84. Rajoy tiene razón: ¡Tengo brotes! (en la cabeza)

por Nacho Mirás Fole

Aunque las seguridades sociales incompatibles de Cataluña y Galicia se empeñen en matarme y la mutua en jubilarme a los 42, les he salido rana. Pero cuidado, una rana peluda. Para muestra, un botón: me está saliendo tal cantidad de pelo en la cabeza que en cualquier momento tendré que volver a peinarme. Ahora, que me estaba acostumbrando a ser mondo y lirondo… No sé si la germinación capilar es una prueba de que el tratamiento va bien o un efecto secundario de alguna de las pociones farmacéuticas que me meto. En cualquier caso, y es un hecho, me sale más pelo, me sale más rápido y me sale más duro; cuidado que no empiece a brotar el acné…

Es cierto que escribí el último post, el de la receta electrónica bluf, con muy mala leche y sobrecarga semántica. O sea, tacos. El taco es el desahogo del pobre. Yo recurro al exabrupto cuando la realidad me retuerce las tripas. Si alguien se escandaliza es algo que me la trae al pairo; lo que no puedes es cogértela con papel de fumar para no herir sensibilidades. Recuerdo con insistencia que estas memorias sanitarias son mi desahogo, una válvula de escape que me sirve de terapia. Agradezco compartirla, pero tampoco es un ejercicio obligatorio. Lo de la incompatibilidad entre sanidades públicas es algo que me calentó de tal manera que, creedme, casi mejor haber explotado de palabra que de obra.

No hay que equivocarse tampoco: no tengo nada contra Cataluña, más bien todo lo contrario. Simplemente me fastidia que un lugar tan avanzado, el sitio donde se me cayeron los dientes de leche, no vaya un paso por delante del resto en cosas tan elementales como conservar la vida de los seres humanos que la pueblan, ya sean propios o importados. He vuelto bien de coco a Santiago, que es de lo que se trataba.

El cansancio acumulativo del tratamiento sigue haciendo mella, pero yo no se lo pongo fácil. Me quedan cuatro ciclos de quimio citotóxica y en esta carrera de fondo pienso aguantar. Y ahora que me está saliendo pelo, hasta con más ganas. No quiero ni pensar en la cara de mi peluquero cuando vea entrar por la puerta al hijo pródigo pidiéndole que le haga las puntas.

La hiperacusia (ese síndrome que produce una disminución de la tolerancia a sonidos cotidianos del ambiente) crece también en consonancia a la pelambrera incipiente. Es como si no mezclara bien todavía todas las frecuencias que me rodean que, además, sintonizo en Dolby Surround. Es más acusada algunos días que otros. Puedo convivir con ella, pero tengo una feria instalada en la cabeza.

Para corroborar la teoría de mi padre, que está convencido de que se está muriendo gente “que no se había muerto nunca”, los óbitos siguen salpicándome los pies en el entorno más cercano. Los amigos -el oncólogo también lo hace- me recomiendan que no me pase en el hospital más tiempo del estrictamente necesario. Y también me persuaden, incluso con más insistencia, de que evite los tanatorios. Pero a veces toca pisar, como esta tarde, esos aeropuertos que solo tienen fingers de salida. Hoy quiero tener un pensamiento para Avelino, que apellidándose Nistal Nistal y siendo de As Pontes, era el más maragato de los gallegos que haya conocido jamás. Aunque esté mermado, todavía tengo fuerzas para la exportación, y por eso quiero compartir el ánimo con Curru, su viuda; con su hijo Julio y con Minia García, la madre de sus nietos, Nicolás y Carolina; con sus consuegros Maite Angulo y Benedicto García. Rebuscando en el baúl de los recuerdos periodísticos di esta tarde con un viaje en el tiempo que publiqué el año pasado en esa hemeroteca rara que me inventé porque un jefe me recriminó que no firmase más en el periódico. “Es que con tanta actividad frenética y tanta concentración de sucesos en la capital de Galicia, cada vez me queda menos tiempo para la creación -le respondí- pero, aún así, por mí que no quede”. Y no quedó.

Creo que a Avelino Nistal le habría gustado conocer a Cary Grant, que pisó la plaza del Obradoiro en 1956 en el rodaje de la película Orgullo y Pasión. Quién sabe si el de As Pontes no salió quizás de extra y no lo contó nunca. Por él y por los que lo lloran, que pase Cary Grant hasta la cocina. Descansa, amigo, que lo dejas aquí queda en buenas manos.

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Y Cary Grant pisó el Obradoiro

El actor rodó en Santiago en 1956 un par de escenas de Orgullo y pasión

La Voz de Galicia, 15 de abril de 2013.

Nacho Mirás. Santiago

«Llevaba el pantalón todo lleno de mierda». Es lo primero que le viene a la memoria a Suso Rey, mítico hostelero de la Facultade de Ciencias da Comunicación de Santiago, cuando recuerda a Cary Grant bajándose de un carruaje en la mismísima praza do Obradoiro. Rey, que tenía 18 años en 1956, había empezado a hacer sus pinitos como barman en el recién inaugurado Hostal de los Reyes Católicos. Pero libraba el día que desembarcó en la ciudad la industria pesada de Hollywood para rodar unas escenas de Orgullo y pasión, así que pudo observar los toros desde la barrera. Pero vamos por partes, que aunque Suso tiene buena memoria para las caras y los pantalones, no le viene mal una ayuda.

