93. El día que casi acabo con el Cacereño

por Nacho Mirás Fole

Los de Cáceres duermen tranquilos, ajenos a la desgracia que ha estado a punto de eliminar del mapa a su equipo de fútbol, el Club Polideportivo Cacereño que, aunque hace lo que puede en las filas de la segunda división B, sirve para aplacar las tensiones de la afición. Una ciudad sin club de fútbol, aunque sea fútbol de segunda, es una olla a presión. Y no quiero ni pensar lo que habría pasado si la cadena de acontecimientos que se iba a producir, finalmente hubiera ocurrido. Y todo por culpa de la lluvia y de mis vacaciones improvisadas.

Lo que tiene viajar con la casa a cuestas es que la capacidad de reaccionar es infinita. Pusimos rumbo a Pamplona con el objetivo de, hecha la fiesta y revisados los bares, llegar al valle del Loira. Pero este año tenemos un tiempo rencoroso e hijoputa, que no merece otro nombre, así que cambiamos la hoja de ruta y buscamos en los pronósticos meteorológicos un lugar en el que el cielo no se desplomara sobre nuestras cabezas. Y así es como hemos acabado en Cáceres donde, sacando un “churrasco” aislado, el verano está de cuerpo presente.

Para escoger destino no solo buscamos sol, sino también algún aliciente: “¡Ya está! -dije- vamos a Cáceres, veraneamos y visitamos de paso a mi amigo José Ramón Alonso de la Torre!”. Meu dito, meu feito. Extremadura vale la pena no solo por el decorado, sino, precisamente, por extremeños como Alonso de la Torre, a quien me refiero cariñosamente como “Alonso de la Porra”. Él ya hacía periodismo de calle en La Voz de Galicia cuando eso de ponerse en la piel del otro a tiempo completo era incluso friki. Y los 21 días de Samanta Villar no estaban ni en las vísperas. Alonso de la Torre se metió en el alzacuellos de un cura, vendió pañuelos en el semáforo para poder contarlo, le cantó los mismos pecados a varios confesores de la catedral de Santiago para comparar las penitencias… periodismo de pura raza, de ese que revaloriza la prensa de papel. Yo bebí mucho de sus fuentes y hoy no soy otra cosa que el resultado de haber pisado tugurios y vidas ajenas con él y con otros de su pelaje.

El reencuentro en Cáceres después de tantos años ha sido emocionante. Alonso de la Torre abraza en mono, pero es el manco menos acomplejado que hayáis conocido jamás. Zurdo a la fuerza, José Ramón me inspiró también cuando me tocó luchar contra los elementos y hacer de la necesidad virtud. Mucho te debo amigo.

El caso es que, y ahora vuelvo a la terrible cadena de acontecimientos que pudieron dar en el exterminio del Cacereño, comimos con Alonso de la Torre y con Esperanza Rubio en un sitio de esos que deberían ser espacio protegido: El Paladar de Felisa, en el número 10 de la calle Sergio Sánchez, en la zona vieja.

Entre el cocido y la ternera con salsa de almendras, y con un nubarrón sobre nuestras cabezas, se me dio por pensar en si no me habría confiado demasiado con la meteorología. “Creo que he dejado las ventanas de la caravana abiertas, los enchufes a la intemperie, el tostador en el fregadero… No sé, si viene a llover lo mismo tenemos problemas”. Tengo fama de precavido, de ahí que en algunos foros me apoden “don pluscuamperfecto”. No creo que llegue a la obsesión -o igual sí- pero, en cualquier caso, prefiero tomar precauciones.

Según comíamos, arreglábamos el mundo y nos poníamos al día, no podía dejar de pensar en las consecuencias que un chaparrón indiscreto tendría sobre la instalación caravanauta con la que viajamos: “No sé si acercarme a ponerlo todo a cubierto, no vaya a ser. Mira que si hay un cortocircuito….”.

Entonces ya le di pie a Alonso de la Torre para transformarse de lleno en el vacilón Alonso de la Porra y anticipar los acontecimientos que, de no reaccionar ante el nubarrón, derivarían en catástrofe.

-Diréis lo que queráis, pero como se ponga a llover la liamos. Me preocupan los enchufes al aire.

-¡Bah, no será para tanto!

-Que sí, José Ramón, que puede saltar un chispazo y la jodemos.

El cámping Ciudad de Cáceres está junto al estadio del Cacereño, bautizado en su día con el hoy desfasado nombre Príncipe Felipe. ¿Qué tal Infante Froilán? Es una idea.

-¡Buf, si salta un chispazo será terrible! ¡Provocarías un incendio en el cámping, jajaja!

-Sí, tú ríete, Alonso de la Porra, ríete.

-¡Y el fuego se extendería por todo el cámping, vendrían bomberos de todas partes!

-Quién sabe. Joder, qué bueno está este cocido.

-¡Y el incendio se extendería al campo del Cacereño y a la única empresa potente que tenemos en la zona, que no está muy lejos. ¡Doscientos puestos de trabajo! Todo quedaría arrasado. ¡Ve corriendo! (decía Alonso de la Torre descojonándose para el deleite de nuestras mujeres) mientras no perdía bocado.

“Creo que voy a llamar por teléfono -resolví-, a ver si allí pueden hacer algo, tapar los cables, no sé”.

-¡Y si arden el campo y la empresa, el Cacereño tendrá que hacer frente a las consecuencias, no podrá afrontarlo y desaparecerá porque Nacho Mirás se dejó los enchufes de la caravana al aire!

Y venga risas….

-Sí, descojónate, pero yo llamo.

El caso es que los del cámping me tomaron en serio, recogieron la electrónica, la pusieron a cubierto y, gracias a eso, el Cacereño puede seguir dando barrigazos en las filas de la segunda división B. Porque llovió a chorro. Poco pero suficiente para acabar con el fútbol en Cáceres.

Así que ya sabéis: mirad al cielo antes de salir de casa; tomad precauciones, que el efecto Cacereño es mucho peor que el efecto mariposa.

Gracias a todos los que me estáis felicitando por cumplir años en este 4 de julio. En mis circunstancias, sumar otra vela a la tarta no es cosa menor. Eso sí, soplaré a lo bestia, no vaya a ser que se incendie un toldo, arda el cámping y me nombren persona non grata y mangurrino indeseable en toda Extremadura.

Me canso algo, pero no es nada nuevo. Sigo de reposo terapéutico hasta el 29 de julio, cuando arrancaré el quinto ciclo químico contra mi astrocitoma anaplásico grado III. Buscad las magníficas historias de Alonso de la Torre en las últimas páginas del Hoy. Y rescatad las viejas. Descubriréis a un tipo que escribe con una mano como si tuviera tres; a un periodista pura sangre que vive las vidas de otros. A fin de cuentas, de eso se trata en este oficio.

Dentro vídeo: Extremoduro. So payaso http://youtu.be/1Iw1Qx7c2yc