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"El amor es algo muy resistente, se necesitan dos personas para acabar con él" José Luis Alvite

175. Doy miedo

Más allá de una brecha de una cuarta en el lado derecho de la cabeza, fruto de dos craneotomías, nunca pensé que mi aspecto representase un problema, pero voy  a tener que reconsiderarlo. Vivimos en una sociedad tan acojonada y tan desconfiada que entiendo que pasen cosas como la que me ocurrió esta mañana, pero de verdad que alguna gente debería hacérselo mirar. Os cuento y juzgáis.

Caminaba hacia casa después de hacer unos recados. Sabéis que me canso mucho y, aún así, trato de darle caña al andamio como me recomienda el oncólogo. A la altura del colegio Monte dos Postes, en pleno Camiño Francés, decidí tomar descanso en un murete de piedra que coincide con la parada del autobús número 6, que va a San Marcos. “Y aunque son tres paradas, si pasa el seis, me subo y no me fatigo tanto, que me queda todo el día por delante”, pensé.

En esas estaba cuando paró delante de mí un todoterreno de esos que no ruedan por un monte en la vida, negro, impecable, enorme… Al volante, una chica con gafas, muy puesta, que baja la ventanilla y me pregunta: “Hola, ¿para ir al Cersia?” El Cersia es un edificio de servicios municipales que está justo detrás de mi casa, pero si no has ido nunca te puedes liar.

-Está justo en línea recta, a un kilómetro más o menos de aquí.

-Es que voy con prisa, tengo una reunión.

-Podemos hacer una cosa. Yo voy hacia allí, si me acercas te dejo en la puerta.

Mala propuesta. La del cochazo sacó al desconfiado que tanta gente lleva dentro: “Y si está tan cerca ¿por qué estás esperando el autobús para ir allí?”, me preguntó.

No me pareció oportuno replicarle con todo el relato: “Mira tía, porque tengo cáncer y me canso mucho, y lo que para ti es un kilómetro para mí es una carrera de fondo”. Así que resumí: “porque tengo un problema en las piernas y prefiero esperar al bus, pero ya te digo, llegamos enseguida”.

Aún colgaba mi explicación del aire cuando dijo la última palabra al tiempo que aceleraba el tanque: “Mira, si no te importa continúo yo sola”, y la perdí en el horizonte de San Lázaro, cruce con Fontiñas. Creerá que salvó su vida.

Me quedo con la duda de si me vio más cara de violador o de asaltador de caminos, de ladrón de coches… yo qué sé. Pero espero que llegase tarde o que la rechazasen en la reunión. Yo no querría currar con alguien que hace bandera de la desconfianza. Yo también le pude preguntar: “Y si tienes tanta prisa ¿por qué no me acercas y llegas sin dar vueltas?” No lo hice.

Así que cuidado si os cruzáis con el tipo de la brecha: doy miedito. Ya lo decía mi abuela: “O medo é libre”

174. De vez en cuando la vida

Viviré el resto de los días que me queden pendiente de cosas como la resonancia magnética; el recuento de linfocitos; de no estar nunca demasiado lejos de una caja de sulfato de morfina… Te vas acostumbrando pero si, como mañana, tienes cita con el submarinista que va a hacer snorkel en tu sesera, el pulso se altera y ya pasas el resto de las vísperas acojonado: El Cousteau de la resonancia, el obrero del Magnetom, no te adelantará nada así se cruce en tus adentros con un arrecife de coliflores. Lo malo o lo bueno saldrá a relucir mañana, pero tu catamarán no tiene el fondo transparente; tú solo eres el decorado, la pecera.

Llego cansado y frustrado de una escapada que tenía que habernos situado en los cincuenta años de antología desordenada de Joan Manuel Serrat en Zaragoza. Nos quedamos a las puertas, en Pamplona, con unas entradas que costaron un pastizal en los bolsillos y la cara de idiota que se les pone a los que preparan un golpe con meses de antelación y pinchan el día del asalto. Una afonía frustró el concierto de lo que mi hija llamaría mi “autocantante” favorito. ¿No será cantautor, Ane? ¡A mí me gusta “autocantante”. Para completarla, conmigo se cebó una otitis media que requiere tratamiento antibiótico, por si no era ya bastante el gasto farmacéutico.

