127. La vida y la muerte, bordada en la boca…

por Nacho Mirás Fole

A veces tengo la impresión de que mi hijo Mikel es la reencarnación de Fernando Lázaro Carreter en el cuerpo de un niño de cuatro años. Seguro que tiene algo que ver en su desparpajo para comunicarse que en casa llamemos a las cosas por sus nombres, huyendo de pupas, baubaus o pipís: heridas, perros y pirolas. Eso y que tiene en Ane, su hermana, un referente lingüístico de primer orden. Pero me enternece tanto cuando me pide que le ponga otro “episodio” de Peppa Pig que le pediría que me firmara un autógrafo en un diccionario.

No sé de dónde carallo ha sacado la última expresión, que me parece sensacional por potente y espontánea. En vez de “entrevistar”,  Mikel dice “echar una entrevista”, y está convencido mi heredero de que su padre le ha echado entrevistas a media humanidad. “Papá, te quiero mucho, echas muchas entrevistas y eres el mejor escritor que existe en el mundo”. Touché.

El caso es que, como ya he contado, tenemos colgando en el retrovisor del coche una figura articulada de El Fary. Es la mascota oficial de los viajes de los Mirás Apestegui, un muñeco que va moviendo la cabeza y el micrófono con un ingenioso sistema de muelles que hace que baile desatado cante quien cante en la radio. Alguien con cultura musical escasa me preguntó si era Iñaki Gabilondo.

A Mikel y a Ane les entusiasma El Fary. “¡Pon el torito guapo, pon el torito guapo!, reclaman a menudo. Y yo lo pongo y enloquecemos los tres camino del cole. Cuando les conté que el cantante en miniatura del monovolumen exisitió de verdad, que yo lo conocí y que me parecía un tío la mar de cachondo, Mikel no se hizo esperar: “¿Le echaste una entrevista al Fary, papá?”. “Sí, mi rey, le eché dos o tres entrevistas. Se llamaba José Luis Cantero y era todo un personaje. Por cierto ¿tú sabes lo que es echar una entrevista? -le pregunté para asegurarme de que no tenía los conceptos equivocados”.

-¡Pues claro: lo que hacemos ahora! Tú preguntas y el otro contesta. Y después lo pones en el periódico. Si se llamaba José Luis ¿por qué le llamaban el Fary? ¿Es como tú, que te llaman Nacho pero en realidad -atención a lo repipi del “en realidad”- eres Ignacio?

-Algo parecido (hay que joderse con Lázaro Carreter).

“¡Se dice “hacer una entrevista! -precisó Ane-, papá le ha hecho entrevistas a mucha gente”.

“Es que papá echa muchas entrevistas, pero yo voy a ser policía, astronauta, bombero, panadero y papá de ocho hijos; periodista no”, inquirió miniyó desde su asiento trasero. No sé si me acojonó más lo de los ocho nietos, que me colocan en una clara situación de abuelo esclavo para los restos, o la disposición natural del enano de la casa al pluriempleo. Un panadero que en sus horas libres dirigirá el tráfico. A todo llegaremos. Benditas criaturas, en cualquier caso, que me rescatan de los sótanos de la existencia misma cuando más falta me hace.

Ayer no pude cumplir con el rito nocturno de los cuentos narrados porque acudí a presentar en Ourense, por segunda vez, la versión encuadernada de mis memorias sanitarias editadas por Paidós, El Mejor Peor Momento de mi Vida. Ya sabéis: “El libro”. Y van nueve presentaciones, ahí es nada. Ya sé que me repito, pero no puedo evitar que me venga a la cabeza el sepelio del abuelo de Gila: “Tenía tantos amigos -contaba el humorista- que, a la que lo habían enterrado, la gente pedía: ¡Otra, otra, otra! Y tuvieron que enterrarlo tres veces”. Por cierto, tengo que buscar en el archivo secreto de mi padre la entrevista que le “eché” a Miguel Gila allá por los primeros años noventa en el teatro Principal de Santiago.

La re-presentación del libro en Ourense fue la hostia, para qué voy a buscar eufemismos. Israel, Alberto y Lourdes, la gente de La Librería, me recibieron como si hubiera cruzado por la puerta un autor de best sellers, no sé, como a la mismísima Belén Esteban u otro autor de éxito. En la entrada me esperaba paciente, recién llegada de Ribadavia, Maru Paseiro, que quería que le echara no una entrevista, sino una firma. ¡Y no en un cheque! Fue tan atenta que me regaló incluso un boli para zurdos que compró en la misma tienda. De verdad que esto del mejor peor momento no es ninguna exageración: la gente es la hostia.

Disfruté del viaje en coche entre Compostela y Ourense, que se hace enseguida por esa autopista desértica y con eco por la que no circula ni Dios. Y no me extraña, con semejante peaje. Peaje que, por cierto, ni rima ni casa con drenaje. Porque íbamos El Fary y yo con las ruedas recién cambiadas que, de otro modo, habría llegado de Lalín a Silleda haciendo surf sobre la lluvia.

