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"El amor es algo muy resistente, se necesitan dos personas para acabar con él" José Luis Alvite

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155. 27 de enero. Efectos secundarios y prueba de vida

Se van incorporando tantos efectos secundarios al catálogo que, a este paso, tendré que pasar lista por las mañanas, no sea que se me quede alguno o se me solapen varios. Ahora son las hemorragias nasales, que me asaltan en plena noche, sin aviso previo y a chorro. Enseguida se pasan, pero la sangre es escandalosa y nada agradable al sabor para alguien que, como yo, tiene especialmente despiertos los sentidos del gusto y el olfato. Nunca me ha gustado la morcilla.
Las migrañas que van y vienen, el ardor de estómago… Ya digo: todo un festival de la interacción farmacológica que me somete y me recuerda las 24 horas del día que tengo lo que tengo, no vaya a ser que me olvide.
Voy controlando la tensión, que anda como la prima de riesgo a causa de la quimioterapia, con las contramedidas recetadas. Y tengo la vista puesta en el viernes 30 de enero porque, una vez más, me ha convocado la unidad de vigilancia médica de la Seguridad Social por carta certificada para evaluar mi estado y ver qué pasa con mi situación laboral; qué pasa conmigo. ¿Usted qué??? Para enviarme la vida laboral que les solicité no han tenido tiempo, no. Es asqueroso que sobre alguien que tiene una enfermedad larga y grave, sobre un paciente oncológico, planee constantemente el fantasma de la sospecha. ¡Ya está bien!
¡No, no se ha obrado el milagro, señores inspectores! Sigo enfermo, más que antes si cabe. De nuevo me exigen documentación que lo demuestre. Es demencial. Asistiré puntual a la cita esta vez, salvo náusea o diarrea que lo impidan, pero no garantizo ser el paciente mansito que esperan, que ya son demasiadas llamadas a capítulo para alguien que vive con un cáncer de cerebro que viene y que va desde octubre del del 2013. Pero el protocolo manda y si no te gusta, básicamente, te jodes. Ya que tienen la sartén por el mango, por lo menos no me mareen demasiado los huevos.
Es usted un número más. No me canso de decir que este sistema, lejos de amparar al enfermo, le mete el dedo donde más incordia y le complica lo poco que le pueda quedar de aliento. Así lo siento; así lo escribo; así lo ataco. Vaya mi voto para aquella fuerza política que haga suyo el principio de que, por encima del sistema, están las personas. ¿Nadie se atreve?

El día 4 volveré a la máquina de las infusiones citotóxicas. Ojalá me despertase un día de esta pesadilla en la que se ha convertido mi vida y la de los que no solo me valoran como un número negativo de la Seguridad Social. Qué importante es darse cuenta de que ninguno somos inmunes, de que no siempre lo malo le pasa a los demás. De que tenemos fecha de consumo preferente. Estas memorias sanitarias están basadas en inevitables hechos reales de los que nadie está libre, de ahí su valor.

Cierro, de momento, cansado como si me hubieran dado una paliza, el parte de novedades de este 27 de enero de 2015. Estoy más cabreado que desanimado, y eso no puede ser malo porque, ya escribió Pessoa, que quien tiene alma no tiene calma. De paciencia voy escaso.

154. 23 de enero. Mucha carrera.

No me puedo quejar. A 48 horas de la última sesión de quimio, las tripas siguen en su sitio y eso no es una circunstancia menor para un fulano en mis circunstancias. Pero esta enfermedad y su tratamiento son como el Camino de Santiago, que no te regala nada: después de un llano o una bajada siempre lo pagarás con una cuesta arriba. Siempre. Me lo enseñó a pie de obra el sobrino de la Tía Claudina, que tiene las piernas muy trabajadas en los caminos que a Compostela son.
La etapa de la montaña de ayer incluyó una dolorosa a la vez que entretenida migraña de unas cinco horas de la que hoy, cruzo los dedos, no queda ni un poco de serrín. Acabé con toallas frías sobre la cabeza.
Ya saneado, puedo dedicar esfuerzos a los planes laborales y académicos que se me presentan, porque no seré yo el que eche el freno en plena carrera. Y confío en el apoyo inquebrantable de mi entorno, como hasta ahora, para el logro de mis objetivos. De verdad: no hay nada más negativo para un enfermo que la sobreprotección. Mucho me acuerdo de una frase que le oí a alguien una vez: “¡Estoy enfermo, no estoy inútil!”.
Como el ánimo suele ir emparejado con las condiciones físicas, mientras la carrocería vaya tirando yo no tengo pensado venirme abajo. Y lo que tenga que venir o no, ya sucederá. O no.
Después de un año y tres meses de baja, empiezo a desubicarme en los días de la semana. Así que, una vez confirmado en el móvil que es viernes, mis mejores deseos para el fin de semana, que promete más sol cuanto más al sur (de Galicia). El sol es vida; la humedad…musgo y moho.

