131. En capilla

por Nacho Mirás Fole

Las tradiciones empiezan de repente: uno se opera de urgencia días antes de Navidad y, al año siguiente, repite porque lo manda la tradición. Así que mientras la mayoría rescatáis del trastero los adornos y el espumillón, yo me preparo para ponerme otra vez el camisón de lacitos del Sergas -ese que te deja el culo expuesto a los elementos- y para pasar por la radial del equipo de Neurocirugía del Hospital Clínico de Santiago por segunda vez en un año. Vuelvo al quirófano por Navidad.

Confío en los doctores Prieto y Allut como Pinocho en Gepetto. Ni al niño trapalleiro de madera ni a mí nos queda más remedio, también es verdad. La orden de entrada y registro en las profundidades de mi cráneo es de efecto inminente, así que el dispositivo de acoso y derribo al hijo de Casiano no debería demorarse más allá de la semana que viene o de la otra, ya os iré contando según me convoquen. Escaquearse no es una opción.

Ya estoy viendo que la meteorología no nos va a acompañar; si quieren abrirme el melón, doctores, digamos… en Miami, por mí que no quede. Imagínense operando en bañador… Porque aquí me espera una convalecencia húmeda y triste de carallo, bien lo sé, que me amenazan las nubes detrás de los cristales. Entre eso y la invasión musical de peces que se empeñan en beber en el río por ver a Dios nacido mientras la Virgen sigue sin comprarse una lavadora, el plan de adviento es lo peor.

Hace unos días vimos en una pantalla las fotos del horror. Es acojonante comprobar con qué velocidad se ha recalificado el solar que me dejaron impoluto en la sesera el 12 de diciembre del año pasado. Urbanismo gallego en su más pura esencia: del nada al todo en cuestión de meses y sin pedir siquiera una licencia municipal. La mecánica del “ti vai facendo”, que es la ley no escrita que rige la evolución territorial de Galicia y de los gallegos, llevada a su máxima expresión en el interior de mi tarro. Inquieta la forma de manita alien que tiene el nuevo galpón invasor, que extiende incluso un pequeño tentaculito hacia la zona de mis entrañas profundas como queriendo poner una pica en Flandes. Me recordó, y perdonad la imagen, a una garrapata daltónica que hubiera confundido mi materia gris con la lana de una oveja puerca y quisiera adentrarse en la vereda a descubrir y a fundar. En Galicia, las garrapatas son “carrachos”, así que se abre la veda para la caza mayor del carracho.

No estoy desanimado, claro que no. Se me mezclan muchos sentimientos y muchas sensaciones en estas horas previas, pero estoy listo para darlo todo en el campo como un Nolito en pijama dispuesto a hacerle un agujero a toda la defensa del Barcelona con un pase de tacón a Larrivey.

Lo que sí estoy es cansado, derrengado por el exceso de minutos jugados en el este último año en la liga de la oncología médica. Supongo que es comprensible. Pero insisto en que no tienen nada que ver el cansancio y el desánimo, que no falta quien me llama al orden por tener ojeras; yo respondo mejor a las caricias que a los latigazos, no os queméis conmigo. Y como la terapia de sofá poco o nada consigue, ahí estoy, en la calle, viviendo apurado antes de la parada técnica de la semana que viene.

En el pase de revista a la tropa apenas he contabilizado deserciones, cosa que agradezco. Los que no han dado señales de vida por falta de tiempo que se lo hagan mirar: la falta de tiempo es otra cosa, sé bien lo que me digo. Les puedo dar un máster. Sin rencor. A fer la mà.

Acabo. El caso es que me entrego en cuerpo y alma a la tradición de operarme antes de Navidad con la zambomba en posición de presenten armas. Vista la poca gracia que tienen en el Sergas para decorar las habitaciones, igual me llevo algo de casa para alegrar la convalecencia. Voy a poner en marcha un grupo de Whatsapp en el que, lo mismo que el año pasado, alguien en mi nombre informará de cómo ha ido todo una vez que terminen en el aserradero y barran el taller. Así descargamos además a la familia del trago de tener que dar semejante cantidad de explicaciones personalizadas.

Ya he firmado el consentimiento informado, informado de la tremenda cantidad de riesgos que comporta que te abran la cabeza y te extirpen otro trozo de disco duro: pérdida de memoria inmediata, pérdida de visión periférica… Sobre la posibilidad de ganar capacidades no he firmado nada, que no tiene el Sergas el chichi para farolillos.

Voy a oxigenarme, que hoy puede ser un gran día y mañana también. ¡Anda que no nos libramos de una buena hace exactamente 39 años!

http://www.rtve.es/alacarta/videos/fue-noticia-en-el-archivo-de-rtve/espanoles-franco-muerto/362530/

No tengo prisa por seguirle los pasos, excelencia; así que no me espere levantado.

Si ponéis velas en mi nombre, que no sea en casa, que después os despistáis y acabamos saliendo todos en el programa de Mariló rodeados de señoras en bata que hacen declaraciones a lo loco. Vamos allá. No hay dolor.