5. La memoria y la soledad acompañada

por Nacho Mirás Fole

Hacer público que tienes un tumor en el cerebro, como es mi caso, genera reacciones muy variadas. Por un lado está esta ola de solidaridad que me sobrecoge y sin la que, y os lo digo en serio, no sé si soportaría la antesala de la motosierra. Por otra parte están las historias de craneotomizados que me hacéis llegar, algunas de las cuales son tan impresionantes que me arrancan una carcajada que tiene efectos medicinales. Tú cuentas que tienes un tumor y, al final, todo el mundo conoce a alguien que tenía un tumor, lo sanearon y quedó incluso mejor que antes. Ya, seguro que las operaciones que salieron mal os las calláis, cabrones, pero no os lo voy a tener en cuenta. De todos los relatos, el que más me ha impresionado es el de un tipo al que operaron de un inquilino de renta antigua en el lóbulo frontal y, cuando se despertó, completamente desinhibido sexualmente, lo hizo en posición de presenten armas y dispuesto a fecundar a cualquier cosa que se moviera en la planta tercera del Hospital Clínico, ya fuera la celadora o una monja alférez. Mi tumor no está en el lóbulo frontal, vale, pero nunca se sabe si a los neurocirujanos les puede saltar una viruta en plena intervención, que las virutas tienen vida propia. Yo, por si acaso, voy preparando a mi mujer:

-Pero tú me quieres, ¿verdad, cariño? (me pregunta ella)

-Claro, pero no soy yo, es mi cerebro. Y piensa que si tocan donde no deben lo mismo el que despierta es Nacho Vidal, no necesariamente Nacho Mirás. ¡Saldrías ganando! Además, últimamente he tenido sueños eróticos en los que salen concejalas, y mejor prueba de que mi cerebro trabaja solo no la vas a encontrar.

Otro caso es el del tipo que se despertó aparentemente bien, pero no recordaba las contraseñas de nada. Así que ahí me tenéis, escribiendo las claves de correos electrónicos, banca por Internet, el código de acceso a La Voz de Galicia… todo lo que se me ocurra, no vaya a ser. Y hay un tercer operado del que me hablaron, también con el lóbulo frontal afectado, que ahora es incapaz de mentir, ni siquiera de ser políticamente correcto: dice lo que piensa a quien sea y donde sea. No me vengáis con que eso es bueno para un periodista, que yo como de esto.

Ya tengo fecha. Será el 12 del 12 del 13. No sé si comprar lotería de Navidad con la terminación. Si lo hacéis vosotros, supongo que tendré comisión ¿no? Las tres semanas que quedan se me van a hacer muy largas pero, para entretenerme, el equipo de neurocirugía me ha convocado a un estudio cuya obligatoriedad desconocía hasta esta mañana. El día 28 me pasaré tres horas con un neuropsicólogo estudiando mi memoria. El tumor está en el área de la memoria y, por lo visto, hay que medir mi capacidad actual para compararla con la que tenga después del día 12. Y no creo que vaya a mejorar. Siempre he sido un negado para los argumentos de los libros y de las pelis, pero soy un cerebro privilegiado -sin modestia- para la música. No sé en qué consiste este tipo de estudio y casi prefiero no saberlo. Pero supongo que en esas tres horas tendré que recordar la mayoría de las cosas que hacen que yo sea yo: nombres, procesos, lugares… yo qué sé. No voy a buscar en Internet, no vale la pena. Me imagino que el día 12 despierta un tipo con mi traje que no soy yo y me pongo malo. Claro que, bien pensado, esto de la memoria lo puedo utilizar en mi beneficio y, aunque todo vaya bien, hacer cuando despierte como que no me acuerdo de alguna gente tóxica que pulula a mi alrededor.

Ahora en serio (solo un poco). El estudio del 28 me ha acojonado más porque eso quiere decir que la posibilidad de que me despierte de la operación con la memoria tocada está ahí. Por fortuna, no falta quien le quite hierro al asunto, como mi amigo Luis Pardo. Esta mañana, tomando café en el Sano Sanote (somos clientela fija), me dijo: “Bah, la memoria tampoco es tan importante; Yosi, el de Los Suaves, lleva treinta años sin acordarse de las letras de las canciones y ahí lo tienes, triunfando en los escenarios. Cuando se le van, lo que hace es abrir los brazos y animar al público, para que sea la gente la que cante. Tú puedes hacer igual”. Cómo agradezco estas paridas, Dios.

Vaya por donde vaya, la neurología y la neurocirugía me persiguen. Hoy he abierto el periódico y me he encontrado una información firmada por mi compañero Joel Gómez que habla del éxtasis de no sé quién y recogido en las Cantigas de Alfonso X El Sabio, que los especialistas del siglo XXI atribuyen a la epilepsia. Yo todavía no he sentido éxtasis. Y levitar con mi envergadura no debe de de ser cosa fácil, seguramente necesitaré un permiso de Aviación Civil. Lo que sí sigo sintiendo son falsos recuerdos -vean el capítulo primero de mis episodios nacionales- y pánico como el que padecí esta mañana debajo de un andamio de la calle Doutor Teixeiro de Santiago. Ocurrió justo después de saludar a un policía local al que conozco. La escena la viví como si estuviera rebobinando una cinta vieja y eso me provocó un miedo irracional, auténtico terror bajo un andamio. Supongo que esta es la soledad acompañada de la que hablan algunos; vosotros me dais ánimos y estáis ahí, pero lo que siento me toca torearlo a mí solo. Pero gracias de nuevo; es bueno saber que os puedo abrazar.

To be continued…