irá bien, me ayuda a descongestionar los adentros lo mismo que lo hace escribir todas estas cosas. He contestado individualmente a la mayoría de los que me habéis llamado. Sirva esta cuarta entrega de mis episodios nacionales como agradecimiento sentido a todos y cada uno de los que dedicáis aunque solo sea un minuto de vuestro tiempo a pensar en mi cerebro y en Casiano, su inquilino indeseable. Cuando tenga la fecha os la diré. Gracias de parte de este valiente acojonado.

To be continued…

3. Esto es lo que hay. Abstenerse aprensivos. Inquilino de renta antigua.

Como alcalde de Villar del Río que era, Pepe Isbert le debía una explicación a sus vecinos y, como alcalde suyo que era, se la dio. Yo hago lo propio en un post que no recomiendo para aprensivos, la comunicación más complicada que haya tenido que hacer jamás, y que se convierte en la tercera entrega de un serial que, en teoría, debería haberse muerto en la segunda. Pero no, hay prórroga.

En el capítulo anterior os hablé de mi experiencia en el Magnetom, el “Magnetofón” de Siemens en el que me leyeron la cabeza la semana pasada a ritmo de pandeirada sideral. Recordaréis que nos quedamos, después del éxtasis musical, pendientes del revelado de unas fotos que deberían haber dado como resultado un cerebro saneado y limpio que convulsionó a causa del estrés. Sé que no va a servir de nada que os pida de rodillas que no sigáis leyendo. Pero también sé -y a la parrilla televisiva me remito- que si algo le interesa a los lectores y a los telespectadores son las casas, los trasteros, las vidas y, sobre todo, las enfermedades de los demás. Hay un insano consuelo en saber que hay a quien le va peor que a ti. ¿Sí o no? Poned la oreja en el ambulatorio y sabréis de qué hablo. Voy a ir directo al grano o, quizás, debería decir al tumor. He dicho bien. La lectura de este blog es un acto voluntario y lo que viene a continuación es la confesión de un tipo cuya cabeza, como un huevo Kinder, esconde un secreto que ahora ha dejado de serlo gracias a los ingenieros alemanes que patentaron el Magnetom: un pequeño tumor de 1,7 centímetros alojado en el lóbulo temporal derecho de mi cerebro, un inquilino de renta antigua que ahora, descubierto, se expone a un desahucio inmediato.

Es cierto que podría ser más discreto, pero desde la autoridad que me confiere tener un tumor en la cabeza, mi tumor, he decidido no serlo. Primero, porque voy camino del segundo mes de baja y es normal que crezca la curiosidad. Yo contesto de manera individualizada y mi familia también, pero prefiero comunicarlo por escrito, zanjar las dudas y aliviar la presión involuntaria a la que se ven sometidos quienes más cerca están de mí. Respeto profundamente a quienes mantienen en secreto sus enfermedades, pero confío en que se respete de la misma manera mi decisión de desnudarme ante quien quiera contemplar mis paños menores. He comprobado que hablar de estas cosas, ser transparente, me ayuda. Y aunque solo sea por la necesidad egoísta de liberarme que siento ahora mismo, sirva la confesión como terapia efectiva y, a la vez, barata. Si todo esto que cuento le ayuda a alguien más, perfecto. Es mi blog y es mi enfermedad; todo el mundo es bienvenido, a un sitio y al otro. En este viaje tengo mucho sitio libre, pero tampoco es obligatorio subirse.

En cuestión de unos días, el equipo de Neurocirugía del Hospital Clínico de Santiago se adentrará en lo más profundo de mi cabeza para desalojar al inquilino indeseable, al Casiano de mi cabeza (esto del Casiano es solo para usuarios avanzados, no lo voy a explicar). Me imagino al comandante Cousteau bajando desde el Calypso a la fosa de las Marianas en busca de la pandereta perdida de la cuñada de Neptuno, toda una expedición a lo desconocido. Mi cabeza es ahora mismo una ostra de Arcade con su propia perla, y no todo el mundo tiene un tarro con premio. Yo sí.