Improvisamos sobre la marcha y acabamos la noche del viernes escuchando de nuevo en Pamplona el proyecto de Kepa Junkera y Sorginak. Me lo sé de memoria, pero Kepa nunca aburre. Cuando me abrazó al terminar el recital, casi me olvidé del pinchazo de Serrat y del terrible viaje en coche entre Santiago y Pamplona, de las cinco vomitonas, de la morfina… de todo eso. Doy mal copiloto en general, pero enfermo soy lo peor. Confío, de todos modos, en recuperar la cuenta pendiente con Joan Manuel, cuya banda sonora permanece intacta en mi cabeza a pesar de los años y las craneotomías. De todos modos, el concierto inmediato es el de mañana a primera hora en el Magnetom del hospital de Conxo. Suerte en la inmersión, comandantes. Yo ya me espero chupando un palo sentado sobre una calabaza. De vez en cuando la vida…

 

173. De pendellos y pilotos

La entrada anterior del blog, en la que pedía ayuda  en la búsqueda de un terreno con “pendello” en el que el que descargar las ínfulas de agricultor de nuevo cuño que me han entrado, ha generado tal cantidad de respuestas que voy a tener que hacer un cásting de pendellos. Hay inluso quien me ofrece las llaves de su casa para que pueda acceder a su terreno, algo incompatible con el espíritu mismo del pendellista, que reclama un espacio y, a la vez, libertad de movimientos: ir a sachar dos días, desaparecer un mes… Lo dicho, que tengo que ponerme con el cásting. Y no está fácil.

Me llega a deshora la muerte de Albert López, el jugador de balonmano que puso en marcha el proyecto Vivir a contracorriente, una web y un libro que solo se parecen a lo que hago yo, si acaso, en las ganas de vivir.  Yo no me siento capaz ni capacitado para abandonar las filas de la oncología, como hizo él, buscar alternativas en remedios naturales y soluciones nada académicas y hacer, además, proselitismo. López pilotó su vida hasta que la vida se le acabó. Lamento tu muerte, Albert, pero sigo creyendo que en en el tratamiento de esta enfermedad que compartimos no pasamos de pasajeros Otra cosa es la vida misma. ¿Quién es capaz de conducir un camión con semejante remolque? Yo no. Son puntos de vista diferentes, ambos respetables. Claro que la actitud es importante, pero ella sola no sana.  No puedo dejar de defender la labor de la oncología, aunque tampoco tengo garantías de cuánto tiempo me mantendrá en vertical la ciencia médica. Precisamente porque lo mío se resume en experiencia vital, sin soluciones al margen de esa acitud positiva que compartimos, en Sant Jordi no firmé ni un solo libro; nadie me llamó. Ni las editoriales ni las librerías se van a gastar los cuartos en promocionar a un tipo que solo tiene ganas. Me voy ya al hospital de día, que no puedo faltar puntual a la sesión de quimio. La odio, pero la necesito. Ya sabes: me mata y me da vida a la vez, como la sobredosis de amor de Camilo Sesto. A diferencia del piloto, yo no he encontrado en las alternativas naturales más que vendemotos y superchería. De haberles hecho caso, me habría sentido como un camionero que se venda los ojos y deja una cuesta llena de curvas en manos de la Virgen de Lourdes. Y no es que tenga nada contra la Virgen de Lourdes, pero no la veo pilotando semejante carga. Descansa en paz, Albert, piloto. Tú escogiste tu vía, yo sigo con mis opciones convencionales, pero lo importante es que ambos sentimos el motor debajo del culo y hemos vivido hoy como si no hubiera mañana, porque igual no lo hay.

