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"El amor es algo muy resistente, se necesitan dos personas para acabar con él" José Luis Alvite

162. Los apuros de un pregonero afónico. Viva Arzúa.

Murphy, que es ese hijo de puta que se encarga de que todo lo que puede salir mal, salga mal, se aprovechó de que soy un inmunodeprimido por obra y gracia de la quimioterapia y me castigó desde primera hora de la mañana de este sábado con una afonía tal que Pepe Isbert a mi lado era Gracita Morales. ¿Afónico? ¿Justo hoy que soy el pregonero de la Festa do Queixo de Arzúa? ¿Dónde se ha visto un pregonero afónico? Así que procurando no utilizar más de lo necesario mi voz de gallo Claudio en la intendencia doméstica, susurrando, empecé a pensar un plan B para salir del paso. Me llevé de la farmacia todos los remedios posibles, me metí lingotazos de miel… hasta pensé en darle al huevo crudo como el lobo del cuento. Para nada. Según se iba acercando la hora me parecía cada vez más a Lindo Pulgoso y menos al fulano que era ayer por la noche. “Solo me falta -iba rumiando yo solo- que ahora haga su entrada en escena el Irinotecagas -ese químico anticancerígeno que se manifiesta dándome la vuelta a las tripas cuando menos te lo esperas- y entonces los de Arzúa van a recordar toda la vida al pregonero de la edición número 40 de su fiesta”. Tranquilos, no llegó la sangre al Iso.

Yo creo que fue el calor humano que me encontré en Arzúa lo que me ayudó a leer hasta el final un pregón que escribí de corazón. Aquí, un buen resumen. Mi hija me confesó después que a ella y a su amigo Lucas les daba la risa, pero no por el contenido, sino por la forma en la que mi voz pasaba de repente de canario flauta a mugido. El mensaje llegó a pesar del medio, y de eso se trataba. Gracias, Arzúa. Si me acompaña el chasis, el domingo vuelvo para escuchar a mi querido Kepa Junkera, a Treixadura y a lo que me echen.

Ahora que ya estamos metidos en la noche, voy y recupero la voz. Estoy por subirme a un banco de la calle y leer el pregón a los peregrinos que pasen, que siempre hay algún coreano deseoso de retratar a un friki typical spanish. Pero casi me voy a quedar en casa, que la noche lo mismo me confunde.

Voy a ir terminando, que para la próxima entrada tendría que resumir mi reciente aterrizaje en el inexplorado mundo del pensionismo. Sí, amigos, desde la Administración han resuelto, aunque de momento no ha llegado el cartero de la Vespa con la documentación que me anunciaron con un revolucionario SMS (están que lo tiran). Como el indio aquel con el que hacían coñas Les Luthiers, ya soy el Inca, el Inca-Paz. Todas las incapacidades son revisables pero, de momento, si alguien me pregunta: “¿Ocupación?” tendré que responder: “¡Pensionista!” Tengo sentimientos contradictorios que ya explicaré. Debería enterarme de si me puedo beneficiar de los viajes a Benidorm del Imserso, que allí hace sol y los pajaritos de María Jesús y su acordeón siguen sacudiendo las alas. Y si hay que remover la colita, todo será ponerse.

El miércoles me quimican por la mañana y me voy a un congreso por la tarde, concretamente al Congreso Internacional de Oncología para Estudiantes (COE XI). No me canso de decirlo: si puedo servir de ayuda, estoy dispuesto, que pacientes y médicos todavía tenemos que acercarnos más. Agradezco muchísimo esta invitación y confío en que la semana que viene no me salga ante los estudiantes la voz de Bob Esponja, de Darth Vader, de Mariano Rajoy… puedo ser poseído por cualquier ente animado, que está claro que a Murphy le pongo. Para que os quitéis el escozor que os pueda haber causado del vídeo de arriba, os doy las buenas noches con uno de esos clásicos del subidón. Simple Minds, Don’t You (forget about me). Dale, Kerr. Saludos pensionistas con mi voz de siempre. Visitad Arzúa; vale la pena.

161. El cuerpo las hace y las paga; el INSS solo incordia. 20 de febrero 2015

Qué poco dura el alto el fuego en el frente oncológico. Salí de la sesión química de ayer hacia las dos de la tarde, después de seis horas largas entre esperas, papeles, chutes, consultas y ya, por fin, tratamiento. Se me acumularon las visitas en las sala de cortinas del Hospital de Día de Oncohematología y casi tengo que hacer un “¡Si me queréis irse!” ante el riesgo de que la enfermera -no sin razón- nos desalojase por la fuerza de las armas. No hacíamos jaleo, palabara, pero son las normas.

