11. Hasta la vuelta, primos!

por Nacho Mirás Fole

De todas las cosas que me llaman la atención de los gitanos, una que me entusiasma, y bien lo sabe mi amigo Sinaí Giménez Jiménez (la primera con G, la segunda con J) es esa costumbre que tienen de hacer piña cuando uno de la comunidad se pone enfermo o, en el peor de los casos, se muere. Un gitano en un hospital significa que otros trescientos hacen guardia en la puerta. Y los payos los miramos, a menudo sin entender semejante movilización calé. Pero lo que los gitanos hacen, en realidad, es distribuir energía como hace Red Eléctrica Española, ni más ni menos, luz que alumbra al que la necesita y que no se vende: se regala. Yo ingreso esta tarde en el Hospital Clínico de Santiago para operarme de un tumor cerebral y llevo detrás a todos mis gitanos, que sois vosotros, ya sea en persona o a través de las redes sociales que, bien utilizadas -en eso fui un visionario- son maravillosas. Estoy convencido de que cuando, en unas horas, llegue a Admisión, el segurata vendrá directamente hacia mí y, expeditivo, me dirá: “Mire, señor, o deja a toda esa gente en la puerta o se va a operar a su puta casa”.

-Pero es que soy un gitano virtual, oiga. ¡Somos todos primos!

-Pues lo dicho. O se me desnuda y se me pone el pijama de luces usted solo o que lo opere su padre con la radial. ¿Se hace una idea de lo que come toda esa gente? ¡Recortes, amigo, recortes!

Así que, sintiéndolo mucho, os dejaré en la puerta, pero os pienso llevar en el corazón, que como está escondido debajo del pijama, seguro que cuela.

Durante estos días he recibido tantísimos gestos, correos, whatsapps, abrazos, besos y mensajes que me parece haber asistido -no os lo toméis al pie de la letra- a mis propias honras fúnebres sin haber muerto del todo. Os juro por estas que este gitano virtual está abrumado; he llegado a pensar que, en cualquier momento, me iban a dedicar una calle en un polígono industrial. Estoy citado a tantas comidas de celebración para cuando me liberen que mi ácido úrico -ácido único, dice mi padre- acabará siendo ácido sulfúrico. Pero pienso cumplir con todos y todas.

El nivel de entrega y afecto es de tal calado que mañana, a la hora en la que dos neurocirujanos arranquen la motosierra, una comunidad entera de carmelitas vedrunas de Vitoria estará pidiendo por mí en los primeros rezos de la mañana. Eso ya no es recomendación, es línea directa con Dios. Es un regalo de la tía Sole que, como una gitana más, se ha empeñado mandar personal a esta Unión Temporal de Empresas que habéis creado, entre todos, para sanear la cabeza de un individuo que nunca creyó, y juro otra vez, ser merecedor de semejante despliegue humanitario. ¡Con la cantidad de cosas realmente importantes que hay en el mundo por las que hacer piña! Acabo con un abrazo especial para esa legión de alumnos de la Facultade de Xornalismo que, a final de curso, acaban convirtiéndose en compañeros y en amigos. Ayer debí estar más rápido y pagarle el desayuno a Óscar, a Sara y a Carla; pero queda para el regreso.

Una cosita más: vale que me deseéis suerte. Pero también a los neurocirujanos, no vaya a ser que tengan precisamente hoy la cena de empresa y acaben perjudicados en uno de esos antros de perdición que recomienda mi amigo Juan Capeáns en sus Vidas Licenciosas. Un abrazo. Hasta la vuelta. Y lo dicho: si no me acuerdo de algunos, os volvéis a presentar, que estaré encantado de volver a conocer a tipos como vosotros.