118. Bienvenidos al siglo pasado: noticias de la Seguridad Social ¡Por SMS!

por Nacho Mirás Fole

¡Albricias! ¡Que repiquen las campanas! El Instituto Nacional de la Seguridad Social (INSS) acaba de ponerse en contacto conmigo, tachán… ¡enviándome un SMS! Casi lloro de la emoción. La comisión del Santo Oficio que tenía la misión de resolver esta absurda situacion de “alta por agotamiento” en la que viví instalado las dos últimas semanas ha puesto el huevo y, en un derroche de modernidad, la decisión me ha sido comunicada con un mensaje al móvil que dice lo siguiente (transcribo tal cual, todo en mayúsculas y sin acentos, que debe de ser que se pagan aparte): EL INSS INFORMA: SE HA CONCEDIDO LA PRORROGA DE INCAPACIDAD TEMPORAL. PROXIMAMENTE RECIBIRA LA NOTIFICACION. Me ha emocionado tanto el aterrizaje de la Seguridad Social en el siglo XX -los SMS son ya del siglo pasado- que tampoco me voy a poner estupendo con esos acentos con los que penalizo a mis alumnos de Periodismo con -0,25. Cualquier usuario de la telefonía móvil y de las redes sociales sabe que la escritura en mayúscula se interpreta como un grito. Así que concluyo que la Seguridad Social me grita que me ha concedido una prórroga porque ya estoy muy pesado yo con esto del cáncer y mira, mejor que me cure todo junto que andar sanándome por parroquias. ¿Habrá tanda de penaltis también? A esa seguro que me convocan por Whatsapp.

Supongo que en la notificación que me traerá el cartero, colega de Vespa, me explicarán cómo va la cosa ahora, si ya estoy de baja para seis meses de un tirón o tengo que seguir visitando los miércoles al doctor Blanco para que me entregue el formulario correspondiente. Por cierto, que tengo una deuda literaria pendiente con mi médico de familia, que en una de las últimas visitas me recetó la lectura de La muerte le sienta bien a Villalobos, obra de Francisco José Alcántara. El premio Nadal de 1954 es “la paradoja de cómo un fallecimiento saca del entumecimiento a una población rural de la España franquista, de cómo la muerte trae la vida al pueblo”. Como podéis apreciar, mi médico tira con bala.

Un extraño verano de otoño ha venido a Galicia para quedarse esta semana. Eso me permite respirar al aire libre, dar largos paseos… Ayer por la tarde me fui de maniobras con mi Vespa 150 Sprint de 1966 y completé varios kilómetros del Camino de Santiago al revés, un ejercicio que me carga las baterías. No me importó la mezcla de abonos que se respiraba por San Marcos; el purín es la caca de la vida.

Reitero las gracias a la organización del Festival Social Media de Galicia MexilOnseTuits 2014, que me entregó por sorpresa el sábado pasado en Cangas de Morrazo su más alta distinción. “Papá, tu premio es un mejillón con alas, los mejillones no tienen alas ¿están locos o qué””, apuntó mi hijo, ajeno todavía al significado de fusionar el pajarito de Twitter con el bivalvo patrio en una bonita pieza de esmalte, obra de Octavio Cerviño.

Vengo feliz del fin de semana en O Morrazo, donde me sentí tan bien tratado que me hubiera quedado a vivir. La presentación de El mejor peor momento de mi vida en el centro social del mar de Bueu, organizado por el librero y ya amigo Fernando Miranda, fue otro de esos baños de humanidad difíciles de olvidar. Esta enfermedad es una putada, pero también es cierto que me está mostrando lo mejor del género humano. Sí, a qué precio, es cierto, pero qué bien me sigue haciendo la fisioterapia de los abrazos. El viernes me esperan en Madrid para participar en la reunión anual de la Sociedad Española de Oncología Médica, todo un honor para mí; no pienso fallar. Y ustedes, doctores, no me fallen tampoco, que me va la vida en ello.