152. Sábado, 17 de enero 2015. Crónica de un adiós.

Me tranquiliza, maestro, saber que descansas donde querías: junto a la tía Pepita, que era, como tú la describías, “solterísima y comadrona”; al lado de tu hermano Jesús, que nunca dejó de esperarte desde que partiera de avanzadilla, antes de la cuenta, en 1984. Si no fuera por esa seguridad, habría vuelto hoy del cementerio municipal de Boisaca con la sensación de haberte dejado en depósito en un almacén, tal es la inquietud que me transmite para el reposo definitivo esta parte de la capital de Galicia que apenas sale en las guías; si acaso, en las de los transportistas. Poco peregrino coreano se ve por Boisaca, Alvite, y mucho repartidor.

Morirse en Santiago carece del glamur que tiene vivir en Compostela. Todo el entorno del camposanto es un polígono industrial, y no resulta fácil mantener el rictus cuando el viaje definitivo, a hombros o en coche acristalado, transcurre frente a una planta de hormigones y a pocos metros de un desguace. Hace unos años, alguien incluso calzó una guardería infantil en las afueras del cementerio: “Piénsalo -me decía esta mañana un amigo- es una alegoría de la vida: desde que eres pequeño hasta que te vas, con el paso por la vida laboral reflejado en tantas empresas que aquí tienen sede”. Así observado sí, como la vida misma.

No sé si fuiste tú el que me dijo un día que no le encontraba razón a las tapias de los cementerios: los que están fuera no quieren entrar y los que se quedan no pueden salir. ¿Entonces? También es cierto que, en el caso de Boisaca, el muro es una frontera entre la realidad industrial -venida a menos como la realidad misma- y el propio urbanismo del camposanto, donde los mejores panteones llevan los apellidos de ilustres médicos, farmacéuticos, emprendedores… No te ha tocado mal barrio en el otro barrio, Alvite. Creo que los entrevistaste a todos, incluso a algunos sin ellos saberlo.

Hace tres años me tocó hacer inventario y conté en La Voz de Galicia, maestro, en el periódico en el que nos conocimos antes de que Ediciones Paulinas montase en su local de la rúa do Vilar una librería, que de Boisaca siempre me han sobrecogido las tumbas que ya no visita nadie, “como la de una niña que se murió a los tres años y ocho meses un día triste de 1935”. En aquella visita, una fuerza interior más poderosa que yo me tentó a tomar prestado un clavel de un finado que tenía excedente para dejarlo sobre la losa de la pequeña. Nadie me lo reprochó.

Guillermo, el sepulturero, me advirtió entonces de la prohibición de mover los ramos, pero me dijo que siempre tiene que estar muy atento y no bajar la guardia, porque hay quien intenta llevarse las flores de los muertos para revendérselas a los vivos. Ya decía don Manuel cuando alguien pedía Coca Cola para cenar en vez de vino: ¡Haygenteparatodoñmñmñm,miqueridoamigo!

Los cipreses de Boisaca, Alvite, crecen larguiruchos como ascensores al otro mundo. El epitafio de nuestro colega periodista Diego Bernal (1945-2008) le quita hierro a la parca: «El humor como recurso es la primera arma para sobrevivir, del mismo modo que la sonrisa es el pan nuestro de cada día». Sois un montón allá arriba, estibados detrás del cuartel general de Plásticos Santy. Hay ahora mismo más ambiente periodístico en Boisaca que en algunas redacciones, y no es una manera de hablar.

Contaba en aquel reportaje de última página y última morada que muchas lápidas son pequeñas crónicas talladas, obituarios telegráficos, periodismo de mármol. ¿Recuerdas que me escribiste, cuando la oncología nos unió más aún, que te costaba aceptar que tu próxima noticia fuese el mármol de tu sepulcro?

En Boisaca hay unas 11.000 sepulturas. Como el espacio está optimizado y en cada una puede haber varios difuntos, el censo aproximado es de 40.000 cadáveres; la población de Narón. La gente tiene maneras bien curiosas de honrar a sus muertos. «Nunha sepultura deixaron dúas copas con champán, a botella e un paquete de Winston», narraba el enterrador. A Roberto Vidal Bolaño le ponen cervezas Voll-Dam y un paquete de Ducados. Y a un músico finado le acompañó durante meses una guitarra. «Tamén hai quen vén facer meigallos, con eses hai que ter coidado», decía Gil.