172. Minifundista

El gen del minifunsismo lo llevamos los gallegos de serie y, tarde o temprano, acaba manifestándose. Ahora que estoy retirado de la vida laboral, el minifundista que llevo dentro lucha para salir, y por eso es que suspiro por un metro de tierra en el que poder sembrar algo, por un pendello -me niego a traducir un término con semejante carga léxica- donde guardar las herramientas, un minifundio en el que entretener a la enfermedad que me invade. Mis amigos lo saben y ya están a la esucha. Los de Navarra, hijos del latifundio y el mayorazgo, flipan, claro. A la que mis colegas minifundistas ven cualquier pendello de ese período tan fructífero en la urbanización sin control de Galicia que es el uralítico, me mandan fotos y me tientan: “Este tiene una pintaza”. El minifundista no necesariamente tiene alma de propietario. Me conformo con un alquiler en la zona donde vivo: San Lázaro, San Marcos, Amio, Aríns… Suspiro por ese ranchito de jubilado minifundista al que rotular suntuosamente como La Ponderosa o Falcon Crest, que es lo que solemos hacer en Galicia con el minifundio libre de complejos. La ubicación y los metros me dan lo mismo, pero la existencia de pendello y agua es irrenunciable. Pero lo más complicado es la negociación y el papeleo con otros minifundistas, por eso agradezco ayuda. Si lo consigo volveré al campo del que salieron mis ancestros y cultivaré a los herederos en el sachado de la patata, el sulfatado del tomate… todo eso. Pensad en mí cada vez que veais un pendello con posibilidades. No es por vicio, que es por terapia. Tampoco tengo aficiones desorbitadas ¿no?

171. Bajo mínimos

Éramos pocos y parió la abuela. Los daños colaterales en esta cruzada contra el cáncer no hacen más que aumentar. La última cefalea fue tan brutal que tuvimos que atacarla con morfina, y eso tampoco estuvo exento de efectos secundarios y de su correspondiente vuelta de tripas. Y se manifestó además un hipo tan exagerado que me pasé día y medio comprobando que no me hacía los coros la tuna compostelana cada vez que el bazo arrancaba por su cuenta la copla que empieza: “¡JHip, hip!” y termina con “¡Hurra!”.

El hipo ha contribuido a llevar al límite el estado de extenuación en el que vivo instalado. Me cuesta incluso utilizar el teclado del ordenador, cosa que no había ocurrido jamás. En mi entorno más inmediato se emperran en que si hago propósito y chasqueo los dedos, volveré a ser el gladiador que era antes, cuando me alisté hace ya 18 meses. Juro que no puedo. Ni ayer ni hoy  me ha respondido el chasis. Quizás según avance el día… No es algo psicológico, es algo físico y es, ahora mismo, más fuerte que yo. ¿O es obligtorio estar al cien por cien todos y cada uno de los días? No pretendo dejarme llevar, pero hoy no tengo fuelle, ya lo tendré, que nadie me agobie más todavía. A ver si con música…

170. Círculos viciosos

En Santiago no tenemos medida: o llueve por aspersión o llueve al gotelé. Llegué del Mediterráneo con las baterías cargadas y el cortocircuito de los sistemas estaba asegurado. Debe de ser por eso que tengo el tren de aterrizaje más flojo que nunca. Los kilómetros caminados en los últimos cinco días por Barcelona me han destrozado los motores. Fue una escapada cojonuda, bien aprovechada, mejor acompañada, pero que me ha dejado hecho polvo… Como decía Woody Allen, “no me aceptaron en el Ejército, fui declarado inutilísimo. Sí, en caso de guerra sólo podría ser prisionero.” (Annie Hall, 1977). Pues eso, inutilísimo.

Ya me llega con los sermones del médico como para aguantar las palizas de los no colegiados. Yo ya sé lo que tengo que hacer y no me hace falta que me llenen el teléfono de mensajes que, en realidad, son órdenes. Qué manía de gobernar en la vida de otros, ¡rediós! Y ha sido regresar al terruño y arreciar la tormenta de curanderos sin carné que casi me exigen que me entregue a hierbas, potingues y limones y le haga un Steve Jobs por toda la banda a la oncología convencional. Que no, rehostia, que no. Que conmigo dais en hueso.