No dejo de pensar en el momento del serrado, en la precisa labor de extirpado y desecación y en el cerrado que sellará mi cabeza con unas bonitas placas de titanio que me revalorizarán como hombre objeto. “Ten cuidado con los que andan robando cobre, el titanio también se cotiza”, bromeaba ayer por teléfono Carlos López, la mitad de mis dibujantes favoritos, Pinto & Chinto. Espero, doctor, que no le sobren piezas como me sobraban a mí cuando desmontaba las muñecas de mi hermana. Acababa tirándolas a la basura para ocultar mi acción, aunque no siempre con éxito, pero a usted no sé si le va a colar; numérelas.

Las bromas me hacen bien. Mis amigos los fotógrafos -tengo el privilegio de que mis mejores amigos sean algunos de los mejores fotoperiodistas de este país- me han organizado una churrascada homenaje para mañana y, a mayores de los criollos y las mollejas, han encargado un par de raciones de sesos. ¡Menudos hijos de puta! Son grandes fotógrafos y  grandes cachondos. Y yo les he contestado: “¡Lo cerebro!”. El humor está resultando ser un tranquilizante cojonudo, barato y sin efectos secundarios, para el temor que provoca el tumor. Sí, hay juegos de palabras mejores, pero aquí escribo yo.

Como toda operación, el aserrado al que me voy a someter en cuestión de días tiene sus riesgos; podría tener problemas con la memoria inmediata, problemas en el área del lenguaje… Pero he decidido que esas posibilidades indeseables no me van a tumbar antes de tiempo. Os podría contar cómo dediqué la jornada de ayer, 11-N, a tranquilizar a las decenas de personas que se han puesto en contacto conmigo para enviarme su solidaridad por todos los medios posibles: por teléfono, por Whatsapp, por mail, en directo… Se supone que es al revés, que el tranquilizado tengo que ser yo, pero comprendo que hay palabras malditas que acojonan, ya sea aplicadas a uno mismo o a los que están a tu alrededor, a los que quieres. Tumor es una de ellas. Gráficamente son mucho más feas chorizo o calzoncillo, como decía Torrente Ballester, pero la carga semántica de tumor gana.

Quién me iba a decir que, al final, el estrés y el colapso, que lo aceleraron todo, han servido para desenmascarar algo peor, qué puta ironía. En el mal estaba el remedio. Soy realista. Que me lo tome con humor -tengo mis momentos también- no quiere decir que sea un inconsciente. Sé perfectamente lo que hay; entiendo los riesgos, la situación… pero también tengo claro que hay cosas mucho peores. La parte sobrenatural la cubre la tía Marisol, que sé que reza por mí en Vitoria aunque no me lo merezca. Gracias, Sole, pero apunta, por favor, al santo correcto. No prometo hacer entregas diarias de la evolución de los acontecimientos, pero sí que acabaré aquí cada vez que necesite vomitar pensamientos.

No parece que la perla oculte, a su vez, algún secreto peor, pero hay que ser prudentes y, de momento, desalojar a Casiano. Quiero agradecer, por último, todos y cada uno de los gestos y las palabras que me han dado de lleno en el corazón en los últimos días. Me he dado cuenta de que la verdadera red social -ya sabéis que soy un gran usuario de todas- es la que formáis vosotros, conectados y en orden de marcha justo en el momento que hace falta. Si algo se torciera, que no debería, y pierdo la memoria durante una temporada, solo os pido un favor: que os presentéis de nuevo; estaré encantado de volver a conocer a personas como vosotros. Gracias. Y al toro.

