112. El fulano que excitaba a las polillas

por Nacho Mirás Fole

El caso es que ya dormía, cansado como estoy después de casi un año en el frente oncológico, pero un revoloteo bajo el edredón nórdico me ha despertado. Y no eran gases ni maniobras orquestales en la oscuridad. Para no incordiar a los demás pasajeros del colchón -un número variable de seres vivos que nunca es menor de dos ni mayor que cinco, incluida la gata Flor- sin encender la luz eché la mano bajo el cobertor y atrapé un polilla tan grande como un colibrí enano. “¿De dónde carallo sales, amiga?”, le pregunté. Como diría Torrente (Ballester, no el brazo tonto de la Ley), mediría algo más de diez centímetros escasos.

Con cuidado de no hacer ruido, abrí la ventana y puse de patitas en la calle al lepidóptero, tineido, pirálido, geléquido, tortrícido o lo que quiera que fuese el excitado animal. Y ya no ha habido manera de volver a dormir. La cosa no habría pasado de ahí si no fuera porque me ocurrió algo parecido la noche anterior, mientras le contaba a mis hijos el cuento. No sé si la misma polilla o un familiar, el caso es que un insecto semejante empezó a revolotear sobre mi cabeza cuando la luz ya estaba apagada. ¿Tanto me han radiado que atraigo a los bichos nocturnos?

Para entretener al desvelo me he puesto a buscar en Google -puro pasatiempo, sin más- por si hubiera algún significado en eso de haberme convertido en un imán de la bichería. ¿Me estaré apolillando? ¿Será una señal como la del huevo negro? Que yo no creo en estas caralladas, pero hay quien sí. Y así es como he ido a parar a una página alojada en Taringa.net que dice lo siguiente, firmado por un tal Z_Firro_X: “¿Te siguen las polillas o mariposas? Se trata de que tú eres una buena persona, tu energía que emana desde adentro lanza una luz que es perceptible para los insectos y seres vivos… Tu aura está tan brillante que si te siguen las polillas es por el solo hecho de que tu alma brilla, tú brillas, tú eres la luz que siguen aquellas polillas… Así que ya sabes: si te siguen estos insectos, no te asustes y ten preparado los cambios y cosas que pueden ocurrir”. ¿No me podía seguir el Euromillón?

Para mí que va a ser más de la radiactividad acumulada, tanto fotón y tanta hostia en el acelerador lineal de partículas del comandante Antonio Gómez. O del ambientador de casa… Tranquiliza, en cualquier caso, saber que tengo el aura saneadita y lustrosa. El hombre que susurraba a los caballos, El señor de las moscas, El fulano que excitaba a las polillas... Me pasan cosas muy raras desde que mis memorias sanitarias encuadernadas por Paidós comparten estantería en las librerías con Hiromi Shinya y sus volúmenes de La enzima prodigiosa.  Que yo no le pongo ni le quito razones al japonés, pero lo que me parece prodigioso es vender dos millones de libros sin apellidarse Esteban o Aznar. El nipón, digo, no yo, que soy un aficionado.

Todo muy cachondo: lo de la polilla, el japonés visionario, la población flotante de mi dormitorio… pero lo cierto es que el desvelo no solo tiene que ver con una escena de cama apolillada, sino con el hecho de que la resonancia magnética de control que deberá certificar que mi cerebro sigue limpio de invasiones bárbaras se acerca. Vuelvo a ser un poco aquel valiente acojonado de hace casi un año. Iba a ser mañana, día 1 de octubre. Pero podéis ahorraros, de momento, el interrogatorio: por un problema de programación deberé esperar al viernes. Y eso, fin de semana por medio, sitúa el horizonte de la incertidumbre y los resultados en el lunes o el martes. No reparan los que organizan los controles en cómo te pueden joder un fin de semana por el simple hecho de mover una fecha. Hacerle eso a un tipo en mis circunstancias es una putada como una catedral con andamios. Pero no ha sido con mala fe, así que me aguanto.

He conseguido que la inspección médica -que, como ya dije, me citó para el “cabodano” del jamacuco, el 6 de octubre próximo, justo a la misma hora y el mismo día que mi oncólogo me quiere catar la sangre- me cambie la amenaza para un día después. Así, al menos, si el lunes los radiólogos y otros cuatro especialistas en los campos de la radioterapia, la oncología, la neurología y la neurocirugía coinciden en la interpretación de la prueba, le puedo llevar algo de información fresca a las autoridades sanitarias. Porque con mis informes médicos que ni se les ocurra contar: no los pienso sacar del hospital. Para hacerlo tendría que visitar las secretarías de las cinco áreas sanitarias a las que acabo de referirme y pedirles mi historial por fascículos para luego pasearlo por Santiago. La Administración sanitaria es como el amor excesivo de Camilo Sesto, que me mata y me da vida a la vez. Estoy por llevarles directamente un ejemplar de El mejor peor momento de mi vida, por si tienen a bien convalidármelo.

Mañana es miércoles. ¿Y qué pasa los miércoles? Exacto, que toca hacer de cartero con cáncer por media capital de Galicia con la baja semanal en la mochila. Después de un año sin trabajar todavía tengo derecho a seis meses de prórroga. Pero tal medida de gracia dependerá de lo que decidan en la inspección del día 7. Yo quiero volver a la normalidad, en cualquier caso. Pero primero tiene que hablar la resonancia magnética. Eso sí me preocupa y no los protocolos casposos y jurásicos de la Seguridad Social.

Hay que ver lo mucho que me relaja ponerme por escrito. Llevo veinte minutos largando esta entrega 112 de mis memorias sanitarias y ya me veo capaz de intentar una cabezada. Pido disculpas si he dejado de contestar a algunos de los que se han puesto en contacto conmigo, pero es que entre vivir y curarme no me dan las horas. Pero lo leo todo y lo agradezco todo.

Me vuelvo al cuarto en catalán con Txarango, que canta así de bien que “no es tan fácil dejarse llevar por el viento cuando sopla fuerte como sentimientos que han cambiado por arte de magia”. Polillas compostelanas, os doy la noche libre. Próxima presentación de El mejor peor momento de mi vida mañana, día 2, a las 20.00, en la librería Biblos de Betanzos. Nos vemos por la calle.