Las aftas en la boca entraban dentro de lo posible. Han tardado en manifestarse, pero aquí están. Soy un invernadero de efectos secundarios, todo un muestrario. Y sí, he puesto también las aftas en manos de la farmacia convencional, llamadme irresponsable; me gusta vivir al límite.

“Lo que necesitas alcalinizar tu cuerpo”, han llegado a decirme. ¿Y qué carallo sabes tú si soy alcalino, ácido o mediopensionista? ¿De qué va gente? Va a resultar que el cáncer es como el fútbol: todo el mundo lleva dentro un entrenador y un oncólogo. Ya no soporto a los conspiranóicos que predican que hay un complot entre las farmacéuticas y nuestros doctores para asesinarnos en masa, no sin antes sacarnos bien los cuartos. También estoy muy a la defensiva ante los vendemotos telefónicos: “Le propongo un seguro de vida que le va a interesar”, me dijo una voz del otro lado. A lo que respondí veloz: “Es posible, pero con un glioblastoma en el cerebro y las expectativas lamentables de vida que tal circunstancia supone, a quien no le interesa es a su compañía”. Dicho lo cual, colgué. ¡A la mierda! No tardó ni dos horas en sonar de nuevo el teléfono: “¿Ha pensado en hacerse un seguro de decesos?”. Me saltó de nuevo el piloto automático: “Mire, señor, ya lo hizo mi padre para toda la familia hace más de cuarenta años y, a estas alturas, le tengo pagado el cóctel de despedida a una legión de plañideras. ¡A la mierda!” Sí, estoy un poquito borde con ciertos asuntos, pero lo que te alivia soltar una de estas no hay dinero que lo pague.

En este post escrito desde la astemia me voy a ahorrar los detalles escatológicos de un apretón por el que la asociación catalana de hostelería habrá puesto precio a mi cabeza. Créanme que lo siento, pero fue la química, no yo. Qué mal se pasa cuando se pasa mal.

Acabo con otra de Woody Allen: “Amar es sufrir. Para evitar el sufrimiento no se debe amar, pero entonces se sufre por no amar, de modo que amar es sufrir y no amar es sufrir, y sufrir es sufrir. Si para ser feliz hay que amar, para ser feliz hay que sufrir, pero sufrir hace a uno infeliz, por lo tanto para ser infeliz uno debe amar o amar para sufrir o sufrir de tanta felicidad, y dejémoslo que es un lío.” (La última noche de Boris Gruschenko). Sed felices y no os metáis a dirigir la vida de nadie. Que cante Chicho Sánchez Ferlosio por las gargantas de Sabina y Pili Carbajo. ¿Por qué estoy cansado? ¡Porque no camina! ¿Por qué no camina? ¡Porque estoy cansado! Y así, hasta el infinito, doctor López.

169. Oiga, doctor, al habla el hombre  de las patas de gallina

Sin haber sido nunca un gran atleta, juro que antes de los acontecimientos sanitarios que nos ocupan tenía yo un par de piernas musculadas que daban envidia. Muchos años subiendo cuestas en Vigo, a pie, en bici… Unas pernolas, vaya. Esta mañana me he contemplado en pelotas en el espejo del hotel y donde había hierro puro me he encontrado dos patas de gallina que ya ni darían para el consomé de una familia caníbal delgadita. 

Mi oncólogo insiste en cada consulta: “¡Ande, ande, ande!” Sigo caminando cada día lo que puedo, bien es cierto que el andamio ya no soporta aquellos paseos kilométricos del año pasado. “Es que no puedo, doctor, me canso muchísimo”. “Según estos análisis, no tiene usted ningún motivo para estar tan cansado y, a la vez, los tiene todos [gallegos somos, gallegos seremos…]. Esto es un círculo vicioso: se cansa porque ha perdido mucha masa muscular, y la manera de recuperarla es seguir caminando. Así que ande, ande, ande”. No me va a quedar más remedio que llevarme la pandereta en la próxima consulta y seguirle la copla: “¡La marimorena, ande, ande, ande que es la noche buena!”.