2. El Magnetom

Hay que reconocerle al Servizo Galego de Saúde que la puesta en escena de Magnetom es acojonante. El Magnetom -cuyo nombre me trajo a la cabeza de inmediato el Orgasmatrón de Woody Allen- es la máquina de resonancia magnética del Hospital de Conxo, el aparato con el que hoy me han fotografiado la cabeza por dentro sin tener que agujereármela. Nada más llegar al área del Magnetom, un cartel amarillo advierte en la puerta: Unerlaubtes Betreten verboten. Que te prohiban la entrada en alemán ya es algo que impresiona, bien es cierto que, por debajo, puedes leer el aviso, en este orden, en inglés, francés y, al final, español. Los de Siemens barren para casa, normal, y la Consellería de Sanidade se deja hacer.  Voy a pasar rápido sobre el comentario de otros dos pacientes que, en la sala de espera, leían “Magnetofón” en el rótulo justo antes de debatir, no sin pasión, sobre la conveniencia de legislar la pena de muerte. Cómo está el patio… Había también una chica con las uñas verdes que no hablaba, pero miraba bonito, y a mí eso siempre me tranquiliza.

A lo que voy. Que una máquina te trague y te vomite, como una ballena bulímica, para leerte la sesera es una experiencia menos desagradable de lo que podría pensarse. No aconsejada para claustrofóbicos como mi padre, es cierto, que sigue subiendo al sexto donde vive su hermano por las escaleras, pero interesante. Al menos, musicalmente, y ahora me explico. Vaya por delante que la máquina del Sergas no tiene los efectos orgásmicos de la de Woody Allen -con lo faltos que andamos, en general, de orgasmos- pero es todo un viaje amenizado por una banda sonora que mezcla House, Acid, Trance, Tecnho y el regrueso de la cortadora de madera de mi difunto tío Antonio. Y todo eso apretadito dentro de una tubería, no con mucho más espacio que el que tuvo Laika en el Sputnik II; un sarcófago cilíndrico a otra dimensión.

-Buenas tardes. ¿Tiene marcapasos?

-Todavía no, pero vamos camino. (¿estuve ágil, eh?)

-[Sonrisa] Es que con marcapasos no podría usar la máquina, este imán es muy potente. Puede cambiarse en la cabina. Quítese todo, póngase el pijama y deje, si quiere, los zapatos. Ni cadenas, ni relojes, ni anillos… nada metálico.

No soy de joyas, ni siquiera de bisutería -el aro en la oreja izquierda siempre ha sido una tentación y sé que un día caerá-, así que no tardé mucho más en cambiarme que Clark Kent en ponerse la ropa de faena. Y allí aparecí, en el recibidor del Magnetom, arrebatador, con un pijama estampado en cruces de color granate que me tiraba de la sisa y me sobraba de la barriga; me gustaría cruzar unas palabras con la persona que hace las tallas, conselleira.

Me acostaron sobre una camilla mecanizada y, de repente, me sentí como las empanadas de mi madre en la antesala de la metamorfosis. “Sobre todo, no mueva la cabeza. Cada vez que lo haga, el corte saldrá borroso”, me advirtió el comandante del submarino alemán, un tipo, por cierto, muy amable y cordial que tenía, como yo, los pelos como perlas: escasos. Para asegurarse, me colocó sobre la cara una especie de máscara que me daba un interesante parecido con Anibal Lecter en reedición especial para la Seguridad Social y unos cascos para amortiguar la matraca de la máquina. Porque el magnetismo será la hostia, pero, desde luego, es ruidoso.

Nada más entrar en el estómago del Magnetom me acordé de Manuel Fraga, Dios lo tenga en la gloria. Por lo del marcapasos. Allí, quieto y preparado para que buscaran posibles clústers defectuosos en mi disco duro, se me dio por pensar si a don Manuel le quitaron el suyo antes de enterrarlo o si, por el contrario, el aparato sigue funcionando en la oscuridad de un nicho de Perbes como si en cualquier momento tuviera que despachar con Chema Veloso. Perdóneme, don Manuel, ha sido un pensamiento sin querer, fruto, seguro, del achuchón; no soy yo, es mi cabeza, que va a su bola. Pero no negaréis que no tiene su interés saberlo… Tic-tac, tic-tac, tic-tac… Descanse un poquito, presidente.

