82. Quimio, quimio, assim você me mata…

por Nacho Mirás Fole

Que tarde en escribir cada vez más tiene su lógica: la acumulación de química me deja la sangre, como decía mi compañero de armas José Luis Alvite, “como a Urdangarín, del montón”. Hay más cosas: en la última semana me tocó enterrar a un compañero de profesión y de guerra y, para completar, yo soy uno de esos tipos que se empeñan en escribir sobre hechos reales. Y para hacer eso, primero tienen que ocurrir las cosas, no me las puedo inventar. Por eso pensad que, si pasan días y no hay novedades escritas, entonces es posible que esté descansando, viviendo o ambas cosas. Ya presiona bastante la enfermedad.

Ahora mismo vengo de escuchar a mis idolatrados Kepa Junkera y Xavier Díaz en la praza das Coles de Melide. La música tiene por fuerza que amansar a mi fiera, sobre todo con ese final apoteósico en el que Junkera al acordeón diatónico y Díaz a la pandereta bordaron las bandas sonoras de Superman e Indiana Jones mientras, en el público, el señor Benigno hacía contorsiones debajo de una boina.

Si el sábado por la noche no me enganché al Twitter para comentar las mejores jugadas del festival de Eurovisión fue simplemente porque estaba disfrutando de mis hijos en nuestra casa con ruedas con las ondas del mar de Vigo de fondo. Vivo, luego existo.

La semana que arranca promete, ya iré contando según vaya cerrando frentes. El martes y 13 me toca estriptís oncológico de control y después volveré a subirme a uno de esos coches de línea de los cielos que son los aviones de Ryanair para regresar a Barcelona por unos días.

Entre que nunca he tenido mucho culo y que cada vez arrastro más los pies al caminar debo de tener una pinta de Cantinflas calvo para flipar. De todos modos, gracias por los piropos que me van llegando. Os aseguro que a un tipo con cáncer, craneotomizado, radiado treinta veces y quimicado casi cincuenta si hay algo que le siente bien es que le digan que tiene buena cara, aunque no sea cierto. Si no os lo parece y no os veis con moral de mentirle a un enfermo con un pronóstico malo, entonces dejad que hable el silencio.

Voy a rescatar un reportaje de esos que fueron flor de un día y me voy al sobre, que estoy urdangarinizando. Esta vez vuelvo a mi particular guía de Santiago de Compostela, a la historia que no sale en las publicaciones oficiales, para volver al origen del cruceiro de Ramírez. Porque donde hubo un cruceiro hubo un pecado. Al final, el minuto musical, más santiagués que nunca. Boas noites, boa xente.

El secreto del Cruceiro de Ramírez

El hito, hoy desubicado en San Fiz, guarda la memoria de un asesinato

Publicado en La Voz de Galicia el 2 de junio de 2013

Nacho Mirás. Santiago

Cruceiro de Ramírez que t’ergues solitario / D’os Agros n’a expranada / entr’as rosas dos campos / O sol d’a tarde pouse en ti o postreiro rayo / Coma n’un alma triste pouso un sono dourado. Algun-ha vez n?oestio, eu o teu pe sentada / escoito silenciosa, mentras a tarde acaba: Baixo d’as pedras mudas, qu’ o teu secreto gardan…». Efectivamente: cuando Rosalía de Castro escribió esta estrofa, incluida en el capítulo IV de Follas Novas (Da Terra), hablaba del cruceiro de Ramírez, pero no de la pieza de cemento que, el otro día, unos obreros colocaron como remate a la remodelación del parque infantil situado junto a la Praza Roxa. Rosalía jamás le hubiera cantado a un cruceiro de cemento ¿no creen? ¿

De qué secreto habla el poema? ¿Cómo es que una cruz de piedra intrigaba tanto a la autora? Vamos por partes. Si desconocen la verdadera historia del cruceiro de Ramírez, sigan leyendo, porque les garantizo que, en cuanto lleguen al punto y final de esta página, su curiosidad se verá gratificada. De otro modo, pueden pasar directamente a Los Ocho Errores, en la página 62. Permítanme la ambientación fabulada para situar unos hechos, sin embargo, ciertos.

Nos vamos a 1718. Moría aquel año el pirata Barbanegra, terror del Caribe y la costa atlántica de América del Norte; era asesinado el rey Carlos XII de Suecia… Y aquí, en Santiago, el estudiante de Artes Manuel Joseph Ramírez de Arellano y Sotomayor camina la madrugada del 25 de abril por un descampado en la zona conocida como Agros da Carreira. Nervioso, ha cruzado por Matacáns y casi se destroza las rodillas contra unas piedras. No está claro qué pinta Ramírez en semejante lugar, apartado de la ciudad, una zona de labradío que no queda de paso a ninguna parte. Él es un joven de familia adinerada y apellidos compuestos que jamás le ha metido mano a un sacho. Y no son horas de pasear. ¿Entonces…? En el lugar donde hoy se levanta la iglesia de San Fernando, frente al antiguo Peleteiro, Ramírez se detiene preocupado. Se sube el cuello de la capa y se calienta las manos con el aliento. Manuel mira con desconfianza a los lados, temeroso de que lo estén observando; tiene intuición. Ladra un perro. Suena a lo lejos una campana. Por fin, el estudiante divisa entre la niebla formas humanas que aumentan de tamaño según se acercan. Maldición, son ellos. Han venido.