Además del cansancio, las tripas también me asaltan por sorpresa, así que tengo que medir muy bien lo lejos que estoy de un cuarto de baño. Por eso me he venido a Barcelona de nuevo, donde camino hasta la extenuación. Me hace bien además revisitar los espacios que marcaron mi educación universitaria: cómo han cambiado algunos, de qué manera hay otros que están exactamente como los dejé en 1994… Lo que más inquieta no es el paisaje, sino el hecho de apenas distinguir caras conocidas entre el paisanaje. 

Me hizo ilusión que una señora me preguntara en el avión si viajaba a Barcelona para firmar libros en Sant Jordi, justo el mismo deseo que una compañera de profesión expresaba en Tweeter. Pues no; lamentablemente, nadie me ha invitado, supongo que estarán los tenderetes de libros llenos de Belenes Estébanes y otros literatos de altura. No me habría importado, la verdad.

Voy a continuar con este paseo obligatorio a ninguna parte mientras mis piernas de gallina lo soporten. ¡Pitas, pitas, pitas! Oiga, doctor…. http://youtu.be/g3ey03MuQ4U

168. Hábeas “porcus”. Mis amigos.

Es normal que, después de un cuarto de siglo dedicados a redactar y fotografiar sucesos para las páginas de los periódicos, a mis compañeros de la prensa gráfica y a mí mismo se nos hayan pegado los palabros de policías, abogados, fiscales, jueces, forenses… Yo suelo contestar con un “de cuerpo presente” o “decúbito supino” cuando me preguntan cómo estoy.  La última incorporación léxica llegó de la mano del gran Fernando Blanco, fotógrafo de El Correo Gallego y académico sin silla pero con taburete en la Real Academia de la Lengua, que decidió bautizar a nuestras habituales churrascadas -que tanto bien nos hacen para el estómago y el espíritu- como “hábeas porcus” en una adaptación libre del hábeas corpus que a todos nos suena más o menos de libros, películas, series… de la realidad misma. Qué, ¿quedamos para levantar un cadáver?, solemos preguntarnos antes de encargar el menú en la churrasquería de guardia. Sí, somos unos salvajes que comen animales. Fue en una de esas citas gastronómicas cuando, al comunicarles que yo tenía lo que tenía en la cabeza, los muy cabrones pidieron a mayores una ración de sesos. Tienen mucho sentido del tumor.

El caso es que el último hábeas porcus lo celebramos en una casa particular tan particular que encajaría perfectamente en un capítulo de El Ministerio el Tiempo; con decir que atravesabas una puertecilla y aparecías en un ultramarinos… En realidad nos reímos más de lo que comemos, pero estas reuniones hacen más por mi ánimo que cualquier remedio de farmacia. Lo mismo que cuando nos cuadramos antre una mesa de futbolín o una baraja de póker. “Las únicas deudas que no se perdonan son las del póker y los encargos de Ikea”, acostumbramos a recordarnos, para que la confianza no llegue a dar asco. Gracias, Soler, Paco, Álvaro, Curricho, Fer, Ángel, Agus… Hay que convocar ya la siguiente.

Mis amigos son unos atorrantes…

 

 

167. Sorpresa para el reservista pensionista

Son un equipo cojonudo haciendo periódicos. Son, además, grandes amigos. Pero guardando secretos hacen aguas, así que no tardé ni un par de horas en enterarme de que algo tramaban. En un país como el nuestro, acostumbrado a celebraciones de cifras gastronómicas y donde la filtración es un deporte nacional, empezaron a llegarme fogonazos de “no sé qué” comida de homenaje a Mirás, que después de 24 años palillando para La Voz de Galicia, se sitúa por obra y gracia del cáncer y de la Seguridad Social en la retaguardia del pensionismo.

Atando cabos, hasta me hice una idea de cuál sería el regalo. Pero lo que nos mata a los que nos creemos muy listos es que siempre hay alguien más listo que tú. Y si, como hice, me olí el pastel, me quedé tan corto que hoy, 48 horas después del mejor día del mejor peor momento de mi vida, todavía estoy de subidón, como la señora del anuncio de Aquarius dirigiendo la banda sonora de El Último Mohicano.