Salí bien, digo, con nuevos medicamentos en la receta electrónica que ya veremos cómo resultan. Esto de la farmacia va así: para la noche te dan las pastillas de dormir; para las mañana, las de despertar; las de contener la tripa, las de soltarla… tensión on, tensión off… y así hasta el infinito.

No sé si por la medicación, por capricho o por hambre, abandoné el hospital con antojo de churrasco, así que allá nos fuimos, al Fuentes de Conxo, mi querido hermano putativo Javier y yo, dispuestos a levantar un cadáver. Sin abusar y sin salsas, comimos, charlamos y salimos con las barrigas contentas. Nunca fui de grandes ingestas, pero ahora menos.

Mi organismo, qué cabrón, esperó hasta la noche, esta que acaba de terminar, para vengarse. La cefalea de la que vengo de resucitar, y que estuvo presente durante horas a pesar de las contramedidas pautadas, concluyó a las cinco de la madrugada, cuando lo que entró por Conxo salió por San Lázaro sin apenas digerir. Menos la bandeja, estaba casi todo. En serio, no abusé. Me apetecía churrasco y un tipo en mi situación debería tener derecho a darse algún homenaje. Lo de “mañana será otro día” no es siempre literal. He estado malísimo hasta hace un rato. Gracias que tengo en casa a la mejor experta en masaje capilar que se pueda tener, y mi cabeza pocas cosas agradece más; soy un yonki de la digitopuntura.

Pronto os contaré cómo se las gasta el Instituto Nacional de la Seguridad Social, que para resolver mi situación me ha enviado, vía cartero en Vespa y previo aviso por SMS, un cuestionario lleno de preguntas cuya repuesta ya conocen sus funcionarios. Y con la amenaza de que si no lo entrego en diez días, me encuentre como me encuentre, allá yo. Si digo acojonante me quedo corto. Me hará falta una carretilla para transportar todo lo que me exigen. Tienen las santas narices de preguntarme, después de relatar en base a mi historial clínico la gravedad del proceso que me acompaña, que “cómo afecta eso al desarrollo de mi labor profesional”. Ellos mismos solicitan mi incapacidad permanente, parecen conscientes de lo que hay para, a continuación, sin salirse del protocolo, someterme al interrogatorio más denigrante al que un enfermo oncológico se pueda enfrentar.  Ya entraré en detalles. Me piden hasta el número de cuenta en la que ya me han pagado, pruebas documentales de que tengo hijos, de que tengo padres, que cuánto gana mi mujer… la de Dios. Para mear y no echar gota, os lo juro. Anda que como me entre la vomitona el día que les lleve todo salimos en el Telediario. Señores del INSS: ¡Un poco de sensibilidad, hostia! Salgan de su escafandra, que mañana les tocará a ustedes, a sus hijos, a la gente que quieren. “O que non as teña, que as agarde” (Pilar Campos Quintela, mi abuela).

Sigo pendiente de las noticias que me puedan llegar de Vigo, que ya adelanté en la entrada 160 que las desgracias nunca vienen solas. Todo apunta a que va a ir bien, seguro que sí.

Como en los programas de radio en los que se dedicaban canciones, quiero dedicar este post a la madre que me parió. Y ahora es cuando saco las maracas y pincho una de aquellas de Machín que, de tanto bailar agarrado Toñita Fole y Pepe Mirás en célebres salas viguesas como La Palmera, La Cruz Blanca o Las Cabañas, dieron como resultado del roce el cariño y tres hijos de los que yo soy el del medio. Ya pasó, mamá, ya pasó.

160. La dura vida del superhéroe. 16 de febrero, carnaval

Algún día, mi hijo le echará en cara a su madre que se le viese el cuello de la camisa de cuadros por debajo del traje de Spiderman. Vale que hace frío, que estamos en invierno y hay que prevenir, pero al ver a mini yo con su disfraz de hombre araña, el cuello de la camisa de cuadros verdes por fuera y un plátano en la mano que le obligaba, para merendar, a descubrir su verdadero rostro, me he acordado de aquella frase grandiosa del maestro Alvite: “Las mujeres, cuando tienen frío, te abrigan a ti”. Allí estaba el enano, preparado para escalar los muros de la Cidade da Cultura de Galicia y salvar a la humanidad, sometido a la voluntad de su santa madre. ¡Tratad de mantener la dignidad en semejante tesitura! Da igual que seas un superhéroe de Marvel: tu madre te abrigará siempre y si es hora de merendar que se esperen los villanos ¿o estás tonto? Cuando lo he visto con la camisa, el plátano y la máscara calada en la cabeza como la boina de Paco Martínez Soria, le he perdido el respeto como superhéroe. Ha sido inmediato. Igual que aquella vez que contemplé en el vestuario de la piscina, en pelota picada, a un célebre magistrado y a un ex-alcalde. Cómo nos igualan los vestuarios y los gestos mundanos, amigos.