-¿Y cuando le toque a usted? (le pregunté)

-Yo no me quedaré aquí. Quiero ser incinerado y que me echen al mar de Aguiño. 

Tú preferiste, maestro, la compañía de la familia. Uno tiene derecho a escoger estas cosas, solo faltaría. La eternidad por delante y sin hipoteca.  Y aunque la muerte nos iguala en el trance, no en la última morada. Los nichos más humildes contrastan con la grandiosidad de los panteones familiares neoclásicos que flanquean, como chalés adiosados, las calles principales.

No te voy a negar que ayer, cuando el cura de Sar, Porto Buceta, le pasó el micrófono en el tanatorio al inicio de tu misa de cuerpo presente al incombustible Luis Rial, llegué a pensar que tu viejo amigo de correrías acabaría oficiando el funeral completo y conectando con los estudios centrales de la Radio Galega en San Marcos. Es todo un tipo, Rial, pero le pierden las ondas. Por las miradas que nos cruzamos varios, creo que no fui el único que se temió una retransmisión con entrevista incluida a Miguel Cancio.

Te respetó la lluvia, aunque el frío era siberiano y se hizo el sueco. Solo eché de menos, maestro, a la Banda Municipal interpretando de uniforme un arreglo de “New York, New York”. La música debería ser obligatoria en las despedidas ¿a que sí? Yo ya lo dejo escrito aquí, para cuando me toque. Descansa en paz, amigo. Fuerza a los tuyos. Fuiste tú el que escribió que “nosotros hemos nacido para ser enterrados con la grava que cabe en un sombrero”. Que nunca morirá tu legado es un hecho, por encima de credos y religiones.

151. Luto en el Savoy

No es una baja más. Adiós, maestro, adiós, amigo @alvitejos José Luis Alvite. Ser tu “mejor heredero” es una responsabilidad que llevaré con orgullo mientras viva para contarlo. Apagaré la luz al salir.

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150. La rebelión de las tripas

Las tripas se me rebelan. Consigo neutralizar algunos efectos pero, en general, estoy hecho unos zorros y me doy la vuelta como un par de calcetines, con lo de dentro para afuera. Se me está haciendo agotadora esta segunda fase química, con la que me toca convivir ni se sabe hasta cuándo. Por si fuera poco, Mordor de Compostela se muestra con toda su crudeza, regándonos por aspersión y vetando el paseo reparador y la radiación ultravioleta a los enfermos de largo recorrido que en la ciudad somos.

Menos mal que el sobrino de la tía Claudina es un tipo que no se arredra, ourensano de carrera: “¿Paseamos a cubierto por el eje DecaLeroLidl?” Un planazo para un día de mierda, ¡Ese es el espíritu, carallo! Sobre todo porque el circuito se nos hizo corto y, a la que nos dimos cuenta, estábamos con él al volante en A Grela, compartiendo un codillo sueco-ruñento sentados en las míticas sillas Urban. Ni cinco euros nos gastamos en IKEA -sin contar la comida-, pero el paseo me lo notaron las carnes. Sobre todo, la media hora que perdimos buscando el coche por el aparcamiento. Si metiésemos en un banco todo el tiempo que se pasa la gente del mundo, en general, buscando sus coches en los aparcamientos de los centros comerciales, qué grandes cosas se podrían hacer. “Estamos a punto de rozar el ridículo”, murmuraba mi chófer. Salimos del trance.

He vuelto a casa físicamente escarallado y me he rendido a la siesta. Las últimas noches no se me han dado nada bien. Angustia, malestar… Tengo contramedidas químicas, pero es más de lo mismo. El lote completo de los síntomas siempre viene a deshora, bien sabéis los que estáis en condiciones parecidas de qué hablo. A las sensaciones raras se suma un olor reiterativo y nauseabundo que lo invade todo, no sé si fruto del tratamiento o del trabajito que me han hecho en el disco duro mis dos invasiones celulares.

Gracias a los que se inquietan porque no escriba, pero no estoy para presiones. Vivir y sobrevivir me llevan su tiempo, es así. Nunca pensé que iba a resultar tan duro este segundo combate. El 21 está a la vuelta de la esquina y de nuevo, todavía sin venirme arriba como la tal Inés con Trevor Jones en el anuncio de Aquarius, tendré que asumir los efectos de la nueva intoxicación programada. Y tragar. No es desánimo: es agotamiento.