Los veinte minutos se me pasaron volando. Con la mirada fijada en una raya verde que corre longitudinal, desde la cabeza a los pies, por mis oídos fueron pasando todo tipo de compases y frecuencias, a cada cual más interesante. Y de fondo, como los roncos de la Real Banda de Gaitas de la Diputación de Ourense tocando la banda sonora de La Guerra de las Galaxias,  un zum-zum que me hacía la base perfecta para tararear una versión sideral de la Muiñeira de Chantada. Flipante. Tengo que escribir la partitura.

La cosa discurrió, decía, entretenida y rítmica, hasta que el comandante me habló por los cascos, y anunció mi extracción. “Será que ya estoy hecho por delante, me pondrán del otro lado”, me dije.

-¿Es alérgico a alguna sustancia?

-Legal, no.

-Le vamos a inyectar un producto, un contraste para que se vea mejor el cerebro.

“La cagamos -pensé- ahora me chutan pentotal sódico, la máquina empieza a leer en mi cabeza lo que en realidad pienso de algunas personas y al salir tengo a la Guardia Civil esperando en la puerta”.

“Tiene buenas venas”, me dijo una enfermera.

-Es que en pijama gano mucho.

Después volvieron a meterme en la lavadora alemana y prosiguió la sesión de fresado,  concierto de Kraftwerk y Wenceslao Cabezas Polo tocando el pandeiro electrónico con los puños y los antebrazos. Pena de un irrintzi o un aturuxo. Se me hizo corto. Si pusieran la banda sonora del Magnetom en iTunes a 0,99 la partitura se vendía sola. Para las Rave Parties. Es una idea, conselleira, que así se saca pasta y no ahorrando en papel higiénico.

Una apoteosis final de sirenas y alarmas nucleares puso fin a la sesión y fui literalmente regurgitado al punto de origen. Y así, magnetizado y con mechas en el cerebro, me despedí de la tripulación y me quité el traje de superhéroe.  Nada más recuperar mi apariencia humana no me pude resistir a hacer una prueba: con una arandela que llevo en la cartera -es una vieja tradición heredada de mi padre, mejor no preguntéis- quise comprobar allí mismo si las propiedades magnéticas del aparato se me habían transferido. Pero no hubo suerte; con lo bien que me hubiera venido un dedo imantado para recuperar tornillos o para abrir cerraduras; otro súper poder a la mierda.

No sé qué tal habrán salido las fotos, eso se verá en unos días. Porque los radiólogos, a diferencia de la prensa -empeñada en adelantarlo todo al segundo, sabiendo lo reñidos que andan últimamente la inmediatez y el rigor- no te avanzan ni una palabra de lo que haya podido salir en la pantalla así hayan constatado que, en vez de cerebro, tienes una coliflor carnívora. A esperar pues. Si algo me sobra ahora mismo es tiempo. Gracias por compartir la experiencia; hoy era solo un poco para quitarle hierro a lo de ayer, que no está en mi naturaleza habitual la tragedia.

1. Los días tristes

Algo me cambió en la cabeza y, por extensión, en la vida, la mañana del 6 de octubre del 2013. Como quien dice, el otro día. Así que, efectivamente, estoy un poco recién renacido, que es lo que se suele decir en estos casos. Aquel domingo mi padre tuvo que separarme las mandíbulas con una cuchara mientras mi madre escondía a los niños en el salón para que no vieran cómo me tragaba, en horario infantil, mi propia lengua. Y mi mujer asistió atónita a la posesión infernal del padre de sus hijos mientras buscaba el aplomo y el teléfono para pedirle socorro al 061. Sí, no fue nada agradable.

¿Cómo cojones he llegado a esto? Desperté sin pantalones en una ambulancia medicalizada, que es como mi caravana pero acabada en acero inoxidable y llena de gente y de tubos. En ese vehículo salí de una época y entré en otra, en la de los días tristes, en la que vivo instalado ahora. Espero que de manera provisional y como purgatorio de un tiempo mejor. Quiero creerlo. Sí, la Iglesia ha eliminado el purgatorio, pero a mí no me viene bien.

-¿Sabe qué le ha pasado?

-Ni idea, ¿dónde están mis pantalones?