Me está yendo mejor la fase física de esta última andanada química que la moral. Yo puedo desnudar los detalles de mi enfermedad cuándo y de la manera que me parezca, pero no los de los demás. Lo dejo en que esta vez le ha tocado a alguien cercano y empiezo a pensar si no habrá por ahí circulando algunos muñecos de vudú que tengan puestas las caras de mi familia. Ya está pasando la broma de castaño a oscuro y por eso -y alguna otra cosa- tengo el ánimo tocado en la línea de flotación.

Mientras el físico me acompañe tengo pensado seguir protagonizando actos de rebelión contra las normas establecidas. Tanta prohibición y tanta carallada… No sé si haciendo todo lo que me dicen que haga y dejando de hacer todo lo que me dicen que no haga viviré más pero, como al del chiste, “se me va  a hacer largo”. Por eso que a nadie le extrañe verme, como esta tarde, en un festival de rock con los niños; en una playa lloviendo; en un supermercado; haciendo gimnasia en esos aparatos para adultos que han florecido en parques y jardines que, por lo visto, solo uso yo… Estos gestos de insumisión me suben además la moral porque me siento un poco más útil, más válido, más capaz. Tampoco se trata de hacer el indio, pero nadie mejor que uno mismo para saber dónde están los límites. A la que pueda subirme a un avión que aterrice cerca de una playa me doy el piro y no regreso hasta que no se me acabe el dinero.

La ventaja del carnaval es que las cicatrices de las craneotomías no llaman demasiado la atención. Siempre puedo chulearme de lo logrado que está mi disfraz de Frankenstein creneotomizado de A Salgueira. El otro día una chica me reconoció en La Bodeguilla de San Lázaro, local de cabecera donde los haya, y me espetó una frase grandiosa: “¡Tú eres… tú eres… (se quedó pensando)… tú eres ¡ese!”

“Efectivamente, yo soy ese”, le dije sacando del armario mis fondos más pantojianos. Después cruzamos unas palabras más, me explicó que me seguía… esas cosas. No me parece mal que me pregunten si soy ese, estaría bien a estas alturas.

Hoy el pobre Spiderman que duerme en la habitación del fondo no ha tenido su mejor episodio. Además del tema bochornoso de la camisa de cuadros, en casa he tenido que desautorizarlo porque cogió una rabieta nada digna de un niño araña por culpa de unas salchichas. Qué dura es la vida del superhéroe menor de edad, meu rei, sobre todo si solo tienes cuatro años.

Como en el hospital me han retrasado el cuadro tóxico en el tablao químico para el jueves, tengo un día más para hacerme a la idea. Haber descubierto que una cucharada de helado de limón -el de Mercadona, mismo- neutraliza las náuseas es algo impagable que le deberé siempre a Mercedes Fernández, compañera veterana del frente oncológico que, por cierto, cada día está más guapa.

Sigo esperando por la resolución del Instituto Nacional de la Seguridad Social que, haciendo un tremendo alarde de medios técnicos, me ha enviado un SMS diciendo en letras mayúsculas (petardos, el uso de mayúsculas en este mundillo quiere decir que estás gritando). Pues me han gritado: “EL INSS INFORMA QUE  SU RECONOCIMIENTO DE INCAPACIDAD TEMPORAL SE HA RESUELTO CON INICIO DE INCAPACIDAD PERMANENTE. PRÓXIMAMENTE RECIBIRÁ LA NOTIFICACIÓN”. O sea, que gastan un mensaje para avisarme de que un cartero llamará a mi puerta. Y seguro que en ese momento no estaré, o estaré en el váter, me dejarán un aviso en el buzón y tendré que acabar yendo yo a Correos al día siguiente. El futuro es la rehostia, doc, no sé si estoy preparado para semejantes avances.