Año 1956. Rainiero y Grace Kelly se casaban en Mónaco. Televisión Española estaba a punto de comenzar sus retransmisiones, cosa que haría en octubre. Se morían Bertolt Brecht, Pío Baroja y Juan Negrín. Y, en España, el Gobierno de Francisco Franco Baamonde, caudillo por la gracia de Dios -porque Dios era muy gracioso- abría su país a la industria cinematográfica de Hollywood a lo grande, delegando tan importante misión en sus ministro de Asuntos Exteriores, Manuel Martín-Artajo; y de Información y Turismo, Gabriel Arias-Salgado.

No era la primera vez que los americanos rodaban en España, pero nunca hasta este año una superproducción a lo bestia, en Cinemascope, había puesto los ojos en la península Ibérica. Y mucho menos en Galicia.

La Historia, a su manera

La película se basa en la novela The Gun, de Cecil Scott Forrester -el mismo que escribió, por ejemplo, La Reina de África-, que se desarrolla en una España que lucha en 1810 por sacarse de encima al invasor francés, a las órdenes de Napoleón. Para darle emoción, el director Stanley Kramer introduce en esta tesitura guerrillera a tres de los más afamados actores del momento: Cary Grant, que da vida al capitán Anthony; Sofia Loren, en el papel de Juana; y Frank Sinatra, que interpreta al líder de la resistencia española, Miguel. Les gustará saber que, esa época, Sinatra tenía un lío tórrido y tumultuoso con Ava Gardner, aunque esa es otra historia.

A lo que íbamos. A Kramer se le ocurrió que como, total, los americanos, su público, con trabajo sabían situar a España en el mapa, nada mejor que regalarles una sucesión de estampas y paisajes imposibles de ver en un país joven como el suyo. Así que no lo dudó y localizó los exteriores más impresionantes que pudo pasándose por el objetivo el rigor ya no histórico, que también, sino geográfico. Todo valía para brindarle al público yanqui la mayor apoteosis monumental que jamás hubiera soñado.

Claro que, gracias a esta falta de criterio, conseguimos que el paseo da Ferradura, la praza do Obradoiro y la Catedral de Santiago llegaran en Cinemascope a las salas comerciales norteamericanas y dejasen al público, suponemos, con la boca abierta.

Tan lamentable es el planteamiento en este sentido que Grant desembarca en un puerto del norte -se supone que Santander- y, para llegar a Ávila, pasa por delante del Alcázar de Segovia, por la Alameda compostelana y se entrevista con el líder de la resistencia en su cuartel general, situado en el mismísimo Hostal de los Reyes Católicos; el cine siempre fue una gran mentira y esta vez no iba a ser menos.

Llama la atención que Grant entra por la puerta principal del Hostal -mientras en el Pazo de Raxoi se arma la de San Quintín, como se puede ver en el fotograma de arriba- y aparece a cientos de kilómetros para entrevistarse con Sinatra, que mira con desconfianza al aliado inglés. Segovia, Madrid, Cuenca o Ávila fueron algunos de los lugares donde se rodó un largometraje que, sin embargo, y a pesar del gran despliegue de medios humanos y materiales, fue un fiasco de crítica y taquilla.

Entre los extras que rodaron en Ávila se encontraba un jovencito que, años más tarde, sería uno de los protagonistas principales de la política española: un tal Adolfo Suárez. El propio Franco se presentó más de una vez en el rodaje. Más que nada, para incordiar.

La osadía de Sinatra con su «Franco, cabrón»

En su libro Rodado en Galicia, Miguel Anxo Fernández recuerda buenas anécdotas de aquel rodaje. En un artículo publicado en La Voz hace cuatro años, Fernández dice que la más audaz de todas es la que atribuye a Frank Sinatra, cuando el equipo rodaba en Ávila, una pancarta con el texto: «Franco, cabrón».

En el año 2001, Sofía Loren desveló en una entrevista concedida al diario italiano La Stampa que, cuando rodaba en España, Cary Grant le pidió matrimonio. Y ella le dio calabazas a la manera puramente española: «No, no y no». Carlo Ponti vigilaba ya de cerca a su protegida.

Miguel Anxo Fernández cuenta también que, inicialmente, tanto el productor del largometraje como el propio Stanley Kramer pensaron en volar de verdad una parte de la muralla de Ávila para darle más realismo a la historia. Por suerte, tuvieron que conformarse con una maqueta. Y cita al historiador Xosé Enrique Acuña, que recordaba el rodaje en el semanario pontevedrés Litoral. «Afirmaba -escribía Fernández- la intención de rodar cinco o seis planos en los que, en plena guerra contra el francés, un cañón cruzaba el río Miño por Arbo». La prensa local llegó a anunciar que Sofía Loren y Cary Grant se alojarían en un hotel pontevedrés. «Pero ese hecho nunca fue confirmado ya que, oficialmente, Sofía Loren nunca rodó en Galicia», dice el experto en cine.

El director del Hostal, Julio Castro Marcote, confirma que Cary Grant tampoco llegó a firmar en el libro de oro del establecimiento. Pero estuvo aquí.

Vamos con una marcha triunfal digna de la banda sonora de Orgullo y pasión. Lástima que cuando se rodó, mi querido Kepa Junkera todavía no fuese siquiera un proyecto de acordeón diatónico. Kepa, tío, añade tu Gaztelugatxeko Martxa al repertorio que podemos mecanografiar juntos, que la tengo muy trabajada. Pamplona no me parece mal sitio para la prestidigitación, así que si me aceptas como animal de compañía… A mí también me gustaría que un día me despidieran así de bonito, con una esquela telegrafiada sin hilos con una txalaparta. Buenas noches. Dormid con los pies tapados, que por ahí entran todas las enfermedades. Mañana más. Y más pelo. Kepa Junkera eta Euskadiko Orkestra Sinfonikoak.