123. Calle Melancolía

por Nacho Mirás Fole

La mezcla sin medida de citotóxicos y antibióticos con una humedad relativa del cien por cien da como resultado el escombro humano en el que me veo convertido. Resisto bien sentado y en horizontal, pero la verticalidad y las caminatas me vienen grandes. Tengo la sensación continua de que me abducen varias veces al día unos extraterrestres sodomitas que me pegan de hostias en la nave espacial, me empalan con un periscopio cósmico y luego me dejan tirado en un descampado para que me recomponga pidiendo auxilio en la primera gasolinera. La novedad es la flojera de brazos, que a la de las piernas ya me iba acostumbrando.

Arranco el diluvio del lunes en Mordor de Compostela, con los niños ya instalados en el colegio, invadiendo cualquier cafetería del centro de Santiago en la que mojar el churro y gorronear la wifi. Hoy toca el Sano Sanote de Alfredo Brañas, aunque sigo fiel a la hostelería vintage de mis ya amigas Estela y Belén, Tosta y Tostiña, mi segunda casa en la avenida de A Coruña. No os celéis, que ha sido solo por una cuestión de logística; a vosotras os quiero.
Burrocráticamente, y hasta nueva comunicación, estoy saneado y en orden de baja para seis meses. Como informé hace unos días, me han concedido una prórroga de medio año para acabar de resucitar del todo, lo que sitúa el horizonte de la reincorporación al mundo productivo a finales del mes de abril. Aunque procuro estar activo, no tengo el mismo fondo ni por asomo. Me acartono más por las tardes, y eso es un problema para alguien que realiza su trabajo principal a la hora de la merienda. No me veo apto todavía para el servicio y empiezo a plantearme la posibilidad de recurrir a los complejos vitamínicos de farmacia, previa autorización de los diferentes departamentos médicos que intervienen en mi mantenimiento.

No sé si es el otoño o el conjunto de la circunstancia, el caso es que se me está haciendo largo el cáncer. Al menos me entretengo presentando mis memorias sanitarias, que van por la segunda edición, allá donde me reclaman. Este jueves, a las siete y media, vuelvo a Ourense, terra da chispa, para firmar en una librería cuyos propietarios no se rompieron la cabeza buscando la marca: Lalibrería.
Una importantísima cadena de grandes superficies comerciales me ha propuesto además organizar firmas de cara a la Navidad. Si el andamiaje no me falla, estaré encantado de acudir a la llamada de los creadores de la Semana Fantástica.

Agradezco todo ese material complementario que me hacéis llegar, la bibliografía de una enfermedad mal comunicada que me sirve para contextualizar y resituarme en el momento que me ha tocado vivir. A través de esa red de saneamiento de sensaciones rápidas que es el Twitter, María Begoña Bouzas (@BegoBouzas) me hace llegar una pintada de Acción Poética en Lima que reza: “Estoy cansado, pero no vencido”. Es exactamente eso, lo entienden hasta en Perú. La ausencia definitiva de camaradas de filas como Begonha Caamanho, que cruzó al otro lado hace solo unos poco días, me dobla y, a la vez, me anima a seguir de cuerpo presente: alguien tiene que quedarse para redactar la crónica, compañera; por intentarlo no va a quedar.

Mi hermano mayor Fernando Varela (@Fervabi) me pasa el enlace a una entrevista con Debra Jarvis concentrada en el siguiente titular: “Sí, he sobrevivido al cáncer, pero eso no me define”. Está en inglés, pero vale la pena el esfuerzo porque resume muy bien algunas de las cosas que yo y tantos otros sentimos. La principal diferencia es que Debra ya se considera superviviente a su pronóstico malo; yo estoy todavía nadando en medio del Atlantico subido a un cajón a la deriva. ( http://www.ted.com/talks/debra_jarvis_yes_i_survived_cancer_but_that_doesn_t_define_me ).

Puede dar la impresión de que todos los que vamos driblando a la guadaña acabamos convertidos en telepredicadores de la oncología, pero hay que comprender que, tengamos o no razón, verle al lobo las orejas tan cerca y vivir para contarlo nos da una cierta autoridad. Yo respeto mucho a los que me cuentan la guerra con los zapatos salpicados de sangre, no tanto a los que me traen noticias del frente desde la asepsia de una oficina y un teletipo.

No somos los supervivientes, en cualquier caso, lecturas obligatorias. Suelo decir que si mi testimonio y mi experiencia le sirven a alguien más que a mí mismo, entonces todo este año caminando en el alambre como el aprendiz calvo de los Walenda tiene mucho más sentido. Lo mío es solo un suelto en un largo monográfico que firman cientos de supervivientes a través de lecciones de vida demoledoras. Como Rosa Novell, cuyo testimonio me llega gracias a la intermediación de mi querida Beatriz Pérez desde Barcelona. Rosa, ciega a causa de un cáncer, cuenta cómo ha encontrado una nueva luz a través del teatro. La conversación con Jacinto Antón la tenéis aquí: http://ccaa.elpais.com/ccaa/2014/11/01/catalunya/1414867836_613494.html Me quedo con este destacado: “No me quiero quejar, solo tirar adelante. Y seré a partir de ahora otra”. A mí me recarga el testimonio de Rosa Novell como a otros les motiva el mío. Si no nos ayudamos entre nosotros, ¡quién lo va a hacer! ¿El sistema que nos putea a la vez que nos cura? Non, hó!

La lluvia y la muerte que siempre salpica me ponen melancólico. Pero hasta la melancolía, como sentimiento auténtico que es, me recuerda que sigo encendido y con cobertura, puteando a la más jodida de las tormentas solares. El Alalá das Mariñas en la voz de mi amiga Uxía Senlle sirvió para despedir en el cementerio de Boisaca a Begonha. No encontré las fuerzas para estar allí porque el deceso se llevó a uno de los referentes en los que me sostenía para levantarme por las mañanas. No se me ocurre mejor banda sonora para cruzar el Lethes. La voz de Uxía es la diferencia entre morirse a bulto en turista o hacerlo en Business Class. Disculpad que esté más melancólico que de costumbre, no era mi intención estropearos el lunes; quizás sea el otoño; quizás sean los antibióticos; quizás sea que soy así y hay que joderse. Gracias por mantener el fuego encendido en semejante humedal.

“Teño unha casiña branca,
na Mariña entre os loureiros,
teño amores teño barcas,
e estou vivindo no ceo”.