100. Las cicatrices ladran con la humedad

por Nacho Mirás Fole

Todo el mundo tiene una cicatriz que protesta con el frío o la humedad. Podéis imaginar, pues, qué manifestación tengo yo en la cabeza, instalado, como estoy, en  este borrón de verano con el que Santiaguas de Compostela se venga de la humanidad, seguro que por todo aquello del Códice.

Después de juliembre vino “magosto”, que está siendo un mes más de asar castañas que de chupar polos. El higrómetro que tengo en el trastero -instalado en un aparato llamado deshumidificador, que inventaron en Vietnam y sin el cual cada vez podemos vivir menos en Galicia- daba esta tarde 80. ¡Ochenta por ciento de humedad en agosto! Y por mucho que diga Camilo Sesto, vivir así no es morir de amor, ¡qué carallo!; vivir así es morir de moho. Creo que en cualquier momento veré desde la ventana cómo peregrinan, camino del Obradoiro, el Calypso del comandante Cousteau, Mobby Dick y la procesión marítima de la Virgen del Carmen de Laxe.

Quiero pensar que la situación atmosférica es la responsable -o más responsable que la quimioterapia con la que estamos intoxicando al cáncer- de los extraños dolores, tirones y pinchazos que siento. Yo estoy craneotomizado, y eso quiere decir que me serraron, hace ya ocho meses, las siguientes piezas: el músculo de la mandíbula; la careta; y el hueso mismo del tarro para entrar en mi cerebro forzando la cerradura. Después me arrancaron un trozo de materia gris con su Miko-Premio y lo cerraron todo de nuevo con titanio y grapas de acero inolvidable. Así que haceos una idea del festival de cicatrices con el que, desde los adentros hasta los afueras, convivo en esta reencarnación forzosa de mí mismo. Y de qué manera las siento cuando el tiempo, como es el caso, se empeña en regarnos. Mientras disfruté del sol mediterráneo casi llegué a olvidar que tenía cabeza. Pero ha sido volver a la realidad de Mordor y notar que la albañilería se me resiente.

Como la necesidad dicen que agudiza el ingenio, no me ha quedado otra que probar con los remedios naturales. Siempre he sido público agradecido para los masajes capilares. Pocas cosas hay que me gusten tanto como que me fuchiquen -ya salió otra vez la gallegada- en el cuero cabelludo. Y, mira por dónde, la digitopuntura con la que la madre de mis hijos me ha mecanografiado el cartón esta tarde no solo me ha servido para el goce y el disfrute sin medida, sino también para neutralizar los ladridos de las cicactrices como quien le echara un bisté de ternera a un Doberman rabioso.

Si el verano sigue otoñando voy a tener que volver a poner tierra por medio y echarme a secar en otros territorios donde la tarjeta sanitaria de Galicia es igual de inútil que un cupón de la ONCE sin premio. Pero no seré yo el que tenga morriña al cambiar el aspersor por la sombrilla. Qué ya está bien de llover, carallo, y lo peor es no tener alguien a quien echarle la culpa.

A pesar de la humedad, de ánimos estoy “arribísima”, que diría mi querido colega Manuel Cheda. Si llega a ser uno de naturaleza depresiva, a estas alturas ya no habría “estas alturas”, sino unas profundidades definitivas, oscuras y llenas de bichería. Ya no entraba en mis planes venirme abajo en medio de la tormenta, pero para reforzarme ahí estáis vosotros, ese ejército de Pancho Villa, entregado y espontáneo, que durante todo este tiempo me arropa y consigue, como suelo predicar, que esté viviendo el mejor peor momento de mi vida. No hay churrascada que pague tanto cariño. Así se lo dije esta mañana a mi amigo Luis Pousa, compañero de La Voz de Galicia, que hoy me dedicó en el periódico en el que ambos escribimos un artículo tan bonito que estoy por pedirle matrimonio. Gracias, Pousa, Pousa, Pousa; tú sí que sabes tocarme “naquela cousa”; qué bien suena ese pedazo de motor Barreiros que te desborda la caja del pecho, neno. La declaración con la que Luis tiene garantizada mi entrega eterna dice así:

El mejor peor momento

Luis Pousa

(La Voz de Galicia, 10 de agosto de 2014)

El periodismo, y perdonen que no me levante al decirlo, es un oficio lleno de culos y de ombligos. En el periodismo, en vez de salvar al soldado Ryan o al cura Pajares, cada uno salva primero su propio culo para luego, puro onanismo, poder mirarse un buen rato el ombligo.

Pero no solo de culos y ombligos viven las redacciones. De vez en cuando asoman, entre las teclas y los fluorescentes, el corazón y el cerebro, y se produce la colisión de partículas elementales que estallan al chocar la inteligencia y la emoción, la literatura y los hechos. De esa brutal embestida emergen la crónica callejera, el periodismo literario, el columnismo o como se llame ese género impuro, mestizo y heterodoxo que consiste en llenar cajitas de texto no con un texto cualquiera, sino con la palabra exacta y única, la que requiere y relata cada historia, en un sutil juego de pesos y medidas que da a cada voz su lugar preciso en la sinfonía de la narración.

Y, claro, si un periodista con talento, neuronas y agallas, además agarra este género por las solapas y se lo lleva de paseo al borde mismo de la existencia, entonces le sale El mejor peor momento de mi vida, el libro en el que mi compañero de trinchera Nacho Mirás cuenta desde la freidora de la radioterapia su día a día contra el cáncer. Nace de su blog rabudo.com y es esa mezcla salvaje de crónica y dietario que Mirás y otros compañeros de generación han convertido en el oro puro del nuevo periodismo (en realidad, es el viejo periodismo de contar cruda pero hermosamente las cosas).

«Pocas veces un periodista de raza se ha llevado la libreta al fondo de la raza misma», ha apuntado Jabois sobre Mirás. Y allá vamos todos, con Nacho y su libreta.

Llego de esta manera, y a estas horas, a la entrega número 100 de mis memorias sanitarias. Si me llegan a decir el año pasado por estas fechas la que me estaba esperando me hubiera dado la risa. O a vosotros que ibais a estar leyendo el cáncer escrito de un fulano de Vigo trasplantado en Compostela. Es cierto que siempre quise dejar a mis hijos como herencia un libro de mi puño y letra, al menos uno. Soy mal fabulador y sabía que algún día acabaría publicando material basado en hechos reales, una recopilación de reportajes y entrevistas quizás… Pero no me imaginaba cómo de brutal sería la naturaleza de los acontecimientos que me han llevado a tener mi primer ISBN en menos de un año. Hagamos de la necesidad virtud; no hay mal que por bien no venga… se aceptan refranes.

Pues como escribió mi buen amigo Manuel Jabois y recordó hoy Luis Pousa, os voy a mandar un saludo por aspersión desde el fondo de la raza misma, en cuya selva trato de sobrevivir como un Bear Grylls cualquiera, armado de ganas, un tirachinas y una navaja suiza. Os voy a poner un temazo que descubrí por casualidad y que me levanta los pies del suelo. Es de una banda indie de Nueva York que lleva encendida desde el 2006. El White Sky que pincho a continuación, escrito y tocado en compás de 6/8, es perfectamente convertible en muiñeira. ¡Venga arriba! ¡Tacón, punta tacón! Dormid acompañados. Fin de los primeros cien capítulos. Mucho me temo que el relato continuará. Gracias por la prórroga.