107. Y casi un año después de salir del botiquín…

por Nacho Mirás Fole

No conozco a Sandra Ibarra, pero espero ponerle remedio a eso. Os recomiendo la entrevista que le hace mi compañera de La Voz de Galicia Ana Lorenzo en la última del periódico de hoy. Sandra dice cosas como esta, llenas de verdad: “-Hace veinte años casi ni te daban la mano por si el cáncer era contagioso. No se decía la palabra cáncer, se ocultaba, porque cáncer era sinónimo de muerte. Hoy todavía se siguen utilizando muchos eufemismos y metáforas frente a la enfermedad, y por eso nos queda mucho camino por recorrer, tanto a la sociedad como a los medios de comunicación”.
La mejor prueba de que el cáncer se sigue comunicado mal es el revuelo que se arma cada vez que, como Sandra o como yo mismo, alguien sale del botiquín de la oncología reventando la puerta a patadas. Y Sandra lo hizo con clase y estilo: yo enseño directamente el culo sin haberme hecho siquiera la cera. No faltan, claro, caras largas, cejas levantadas, comentarios… Supongo que es normal; el raro soy yo, pero como estoy operado del cerebro siempre puedo descargar la responsabilidad en mi disco duro, que tiene un clúster defectuoso.
Estoy a poco más de dos semanas de ese gran examen de selectividad que deberá certificar si puedo pasar de curso. A estas alturas, la suerte ya está echada: si sigue sin estar, el tumor no se va a presentar de aquí al día 1, por mucho que sea un cabrón veloz con pintas. Y si ya ha vuelto a situarse, no se va a ir de aquí a que me metan en la lavadora magnética de las resonancias. Vivir con incertidumbre es el sueldo para toda la vida con el que el destino redondea la lotería del cáncer. No sé qué carallo hago jugando al Euromillón; el premio gordo ya me ha tocado.
La sobredosis antibiótica de la última semana me tiene las entrañas alborotadas. Pero el sarpullido va remitiendo y, como ya he contado, siempre hay un medicamento que neutraliza los efectos del otro y, así, hasta el infinito.
Ya llevo casi un año instalado en esta emergencia sanitaria. Es cierto que no he parado, pero estoy más agotado por la presencia constante del motivo de mi baja de larga duración que por estirar los días. En ningún momento me olvido de lo que hay, de lo que puede no haber… El temor a no llegar al alumbrado de Navidad o a no poder ver la cabalgata de Reyes en la Plaza del Castillo de Pamplona siempre cansa.
Los que vengáis el jueves 18 (19.30, Hostal de los Reyes Católicos) a la presentación en Santiago de “El mejor peor momento de mi vida” (Ediciones Paidós-Grupo Planeta) os vais a encontrar con una de las mejores barbas de España, y no es la mía: es la pelambrera facial de Manuel Jabois, que además de escribir como Dios es uno de los tipos más resultones del diccionario. Solo su prólogo ya justifica el precio del libro. Y también con la autoridad psicológica de alguien que sabe muy bien de lo que habla: Beatriz Rodríguez Salas, a quien quizás nunca habría conocido de haber permanecido sano, por eso que no hay mal que por bien no venga, Bea. Después de semajante cartel en la antigua enfermería de ese hotel de lujo que antes fue hospital, el telonero soy yo. Como no me suba a la mesa o haga aparecer un conejo de una chistera…
Ante las dudas de los que quieren venir pero no saben qué hacer con los niños, cada uno que disponga lo que quiera, pero mis hijos van a estar en primera fila, lo mismo que me acompañan todos los días en casa y en la calle. Será una función tolerada, sin rombos. ¿Que nos emocionaremos? Seguro. Pero son bastante más obscenos un telediario cualquiera o algún concurso de nuevos talentos infantiles que lo que compartiremos el jueves en Santiago.
Como Dios sigue sulfatando cáncer sin ningún criterio, quiero animar de corazón a los que se incorporan acojonados como yo a esta carrera sobre un alambre enjabonado. No estáis solos. No estás sola. Venceremos nós.