89. Me canso, luego existo (que no es poco)

por Nacho Mirás Fole

Hoy hace justo una semana que, a la que me levanto, en lugar de recibir los buenos días es como si me dieran una tunda. Eso tiene que ver con que los citotóxicos se van acumulando e incluso un cuerpo de acero inolvidable como el mío, con motor Barreiros que ha dado buenos ejemplos de consistencia, tiene su erosión. “La quimioterapia suave no existe, señora”, le dijo el oncólogo a mi santa aquella vez que le preguntó si, por el hecho de ser oral, la quimio era menos quimio.

Tampoco es que el cansancio acumulativo me imposibilite, pero se manifiesta varias veces a lo largo del día. No me quejo, qué va. Si eso es lo peor que me espera del tratamiento firmo ahora la renovación por un par de temporadas. O, al menos, para los tres ciclos que me quedan a razón de cinco días de drogas duras y veintiocho de parada. Pero si algo he aprendido de mi máster acelerado en oncología y astrocitomas anaplásicos propios en grado III es que los futuribles tienen poco futuro, tanto en la enfermedad como en su tratamiento. Vivo hoy como si no hubiera mañana.

La peor parte de este festival terapéutico en el que vivo instalado se la llevan las piernas, que me abandonan a traición y acabo, y es literal, abrazando farolas. Las caminatas son ahora más cortas porque el andamio ya no me sostiene como antes. A cambio, le doy aún más a la cabeza -por si no le daba ya bastante- y me entretengo con cualquier instrumento que caiga en mis manos, ya sea musical o de natural obrero. Escribo menos, es cierto… pero procuro no perderme cualquier convocatoria a la que me inviten: baños de multitudes en los que recargo las baterías y, salvo excepciones, vengo bastante autoconvencido de que hasta tengo buen color y todo. Claro que también hay quien se columpia de carallo. Porque vamos a ver: aunque no esté para competir en Miss Universo, no cuesta nada decirle a tipo en mi situación que luce estupendamente. Esta clase de trolas están exentas de penitencia: pia-do-sas, se llaman mentiras pia-do-sas. Los analfabetos emocionales no salen en el informe PISA, claro. Me resbalan. Las faltadas las compensan con creces mis hijos, de quienes me contagio más de ilusión y alegría que de mocos.

Vengo de compartir con casi mil personas el concierto de despedida de Berrogüetto, uno de los grandes emblemas del folk gallego que, después de diecinueve años, se disuelve justo en el momento en el que va a haber mudanza en la Zarzuela. Contraprogramando, vaya. Suya es la pieza que, echando mano del humor negro que tanto bien me hace, acompaña este post de urgencia que escribo desde el agotamiento, pero que sirve de fe de vida para los que se siguen preocupando: Se titula Cancro Crú (Cáncer Crudo). Y también Berrogüetto le pone música a esa letra cargada de sentidiño -el sentido común gallego- que dice:

Sabe Dios de hoxe nun ano
sabe Dios de hoxe nun día
sabe Dios de hoxe nun ano
quén terá máis alegría.

Traducción para los de más allá del telón de grelos

Sabe Dios de hoy en un año,

sabe Dios de hoy en un día.

Sabe Dios de hoy en un año,

quién tendrá más alegría.

Un día, un año… planazos,en cualquier caso.

No me quiero meter en el sobre sin dar por escrito la enhorabuena a mis ex alumnos de la promoción 2010-2014 de la Facultad de Derecho de la Universidade de Santiago de Compostela, con quienes ayer compartí su acto de graduación. Siempre he dicho que daría clases igual aunque no cobrase, aunque tal como andan en las consellerías con la tijera de podar, haced como que no he dicho nada. Ayer consiguió emocionarme esta tropa de hipsters con toga ya no solo con el hecho de recordar a un tipo que les dio clase en el 2011. Muchos no entendían al principio qué pintaba una asignatura como Técnicas de Comunicación Oral y Escrita Aplicadas al Derecho en una carrera de puñetas, códigos y jurisprudencia. Pero que alumnos como Miguel Mallo (por citar a uno de una promoción que es enorme en calidad y en cantidad, de la A a la Z) te confiesen que en esa materia y conmigo haciendo de Augusto Algueró le perdieron el miedo a hablar en público ya me pagan los servicios prestados. Incluso me abonan los que, por una causa de fuerza oncológica mayor, no he podido prestar este año a sus compañeros de Redacción Informativa I en la Facultade de Ciencias da Comunicación.

