6. Dios no es de letras

por Nacho Mirás Fole

Leo la declaración de mi maestro y amigo José Luis Alvite contando que tiene dos cánceres y me desplomo. Decía Alvite esta mañana en Twitter: “Me han diagnosticado un cáncer de pulmón y otro de colon. Nunca pensé que envidiaría el estado de mi coche”. Me desplomo, decía, primero por él, porque Dios está demostrando esta temporada que lee poco, que no es de letras y que toca de oído, esparciendo mierda sin ton ni son. ¡Rencoroso! Alvite, incluso con la ITV caducada, es el espejo periodístico en el que me miré cuando yo tenía diecinueve años y él ya era un veterano de este oficio de contar la vida. Por cierto, entonces su coche, en el que llegó a vivir, ya era un desastre, todo lleno de colillas y de recibos de Fenosa. Pero me gustó el reflejo que me devolvió aquel retrovisor torcido un día que estábamos parados frente a la puerta del Maycar. Yo no le llegaré jamás a mi maestro ni a las uñas de los pies, ya no digo escribiendo, que tampoco, sino a la categoría de sus enfermedades. Comparado con lo suyo, mi tumor en el cerebro es, de momento, acné juvenil, un molesto grano en el culo. Pero mi grano, mi Casiano de renta antigua, se empeña en seguir complicándome la vida. En los últimos días me ha costado echar mano de algunas palabras. Recordad que está cerca del área de la memoria y del lenguaje, ahí metido, jodiendo. Esta mañana, por ejemplo, no era capaz de decir “campo”, lo mismo que ayer por la noche se me resistía “modalidad” en una charla en furgoneta que ahora no viene a cuento. “A mí me pasa a menudo”, me dicen los amigos para quitarle importancia. Ya, pero a mí no. Hace unas horas, paseando por Concheiros, he vuelto a tener un dejà vu horroroso, de nuevo el visionado de una película vieja en la que salgo yo. Mi neurólogo de guardia, que siempre me coge el teléfono, me ha contado que el tumor se manifestó, primero, con un tremendo ataque epiléptico que llegó a partirme la espalda y que ahora lo hace de esta manera. Guerra psicológica. Y que por eso, precisamente, hay que extirparlo. Durante el fin de semana, el acojone ha subido algunos peldaños, así que lo que hago es poner tierra por medio y sacar a pasear a mi inquilino de renta antigua, él y yo, solos. Ayer, en Vigo, eché a andar desde la casa de mis padres, cuando me di cuenta había llegado desde A Salgueira a Teis -hay un cacho tremendo- y todavía me quedaban fuerzas para regresar en el coche de San Fernando y recoger las tres barras de pan que me había encargado mi madre. Desde el viernes habré caminado varias decenas de kilómetros. No me gusta el monte, prefiero la humanidad. En Vigo, donde nací, tengo la curiosa sensación de que apenas veré rostros conocidos. Y así es. Me marché de esa ciudad a los 18 años y el paisanaje apenas me suena más que me puede sonar una calle de Salamanca. Eso en Compostela no ocurre: voy saludando sin parar, como un concejal cualquiera, pero prefiero eso a meterme en un tramo del Camino de Santiago lleno de coreanos que me dan lo mismo. En cualquier caso, ambas ciudades se me quedan pequeñas y volaré a mi tercera casa, a la ciudad de los prodigios, en cuanto tenga ocasión. Hoy he llorado bastante, he reído menos… Por suerte, tengo a mano personas que saben darme unas hostias, ya sea en persona, por teléfono o por Whatsapp -bendita herramienta- en cuanto la mirada se me nubla más de la cuenta. Siempre creí, camarada Alvite, que las carreras no serían posibles sin toda esa gente que está a los lados de la carretera animando a los ciclistas. Gracias a ellos nos queda un montón de recorrido, a ti y a mí. Te quiero, maestro; y ahora que no puedo conducir, ya sabes: mi coche es tu casa.