12. El tiempo entre costuras. He vuelto

por Nacho Mirás Fole

Te dicen que te vas a despertar de una craneotomía pterional “en la unidad de críticos” y me imaginé, medio atrofiado, con la plana mayor de los fulanos que viven de poner a parir discos, libros y obras del Centro Dramático Galego. Pero era otra cosa. La unidad de críticos es un sitio donde no dejan de pitar alarmas y donde un montón de médicos y enfermeras te tocan constantemente para cerciorarse de que sigues siendo un crítico vivo y un despojo sin criterio. Si supieran la de críticos muertos que hay en las nóminas de los medios de comunicación… De la cirugía mayor que me ha traído hasta aquí recuerdo poco. Me quedé únicamente con la fase de la anestesia. Y lo siguiente es un montón de gente a mi alrededor diciendo: “Ya estás operado”. Resumir así las casi siete horas de la intervención solo se consigue con una cantidad de droga que ya quisiera para sí El Vaquilla. Me ingresaron un miércoles, me aserraron el jueves, después me fui con los críticos y la cosa se completó con dos noches en planta. Y yo nunca he tenido mucha suerte con los compañeros de habitación en los hospitales. El primero fue un espejismo: un electricista de Negreira, un tipo cojonudo operado de una hernia discal que, junto con su mujer, prometían ser la compañía ideal para una convalecencia. Pero al de la hernia lo despacharon pronto y, en su lugar, me metieron en la habitación a un figurante de Celda 211, un tipo más acabado que empezado. Yo entiendo perfectamente que la Sanidad Pública está para atender a todo el mundo, pero lo que me mata es que todos los seres antisociales me acaben tocando a mí. Este, así como llegó, insistió en buscar tabaco y poco le costó conseguirlo. Intentamos disuadirlo, pero no nos hizo caso y acabó deshaciéndose en flemas en el pasillo. El asco fue tal que solicitamos el cambio de ubicación, más que nada porque uno entra en un hospital con la intención de curarse, no para acabar defendiéndose del compañero de habitación con una botella rota. Y os juro que, de haberme quedado, me veía en guardia. Pero de Guatemala fuimos sin querer a Guatepeor, y por eso las dos últimas noches han sido una experiencia terrorífica que no recomiendo. Sin entrar en detalles, solo diré que mi nuevo vecino me recibió sacándose la picha y meando contra la ventana. La mujer que lo cuidaba, a hostias, demostró estar muy al día y le decía cosas como esta: “O te estás quieto en la cama y dejas de moverte o hago como hicieron con Asunta y te asfixio con una almohada”. Qué mal están haciendo las teles. El individuo, una versión de Antonio Molina convaleciente, acabó entonces meándose encima esta noche después de arrancarse el pañal e inundando de orines la habitación. Y eso, para un operado del cerebro que tiene el olfato disparado, como es mi caso, ha generado una sensación de asco de la que no consigo desprenderme ni ahora, que ya estoy en casa. Por suerte, el doctor Prieto, que es junto con el doctor Allut uno de los hombres que más dentro me haya metido la mano jamás, llegó esta mañana con el alta debajo del brazo y me dio la carta de libertad. Estoy cansado, tengo quince grapas en la cabeza, un ojo a la funerala y me tengo que drogar varias veces al día. Pero todo ha salido sobre lo previsto y en un tiempo récord. Dentro de unos días llamarán por teléfono para darme los resultados de la biopsia, la prueba que deberá ponerle apellido al Casiano que me han sacado de la cabeza. “Pinta bien, pero hay que esperar”, dicen los neurocirujanos, que prefieren ponerse siempre en lo peor. Mantengo intactos la memoria, el lenguaje y todo el equipaje que llevaba en el corazón cuando entré en el quirófano, y eso está muy bien porque sigo queriendo como quería antes. Las grapas, este tiempo entre costuras que me da un aire entre míster Potato y Robert de Niro en Frankenstein, volarán en unos días. Lo que sigo teniendo afectado es el olfato, hasta el punto de que todo me sabe o me huele parecido. Claro que nada como el hospital, ese sitio donde son capaces de que la lasaña y el champú tengan la misma esencia. Sin duda, la sanidad pública es un gran invento que no debería peligrar. Pero como en casa, en ninguna parte. Aquí os seguiré acogiendo, primos, en un sofá enorme en el que cabemos todos. Gracias por estar ahí. Por hoy no me extiendo más, que estoy cansado.