-Ha sufrido un colapso. Va en una ambulancia. No se preocupe por los pantalones, que estamos en confianza.

-Eso lo dice usted, pero yo no tengo pantalones, y aunque no deja de ser excitante, no me parece muy adecuado que estemos hablando usted y yo así, en un vehículo público…

Justo al terminar este diálogo no resuelto en la caravana de acero inoxidable me desmayé de nuevo. Y regresé a la vida consciente en el box de Urgencias, vestido con uno de esos camisones de cintas que exhiben tu culo a la plantilla completa del Servizo Galego de Saúde y a todos sus médicos internos residentes. Casi un mes después de aquello sigo con fuertes dolores por todo el cuerpo, el rastro de unas convulsiones que, por lo visto -yo recuerdo el episodio por lo que me contaron- tenían la potencia suficiente como para alumbrar, convenientemente conectado yo a la red, un chalé unifamiliar.

“Va a tener que tomárselo con calma”, me dijo en Urgencias el doctor Campos, de cuyo nombre ya sí me acuerdo porque después del apagón se me fueron encendiendo los plomos por fases. Campos, además, no deja de ser mi cuarto apellido, el segundo de mi madre, así que más fácil todavía recordarlo. “Y se lo digo en serio, con calma es con calma”, añadió el doctor en tono de ultimátum. Lo interpreté como “o paras, o te paran, mamón”.

En pleno cortocircuito mental me golpeé con la cabeza en varias esquinas del cuarto de baño -que fue el sitio nada romántico donde colapsé-, me destrocé algunos músculos de la zona lumbar y me mordí la lengua como si no fuera mía. Y ahora, dolorido y todavía jodido por esta putada que me tenía preparada la vida, comienzo a pensar con la claridad suficiente como para buscar causas y exigir responsabilidades, empezando por mí mismo. Porque yo tengo la culpa de ser como soy, pero no he caminado solo hasta aquí, de eso estoy completamente seguro. Soy culpable de tomarme las cosas a pecho. El responsable último de tratar de hacer mi trabajo lo mejor posible y de ser un buen padre para mis hijos. ¿Un intenso? Puede. ¿Preocupado de más? Seguramente. Son características, en todo caso, difíciles de compatibilizar en esta tesitura y en este contexto absurdo en que viajamos, a toda hostia, camino del nicho final. Conciliar es un verbo que solo se usa, si acaso, en reuniones del Vaticano; a mí me viene grande. Yo me hice periodista para contar historias, no para convulsionar en el váter pequeño un domingo por la mañana. En todo caso, para contar los jamacucos de los demás, no el mío propio. 

Descartada la epilepsia y electroencefalografiados el estrés y la tensión como origen de todo, pendientes todavía de que me introduzcan la cabeza en ese imán gigante que tienen en el hospital de  Conxo -no, no es en el psiquiátrico, todo se andará-, el cortocircuito me ha dejado unas secuelas extrañas a las que me cuesta acostumbrarme. Todos habéis tenido alguna vez un dèjá vu, esa sensación de que ya has vivido algo cuando sabes de sobra que no es así. Yo solo creo en los viajes del tiempo cuando los protagonizamos Marty McFly o yo en las páginas que escribo los domingos, ficción deseable y entretenida en ambos casos, pero ficción. El dèjá vu dura poquito pero es intenso. Cuando ocurre jurarías que ya has estado allí, que ya has escuchado esa voz, que has visto esa luz… Pues ahora multiplicad esa sensación por cincuenta en intensidad y haced que aparezca unas cinco veces al día y no unos instantes, sino larguísimos segundos. Pues esa sobrecarga la tuve en la cabeza la primera semana después del achuchón, día sí, día también. Y tan profundos eran los falsos recuerdos que en alguna ocasión estuve a punto de desmayarme, convencido de que estaba repitiendo la vida. Me dijeron que no es nada extraño, que las conexiones neuronales se resitúan y pueden pasar estas cosas. A fin de cuentas, somos química y corriente, bien lo sabía Víctor Frankenstein, que conectó unos despojos a un pararrayos y alumbró a un fulano con acabado en punto de cruz. A mí no me salió el día que le metí los nueve voltios de una pila del mando de mi coche teledirigido a una lagartija muerta, seguro que algo hice mal. En fin, a lo que iba. El caso es que podría haber sido peor: hay quien tiene visiones después de un colapso como el mío. He leído que todo eso de los aparecidos y las santas compañas está más cerca de la epilepsia y de las afecciones de la amígdala -también de la sugestión, del engaño y de otros taladres mentales- que del más allá. Por suerte, yo no he visto a nadie que no estuviera, cosa que le agradezco a mi materia gris, porque eso me habría generado una población flotante añadida que no sé si podría soportar en este momento. Claro que, bien pensado, viviendo en pleno Camino de Santiago, lo mismo podría haber montado un santuario mariano en el trastero y cobrar la voluntad. Pero no, la Virgen y los santos milagreros nunca se nos aparecen a la gente normal.