Cada vez contesto menos a los mensajes, vengan por la vía que vengan. El WhatsApp, sobre todo, me cansa hasta tal punto que me planteo dimitir. Si me pusiera a responder puntual, juro que no haría otra cosa. Agradezco la presencia de todos, pero comprended mi ausencia, que mi cuerpo agotado y mi cerebro trepanado no dan para más.

Lamento haber tenido que cancelar las tres firmas de libros que estaban previstas en El Corte Inglés. A cambio, este sábado saldré en el suplemento de salud de ABC, predicando, improvisando como lo vengo haciendo. Le temo a la noche, pero ya me ha vuelto a pillar. Muchas veces pienso que no puede ser verdad esta mala hora. Pero no me cuela, y ya van un año y tres meses. Besos a cascoporro.

149. El cáncer, la química y los calamares a la romana

Jueves, 8 de enero 2015. Aquí sigo, cuando pasan de las tres y media de la tarde, conectado a la Micro Macro Life Care a través de la que me insuflan las armas químicas, en la sala de tratamientos 6 del Hospital de Día de Oncohematología del Complexo Hospitalario Universitario de Santiago.
Segundo día de acontecimientos farmacológicos de esta segunda tanda en mi guerra de Gila contra la recidiva de un astrocitoma anaplásico de grado III que ya es un viejo conocido para la legión de lectores de estas memorias sanitarias. ¿Está el enemigo? ¡Que se ponga!
Hemos empezado el menú del día con algo más de 272 mg. del antineoplásico CPT11, más popular como Irinotecán -que a mí me suena a nombre de cacique azteca- y que, después de experimentados sus efectos, alguien debería rebautizar como Irinotecagas. Creo que no hacen falta explicaciones. Hoy, puede ser por la experiencia anterior, las tripas se mantienen bastante en su sitio. Confío en que no me abandonen a traición.
Ahora estoy ya con el segundo plato: 1040 ml. de Bevacizumav o Avastín, otro antineoplásico en formato perfusión intravenosa que me riega las entrañas desde la Micro Macro LifeCare conectada al reservorio Celsite Discreet que llevo instalado en el pecho y que yo he rebautizado como Celsito.
A todo este aparataje, a toda la electrónica y la hidráulica que me viste como a un C3PO de la oncología médica, le quita hierro el olor a calamares que emana del bocadillo de una compañera de tratamiento que está del otro lado de la cortina y que tenía antojo. ¿A qué huele el cáncer?, igual me pregunta algún día un compañero entrevistador. ¡A calamares, te lo juro, el cáncer y su tratamiento huelen a calamares a la romana! No me molesta ni lo más mínimo. Buen provecho.
El bocadillo y el buen rollo que te transmite el personal del hospital de día -a pesar de que es evidente que trabajan de más- hacen más por mi paz interior que cualquier tranquilizante con receta médica. A los que enseguida se les llena la boca diciendo que los funcionarios no la rascan los quería ver yo aquí aunque solo fuera un cuarto de hora. Los recortes en sanidad se notan, precisamente, cuando eres un paciente de oncología y ves a tu alrededor que el personal no para, que los celadores tienen que hacer el pino puente para dar salida a la omnipresencia que se les exige, precisamente, porque no es proporcional la plantilla a la gran cantidad de enfermos que somos.
Me hace gracia que buena parte del personal de enfermería lleve puestas zapatillas de running, nada de zuecos o sandalias. Van tan a toda hostia que las zapatillas de correr son lo más apropiado. No son estos funcionarios de los que se marchan corriendo antes de que pase algo, nada de eso. No veo yo tanta energía en muchos despachos oficiales desde los que se cocina lo que se hace en este lugar del que ahora soy usuario, y he estado en unos pocos despachos oficiales, por no decir en todos. Menos corbata y más chándal, excelencias. Pisen más el terreno.
Entre citotóxico y antianaplásico, hoy he probado el cátering del hospital de día, a elegir entre bocata-pulga de queso, chorizo o salchichón, yogur y fruta. Le he salido barato al Servizo Galego de Saúde. No sé si por lo frugal de la dieta, por la química o por el analgésico que me administraron para callarle la boca a mi contractura de espalda, el caso es que según han ido pasando las horas me he crecido en estado físico y anímico. Llegué muy acojonado a la sala de tratamientos, temeroso de los efectos secundarios de estas pócimas amañadas que los oncólogos diseñan por nuestro bien, aunque nos hagan a veces mucho mal. Pero fue cruzar dos palabras con el personal de farmacia y me cambiaron la actitud y el ánimo, tan importante es que te informen de riesgos y posibilidades, que los tratamientos se humanicen.
Ya sé que las próximas horas tendré que permanecer alerta por si me desfondo, pero como decimos en Galicia… malo será. Después del súper chute de hoy no tendré que volver a la Micro Macro hasta el día 21. Asi que, hasta entonces, ya tendré tiempo de experimentar pros y contras del tratamiento. Tengo ganas de salir y volver a casa para seguir avanzando en el máster de Playmobilismo que estoy haciendo con mi hijo: el año pasado nos doctoramos montando el barco pirata; este año ha tocado el castillo de los dragones, que también tiene su ciencia.
Feliz año, feliz vida. Aunque no responda individualmente -no haría otra cosa en todo el día- os tengo presentes incluso a los ausentes.