Recupero, como agradecimiento a la gente de Cangas y Bueu, el reportaje que le dediqué hace cuatro años a los veraneos de Julio Iglesias, un texto que incluye testimonios con seseo y gheada, como es debido. Y me voy de maniobras vespaciales otra vez, a ver si me cruzo con el cartero que trae en su bolsa el salvoconducto de la Seguridad Social. Y esta tarde nos vemos, a las 19.30, en el Espazo Lector Nobel de Pontevedra. Solo por escuchar a mi amigo y compañero Serxio González deberíais hacer el esfuerzo y venir. Ahí va el reportaje de hace cuatro veranos, un canto a Galicia, hey!

La cocina de O Pote ya no cuece para Julio Iglesias

El local donde el cantante probó sus primeras nécoras fue después una tienda de deportes y ahora está en obras

Nacho Mirás. La Voz de Galicia, 20 de agosto de 2010

Cuando Rosario de la Cueva llegaba a Cangas, hasta el mar se paraba. «Era como se viniese Gilda, con aquellas pamelas… ¡Qué mujer!». Así recuerda a la madre de Julio Iglesias Moisés Loeda, visiño do Morraso. Cualquiera que lleve en Cangas más de medio siglo tiene algo que contar de los veraneos de una familia que no pasaba desapercibida. A papuchi lo veían poco. «Él venía, dejaba aquí a la mujer y a los niños y se largaba a Portonovo”, cuentan. El propio cantante recordaba no hace tanto en estas mismas páginas un lugar que, para su familia, era una especie de templo, el bar O Pote, donde Iglesias degustó sus primeras nécoras.

¿Y qué fue de O Pote? Pues, como todo lo bueno, se acabó. Ubicado en la avenida de Bueu, y con entrada también por Méndez Núñez, el bar que regentaba Juan Bermúdez Bamio fue un clásico gastronómico. El local está ahora en obras y, antes de la reforma, fue una tienda de deportes. Pero todo el mundo se acuerda de O Pote en Cangas y todo el mundo lo relaciona con Julio Iglesias y con su familia. Tenía el comedor en un edificio y la cocina en el contiguo, justo en la planta baja del inmueble que hoy ocupa otro negocio. «Tampoco creas que era un local de categoría -explica Jesús Fernández Soliño-, cocinaban bien, tenían cosa fresca y ganaron fama y buenos clientes».

La casa de Lola Barreiro está enfrente del antiguo O Pote, por la parte de Méndez Núñez. Moisés cuenta que, hasta que Juan Bermúdez se pasó a la cocina industrial, las mariscadas del bar se cocían sobre una trepia -soporte de hierro de tres pies- que se coloca sobre el fuego-.

Moisés saca pecho por encontrar la oportunidad de contar, en plena calle, cómo un día le partió la cara al hombre -entonces niño- que llegaría a vender casi trescientos millones de discos: «Él estaba en una barca de ir a los pulpos que era de un tío mío. Estando en seco, el chaval se puso a saltar en el fondo y yo le dije que saliese, porque podía desfondarla. Y como no me hacía caso, le di un sopapo. ¡Le di un sopapo a Julio Iglesias! Entonces él saltó de la lancha, se le enganchó el pantalón en el toletebdonde se mete el remo e hizo del pantalón una falda. ¡Setesaias! -sietefaldas-, le llamábamos».

La playa de Rodeira no era el hormiguero de ahora. Por eso los paseos de Gilda y de sus hijos Carlos y Julio, la jet-set de Cangas, daban tanto juego. «Eu vivía onde está o Eroski -cuenta Lola- e eles, frente. Os nenos paresían xemelgos, pero Julito era un escachado, nunca levaba un tirante ben posto». Moisés y Lola recuerdan la selecta clientela de O Pote: «Había un cura que lle chamaban don Perpetuo; o irmán, don Salvador; nesa palmera fasíanse festas con jaiteiros… ¡Cada baile!». Tanto paladean el recuerdo que a uno le parece estar leyendo a Bernardino Graña mientras las nécoras hierven sobre la trepia para darle gusto, ¡hey!… a Julito el escachado.