Los dèjá vu se han ido difuminando en cantidad, pero no en intensidad. La semana pasada, por ejemplo, en la parada del 6 en Virxe da Cerca, tuve uno que duró tanto rato que me pareció haber estado media mañana viendo una película en la que salía yo. No, no me veo fuera del cuerpo, pero es como si lo que vivo  estuviera ocurriendo en base a un guión que, por algún motivo que desconozco, me cuadra. ¿Matrix? También puede ser una explicación. Iker, tío, échame una mano… A la espera de meterme mañana en la resonancia magnética -espero no salir con telequinesia, telepatía o alguna otra mierda parecida- tengo otro súper poder derivado del colapso: el desarrollo exagerado de mi capacidad olfativa. Eso permanece. Como si estuviera embarazado, aunque no me consta semejante estado. Soy capaz de oler perfumes -es curioso, de mujeres, será cosa del instinto animal- a metros de distancia. El otro día hice la prueba, precisamente, en la parada del 6. Primero me llegó el olor, así que, como en los dibujos animados, seguí el rastro hasta el origen y acabé junto a una señora que venía a unos veinte metros. Y era ella la que emanaba, todo frescor y floritura. Delicioso. Su marido debe de estar encantado. También le agradezco a mi cerebro que se empeñe en revelarme así de intensos los olores buenos, porque si ahora me da por los malos y por ver fantasmas, entonces sí que estamos apañados.

Estabilizado con el paso del tiempo en la parte mental y sin recomponerme todavía en la física -esta puta humedad compostelana acaba con mis huesos-, ahora los principales efectos del jamacuco se concretan en una especie de recuerdo recurrente que me viene a la cabeza un par de veces al día, pero que solo identifico en el momento en el que se produce y olvido después. Es una sensación que todavía no sé describir. Siempre tuve claro que la cabeza de uno es una olla exprés. La mía es tremenda.

Espero que lo que me ha ocurrido, el reseteo y la reinstalación del sistema operativo, me sirva, primero, a mí. Pero que sea un recado también para todos los que, y lo sabéis tan bien como yo, camináis directos hacia el frenopático. La vida es algo más que la carrera sin sentido en la que nos hemos instalado, en las vidas y en los trabajos. ¿Estamos tontos o qué? Como decía en la tapia de aquel cementerio: Como te ves me vi, como me ves te verás…  Yo he decidido ahora tomar las riendas. Me va a llevar un tiempo adaptarme, porque uno no aprende a tomarse la vida con calma de un día para otro, por mucho que haya quien se empeñe en verlo facilísimo, aunque predique una cosa y haga la contraria. Ahora bien: sé perfectamente cómo he llegado hasta aquí y he identificado -empezando por mí mismo, como decía arriba- a los responsables y a un par de sospechosos. También tengo rodeados, pendientes de aplicarles la ley de extranjería, a los que no han sabido estar a la altura de mi circunstancia, pero el rencor es una cosa particular que no me apetece compartir con nadie. A todos los demás, gracias. Que sean muchos más los que te echan de menos que los que ni siquiera preguntan gratifica, de verdad. Si sacáis alguna enseñanza de este capítulo, entonces daré por bien invertido este mes lamentable, estos días tristes. Si no os sirve, a mí seguro que sí. O entonces no tendría sentido. Y tranquilos: si un día se me aparece la Virgen del Carmen, os lo haré saber; solo os pediré la voluntad, para comprar velas. Nos vemos por la calle; eso, chicas, si no os huelo antes.