«¡Ramírez de Arellano -le grita el más fiero-, daos por muerto!». «Santo Apóstol, dadme fuerza en este tránsito», masculla el muchacho aferrándose a la daga que guarda bajo la capa. Los gritos de los hombres despiertan a más perros y, campo abajo, una polifonía de aullidos se estrella contra los muros del convento de Santa María de Conxo. Los frailes mercedarios duermen ajenos a la tragedia que se va a producir kilómetro y medio más arriba.

Cruz de navajas, como en una canción de Mecano del siglo XVIII. La luz de la luna se refleja en el filo del puñal segundos antes de que el acero le atraviese el pecho al estudiante, que cae de rodillas, ensartado y desconcertado. «¡Madre, rogad a Dios por vuestro hijo!», balbucea. La sangre de Ramírez abona la tierra que pisa. Qué solos se quedan los muertos.

Doña Isabel de Sotomayor llorará amargamente el resto de su vida a su hijo, a quien enterrará el 26 de abril de 1718 en la capilla de Santa Teresa, en la iglesia de Salomé de la Rúa Nova. Este dato lo recoge Manuel Suárez Serantes en una crónica publicada en El Compostelano el 27 de noviembre de 1945. No obstante, el investigador Javier Rey, autor de un completo inventario sobre Salomé, no ha hallado pruebas documentales sobre el sepelio, pero tampoco lo desmiente La desconsolada madre encargará a uno de los mejores canteros que levante un cruceiro en el mismo punto donde su hijo encontró la muerte. Fue Castelao el que dijo: «Onde hai un cruceiro, houbo sempre un pecado».

¿Y dónde está hoy ese hito, el verdadero cruceiro levantado sobre el pecado que mató a Ramírez? Lejos de allí. Exactamente, en la plaza de San Fiz de Solovio, frente al pub La Radio. En el despiece cuento los detalles del traslado. La cartela barroca ya no se lee. Pero, tal como recogió en un escrito el archivero del Ayuntamiento de Santiago e historiador Pablo Pérez Costanti, dice así:

AQUI

FINO D. MANV

EL JOSEPH RA

MIREZ DE ARELLA

NO RVEGVEN

A DIOS POR EL

AÑO DE 1719

Señala Raimundo García Borobó en el periódico La Noche (14 de mayo de 1954) que la manera en la que se redactó la inscripción dio lugar a confusión. Los canteros escribían aprovechando el espacio disponible, sin reparar en que separar el apellido Arellano en dos líneas (ARELLA-NO) iba a dar como resultado que, con el paso de los años, se forjase un misterio sobre Ramírez. La gente leía: «No rueguen a Dios por él». Una simple sílaba fraguó la leyenda de un maldito que no lo fue.

Un callejero descriptivo del Ayuntamiento de Santiago de 1883 da cuenta del duelo en el que murió el estudiante Ramírez de Arellano. En el capítulo 84, dedicado a la Calle de Matacanes, dice: «Camino al crucero y campo de Ramírez de Arellano, donde se dice muerto este caballero en desafío (1719)». Dejando a un lado si el alma del finado Manuel Joseph encontró la gracia de Dios o la nada infinita, su memoria pétrea se vio expuesta en los siglos siguientes a las gracias de los hombres que lo sucedieron y a sus despropósitos. Cuando el tan cacareado progreso -que a veces no es otra cosa que interés presentado en un bonito envoltorio- puso los ojos en los campos sobre los que hoy se levanta el engendro que tenemos como Ensanche, un iluminado municipal decidió mover el cruceiro de su emplazamiento original y cargarse con su gesto, de paso, el significado del propio conjunto. Lo llevaron a la plaza de Fonseca en 1954, tal como relata Borobó en su crónica para La Noche. El maestro de periodistas lamentaba que el traslado suponía «un quebrantamiento de la fidelidad histórica y un motivo de confusión para cuantos, en los siglos próximos, les dé por conocer, a fuerza de oír conferencias, el pasado próximo o remoto de Santiago». Insistía el cronista, fallecido en el 2003, en que lo esencial de un cruceiro es el lugar en el que se erigió, y más teniendo, como es el caso, una inscripción que hace referencia a una muerte en un lugar determinado.

La penitencia post mórtem de la memoria de Ramírez de Arellano tampoco acabó en Fonseca. Alguien decidió sustituir la cruz por una fuente traída desde Carme de Arriba y llevarla a la zona donde todavía está hoy, San Fiz de Solovio. Estos días, Agros de Ramírez ha recuperado un cruceiro que no es sino una copia del original, hecha en cemento hacia 1960 y pagada por los vecinos junto con las 212 viviendas construidas por Franco, unos edificios que en su nombre guardan la esencia de aquella tragedia: Las casas de Ramírez.

Adelante Los Tamara y Pucho Boedo: A Santiago voy…