Me está saliendo un pelo de rata en la zona de la cabeza que me radiaron el año pasado. Lo que Cela llamaba “pelo de hijo de puta”. Para poca salud, ninguna, así que voy a poner a trabajar a la trasquiladora. Spiderman, por cierto, se enfadó muchísimo el otro día y empezó a gritar: “¡De mayor no quiero ser calvo como papá!”. A continuación me preguntó si “luego” y “después” eran palabras con el mismo significado. Si nadie te prepara para educar niños, cómo carallo vas a saber educar superhéroes. Dentro REM, Imitation of life.

159. Más cansado que ayer, ¿menos que mañana?

Pienso que no se puede estar más cansado hasta que llega el día siguiente y me levanto más hecho polvo que el anterior. Hoy es el día siguiente. Lo llaman astenia y, básicamente, se concreta en que me cuesta incluso arrastrar los pies. El cansancio extremo -me han dicho- es una buena señal: eso quiere decir que la quimio te está haciendo efecto. Yo, que soy de natural desconfiado, lo dejo ahí, porque también me escarallaron al máximo las hostilidades químicas del año pasado,  las cuchipandas de Temozolomida, y el tumor resurgió de sus cenizas y volvió a acampar en mi cerebro.

Las tripas siguen en su sitio, pero la sensación de mareo en el estómago es habitual. Hago esfuerzos para comer y, antes de abrir la boca y tragar, primero tengo que imaginarme qué me puede apetecer y cómo me sentará; por norma general, acierto y me voy nutriendo. La cocina asiática, en todas las variantes a mi alcance -básicamente, China y Japón- se ha descubierto como un gran aliado en esta circunstancia, quién lo diría.

Me quedan nueve días para la siguiente dosis de antineoplásicos. Menos mal que ya tengo la descendencia fabricada, porque estoy al día de lo mal que le sientan estas pócimas a la reproducción. Con los hijos hechos, el libro escrito y algunos árboles plantados, debo de ser lo más parecido a un fulano completo. Incluso he subido en globo un par de veces, así que ya no hay mucho dónde rascar.  Yo sigo convencido, no obstante, de que estoy, más o menos, en la mitad de la carrera, por mucho que el cáncer me ponga zanadillas.

Empecé esta entrada escrita en el blog confiado en que me vendría arriba, pero incluso me cuesta mecanografiar. He salido a la calle para ver si espabilaba, pero una ráfaga de viento helado que entraba por Amio me ha obligado a regresar a la base. Necesito sol, calor… ¡Y los necesito ahora, no en julio! Ando sobrado, sin embargo, de calor humano, como el que recibí el viernes en la entrega del VI Premio Derechos Humanos del Ilustre Colegio de Abogados de Santiago. Compartir el momento con mi familia y, especialmente, ver la cara de orgullo de mis hijos han sido motivos de satisfacción máxima, y no anda uno sobrado de satisfacciones máximas en esta segunda tandada de hostilidades químicas. Gracias de corazón a los abogados de Compostela, que me eligieron por unanimidad en estos tiempos en los que una decisión unánime, sea para lo que sea, es una excepción.

En los minutos escasos que he empleado en llegar a esta línea he entrado en calor. Lo peor de estos daños colaterales de la guerra química es no poder hacer la cantidad de cosas que uno quiere hacer porque el cuerpo no te sigue. No mandé mi flota a luchar contra los elementos… Aún así, de verdad que me esfuerzo para torear al invierno y a la astenia con todos los medios a mi alcance.

Ah, por fin he cobrado. Más tarde que el resto de la plantilla y sin que la mutua tenga la deferencia de detallarme los conceptos, pero he cobrado. Si el ingreso es correcto o si se les ha olvidado algo es una cuestión de fe. Sigo esperando noticias del Instituto Nacional de la Seguridad Social, que tiene ahora la misión de resolver mi situación laboral a largo plazo: Incapaz permanente o incapaz absoluto. Lejos de ser sinónimos, que te señalen como permanente o como absoluto marca la diferencia entre morirte de hambre o quedarte económicamente como estabas. Lo único que le falta a un enfermo de cáncer, después de haber cotizado más de veinte años, es tener que pensar además en la solvencia y en el futuro de los que dependen de ti. ¿No es suficiente tener lo que tengo?

Voy a hacer otra intentona y salir al exterior; el riesgo de quedarme dormido al teclado es alto. Pasad una buena semana, que la mía arranca con un poco más de lo mismo. En la entrega del premio sonó el viernes el A Rosalía de Curros Enríquez, que me pone los pelos de punta desde que lo escuché por primera vez. Va la versión de Luis Emilio Batallán.  ¡Ai dos que levan na frente unha estrela, ai dos que levan no bico un cantar! 