El caso es que me citaron el domingo para tomar algo, sin avanzar más. Me vino a buscar a casa una compañera de Administración y tiramos hacia los bares de lo viejo. Me cuidé mucho de decirle que, durante los últimos días, no había dejado de recibir mensajes de otros colegas de La Voz, que son o que fueron, y que decían cosas como “no podré estar en lo tuyo del domingo” “Me pilla fuera tu fiesta…” ¿Qué fiesta?, me pregunté después de recibir el primero. Lo dicho: guardan los secretos de pena, cuidado con lo que le contáis a la prensa.

La sorpresa que no era tal continuó cuando el gancho me subió a su coche y me llevó a un hotel. Otro en mi lugar, de no haber descubierto la encerrona colectiva que tramaban, hasta se hubiera puesto nervioso. ¿A un hotel a las dos de la tarde? ¿Así, a la brava? Mmmmm.

Cuando, aparcados en el subterráneo, subimos en un ascensor a las habitaciones, otro quizás se habría puesto en guardia, ya digo. Pero yo me temí que se abriría la puerta de la 138 y saldrían varios fotógrafos de la casa abrasándome a flashazos, alguno haciendo el indio en tanga o Lito, vocalista de la Orquesta Panorama, cantándome al oído una de Carlos Baute.

Loló, la rubia compañera del BMW, que no sabía que yo ya sabía, debió de imaginarse además que yo era un fresco porque no puse ningún pero a subir a las habitaciones de un hotel un domingo de ramos a mediodía. Fue un momentazo. En el ascensor equivocado bajamos a la cocina hasta que ya, por fin, después de cruzar varios ambientes, llegamos a la recepción. Y allí estaban todos, los muy cabrones: un total de 83 compañeros de La Voz, central, delegaciones y corresponsalías, que no encontraron nada mejor que hacer un domingo que organizarme una cuchipanda de despedida. Un “hasta luego”, como les gusta decir.

Fue un despliegue humanitario realmente emocionante. Porque yo sabía algo de la trama, pero jamás imaginé que lograría reunir a más de ochenta currantes del periodismo y sus actividades satélites para rendirme honores. La rehostia. No me quiero ni imaginar mi entierro… “Si estáis todos aquí, ¿me queréis decir quién carallo va a hacer el periódico de mañana?”, les pregunté. Callaron. En esto de la prensa hay una máxima que se cumple: el periódico siempre sale, aunque no haya periodistas. Como diría mi amigo Iker Jiménez: “Inquietante, amigos”. Un abrazo, Iker.

Desde la puesta en escena al menú y el servicio, todo fue impecable. Pero para volver a rebajar mis ínfulas de listillo, la gran sorpresa la guardaban para el final. Después del segundo plato, escuché de lejos música de gaitas que identifiqué al minuto: “Joder, hasta han buscado un disco de Noitarega, ¡cómo se lo han currado!”. Noitarega es el grupo de música tradicional en el que me hice gaitero cuando todavía tenía los dientes de leche, una de las mejores formaciones del sector que uno puede escuchar, y no lo digo yo. Lo que no me esperaba es que, de repente, la música que ambientaba el salón se iba a materializar. Y allí entraron por la puerta, detrás de un batallón de camareros, Nando Costas, Xosé Oliveira, Manuel Alonso, Xosé María Gutiérrez y Telmo Costas, Noitarega, tocando en vivo, sin trampa ni cartón.

El quinteto se colocó en una zona del salón, junto a mi mesa, y entonces descubrieron un póster que me dio el golpe definitivo: un yo de 1981 a tamaño real, gaita en ristre, rescatado de la memoria fotográfica del grupo. Acabé, claro, tocando la gaita con mi yo de diez años y chupa mil rayas, percutiendo el tambor, cantando… Después vinieron las palabras, unos regalazos a mi medida… el cariño, en definitiva, de tanta gente tan importante en mi vida, que todavía hoy no me he recuperado de la emoción y me he metido el chute químico de la jornada como quien se tomara una botella intravenenosa de licor café. Una portada falsa de La Voz con el titular “Nacho Mirás, reservista” puso la guinda a otro de esos gestos de humanidad que hacen que esté viviendo el mejor peor momento de mi vida. Nunca os estaré lo bastante agradecidos. Sois mi familia. Sirva este texto de agradecimiento a los que participasteis tanto en presencia como en esencia. Dentro vídeo:

166. Memoria del viejo Hospital Real de Santiago

Agradezco el intento, pero prefiero que no me contestéis en plan “yo también me canso mucho” cuando me preguntáis cómo estoy y respondo que muy cansado. De verdad, gracias, pero no tiene nada que ver lo que puedo sentir yo, con los chutazos químicos a los que estoy sometido y año y medio instalado en las filas de la oncología médica, con las sensaciones que experimentan los sanos. Ya ni cito las 30 sesiones de radioterapia de fotones que me abrasaron lo sesos. Nada que ver es nada que ver. Claro que vivir nos agota a todos, que el tiempo no ayuda… pero no es lo mismo, ni siquiera parecido.

Como son muchos los que creen que tengo mejor cara cuando pongo tierra por medio y me hago alguna escapada, acabo de cerrar la próxima, con Catalunya, cómo no, como destino. Me voy animado por el resultado de la última resonancia magnética y con la maleta tan llena de pastillas que mi difunta abuela Pura a mi lado era una aficionada, ella que viajaba con la farmacia puesta.

Me estoy reconciliando con la Seguridad Social, que ha empezado a pagarme en tiempo y forma. Protestar funciona. Lo que no funciona es tragar, quedarse calladito, acatar… No va la mansedumbre en mi naturaleza.

El día 31, con su nueva andanada intravenosa, está a la vuelta de la esquina. Asumo que cambiaré unos días el Atlántico por el Mediterráneo facturando no pocos efectos secundarios, pero prefiero eso a quedarme en casa doliéndome y mirando cómo la prórroga se me pasa por delante de las narices sin apenas disfrutarla. Me voy a darle un poco a la música, que me hace bien, pero antes enlazo uno de los reportajes de la serie Compostela Vintage que publiqué en La Voz de Galicia y que viene muy a cuento, ahora que TVG estrena Hospital Real, de Ficción Producciones. El 1 de julio del 2013, a bordo de la Vespa del tiempo, recreé así el desalojo del viejo centro sanitario para ser transformado en el Hostal de los Reyes Católicos que conocemos hoy. Por eso lo escogí para presentar El mejor peor momento de mi vida en septiembre del año pasado. Salud.

Desahucio en el Hospital Real

(La Voz e Galicia, 1 de julio de 2013)

Nacho Mirás. Santiago

Lunes, 31 de agosto de 1953. Llevan semanas trasladando a todo el mundo al nuevo hospital de Galeras. Es el no va más, dicen. Me he ido escaqueando, pero el doctor Puente Domínguez, hijo del doctor Puente Castro, me dio ayer un ultimátum: «Amigo, hay que irse, que aquí ya no pintamos nada». Es buena gente don José Luis.

El edificio tiene eco. Se han llevado los muebles, las camas, a los enfermos… Quedamos el gato y yo. «¡Mueva eso con cuidado y cárguelo en el camión de la Diputación, merluzo!». Mientras el decano de Medicina, Pedro Pena, manda y ordena, me voy a dar una última vuelta. Franco ha decidido que esto va a ser un hotelazo, el mejor de Europa, y ese no se anda con chiquitas.

Encima de una caja de vendas hay un ejemplar de La Noche de anteayer. «Para el año santo tendremos el mejor parador de Europa», dice en portada. Leo que unos 2.000 obreros, «en ocho meses de trabajo intensivo» convertirán el Hospital Real en la Hospedería del Peregrino. ¿Hospedería? No lo veo. ¿No sería mejor algo más potente, como Hostal de los Reyes Católicos? ¡No la cague en el nombre, generalísimo!

Me pierdo por el edificio, que aún huele a cataplasma y a cloroformo. Un morbo insano me hace ir primero a la morgue, donde todas las plazas están vacantes. Tendría su gracia hacer aquí un restaurante y llamarlo Restaurante dos Reis. Me parto.