148. De largo recorrido

Vaya pues la primera entrada del año en estas memorias sanitarias, sin ánimo de marcar un acontecimiento en este tiempo de prórroga en el que vivo instalado, un tiempo en el que el alfa y el omega, el principio y el final, se pueden dar la vuelta en cualquier momento y poner la casa patas arriba.
Sigo en Navarra, que es una tierra que me trata bien en todos los sentidos y donde mis hijos, ahora empeñados en aprender euskera para estar a la altura de la competencia lingüística de sus primos, tienen parte de sus raíces. Mucho le gusta a mi padre poner a prueba a sus nietos y preguntarles si se sienten más de aquí o de allá. Él, el más vigués de todos los vigueses. En una comunidad autónoma poco dada aún a las mezclas, junta pero poco revuelta, donde los ocho apellidos vascos te los sabes desde que aprendes a hablar, mis hijos, nuestros hijos, no dejan de tener un toque exótico. Que la raza ha salido mejorada es un hecho.
Estoy por patentar al “Olentceiro”, que sería una mezcla de Olentzero, apalpador y Papá Noel, para unificar personajes de las Navidades, una época que se salva, precisamente, por los niños. Si no fuera por ellos, y habiendo lo que hay, me metería en la cama el 22 de diciembre, con las pedreas, y no saldría hasta el 8 de enero; no tengo nada que celebrar ni nada que agradecer. NA-DA. Claro que podría estar peor, pero también mejor.
Ya he escrito en más ocasiones que las enfermedades de largo recorrido llevan un montón de riesgos asociados. Uno de los que más nos afecta a los enfermos es que en algún momento se olvide nuestra circunstancia, por habitual, y se nos quiera tratar como a sanos que dan lata. Conviene estar atentos, porque pocas sensaciones hay tan desagradables como sentir que la enfermedad de uno “ya cansa” por reiterativa.
Sí, la enfermedad riega por aspersión, pero el que más sufre es el dueño de un cuadro clínico que es personal e intransferible. Nadie sufre más que el enfermo, ¡nadie! Así que, aunque suene egoísta, al sano le toca estar al 200 por cien, le va el sobreesfuerzo en el lote. Y no es que tenga yo queja en ese sentido, pero del contacto con otros que están como yo tengo material suficiente para redactar un tratado. Qué bien vendría una formación en el cuidado de los demás ya desde el colegio. Nadie nos enseña y un día nos toca improvisar ante el pronóstico malo de un ser cercano y puede salir cualquier cosa. Yo soy afortunado. Y esto no quiere decir que el enfermo tenga patente de corso para reaccionar como le dé la gana, para tiranizar a su entorno, pero insisto: el sobreesfuerzo de los que cuidan al que vive en tiempo de descuento va en el lote, y en las facultades de Medicina y de Psicología, en la educación básica también, sigue faltando orientación para los sanos.
No tengo más propósito para el año que arranca que llegar al 31 de diciembre de cuerpo presente y poder contar para entonces que sigo con la misma masa cerebral que cuando arrancó el año, gramo arriba o abajo. Como eso no depende de mí exclusivamente, que sea lo que tenga que ser y ya iremos capeando. Mantengo firme la convicción de que, en una situación como la que vivo, cualquier capricho es una urgencia. Y pienso actuar conforme a mis creencias. Hay viajes, hijos, que no podemos demorar mucho. Si la química me deja, la primavera va a ser generosa en kilómetros y personajes. Y después, si eso, que nos quiten lo bailao. Gracias a todos, por todo.