Un post del pasado. Laika. Con mi agradecimiento a los que estáis.

Hoy se cumplen 56 años desde que los rusos pusieron en órbita a la perra Laika. Ya que todavía no me encuentro al cien por cien, ni siquiera al sesenta por cien, me ha parecido un buen momento para repescar esto que escribí hace algún tiempo y que me lleva directo a la infancia. Gracias a los que os preocupáis, a los que durante este largo mes habéis preguntado, os habéis preocupado… Todo este episodio de salud me ha servido para poner a cada uno en su sitio, en lo alto a los que lo merecen y en las catacumbas a los analfabetos emocionales que no saben estar. Gracias.

(Para mi prima Celia, mi hermana mayor).
Hoy hasta los gallegos mandamos al espacio satélites fabricados con nuestra propia tecnología. Nosotros, que patentamos la rueda de afilar. Pero, sin duda, la primera consecuencia de la carrera espacial en Galicia nada tuvo que ver con la investigación, ni con las telecomunicaciones o las microondas, nada de eso. Lo primero que nos cambió el duelo en el que se enzarzaron americanos y rusos para ver quién la tenía más cósmica fue la manera de llamar a nuestros perros. De 1957 en adelante, las casas gallegas se llenaron de Laikas, lo que contribuyó a ampliar considerablemente un catálogo de Lúas que empezaba a ser insoportable. ¿Quién no le ha hecho monerías a alguna Lúa? Pero una vez que los rusos embarcaron a su primer astrocán en un supositorio, aquí abajo, en la Tierra, nos crecimos y empezamos a sembrar Galicia de Laikas de palleiro a las que solo les faltaba hablar.
La primera Laika que yo conocí era la perra de unos taberneros de Lugo, Sara y Ramiro, que tenían el negocio en Vigo, muy cerca de mi casa. Sara mimaba a aquel animal yo creo que hasta la obsesión. Lo alimentaba exclusivamente con merluza fresca que compraba a propósito en la pescadería de Roberto. Y en aquella época, en los ochenta, la merluza no era un pescado para todos los días, ni siquiera para todas las personas. Para que no pasase frío, Sara acostaba a Laika sobre una manta de calceta frente a una estufa de butano que se parecía a R2-D2 y la perra envejecía y engordaba mirando desde su trono cómo Ramiro despachaba vino. En sus últimos años apenas podía caminar. Su dueña la tentaba para que saliese a pasear, como si creyese que una carrerita desentumecería a un animal que, más que morir, se gastó: “¡Laika, a Sara vaise!”, le decía la tabernera intentando que la siguiera. Y la perra cabeceaba a un lado, a otro, avanzaba medio metro escaso rozando con la barriga en el suelo y desfallecía sobre su propio fuselaje como un Antonov sin tren de aterrizaje. “No sé quién pasea a quién”, decía mi padre. Sara le daba la merluza desmenuzada a la perra con un tenedor. Y a mí me gustaba imaginarme que aquella cadela de taberna, fondona y lenta era, en realidad, la perra astronauta de los rusos, solo que jubilada y vigilada de cerca por una agente de Moscú.”Laika, пожалуйста, a Sara Vaise!”.
Creo que mi segundo contacto supraestratosférico fue en el cine Ronsel, viendo ET. Tenía once años y me metí de lleno en el papel de Elliott, aunque sin la orejas parabólicas de Henry Thomas, que también nació en el 71. Sin embrago, no fue hasta que llegué a la universidad, en el 89, cuando mi profesor de Teorías de la Comunicación en la Universitat Autònoma de Barcelona, Enric Saperas, me reveló que la historia de aquel pequeño marciano que se parecía a una profesora de gallego estaba basada en los Evangelios, desde la llegada ultraterrenal a la persecución, el martirio, la resurrección y el ascenso al infinito. Un pequeño Jesucristo cabezón que tenía un dedo inflamable.