158. El cuerpo muy mal, pero una gran…

Parafraseando a Alaska: Tengo el cuerpo muy maaaal… pero una gran ¡vida social! Qué malito he estado de nuevo, amigos. Desde que el miércoles me atacaron químicamente por todos los frentes, las horas siguientes han sido un suplicio. Sigo sin acostumbrarme a que me pinchen en el pecho para llegar hasta el reservorio que llevo implantado, pero lo peor son los efectos secundarios del cóctel intravenoso.

No sé ya si llamarle migraña, cefalea o directamente tortura al dolor de cabeza que se me instala en el lado derecho -el que me aserraron dos veces los neurocirujanos para extraer sendas raciones de sesos bien servidas-, irradia hacia la parte trasera del ojo y me incapacita como ser humano durante horas. El jueves fue un horror, con sus correspondientes episodios de náuseas que neutralizo con las contramedidas recetadas. Y aunque hoy he arrancado mejor -no al cien por cien-, confío en que las hostilidades me permitan acudir con la dignidad que requiere la convocatoria a la entrega, esta tarde a las siete en Aula Noble de Fonseca, del VI Premio Dereitos Humanos que me ha concedido el Ilustre Colegio de Abogados de Santiago.

No he podido negarme tampoco a ser el pregonero de la edición número 40 de la Festa do Queixo de Arzúa, así que si las piernas me sostienen, el 28 de febrero a las 13.00 allí estaré, en la tierra del queso y de Ana Kiro, pregonando para quien quiera escuchar. Me convocan también en marzo al Congreso Internacional de Oncología para Estudiantes organizado por la Universidad de Navarra. Me parece magnífico que los futuros encargados de mantenernos en el más acá quieran escuchar al paciente. ¿Veis cómo encaja lo del cuerpo muy mal pero una gran vida social? No formaba parte de mis planes hacer apostolado de mi enfermedad, pero si puedo servir de ayuda…

Tengo libertad química condicional hasta el 18 de febrero. Y entonces, de nuevo, caña al mono. Me hace bien estar entretenido a mi ritmo. No estoy para horarios ni turnos, pero la casa me come y necesito airearme. Es posible que dé la sensación de estar en todas las pomadas, pero va por todas las que quizás no pueda estar. Reitero mi compromiso con la campaña que lleva a cabo desde Vigo Beatriz Figueroa, que no reclama para ella, sino para todos. Este marco legal español que regula la situación de los enfermos de largo recorrido como nosotros un día se volverá contra quienes, creyéndose inmunes, lo redactaron y contra quienes lo aplican sin contemplaciones, incluso echando mano de amenazas preconstitucionales (orden del 21 de marzo de 1974). Todo muy moderno, oye, muy actual. “Como me ves, te verás, como te ves me vi…” Salgo a que me dé el fresco. Que no pare la música. Nos vemos en Fonseca, en Arzúa, en las rúas de Santiago… por ahí.

157. La humanidad, un bien tan escaso que sorprende.

Si la visita a la unidad de vigilancia médica de la Seguridad Social no ha sido para nada lo traumática que cabría esperar, ha sido gracias a que, como ya he escrito más veces, por encima de un sistema injusto, obsoleto y con todos los defectos que se pueda uno imaginar, están las personas. No voy a dar nombres esta vez, pero agradezco de corazón el trato recibido. La humanidad no abunda en algunos departamentos de la Administración. Aún diría más: es un bien tan escaso que cuando reluce, sorprende.
En los próximos días, una comisión decidirá sobre mi situación laboral para los restos. La economía me preocupa, porque la normativa española te puede dejar en bolas justo cuando más abrigo te hace falta. No es lo mismo cobrar el cien por cien que el 55, lo sabe hasta un niño de primaria. Y nuestro avanzadísimo sistema de protección social te puede dejar con la mitad del sueldo en plena agonía, es así. Confío en poder vaciar lo que me queda de cerebro de preocupaciones monetarias para dedicarme al triatlón químico que tengo por delante. Voy a confiar esta vez en el sistema, que para rectificar tengo tiempo y un teclado protestón con la batería cargada.
El pronóstico médico sigue siendo malo, pero el ánimo lo mantengo amarrado con una cadena. Malo, sí, nunca ha sido de otra manera.
Después está el asunto de los pagos habituales: a 30 de enero, diez de la mañana, estamos igual que ayer, con los haberes pelados. De nuevo voy a ser optimista y confiar en que el tipo de la mutua que tiene la responsabilidad acierte con el botón adecuado en las próximas horas. ¿Ya? ¿Tan difícil es?
Viene mal tiempo para el fin de semana, así que voy a tratar de ponerme la mejor de mis caras, que el día 4 llega enseguida y me espera un torrente de emociones citotóxicas en la sala de tratamientos. Abrigaos, que dan nieve a quinientos metros y lo mismo tenemos que ir de Santiago a Lalín en trineo.