145. Con una pequeña ayuda de mis amigos (y otros medicamentos)

Ahora que están a punto de cumplirse las primeras 24 horas desde que me administraron a chorro la primera dosis de Irinotecán -el citotóxico anticancerígeno de nombre Azteca también conocido como CPT-11– tengo que decir que sigo de una pieza que y que la cosa ha ido mejor de lo que imaginé. Es pronto para cantar victoria ante el rosario de efectos secundarios que lleva incorporado el tratamiento pero, de momento, no tengo queja. Sí, ya sé: “Tranquilo, los efectos adversos se manifiestan en un no sé cuántos por cien de pacientes, no tiene por qué pasarte…”. Pero si te toca a ti porque está el dedo de Murphy señalándote desde hace un año y dos meses, entonces te jodes porque el no sé cuántos es tu cien por cien. Es justo hoy cuando Murphy podría empezar a removerme las tripas, así que permanezco a la escucha.

El de ayer fue sin duda el sorteo más raro de la lotería de Navidad que recuerdo. Convencido de que no me iba a tocar, instalado como estoy en el lado oscuro de la fortuna, me conecté doblemente: a la Cadena Ser por las orejas y a una máquina de nombre Hospira Micro Macro, que es una bomba de infusión que, convenientemente insertada al reservorio que tengo incrustado debajo del pecho, el famoso Celsito, me administra la dosis adecuadas en el tiempo adecuado. Al timón estaba Beatriz, la parte humana y amable de un tratamiento que, de otro modo, sería una visita amarga a las calderas de la existencia misma. ¡Me quedan tantas! Estoy abonado.

Pensé que sería un lavado químico larguísimo, pero más tardó en salir el gordo de Navidad que la Micro Macro en vaciarse. “¡Ostras, a ver si va a acabar en cuatro!”, pensé cuando vi que me colocaban en la máquina 4, rodeado de otros compañeros que ya veníamos con la suerte puesta de casa (adviértase la ironía).

De los veinte años que llevo trabajando a tiempo completo en La Voz de Galicia, solo dos no he estado en el equipo especial que cubre la Lotería de Navidad: el 2013 y este. Echo de menos esas carreras por Galicia adelante buscando gente que se baña con con cava catalán -la mayoría de las veces- y se empeña en llamarle champán y en jurarle al periodista que el premio lo dedicarán “a tapar agujeros”. Si es por agujeros, ¡los tengo de todas clases y todos los tamaños, oigan!

La sensación de alegría de los premiados, vivida a pie de campo, es una emoción contagiosa. A ver si en el 2015 el famoso día de la salud lo es también para mí, aunque sea una pedrea, y puedo volver a firmar en el cuadernillo especial, como aquella vez, en el 2006, que le dediqué una última a la gente de La Favorita de A Coruña.

Conectado a la Micro Macro y a la Cadena Ser me llegó la noticia de otro compañero caído en el frente oncológico justo ahora que es Navidad. Ninguna versión de With a little help from my friends tiene la potencia que le supo dar Joe Cocker, acompañado en este vídeo por Phil Collins a la batería y Brian May a la guitarra eléctrica. Nos queda su voz, la música y las letras que juntó John Lennon -otro ilustre difunto-, para recordarnos, como arrancaban los capítulos de Aquellos Maravillosos Años, que solo no va uno a ninguna parte. Gracias por esa pequeña gran ayuda de mis amigos. Sin dinero ni salud, aferrémonos al amor.

Con una pequeña ayuda de mis amigos

¿Qué pensarías si yo cantara desafinado?
¿Te levantarías y te alejarías de mí?
Préstame tus oídos y te cantaré una canción
Y trataré de no cantar fuera de tono.

Oh, lo conseguiré con una pequeña ayuda de mis amigos
Mm, llego alto con una pequeña ayuda de mis amigos
Mm, lo intentaré con una pequeña ayuda de mis amigos

¿Qué hago cuando mi amor se ha ido?
(¿Te preocupa estar solo?)
¿Cómo me siento al final del día?
(¿Estás triste porque estás solo?)

No, lo conseguiré con una pequeña ayuda de mis amigos
Mm, llego alto con una pequeña ayuda de mis amigos
Mm, lo intentaré con una pequeña ayuda de mis amigos

¿Necesitas a alguien?
Yo necesito alguien a quien amar
Podría ser cualquiera
Yo quiero alguien a quien amar

¿Creerías en el amor a primera vista?
Si, estoy seguro que pasa todo el tiempo
¿Qué ves cuando apagas la luz?
No puedo decírtelo pero sé que es mío

Oh, lo conseguiré con una pequeña ayuda de mis amigos
Mm, llego alto con una pequeña ayuda de mis amigos
Mm, lo intentaré con una pequeña ayuda de mis amigos

¿Necesitas a alguien?
Yo necesito alguien a quien amar
Podría ser cualquiera
Yo quiero alguien a quien amar

Oh, lo conseguiré con una pequeña ayuda de mis amigos
Con una pequeña ayuda de mis amigos.