Me puede la sangre. No me pregunten cómo, acabo en la sala de autopsias. ¡La de gente que ha entrado aquí de una pieza y ha salido desmontada! Qué ideas se me ocurren: estaba pensando en abrir en este sitio otro restaurante y llamarlo, por ejemplo… Restaurante Enxebre; soy un adelantado a mi tiempo. Mejor vuelvo con los vivos, que tengo palpitaciones. Me planto en el vestíbulo. A la izquierda esta la enfermería de San José, pero hasta el siglo XIX esto era la peregrinería de hombres. Aquí siempre han convivido muy bien la sanidad, la beneficencia y la peregrinación. Voy hacia el refectorio de peregrinos. ¿Y si pusieran ahí una cafetería con sus camareros con chaquetilla? Valeeee, solo era una sugerencia.

Detrás del refectorio ya han desmantelado la cocina de los peregrinos. Apuesto a que con la reforma se cargan la lareira. Y ya no hay nada tampoco ni en la botica ni en la rebotica. Qué bien le quedaría llamar a esta zona Salón San Marcos y darle glamur. Lástima de huerta, con sus casi doscientas plantas medicinales: saúco, malvas, artemisas, adormideras…

Estoy pensando que allá, en la enfermería de Santa Ana, pondría un comedor potente. Ya está: El Salón Real. ¡Viva el Rey! (si me oyen, me destierran a Fuerteventura). Evito pasar por lo que fue hasta 1846 la inclusa, conectada a la plaza de España por una pequeña puerta. Me perturba pensar en la cantidad de madres que han dejado ahí una parte de sus vidas y de sus entrañas. Podrían poner una sala de lectura, por ejemplo, para meditar. En el paritorio, subiendo las escaleras de Belén, ya no llora nadie. Me ha dicho Puente que el último niño nació hace unos meses. Yo ahí dividiría y haría habitaciones. Hay dos inscripciones que me dan repelús: El Observatorio de Agonizados y el Depósito de Sanguijuelas. La acústica del observatorio es increíble. Si un día lo descubre Andrés Segovia seguro que querrá venir aquí a tocar la guitarra. Tengo la corazonada de que mis propuestas serán oídas.

-¿Todavía por ahí, hombre de Dios? ¡Hay que irse!

-Estaba buscando la salida y me he liado, don José Luis. Que pase un buen día. Y perdone.

José Peña Guitián: “Había mucha prisa por construir el parador”

Los niños fueron los primeros en ser trasladados desde el Hospital Real al nuevo de la rúa Galeras, entonces conocido como Residencia de la Seguridad Social, sostiene José Peña, quien ya ejercía como pediatra del centro: «Recuerdo que fue en verano. Vino un camión de la Diputación, que transportaba todo, e hice mucha amistad con el chófer. Fuimos incluso juntos algún día festivo a la playa, porque estábamos en la misma pensión. Había mucha prisa para construir el parador: la obra del Hostal se hizo con 3 turnos de trabajo, las 24 horas, para acelerarla y que estuviese dispuesto en el Año Santo para acoger peregrinos», afirma. Peña había acabado Medicina en 1950. Entonces no había especialidades como ahora. La carrera duraba siete años y finalizaba con un curso rotatorio con prácticas en varios departamentos. «Estaba el catedrático Suárez Perdiguero al frente de la pediatría y acordamos que yo siguiese con él», afirma. Peña elaboró un trabajo sobre aquella etapa, presentado en el último congreso de la Sociedad Española de Pediatría y editado este mes por la entidad científica. Este texto memora la transformación que experimentó la asistencia pediátrica en los últimos años del Hospital Real, donde los pacientes procedían del llamado padrón de beneficencia, la Diputación pagaba su alimentación y el Ministerio de Educación su medicación. Suárez Perdiguero logró dinero para cambiar el viejo piso de madera; separó enfermos contagiosos del resto; amplió habitaciones y creó nuevos servicios como el área de radiología pediátrica. De sus colegas de entonces, cita como otro aún vivo «al doctor Gallego».

 

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