92. Libertad vigilada para un chatarrero renacentista

por Nacho Mirás Fole

Y como quien no quiere la cosa, ya estamos a 25 de junio. Ayer brindé a la salud de los Juanes que en el mundo son con un lingotazo de 400 miligramos de temozolomida, dando así por inaugurado el cuarto ciclo de citotóxicos con los que la sanidad pública gallega se afana por mantenerme en el más acá. De los efectos secundarios, lo ya sabido: me canso, me canso… La quimioterapia funciona por acumulación, así que lo que va entrando en el cuerpo es más de lo que sale y claro, lo notas. Acabaré de drogarme el sábado por la noche y después tendré por delante todo el mes de julio hasta el ciclo siguiente.
La ventaja es que me podré ir de vacaciones con la familia y la casa a cuestas sin llevarme la farmacia puesta. O, al menos, solo la botica suave, la del antibiótico y el protector gástrico. La idea de viajar con unas cápsulas cuya ingesta accidental por un niño puede causar la muerte del niño y el suicidio del padre no me hacía demasiada ilusión.
Hoy es miércoles y ¿qué pasa los miércoles? Eso es, que tengo que comparecer en el centro de salud, recibir la baja y llevarla de paseo a la empresa y a la universidad. Para desaparecer en julio tengo que resolver la logística burrocrática del mes entero a base de pedir favores: pero así me convierta en un sin papeles, me iré fuera de Galicia, me vestiré de blanco, me anudaré un pañuelico rojo al cuello y correré… detrás de los toros por las calles de Pamplona. Sí, detrás, que ya sobra quien se ponga delante.
Antes de eso deberé cumplir varios requisitos. Primero: el médico de familia tiene que autorizar por escrito mi desplazamiento. Segundo: alguien tiene que encargarse de ir los miércoles a buscar la baja en mi lugar y sacarla de paseo, lo mismo que tienes que empaquetarle a alguien el gato cuando te vas unos días. Yo le propongo directamente al sistema que me coloque en el tobillo una pulsera de esas del arresto domiciliario, así puede controlar telemáticamente mis movimientos y no le jodemos la vida a las amistades. También autorizo a la Administración a que me siga con el helicóptero de control de tráfico, a que me implante un chip en la oreja o a que me ponga una luz en el culo.
No me canso de decir que mientras el Curiosity se hace selfies sobre la superficie de Marte y los coches que se conducen solos están a punto de entrar en el plan PIVE, seguimos soportando un sistema burocrático vintage que en vez de solucionar la vida de la gente la complica. Alguien decía el otro día: “Hacemos un rey en quince días y una radiografía en seis meses”. Y, así, todo.
Sigo entreteniendo la cabeza todo lo que puedo, aunque en los últimos días he tenido algún bajón anímico que, de todas maneras, se difumina si me pongo a atornillar a lo loco. “Eres un hombre del Renacimiento”, me dijo el otro día mi mujer cuando le regalé un soporte para el iPad que fabriqué con los restos de un flexo viejo. Más que un inventor soy un chatarrero renacentista, pero me entretengo.
A veces pienso cómo habrían sido estos ocho meses en las filas de la oncología si me hubiera hundido desde el principio. Habría sido el horror amplificado, para mí y para todos.
El lunes me dieron la bendición urbi et orbi en la consulta 11. Los números de los análisis me acompañan más que el gol average a la Roja (que me la trae floja) en Brasil y por eso hemos podido iniciar el cuarto ciclo sobre lo previsto.
Guardad un hueco en la agenda para el 18 de septiembre, que me gustará veros las caras en Santiago. Ya os contaré.