John Lennon (cofirmada con Paul McCartney) Traducción de Songstraducidas.com

 

 

144. O tren que me leva…

Justo ahora que el tren que me lleva a Santiago desde Vigo para en Cesantes, me acuerdo de una viñeta que Fernando Quesada publicó hace más de treinta años en Faro de Vigo. Se veía a dos paisanos mirando a la playa de Cesantes, justo frente a la isla de San Simón, en la ría de Vigo, y uno le decía al otro: “Esta playa siempre está llena cuando hay cambio de gobierno”.
En este viacrucis ferroviario me queda todavía un rato: Arcade, Pontevedra, Portela, VIlagarcía de Arousa, Catoira, Pontecesures, Padrón, Osebe y ya, por fin, a eso de las ocho y cuarto, Santiago de Compostela, después de haber salido de Vigo a las 18:40. No es que se vaya mal en tren, tampoco es eso, pero le sobra metraje al desplazamiento. Al menos me sale barato gracias al convenio que tenemos entre la Renfe y el Colexio Profesional de Xornalistas de Galicia: no llega a ocho euros y me ahorro los baches con los que Audasa, Autopistas del Atlántico, premia la fidelidad de los usuarios de la AP-9.
Bastante bien el primer día de convivencia con Celsito, el reservorio subcutáneo que llevo instalado desde ayer dentro del pecho. Celsito es pequeño, aunque no peludo, ni suave, blando por fuera como silicona sobre lecho de titanio, eso sí. Nos estamos acostumbrando el uno al otro, del roce nacerá o el odio o el cariño, pero estamos condenados a entendernos para mucho tiempo.

Sigo instalado en el cansancio extremo. El bastón de trekking es una tercera pierna imprescindible en esta situación. Estoy convencido de que con un poco de sol se me levantaría la paletilla, pero la radiación ultravioleta es un bien escaso en el noroeste. A la que pueda subirme a un avión no me lo pienso y me instalo en el Mediterráneo una temporada.

Vamos a 159 por hora porque lo dice la pantalla, pero tengo una sensación de ir pedaleando que para qué. Me da la impresión de que, en cualquier momento, el revisor se descolgará desde lo alto con un par de escobas en las manos para asustar a la chavalada. Aunque no voy precisamente por la orilla del Miño, que le ponga la banda sonora a este telegrama ferroviario Andrés Do Barro, que cayó en el frente oncológico cuando tenía mi edad. Do Barro consiguió llevar al número 1 una canción en gallego en plena dictadura franquista, un súper héroe con guitarra. Vamos allá. No dejéis de leer hoy a Xavier Alcalá recordando a Do Barro en La Voz de Galicia.

Y por el mismo precio… Adriano Celentano. Estamos que lo tiramos, oigan

143. La oncología y el pleonasmo, interacción y propuesta

No me canso de predicar que en el mundo de la medicina, en general, y en el de la oncología, en particular, la comunicación con los pacientes es manifiestamente mejorable. Desde esta mañana llevo en la cartera un carné que dice literalmente, y no pongo ni quito nada: “A esta persona se le ha implantado un sistema implantable de acceso. Ver instrucciones de uso”. No te jode… si me hubieran implantado un sistema no implantable, entonces sí que sería la leche. Al margen de la redacción lamentable del documento que me acredita como poseedor de un sistema implantable de acceso Celsite, modelo Discreet STL205P, la buena noticia es que ya tengo puesto el Celsito, como me referiré a partir de ahora al reservorio que, desde su ubicación en la clavícula derecha, me da un ligero toque cibernético que tiene como cometido facilitar las maniobras en la sala de quimioterapia durante los muchos meses de tratamiento que me quedan por delante.

“Celsite Discreet. Rechace imitaciones”, se me ocurre después de leer otra vez el nombre de mi pequeño chirimbolo de fabricación francesa. ¿Te mola mi Celsito?

