16. La Navidad más rara de mi vida

por Nacho Mirás Fole

Para seguir el guión de estas Navidades extrañas, salí esta mañana de casa con rumbo a ninguna parte convencido de que, si acaso, acabaría tomándome algo en el mostrador de la farmacia Bescansa, que está siempre de guardia.

Pero la hostelería compostelana no defrauda y, hacia el mediodía, lo que sobraba eran barras en las que acodarse. Sin embargo, mirando a mi alrededor, decidí no ser uno de esos corazones solitarios que almuerzan pulpo el 25 de diciembre, me apiadé de mí mismo y opté por ayunar, que me pareció menos patético. A cambio, le dediqué mis pensamientos a quien se los ha sabido ganar estos días.

Yo espero de corazón que estas fechas entrañables lo hayan sido de verdad para vosotros, porque para mí quedarán siempre en el trastero de los recuerdos asquerosos que se subastan en Discovery Max: las Navidades de la craneotomía, la ciclogénesis explosiva y la muerte de uno de los grandes. Lo del incendio del santuario de la Virxe da Barca no me ha afectado tanto, lo lamento. Cuando ayer por la noche supe de se iba Germán Coppini, la sensación que llevo experimentando desde que me aserraron el cráneo para extirparme un tumor en el lóbulo temporal derecho del cerebro no hizo más que incrementarse: Chavales, vivid que este teatro dura cuatro días. Tengo una conversación pendiente con los neurocirujanos Ángel Prieto y Alfredo García Allut, que me tienen que explicar qué cojones han tocado en mi cerebro para que yo tenga ahora un olfato que ya le gustaría a muchos perros de caza. Antes de la operación ya tenía disparado el sentido, pero ahora es una cosa brutal, hasta el punto de que, delante de un castañero, era capaz el otro día de separar los distintos aromas que me llegaban: el combustible, la corteza de las propias castañas, el periódico que usó el vendedor para iniciar la asadura…. “Solo te falta -bromeaba un amigo- saber qué periódico es el que arde”. Todo se andará. Lejos de lo que podríais creer, no es para nada una situación cómoda. No reconozco la enorme variedad de olores que hay en mi propia casa, empezando por el gato y acabando por los demás seres humanos con los que cohabito. Los cafés, los chocolates, los perfumes… todo me llega amplificado como si oliera en Dolby Surround. Doctores ¿no me habrán manipulado la junta de la trócola? Mi neurólogo de guardia dice que acabaré adaptándome a la nueva realidad, pero que me llevará tiempo.

Desde bien pequeño tengo un cierto don que muchos músicos envidian: el oído total o absoluto. Soy perfectamente capaz de separar las melodías de un conjunto completo y, llegado el caso, de repetir lo que cada instrumento toca. Eso es, básicamente, una ventaja. Tampoco me chuleo de ello, simplemente soy así. Sin embargo, tengo memoria de mosquito para los argumentos de los libros y de las pelis… Siempre he presumido de ser más músico que escritor y así lo mantengo. Otra cosa es que ahora se sume el olfato a semejante capacidad. Mi amigo Emilio Lavandeira, fotógrafo de la agencia EFE, me recomendó el otro día que me compre uno de esos potingues que se ponen los forenses en la nariz para no tragarse el olor de las autopsias. Voy a valorarlo, Emilio, porque me llega una variedad de olores tal que a veces se me acelera el pulso y tengo que taparme la nariz con la mano. Lo malo es que, entonces, lo que consigo es revivir todo lo que he tocado antes y también eso se me hace insoportable. Si encima me muevo en transporte público, como es el caso, ni os cuento. Miren, doctores, está muy bien que me saneen la sesera, pero a ver si afinamos un poco porque voy camino de convertirme en enólogo, y eso no entraba en mis planes.

Los dos últimos días han sido de bajón completo. Lo he pasado mal y he salpicado mierda a mi alrededor, espero que algún día sepan disculparme los afectados. Pero esta tarde he empezado a ver un poco la luz. Y todo gracias a una película: “La vida secreta de Walter Mitty”, en la que me vi retratado por muchas cosas. Desde hoy he cambiado el concepto que tenía de Ben Stiller, que dirige, produce y protagoniza una de esas pelis que te hacen salir del cine contento. La ovación final del público lo dijo todo. Hasta yo aplaudí. Stiller ha hecho lo que le ha salido de los huevos y ese es el espíritu que gobierna, de un tiempo a esta parte, a este que suscribe. Recordé, en pleno visionado, la manera tan curiosa en la que conocí hace unos años a Shirley MacLaine, cuando la actriz peregrinó a Compostela. Me llamó por teléfono Zapatones, el sempiterno peregrino del Obradoiro (hoy postrado con las dos piernas rotas en un hospital de Santiago después de un atropello).

-¡Nacho, que viene una actriz americana haciendo el Camino!

-Zapatos, no jodas, que tengo curro.

-Que te digo la verdad. (Juan Carlos es buen amigo pero, en ocasiones, recrea demasiado la realidad)

-A ver, y quién es…

-No recuerdo cómo se llama.

-Hostia, Zapatos, pues estamos apañados, ¿para qué llamas?

-¡Sí sé que es la hermana de Warren Beatty!

Tuve que echar mano del cinéfilo de guardia para aclarar el misterio. Ahí como lo veis, Zapatones es una enciclopedia en estado lamentable que ha leído más que muchos profesores. Sin ir más lejos, cuando le expliqué me que iban a hacer una craneotomía me hizo un completo resumen de Shinué El Egipcio.

-¿Shirley Maclaine? ¿Lo dices en serio, Juan Carlos? Si no es verdad te borro de la agenda…

Tan en serio lo decía que fuimos al lugar y, efectivamente, conocimos a Shirley vestida de peregrina no muy lejos de Santiago. Creo que ver hoy a la actriz haciendo de madre de Walter Mitty en la pantalla me hizo sonreír por dentro, y por eso hoy respiro un poco más aliviado. Eso y una banda sonora en la que sale la Space Oddity de David Bowie.

Mantengo, eso sí, el luto por Germán Coppini, un tipo que valía más la pena que muchos que siguen vivos. Sigo acojonado, pendiente de los resultados de la biopsia. En principio no tenía pensado volver a escribir en el blog hasta que llegasen, más que nada por no joderle las Navidades a nadie si el informe es negativo. Pero los músicos tenemos siempre los dedos calientes, por eso disculpad este telegrama a deshora. En plena convalecencia he tenido tiempo además de hacer cuajada y de arreglar un lavavajillas. Debe de ser que no evoluciono tan mal. Coppini, un abrazo desde el más acá. (To be continued)