Disfruté, decía, de la navegación de pago entre Santiago y Ourense escuchando el regalo con el que me sorprendió el día anterior mi santa esposa: la antología desordenada en cuatro discos con la que Joan Manuel Serrat celebra sus cincuenta años en la música. Un pedazo de obra, de verdad. Serrat ocupa buena parte de mi archivo musical de siempre y, eso sin haber conseguido echarle nunca una miserable entrevista. Y no sería por ganas. Me la pido, Joan Manuel, guárdame un hueco.

De todo lo que ha grabado para conmemorar su medio siglo musical el hijo de Ángeles y Josep, de profesión cantautor, natural de Barcelona, es difícil quedarse con una sola canción. Pero yo quiero traer a colación el Romance de Curro el Palmo (1974), uno de mis temas favoritos de siempre, dedicándole sobre todo a la madre de esos locos bajitos que se incorporan la estrofa en la que la voz temblorosa de Joan Manuel Serrat dice:

“Ay, mi amor,
sin ti no entiendo el despertar.
Ay, mi amor,
sin ti mi cama es ancha.
Ay, mi amor
que me desvela la verdad.
Entre tú y yo, la soledad
y un manojillo de escarcha”

No os voy a poner la versión que sale en la antología desordenada, a dúo con Alejandro Sanz; si eso la compráis, que el noi del Poble-Sec vive de esto. A cambio traigo la que hizo Antonio Vega, a quien tampoco le eché jamás una entrevista y eso sí que no tiene remedio.

Sí, vale, que estoy tiernito hoy, vaya pero no me lo tengáis demasiado en cuenta, que llevo una semana arrastrando la carrocería como si me hubieran dado unas hostias en la puerta de una discoteca y necesito agradecer con música la dedicación de la persona que más me sufre. Tengo fecha para la próxima resonancia magnética: el miércoles día 12 a las 9.15 tengo que estar de cuerpo presente en el Clínico para que me examinen de nuevo el cerebro sin tener que metérseme dentro. Y, así, cada seis meses.

Confío en cobrar el mes que viene, una vez he saltado por todos los aros que me han hecho pasar los ángeles cristos de la burrocracia española que en España son. La última fue que me hicieron llegar un formulario por correo electrónico y tuve que imprimirlo, firmarlo a boli, escanearlo con la firma puesta y enviarlo de nuevo por correo electrónico para dejar constancia de que soy el primer interesado en que me ingresen la nómina, pensión o como carallo se llame mi subsidio. Si no lo pido yo, el sistema entiende que no estoy interesado. ¿Qué tal mandar un poquito a la mierda al que parió la norma? Desde el cariño, digo. No me refiero a los intermediarios, que son también víctimas.

Ahí va la letra completa del romance de Serrat, ese que dice que, entre palma y palma, Curro fue palmando. Espero que no me pase lo mismo.

La vida y la muerte
bordada en la boca
tenía Merceditas
la del guardarropa.
La del guardarropa
del tablao del “Lacio”,
un gitano falso
ex-bufón de palacio.

Alcahuete noble
que al oír los tiros
recogió sus capas
y se pegó el piro.
Se acabó el jaleo
y el racionamiento
le llenó el bolsillo
y montó este invento,
en donde “El Palmo”
lloró cantando…

Ay, mi amor,
sin ti no entiendo el despertar.
Ay, mi amor,
sin ti mi cama es ancha.
Ay, mi amor
que me desvela la verdad.
Entre tú y yo, la soledad
y un manojillo de escarcha.

Mil veces le pide…
y mil veces que “nones”
de compartir sueños
cama y macarrones.
Le dice burlona…
…”Carita gitana,
cómo hacer buen vino
de una cepa enana”.

Y Curro se muerde
los labios y calla
pues no hizo la mili
por no dar la talla.
Y quien calla, otorga,
como dice el dicho,
y Curro se muere
por ese mal bicho.

¡Ay! quién fuese abrigo
pa’ andar contigo…

Ay, mi amor,
sin ti no entiendo el despertar.
Ay, mi amor,
sin ti mi cama es ancha.
Ay, mi amor
que me desvela la verdad.
Entre tú y yo, la soledad
y un manojillo de escarcha.

Buscando el olvido
se dio a la bebida,
al mus, las quinielas…
Y en horas perdidas
se leyó enterito
a Don Marcial Lafuente,
por no ir tras su paso
como un penitente.

Y una noche, mientras
palmeaba farrucas,
se escapó Mercedes
con un “curapupas”
de clínica propia
y Rolls de contrabando
y entre palma y palma
Curro fue palmando.

Entre cantares
por soleares.

Ay, mi amor,
sin ti no entiendo el despertar.
Ay, mi amor,
sin ti mi cama es ancha.
Ay, mi amor
que me desvela la verdad.
Entre tú y yo, la soledad
y un manojillo de escarcha.

Quizá fue la pena
o falta de hierro…
El caso es que un día
nos tocó ir de entierro.
Pésames y flores
y una lagrimita
que dejó ir la Patro
al cerrar la cajita.

A mano derecha
según se va al cielo,
veréis un tablao
que montó Frascuelo,
en donde cada noche
pa’ las buenas almas
el Currito “El Palmo”
sigue dando palmas.

Y canta sus males
por “celestiales”.

Ay, mi amor,
sin ti no entiendo el despertar.
Ay, mi amor,
sin ti mi cama es ancha.
Ay, mi amor
que me desvela la verdad.
Entre tú y yo, la soledad
y un manojillo de escarcha.