126. Back to the past. Desde los recovecos del cerebro

por Nacho Mirás Fole

El texto de hoy quizás le sirva de ayuda o inspiración a los investigadores del tarro humano que en el mundo son. Todo viene a propósito de una pregunta que me hizo ayer en Las Mañanas de RNE mi colega Alfredo Menénedez. El conductor del programa radiofónico, que me conoce bien, me cascó en directo un fragmento de Phenomenon, la película en la que un John Travolta afectado por un tumor cerebral como el mío, pero tamaño coliflor con su ajada y sus patatas, desarrolla capacidades sorprendentes: desde mover objetos a presentir terremotos o aprender portugués en veinte minutos. “¿Tienes algún súper poder?”, me preguntó el cachondo Menéndez a través de las ondas públicas españolas. “Más allá de un súper olfato o de la hiperacusia, no sabría decir…”, le contesté.

Me quedé escaso en la respuesta por una cuestión de tiempo, que en la radio siempre es oro. Así que ahora que dispongo de un rato y de un iPad mini con la batería cargada, voy a describir los síntomas que experimento desde que el 12 de diciembre del año pasado los doctores Ángel Prieto y Alfredo García Allut me retocaran la junta de la trócola del lóbulo temporal derecho en el Monster’s Garage del Hospital Clínico Universitario de Santiago.

Ocurre de repente. A raíz de un sonido, un olor, un sabor, de una sensación puntual… mi cerebro se pone a trabajar solo y revivo un recuerdo tan intenso que más que un episodio de la memoria es una auténtica regresión. Soy el Marty McFly de la neurología española. El primer episodio tuvo lugar poco después de la intervención, cuando en casa me pusieron lentejas y el sabor me trasladó al momento exacto en el que caté por primera vez, en versión puré, la semilla de la planta herbácea igual de adorada que de odiada por la infancia mundial. Si las quieres las comes, y si no, las dejas.

Ya he contado que con el trozo de cerebro que rebozaba el tumor, los neurocirujanos echaron en una palangana inoxidable una buena cantidad de recuerdos aromáticos que llevaban 42 años almacenados en mi disco duro. El sabor de las lentejas fue uno de ellos, de ahí que cuando me llevé la cuchara a la boca experimenté una novedad falsa que hizo trabajar a mi sesera hasta el punto de trasladarme a la guardería de la Caja de Ahorros Municipal de Vigo en la avenida de Madrid, justo al edificio donde hoy se preparan los ejecutivos de mañana en la Escuela de Negocios Anova; otro tipo de jardín de infancia.

Me sorprendió la cantidad de detalles del pasado que me vinieron a la cabeza con la cucharada de lentejas del presente entre los dientes: desde la textura del mandilón de rayas al olor del comedor, el apresto del hábito de las monjas salesianas… increíble. La impresión fue tan intensa que tuve palpitaciones. Pero me relajé y pasaron días hasta que volví a sentir algo parecido.

En lo que va de semana me ha ocurrido varias veces. El olor de unas castañas asadas me retrotrajo el fin de semana a la cocina de Vitas y Avelino, los padrinos de mi hermana, en cuya casa de San Pedro de Sárdoma, llena de niños, acabábamos a menudo en las tardes plomizas de otoño. Desde la vajilla de Dura Lex al aroma de las galletas Fontaneda que se devoraban por paquetes en aquel domicilio, me vinieron a la memoria RAM tal cantidad de datos desde los clústers del disco duro que creí que se me gripaba el microprocesador.

Estos días he viajado también en el tiempo a casa de una cuñada de mi tío en Alcabre; a la carpintería de aluminio de mi padre en A Bagunda, perfumada de silicona y taladrina; a la ingletadora de mi tío Antonio serrando molduras de sapelly. Del recuerdo al revival en 3D por obra y gracia de la alquimia cerebral.

Yo creo, amigo Alfredo Menéndez, que esto de viajar en el tiempo a través de los olores, los sabores y los sonidos va a ser el súper poder por el que me preguntabas. Reconozco que al principio me asustaba, sobre todo ante la posibilidad de que, con semejante sobrecarga de estímulos, acabase colapsando. Pero eso nunca ha vuelto a ocurrir: jamás he vuelto a perder la consciencia, ni tan siquiera rozar nada parecido a un ataque.

Según pasa el tiempo me voy acostumbrando a estas regresiones brutales que no son ni más ni menos que recuerdos infantiles que afloran de repente, una vez manipulado mi cerebro, con una precisión cercana al cien por cien. Desconozco con qué nivel de detalle es capaz del cerebro de guardar lo vivido, pero les diré, señores investigadores del tarro, que en mi caso es -y no encuentro otra palabra mejor- a-co-jo-nan-te.

Voces, notas musicales, olores, sabores… todo me vuelve desde los recovecos de la memoria como si lo hubiera vivido ayer. No me ha dado, como a Travolta en Phenomenon, por la telequinesia, pero es que él tenía el tumor acoliflorado y el mío permanece, ausente y criogenizado como Walt Disney -ya sé que es una leyenda urbana- en una nevera del Servizo Galego de Saúde. Sintiendo y experimentando lo que siento y experimento ahora comprendo mejor cómo puede ser eso de ver tu vida en diapositivas cuando estás a punto de palmar. Me imagino que los recuerdos, como a mí ahora por entregas, resucitan todos juntos y te revives entero antes de espichar; un homenaje final.

Un neuropsicólogo que me examinó antes de la operación me dijo que incluso para los que se dedican a comprender cómo nos funciona el cerebro, la materia gris que nos rellena la cabeza sigue siendo un misterio. Me contó que él mismo había comprobado cómo personas que, por ejemplo, habían perdido capacidades asociadas a una determinada zona cerebral por una lesión, las recuperaban porque algún trozo sano asumía esas competencias. Del mecanismo que hace todo eso posible queda mucho por escribir. Supongo que los creyentes lo tienen más fácil: el alma, es el alma, hombre de poca fe. A mí me sigue tirando más una explicación científica, qué queréis que os diga, pero reconozco que la sobrenatural resuelve antes.

El caso es que no sé si hoy, dentro de un rato o mañana por la tarde, un estímulo en forma de olor, sabor o sonido me mandará un ratito al pasado de una patada en el culo para devolverme en segundos al punto de partida. Una vez que te vas acostumbrando no está tan mal, pero en un primer momento acojona. Supongo que Peter Parker sentía lo mismo cuando empezó a hacer el indio por las paredes de Nueva York. A ver si para la próxima tengo el teclado a mano y puedo describir los detalles de la regresión.

Pensad que podría ser peor: las visiones marianas, la percepción extrasensorial, las apariciones de fantasmas o sensaciones como la levitación, el éxtasis o el estado de trance también se asocian, en términos científicos -que no místicos- a la cacharrería neuronal. De momento, como escribí hace un año, yo no veo a nadie que no esté, cosa que le agradezco a mis sistemas; solo me faltaba tener que entenderme con aparecidos. Oh, la mente. Por si os pasa un día, procurad acumular los detalles de los recuerdos buenos.