7. Daños colaterales de un tumor cerebral

por Nacho Mirás Fole

Me pasa estos días con la neurocirugía y la neurología lo mismo que cuando estás enamorado de un coche y, al salir a la calle, no haces más que verlo por todas partes, aparcado, en circulación… Una provocación continua. Seguro que os ha ocurrido. Hace un momento, el periódico en el que trabajo, que le ha dedicado un ímprobo esfuerzo al congreso de neurología de Barcelona, me asaltaba el Facebook con la siguiente noticia: “Muere la joven con un tumor cerebral que emocionó a Katy Perry cantando uno de sus temas“. “Ha fallecido este lunes por un tumor cerebral del que había rechazado ser operada”, añadía. Yo lamento mucho la muerte de Olivia Wise, que es como se llama la finada pero, de repente, en pleno duelo, me viene a la cabeza una idea: Con amigos así -los de periódico- colocando las noticias ¿quién necesita enemigos? (es broma, los adoro a casi todos). Desconozco el diagnóstico exacto de Olivia y las razones que la llevaron a rechazar la intervención; seguro que lo suyo era más grave que lo mío, quiero creerlo, pero no puedo evitar que la realidad me dé otra patada en la boca. Yo también tengo un tumor en el cerebro ¿Queda alguien que no lo sepa? Pues no será por información… Se confirma una vez más mi teoría del primer capítulo de estas memorias tumorales: a la audiencia le interesan las vidas, las casas y, sobre todo, las enfermedades de los demás. Escribid “tumor” en un titular y el éxito está asegurado. Si después lo adobáis con el nombre alguna estrella conocida, mejor todavía. No es mi caso.

Yo jamás emocioné a Katy Perry cantándole nada, aunque si pudiera escucharme interpretando con una gaita en Re la Muiñeira de Chantada, a solas, (bueno, acompañado al tambor por Manolo Alonso), igual me pedía el teléfono. No, en serio, las noticias neurológicas y neurocirujanas, sin dejar de impresionarme, me entretienen la espera de aquí a la motosierra del día 12. Estoy extrañamente instalado en el humor negro, incluso, diría, en el humor abisal, maleducado, estúpido. Pero no es mal analgésico para el miedo. Lo adormece, aunque no lo haga desaparecer.

En las últimas horas, sin embrago, no pienso en éxitos y fracasos de los que operan. Sí lo hago en la frase que me soltó el jefe del equipo de neurocirugía que me abrirá la cabeza cuando supo que yo, básicamente, soy un tipo con una moto entre las piernas: “Jamás volverá a subirse a una moto, jamás. Véndala”.

-Oiga, pero es que tengo dos.

-Pues venda las dos.

Me lo espetó así, como quien te dice que vendas a tu mujer o a tus hijos porque no te convienen. Qué barbaridad. Los que me conocéis sabéis que soy un fulano con manillar y tubo de escape. A los 14 años me estrellé con el Vespino de mi amigo Jose (hoy tu marido, Sesi) contra un poste de la luz. Me empalmé acelerando y Jose no tuvo tiempo de explicarme cómo se frenaba, así que lo hizo el hormigón. Cumplí esa regla no escrita que dice que el mundo de los moteros se divide entre los que se cayeron y los que se van a caer. Después de aquello me estampé muchas más veces. La siguiente fue delante mismo de una patrulla de la policía local en pleno centro de Vigo, junto a mi amigo Fredy. Desde los catorce, la cuenta de las motos ha ido pareja, moto arriba, moto abajo, a la cuenta de novias. Y ahora vivía felizmente instalado entre una chavala de 46 a la que restauré con mis propias manos, la Vespa de mis sueños, la Vespa del tiempo a la que inmortalicé en el periódico; y una Suzuki Burgman 400 de doce años en perfectísimo orden de marcha. La Sprint 150, la Vespa, es una joya de la que no me da la puta gana deshacerme, por mucho que me lo recete un especialista laureado. Pero a la otra, visto lo visto, le tendré que decir adiós con aquel manido argumento que tantas rupturas ha gobernado: “Nena, no eres tú, soy yo”. Con dolor de corazón venderé mi 400 y con lo que me den por ella me haré un homenaje, todavía no sé de qué tipo, aunque tengo alguna idea electrónica. Y la Vespa…. quiera Dios que la Vespa no acabe decorando el salón; es la herencia de mis hijos. Un respeto a la edad; es mayor que yo.

Lo de la prohibición motera no tiene tanto que ver con el tumor como con la operación, con el aserrado de cráneo y las consecuencias que eso entraña. Se me hará duro. “Que no puedas andar en moto es el menor de los problemas”, me dice la gente. Ya, y también lo es medicarme dos años, operarme del cerebro, no conducir coches hasta dentro de varios meses, no poder dar clases (adoro dar clases), no poder trabajar… Sí, son pequeñas putadas, pero si las sumáis todas lo que sale es una faena del tamaño de la Cidade da Cultura. Así que permitidme que me tome mi tiempo para asumirlo. Esta mañana, el médico de familia, el que me bendice las bajas, me ha dado la mano con una cordialidad y una emotividad que casi sentí ganas de abrazarlo. Creo que él tampoco se esperaba el diagnóstico, y son muchos años juntos con catarritos y caralladas. Me cae bien: es el único médico que me ha recetado, además de las pastillas inevitables, leer libros. “Lea a Tucídides, y ya me dirá”. Tucídides, dice el doctor, debería ser obligatorio para los que nos dedicamos al periodismo. Cuando despierte de la motosierra prometo hacerle caso y encararme con el cronista de las guerras del Peloponeso.

Mañana toca test de memoria, al que tendré que ir… ¡En taxi! Yo, el peor de los usuarios del transporte público. “Tranquilo, ir en taxi es el menor de los problemas”, pensaréis. Vais a tener que buscar otra frase… Jamás le mentéis un taxi a un motero de raza, por mucho que con un tumor le hayan extirpado también la moto de debajo del culo. Ya me extraña que mi amigo Fernando Blanco no me haya propuesto, en una de sus coñas medicinales, cambiar la primera estrofa del Himno Gallego por “Que din os tumorosos…” Seguro que ya lo ha pensado, el muy cabrón.Os quiero cada vez más; me estoy poniendo tontorrón y lloroso, así que planto aquí. Por hoy.

To be continued…