Toda una experiencia ha sido mi paso esta mañana por el quirófano de la Unidad de Cirugía Mayor Ambulatoria (UCMA) del Complexo Hospitalario Universitario de Santiago de Compostela, donde todo salió estupendamente.
Entré pelín acojonado, no me importa decirlo. Si ya me asusta pasarle la ITV a la Vespa porque siempre hay un tiquismiquis de uniforme que te encuentra una luz fundida o un tornillo flojo, ¿cómo no iba a estar nervioso siendo yo directamente la Vespa rectificada? Me tranquilizó el transporte y la compañía del sobrino de la tía Claudina, que tiene podio en esta carrera de fondo en la que hay unos saboteadores dirigidos por un tal Murphy que te van alejando por las noches la línea de meta.

Ni tiempo tuve de calentar las sábanas en la habitación 004, pero sí de estrechar la mano de Carlos, compañero del fregado oncológico que también se fue a casa tuneado con un Celsito Discreto igualito al mío. Hoy íbamos a hacer gasto y lo hicimos. Mejor nos habríamos conocido en un bar, Carlos, pero como las circunstancias son la que son, hagamos de la necesidad virtud y disfrutemos de que nos hayan implantado un sistema implantable y no uno que no lo sea. No es que me moleste el pleonasmo como recurso literario, señores de los laboratorios B | Braun, pero creo que está de más en un carné de portador de Celsito Discreto con el que tengo que justificar que se alteren a mi paso los arcos de seguridad, da lo mismo si es en Hacienda en Salgueiriños que en el aeropuerto de Lavacolla. “Sí, señor guardia, que llevo implantado un sistema implantable, ya ve cómo me las gasto…”.

La anestesia local hizo su trabajo y apenas noté nada mientras duró la colocación del dispositivo, que ahora me achatarra las entrañas. Chorro escandaloso de Betadine, Cadena Dial en la radio, las palabras tranquilizadoras de Mercedes, una de las enfermeras… y buen pulso el del doctor López a la caja de herramientas y el catéter. Y qué buen manejo de la silla de ruedas por parte de Ana, la celadora que me movió por ese Tetris lleno de almacenes y cuartuchos que es la UCMA.

Voy mucho mejor de la bronquitis y ya estoy mucho menos apaquirrinado en la zona de la brecha por la que parí dos tumores cerebrales en un año, señal de que el antibiótico vale lo que cuesta. Ya en casa, solo quiero escribir una última cosa para evitar que cualquier día le ponga mal gesto a alguien o, lo que es peor, le suelte un improperio y lo deje patidifuso: que tengo la cara más redonda y que la cortisona me ha hinchado como a un pez globo es un hecho, así que no hace falta que vayáis por ahí diciéndome: ¡Estás más gordo! Hoy me ha ocurrido dos veces, así que, desde el cariño lo digo: no me aporta nada y, al contrario, me jode profundamente que me recuerden lo evidente, que bastante incómodo estoy.

Tengo suficiente con los espejos de casa como para ir reflejándome por ahí en los comentarios gratuitos y hasta ofensivos -me da igual que sea sin intención- de quienes hablan más rápido de lo que piensan. Lo digo como lo siento y, por lo que he comprobado, es  un sentimiento que compartimos muchos enfermos. Si no os parecemos lo suficientemente delgaditos o lo suficientemente lozanos, mejor nos callamos ¿De acuerdo? Es como cuando me dicen que tengo “mala cara”, Con lo que llevo encima y sin apenas dormir, invadido de células que se reproducen a lo loco, sin dos trozos de cerebro y preocupado por sobrevivir… ¿que pretendéis? ¿que la tenga buena?

Al próximo que no pueda contenerse le enseño lo bonito que tengo el torso, lleno de acné; o lo triste que me han dejado el pecho después del rasurado; o las estrías que me atraviesan la barriga en vertical que parezco el niño del pijama de rayas sin pijama. O lo que es peor: me pongo a sacarle defectos yo: culos, chichas, arrugas o lo que aprecie a simple vista y acabamos como el rosario de la Aurora.

Apenas noto a Celsito Discreto mientras escribo, creo que acabaremos llevándonos bien mi aparato y yo. Gracias a todo el equipo que ha hecho posible el implante. Para mí era importante seguir avanzando hacia las líneas enemigas y ese paso ya está dado. A ver si el lunes abrimos el surtidor, me dejo invadir por el CPT11 y escribo otro capítulo en estas memorias sanitarias que sirva para dar fe de que el enterrador puede tomarse una excedencia.
Eladio, amigo, cántamela otra vez.”Si aquí nunca nieva, aquí solo llueve, y bajo la lluvia crecemos más fuertes. Ya sé que tu juras que hay un futuro, y el tiempo futuro yo creo que este!…” Sí, es mi Vigo lo que sale en el vídeo, mi tiempo pasado, espero que mi tiempo presente.