156. ¿Cuándo se cobra aquí?

Como de costumbre, a día 29 ya ha cobrado toda la plantilla menos el enfermo coñazo que suscribe, que sigue esperando a que le aflojen la mosca porque la normativa española permite a quien tutela a personas como yo que una empresa privada con la que no hemos firmado jamás un contrato laboral nos administre los haberes cuando le salga de los huevos a los que la gestionan. ¿Hipoteca? ¿Gastos extra? ¿Cáncer? ¡No joda, señor!
Entre ayer y mañana, eso sí, habré perdido bastantes horas de mi cada vez más valioso tiempo en pasear informes médicos entre el hospital que me mantiene vivo y la unidad de vigilancia médica de la Seguridad Social, que me mira como a un sospechoso de explotar unas anginas. Seguro que mi oncólogo habría atendido a un par de pacientes con fecha de consumo preferente en el tiempo que desperdició en redactar y resumir unas memorias sanitarias que están en una red informática, a disposición de un funcionario que quiera pulsar una tecla. Es voluntad, no otra cosa.
Bastantes horas me paso ya conectado a una máquina en una sala de tratamientos como para, además, tener que hacer de cartero de la SS y llorarle a la mutua que me pague lo que me debe en tiempo y en forma. Pero a ellos les dan lo mismo mis circunstancias, mi supervivencia, mis expectativas. Después se colapsa el sistema y no faltará quien le eche la culpa a la gripe. ¡O carallo!
Hay quien me recomienda que no desperdicie energías en enfrentarme al sistema. Pues lo siento, pero voy a seguir haciéndolo, porque me hace bien, porque me desinfla la vena y porque, como dice mi amigo Xosé, nadie hizo una revolución sentado. No soy un fulano manso, y menos en la tesitura actual. Pienso levantar la voz y lo que haga falta mientras me queden fuerzas: todo eso del alma y la calma que repito hasta hartar. Y si lo que dejo por escrito sirve para que alguien reflexione y piense en cómo cambiarlo, entonces daré la mala hostia con la que nací por bien empleada.
Mañana acudiré puntual a la cita con los vigilantes, aunque para llegar a la hora impuesta tenga que zapatear a mis hijos. ¿Saben a qué hora entran los niños en el cole? ¡Qué coño van a saber! Ustedes a lo suyo. Tendrán la literatura que me piden y lo que queda de mí para mirarme con lupa. Solo les pido que sean tan ágiles en resolver como lo son en exigir. Como me ven, se verán, que ya decía mi abuela que el que no las tenga, que las espere. No, “no soy un fulano con la lágrima fácil, de esos que se quejan solo de vicio. Si la vida se deja, yo le meto mano y si no, aún me excita mi oficio…”. SS también son las siglas de Sabina y Serrat, que son mucho menos tóxicos que los burrócratas que nos perdonan la vida.