Mi propia carrera espacial, no obstante, no pasó de un par de proyectos pirotécnicos temerarios que tuvieron como base de lanzamiento el campo del Carballeira, abuelo de mi amigo Xosé Enrique Costas, hoy vicerrector de la Universidade de Vigo. El ingeniero jefe de aquellas misiones aeroespaciales era Jandri, un primo de mis primas mayor que yo, que era como un primo más y que tenía, además, los huevos que me faltaban a mí para algunas aventuras. Con una lata de calzoncillos Abanderado y la pólvora comprimida de varios petardos de cola de ratón de la pepelería Porras, éramos capaces de lanzar un artefacto a alturas nada desdeñables. Hacíamos la cuenta regresiva parapetados en el fondo de un terraplén. La explosión atronaba el grupo sindical completo. A veces metíamos dentro de la cápsula pequeños paracaidistas de plástico que comprábamos en el quiosco de la Amancia. Aquellos militares de molde acababan siempre colgados de los cables de la luz y jamás regresaban a la base; morían en acto de servicio. Y entonces había que llamar al presidente.  El lanzamiento se sucedía de la bronca de mi tío, O Perucho, que estaba convencido de que, cualquier día, la carrera espacial nos costaría una mano y unas hostias.
No muy lejos de mi casa, mi curiosidad por el universo la alimentaba un amigo de mi padre, un obrero de Barreras que cultivaba inquietudes galácticas nada frecuentes en mi barrio y que, de vez en cuando, nos invitaba a su casa para viajar al infinito a través de las lentes de su telescopio. Recuerdo perfectamente su tarjeta de visita: “Antonio Fernández Pombar, observatorio astronómico amateur”. Era lo más parecido a un científico que teníamos entonces en Campelos, que es el lugar donde se solapan Sárdoma y A Salgueira. Antonio Balón, que era un hombre menudito con gafas, tenía instalado el observatorio en el piso de arriba. Y, además de una completa biblioteca sideral y un telescopio fabuloso, entre otros tesoros guardaba el sidecar de una Vespa lleno de plantas. Era un lugar formidable. Me pasé horas allí, con mis hermanos y mi prima Celia, mirando por un ojo los misterios que cuelgan, suspendidos, sobre nuestras cabezas. Protegido por las pantallas de soldadura de mi padre, llegué incluso a disfrutar de eclipses espectaculares mientras los otros niños tenían que apañárselas ahumando cristales con una miserable vela.
No hace mucho tiempo, revolviendo en casa encontré un pequeño tesoro: un sobre en el que mi hermano recopiló un completo dossier cuando la NASA presentó su primer transbordador espacial, en 1981. Escrito con una regla de rotular dice: “Proyecto espacial Columbia”. Allí dentro hay recortes de prensa, de revistas, dibujos, croquis… todo lo que un chaval de trece años consiguió reunir sobre aquel salto de gigante de los americanos en su obsesión por expandirse y fundar. En el sobre hay todo eso y una parte de mi infancia espacial. De haberle gustado un poco más las matemáticas, mi hermano habría dado un gran ingeniero aeronáutico.

La Laika de Sara se murió de vieja, rellena de merluza, en su cosmódromo vigués; Antonio Balón partió un día hacia aquella inmensidad que tanto le gustaba enseñarnos a nosotros y a sus hijos, Toñi y Ana, y se dejó en casa aquel sidecar con forma de satélite soviético, con el gran servicio que le habría hecho aquella nave en el espacio. Yo los recuerdo a ambos cada vez que monto mi telescopio de Lidl para viajar un poco a las estrellas. ¡Ojo, que ahí están, junto a Saturno! ¡Laika, Laika, espabila, que a Sara vaise!