97. Reflexiones musicales a 28 grados

por Nacho Mirás Fole

No suelo escribir con auriculares. Puede sonar la música de fondo, pero si me aíslo con los audífonos tengo una sensación parecida a la que se sufre cuando los mocos no te dejan respirar por la nariz y acabas jadeando solo por la boca: sientes a medias, como si estuvieras capado. Esta noche, sin embargo, haré una excepción. En esta madriguera con ruedas de ocho metros cuadrados en la que convivimos con la camada un mes de cada doce, mientras mi hija se inicia en la lectura de tebeos con los Súper-Humor que sobrevivieron a su madre, mi hijo resuella dormido y la madre de las criaturas me engaña con Javier Marías, yo me dispongo a reflexionar por escrito enchufado a una lista aleatoria de mi Spotify, que es una ensaladera musical que de tan poco criterio espanta.


Dadle al play antes de seguir leyendo. Ahora suena Ronan Hardiman, que es un irlandés que trabaja un new age folclórico que le arregló la cuenta corriente para una temporada cuando parió Lord of the dance. Él, que era un simple cajero de banco que lo dejó todo para cumplir su sueño musical. Mi Alvite irlandés. El mundo es de los valientes, Ronny. Hardiman me toca al oído Siamsa y me entran unas ganas terribles de marcarme un tacón punta tacón sobre el mostrador de un pub de Dublín. Me corto por no despertar al enano.

Esta tarde, cuando la química acumulada en esta borrachera citotóxica sin fin que me mantiene vivo me recordaba mi oncológica condición, no me veía capaz siquiera de hacer el picado de la jota a cámara lenta. Hay que ver cómo me va fallando el andamio según le sigo metiendo a la droga legal. Los 28 días de descanso entre ciclos no mejoran el cuadro. Bien al contrario, según se acerca el ciclo siguiente, más escarallado me noto. “Eso es la edad, a mí también me pasa”, me suelen decir. Ya. Igual es la edad… Pero además.

Sigue la lista de reproducción. No es que Melendi sea mi tipo, con esas greñas y ese muestrario de ferretería incrustado en la cara, pero reconozco que el himno que le dedicó a Asturias, “casi entre dolor y llanto, a la gente que cayó”, es una obra de arte. Qué propia para una intifada improvisada esa llamada a hacer caso a don Pelayo “luchando con pundonor, pues mientras nos queden piedras, lo que nos sobra es valor”. Buen ripio, Milindri; el adoquín es un arma cargada de futuro.

En un ataque de “jisterismo” -que diría mi querida Tamara Montero, la máxima experta en hípsters que conozco- hoy hemos celebrado un consejo familiar para decidir que, de momento, me dejo barba. A ver cuánto aguanto, que me conozco y a la que el espejo me devuelve la imagen de un señor mayor que se me parece, me acojono y me paso la goma de borrar de tres hojas. Al final mandarán los enanos, como siempre. Hoy les hacía gracia, y eso que solo es el tercer día. El caso es que, no sé si por el tratamiento o por la edad, he blanqueado que parece que me hubiera rebozado en harina para allanar el chalé unifamiliar de los siete cabritillos en ausencia de mamá cabra. Siga con su interpretación, señor Melendi. Y, cuando termine el de Asturias, seguís leyendo mis pajas mentales paridas a 28 grados sobre una lista de reproducción.

“Here you go way too fast
Don’t slow down, you gonna crash
You should watch, watch your step
Don’t lookout, gonna break your neck…”

Efectivamente. Ahora son The Primitives, con esa versión moderna del “Precausiooooón, amigo condustoooor, la senda es peligroooosa”. Los escucho y me acuerdo del elemento sobrenatural que llevo pegado en el salpicadero del coche desde hace unos días. Yo pecador me confieso: un San Cristóbal con su niño Jesús a la chepa troquelado en una chapa redonda de color bronce. Sí, yo, incapaz de rezarle a nadie que no me responda en alguno de los idiomas que hablo, que tampoco son tantos. Nunca he tenido facilidad para sintonizar voces de otros mundos, no paso de la TDT y de las psicofonías del más acá. Pero este San Cristóbal me pidió a gritos venirse de vacaciones. Apareció junto a mi coche en una calle de Pamplona. Por el aspecto, el santo protector de los conductores debe de tener trienos acumulados en algún taxi. Y, o bien lo retiraron sin honores, o bien el dueño lo perdió y todavía lo está llorando. Tal manera de aparecerse, como uno de esos santos Cristos que acaban varando en una playa, fue motivo suficiente para que le conmutara la pena del olvido y lo pegase bajo la palanca de cambios. Como encuentre en un chino un “Papá no corras” soy capaz hasta de añadirlo a este collage móvil que completa, desde hace un año, un pequeño Fary articulado que llevo colgando del retrovisor, la joya de la corona que compré por dos euros en la gasolinera de Lavacolla.

Ahora viene lo más sobrenatural de todo: el San Cristóbal apareció en el suelo, junto a la puerta del coche, sucio y mojado, ¡El 10 de julio!, que es la fecha que ahora le dedica a su conmemoración la Iglesia Católica. Aún siendo un irreverente como yo soy… ¿Quién en su sano juicio pasaría por alto semejante confluencia de señales? Le he hecho al mártir de Licia un contrato indefinido en el Citroën, que tampoco me hizo mal que toda la comunidad carmelita vedruna de Vitoria me dedicara el rezo de la mañana aquel 12 de diciembre del año pasado, cuando me abrieron la cabeza con una radial quirúrgica para sacarme un tumor cancerígeno y regresé al mundo de los vivos para contarlo.

Han ido rindiéndose a la noche, mientras escribo y escucho música de distintos pelajes, todos los seres humanos que respiraban a mi alrededor en este carromato alemán de ocho metros cuadrados. Ni siquiera Javier Marías es ya una garantía en la cama de nadie. Así que yo también voy a ir cogiendo postura, que mañana será otro día. Mi lista musical con menos criterio que el piano de David Guetta me lleva ahora al francés susurrado -me refiero al idioma, claro- de Alizée Jacotey, que se me presenta como Moi… Lolita. Sí, comercial, facilona… pero no me diréis que no os pone tontorrones la corsa con nombre de viento; todo sensualidad en esta France Gall del siglo XXI.

Dormid tranquilos y, como ya he dicho alguna vez, si está en vuestra mano, no durmáis solos, que anda al acecho el hombre del saco haciendo lo que mejor sabe hacer: dar por saco. Abrazos transmediterráneos. ¿Que cómo estoy? ¿En serio? Vivo. Si cabe, más que antes.