155. 27 de enero. Efectos secundarios y prueba de vida

Se van incorporando tantos efectos secundarios al catálogo que, a este paso, tendré que pasar lista por las mañanas, no sea que se me quede alguno o se me solapen varios. Ahora son las hemorragias nasales, que me asaltan en plena noche, sin aviso previo y a chorro. Enseguida se pasan, pero la sangre es escandalosa y nada agradable al sabor para alguien que, como yo, tiene especialmente despiertos los sentidos del gusto y el olfato. Nunca me ha gustado la morcilla.
Las migrañas que van y vienen, el ardor de estómago… Ya digo: todo un festival de la interacción farmacológica que me somete y me recuerda las 24 horas del día que tengo lo que tengo, no vaya a ser que me olvide.
Voy controlando la tensión, que anda como la prima de riesgo a causa de la quimioterapia, con las contramedidas recetadas. Y tengo la vista puesta en el viernes 30 de enero porque, una vez más, me ha convocado la unidad de vigilancia médica de la Seguridad Social por carta certificada para evaluar mi estado y ver qué pasa con mi situación laboral; qué pasa conmigo. ¿Usted qué??? Para enviarme la vida laboral que les solicité no han tenido tiempo, no. Es asqueroso que sobre alguien que tiene una enfermedad larga y grave, sobre un paciente oncológico, planee constantemente el fantasma de la sospecha. ¡Ya está bien!
¡No, no se ha obrado el milagro, señores inspectores! Sigo enfermo, más que antes si cabe. De nuevo me exigen documentación que lo demuestre. Es demencial. Asistiré puntual a la cita esta vez, salvo náusea o diarrea que lo impidan, pero no garantizo ser el paciente mansito que esperan, que ya son demasiadas llamadas a capítulo para alguien que vive con un cáncer de cerebro que viene y que va desde octubre del del 2013. Pero el protocolo manda y si no te gusta, básicamente, te jodes. Ya que tienen la sartén por el mango, por lo menos no me mareen demasiado los huevos.
Es usted un número más. No me canso de decir que este sistema, lejos de amparar al enfermo, le mete el dedo donde más incordia y le complica lo poco que le pueda quedar de aliento. Así lo siento; así lo escribo; así lo ataco. Vaya mi voto para aquella fuerza política que haga suyo el principio de que, por encima del sistema, están las personas. ¿Nadie se atreve?

El día 4 volveré a la máquina de las infusiones citotóxicas. Ojalá me despertase un día de esta pesadilla en la que se ha convertido mi vida y la de los que no solo me valoran como un número negativo de la Seguridad Social. Qué importante es darse cuenta de que ninguno somos inmunes, de que no siempre lo malo le pasa a los demás. De que tenemos fecha de consumo preferente. Estas memorias sanitarias están basadas en inevitables hechos reales de los que nadie está libre, de ahí su valor.

Cierro, de momento, cansado como si me hubieran dado una paliza, el parte de novedades de este 27 de enero de 2015. Estoy más cabreado que desanimado, y eso no puede ser malo porque, ya escribió Pessoa, que quien tiene alma no tiene calma. De paciencia voy escaso.

154. 23 de enero. Mucha carrera.

No me puedo quejar. A 48 horas de la última sesión de quimio, las tripas siguen en su sitio y eso no es una circunstancia menor para un fulano en mis circunstancias. Pero esta enfermedad y su tratamiento son como el Camino de Santiago, que no te regala nada: después de un llano o una bajada siempre lo pagarás con una cuesta arriba. Siempre. Me lo enseñó a pie de obra el sobrino de la Tía Claudina, que tiene las piernas muy trabajadas en los caminos que a Compostela son.
La etapa de la montaña de ayer incluyó una dolorosa a la vez que entretenida migraña de unas cinco horas de la que hoy, cruzo los dedos, no queda ni un poco de serrín. Acabé con toallas frías sobre la cabeza.
Ya saneado, puedo dedicar esfuerzos a los planes laborales y académicos que se me presentan, porque no seré yo el que eche el freno en plena carrera. Y confío en el apoyo inquebrantable de mi entorno, como hasta ahora, para el logro de mis objetivos. De verdad: no hay nada más negativo para un enfermo que la sobreprotección. Mucho me acuerdo de una frase que le oí a alguien una vez: “¡Estoy enfermo, no estoy inútil!”.
Como el ánimo suele ir emparejado con las condiciones físicas, mientras la carrocería vaya tirando yo no tengo pensado venirme abajo. Y lo que tenga que venir o no, ya sucederá. O no.
Después de un año y tres meses de baja, empiezo a desubicarme en los días de la semana. Así que, una vez confirmado en el móvil que es viernes, mis mejores deseos para el fin de semana, que promete más sol cuanto más al sur (de Galicia). El sol es vida; la humedad…musgo y moho.

153. El horizonte abierto; que corra la química. 21 de enero 2015

Las seis horas de hospital de hoy -no todas son de tratamiento- agotarían a un triatleta. Tocaba hacer uso esta mañana del reservorio que llevo implantado en el pecho, puerta de entrada del Irinotecán y el Avastín, que son esos potingues que me matan y me dan vida a la vez como le pasa con el amor a Camilo Sesto en una estrofa gloriosa de La culpa ha sido mía. Hoy no hago el chiste con los Chunguitos y el Dame veneno que quiero morir porque los tengo arrestados hasta nueva orden. Me repito en los recursos musicales, pero me consta que hay nuevas incorporaciones a la lectura de estas memorias sanitarias que igual no saben de mis antecedentes ni de mis extrañas listas de reproducción.

