94. A San Fermín pedimos…

por Nacho Mirás Fole

Llevo trece años viniendo a los Sanfermines, así que no me extrañó que esta mañana, justo después de una incursión de urgencia en el ultramarinos de abajo para comprar pimentón -teníamos una lata caducada en el 2005-, una señora mayor con acento de lejos me dijera: “Es muy bonito ese uniforme que lleváis”. Soy uno más, un PTV, de Pamplona de Toda la Vida. Así es: la fiesta nos iguala en la indumentaria. Menos la boina roja en la cabeza, que ya es residual a estas alturas del futuro, lo demás lo cumplo tal y como manda la copla: “La camisa y pantalón como la caaaaal… y esa estampa de nobleza, que es la misma de Tudela hasta el Roncaaaaaal”. Mi nobleza será de importación, en todo caso. Pero como en los grupos del Whatsapp ya salgo como Natxo, tengo a estas alturas en mi expediente vital un plus de navarrismo consolidado.

Lo de la nobleza y Navarra es una cosa para estudiar. Incluyen el calificativo noble en todo, desde el comportamiento de los toros -si fuera el caso, que es discutible tratándose de un animal salvaje- hasta las canciones dedicadas a las peñas sanfermineras o a los títulos de los reyes; Carlos III el Noble tiene en pleno Ensanche la mejor calle de la ciudad. Son buena gente los navarros, pero sobraos no hay otros. Y no desperdician ocasión para calzarle el adjetivo “foral” a todo lo que se tercie, incluido ese subjuntivo vasco con el que te dicen, por ejemplo, que “si vendrías, te invitaría a comer”.

Me gusta levantarme a las ocho menos diez para ver el encierro por la tele con mi suegra como comentarista. Y no apagamos hasta que no sale el portavoz del Hospital de Navarra dando el parte de heridos. Tremendas patillas luce el sanitario de guardia, por cierto. Hoy hay uno de Chicago que se marcha a casa con un cuerno embutido en el culo; no va a olvidar el viaje. Las cornadas, qué curioso, tienen efecto llamada y cada vez hay más guiris perforados. El piercing es otra cosa, man! La que lió Hemingway cuando exportó al mundo los excesos del mes de julio en Pamplona.

Las vacaciones y el espíritu sanferminero no evitan los efectos colaterales de la quimioterapia. No hay un momento que olvide mi circunstancia, que ni es noble ni grandiosa: es una putada como un piano de cola, de Tudela hasta el Roncal. Me canso más que antes, muchísimo más que antes. Y no, no es la edad. Así se lo hice saber ayer a una persona muy querida y fundamental en el desarrollo de mis acontecimientos vitales que me inquirió por Whatsapp -mientras asistíamos a la función de Gorgorito en la India en la plaza de Conde Rodezno (otro noble)-: “¿Qué es de tu vida, chaval?”. Estuve a punto de hacerle un Julio Iglesias: “La vida sigue iguaaaal”. Pero me alargué: “Me canso más que antes, pero aquí estamos y tal, gracias por preguntar…”

El tiempo está tan malo que si le cambias la letra a la canción y te sale “Siete de octubre, San Fermín” apenas se notaría. No iba muy descaminada la madre de mis hijos cuando se trajo en el equipaje familiar las chaquetas de nieve de los niños. Ya lo dice Alvite: “Las mujeres, cuando tienen frío, te abrigan a ti”. Y qué bien. Yo voy estos días de julio con el forro polar rojo y no me sobra. Y tres días a la semana, hoy incluido, antibiótico preventivo: Septrín Forte que, como su propio nombre indica, no es precisamente suave. Lo de la flora y la fauna intestinal, no obstante, lo tengo controlado.

Es muy diferente vivir las fiestas de Pamplona como turista que en familia. Yo, que he militado en las dos divisiones, me quedo sin duda con la segunda, que estoy mayor para ciertos excesos. Cambio y corto con música oficial: “A San Fermín pedimos, por ser nuestro patrón, nos guíe en el ¿entierro? ¡No, encierro, mamón! daááándonos su bendición!”

A Kepa Junkera lo escuché y lo abracé hace dos días en el parque de La Taconera. Dice mi cuñado Álex que tocar así la trikititxa es la hostia, pero que no tiene menos mérito el que inventó un artefacto como el acordeón diatónico. Dentro vídeo. Kepa con Sorginak, su nuevo proyecto, una maravilla.