Hoy no olía el puesto de mando del cáncer compostelano a calamares porque a nadie se le antojó fritada y todos los de las salas de tratamientos del Hospital de Día de Oncología y Hematología nos conformamos con los bocatas-pulga que nos administra el Servizo Galego de Saúde en sus modalidades de queso, salchichón o chorizo; munición de fogueo para mi desarrollado olfato de sabueso calvo.

Ahora tengo el horizonte abierto para comprobar si el irinotecagas hace o no honor al apodo con el que me he permitido la licencia de renombrarlo, vistas sus habilidades para destriparme. Llevo puestas las contramedidas, pero no hay que bajar la guardia.

Que me suba la tensión es otro efecto no deseado de la quimioterapia que tengo que contrarrestar, desde hoy mismo, con una pastilla diaria, una más. No he dejado de acordarme de esa frase genial que le espeta mi padre a su médico a la que le toca ITV en el centro de salud: “La tensión la tengo bien; lo que tengo baja es la pensión, ¡la pensión!”. Pues yo, papá, tengo la tensión altita y la pensión -o sus entregas irregulares y a deshora que me obligan a dedicar esfuerzos al papeleo extrasanitario- es manifiestamente mejorable, y no miro a nadie.

Desde la butaca Strandmon anaranjada desde la que escribo, recién incorporada al mobiliario doméstico, tengo sentimientos encontrados sobre el panorama que se me presenta con el año recién empezado: tratamiento, caña, pruebas, consultas, más caña… Tengo todo el ánimo del mundo en el almacén donde se guardan las ganas, pero lo que hay es lo que hay. Ah, y añadimos deberes: tomarme la tensión cada día en casa, con la esperanza de que baje mientras los haberes de lo que se me adeuda por ser un trabajador escarallado que lleva más de veinte años cotizados no vayan mermando a traición. Ya me dan sustos, ya. ¿Oído cocina?????? El sistema es un asco de sistema.

Otra vez, y no es ninguna novedad, me han tratado lo mejor que se puede tratar a un ser humano en el hospital de día, nombradamente los servicios de enfermería -esas mujeres y esos hombres -son más ellas- que despachan calzados con zapatillas de running-, farmacia y, en general, por todos los que gobiernan y hacen funcionar este servicio público de rescate oncológico. Siempre hay una sonrisa, una buena palabra, un cariño, un detalle… Es como si, mientras te ahogas en medio de la ría de Arousa, se te pusiera encima un helicóptero y la tripulación te lanzase una escalerilla de raso y no una cuerda cutre de cáñamo -que también resolvería- para que no te rasguñes al agarrarte. Eso lo completas con la atención familiar del personal del comedor universitario de Fonseca, en el que soy un sospechoso habitual, y entonces ya no me caben los agradecimientos en este texto.

Hemos echado de menos hoy en el hospital, claro, al maestro. No hay guerras sin bajas ni batallas sin juglares que canten las gestas de los héroes que se fueron quedando por el camino. Yo sigo levantando acta que ayude a que perdure la memoria de los que se me anticiparon. De dos grandes tipos, dos grandes mentores, dos grandes amigos como fueron Javier Álvarez-Santullano y José Luis Alvite, que dejaron plaza vacante para siempre en la consulta 11. Tipos en los que busqué y encontré inspiración para llevar todo este suceso propio en Cinemascope de la manera menos traumática. Confío en tener fuelle suficiente el 6 de febrero para dedicarles el reconocimiento que me ha brindado el Ilustre Colegio de Abogados de Santiago pero, por si acaso me diera la flojera, que queden por escrito mis intenciones. Antes, el 4 de febrero, toca nuevo capítulo de fontanería intravenosa. Qué curioso, justo en el día mundial contra el cáncer. El calendario, que es así de cachondo.

A ver qué tal se me da la noche. Ahí va un clásico de Del Shannon para ir calentando motores. Mucho me ha gustado siempre este tema, amigos. ¡Desde que era pequeño! Sin entrar en muchas profundidades con el desamor fugitivo de la letra -el corazón roto siempre ha dado mejores canciones que el electrocardiograma sano, dónde va a parar-, el estribillo y el solo de organillo son grandiosos.

NOTA: Cambio el enlace al vídeo que puse ayer porque me duele la vista cada vez que leo los subtítulos en castellano.

Viva la vida. Podéis ir en paz.

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