Antes de desmayarme mecanografiando todavía me da tiempo de rescatar un escrito del pasado, uno de esos textos que me trasladan a aquellos días de trabajo frenéticos y desordenados en los que, sin embargo, no me costaba encontrar a alguien que estuviera más enfermo que yo. Dentro de diez días, el 19 de junio, hará 49 años que una Vespa entró hasta el mismísimo altar mayor de la catedral de Santiago. Hoy, que he vuelto a subirme en mi chavala de 1966, rescato la historia de aquella ofrenda extraña que consiguió meter una moto en la cocina de la casa de Dios. Y al final el cáncer crudo de Berrogüetto. Confío en que no me sigan abandonando las fuerzas. Gracias por los ánimos, los achuchones y los “qué bien se te ve”, sean verdades absolutas, relativas o, simplemente, trapalladas.

vespa

Una Vespa en la casa de Dios

El cardenal Quiroga recibió en la catedral en 1965 la donación de una escúter

La Voz de Galicia, 7 de abril de 2013

Nacho Mirás. Santiago

Si nunca se han puesto a los mandos de una Vespa, entonces no saben lo fantástico que es, como dice la celebrada canción del grupo Lùnapop, «dar vueltas con los pies sobre sus alas». La Vespa, la escúter más vendida del mundo, es algo más que una moto. Es un objeto de culto que nació en Italia del intercambio de pensamientos e inquietudes entre el empresario Enrico Piaggio (1905-1965) y el ingeniero aeronáutico Corradino D’Ascanio (1891-1981).

Finalizada la segunda Guerra Mundial, a Piaggio se le ocurrió la idea de fabricar un vehículo que fuese cómodo, barato y fácil de manejar. Don Enrico encargó un primer diseño que no colmó ni por asomo sus expectativas, así que se puso en contacto D’Ascanio y este replanteó la situación partiendo de cero. Primero dibujó a una persona sentada y erguida, en posición cómoda, y luego diseñó un vehículo a su alrededor. «Bello, sembra una vespa!», dice la leyenda que exclamó el empresario cuando el ingeniero D’Ascanio le mostró un boceto que, en cierto modo, recordaba a las líneas de una avispa.

No pasaron demasiados años hasta que Galicia se contagió de la picadura del insecto más famoso del mundo, encarnado en una moto con una mecánica sencilla y un robusto bastidor de acero que le daba a quien la conducía una libertad de movimientos que jamás habría soñado. Y una legión de entusiastas de la gasolina con mezcla se pusieron de acuerdo para disfrutar de sus motos en comunidad.

Un año especial

El año 1965 fue especial en muchos sentidos para Santiago de Compostela. Fue, quizás, el primer año santo a lo grande y el Régimen se volcó para que el mundo pusiera sus ojos en la tumba de Santiago el Mayor, patrón de las Españas, más que un apóstol o un santo, un símbolo por el que Franco sentía debilidad, como también por ese despojo sagrado que es la mano incorrupta de Santa Teresa.

Política y religión aparte, el caso es que a los clubes vespistas les pareció que Compostela, en pleno fragor jacobeo, bien valía una visita. Y fue así como se organizó una de las peregrinaciones motorizadas más numerosas que se recuerdan. La gestionaron las asociaciones españolas, pero fueron muchísimos los vesperos de toda Europa que acudieron a la llamada; vinieron más de mil.

La prensa de la época, principalmente El Mundo Deportivo y La Vanguardia, dedicaron amplias crónicas a la concentración que se desarrolló el sábado, 19 de junio de 1965.

El momento álgido llegó cuando el presidente del Vespa Club de España, Manuel Aguilar, entregó al cardenal Fernando Quiroga Palacios una moto nueva del trinque «para que fuese destinada a una de las parroquias de España más necesitadas y pobres». Era una 125 fabricada ese mismo año por Moto Vespa S.A. en Madrid y su donación supuso algo nunca visto hasta entonces: la Vespa entró hasta el mismísimo altar mayor de la catedral, tal y como se observa en la foto, y allí -apagada, eso sí- la recibió su eminencia reverendísima, que se cuidó mucho de subirse encima.

Quiroga contestó la ofrenda con un discurso a la altura de las circunstancias: «Veo en vosotros un elemento más de esa puesta al día que el Padre santo, y con él el Concilio, nos enseñan a todos, con vuestros aires renovadores. Vuestros vehículos, que trepidan por las carreteras, son un auténtico homenaje al primer motor inmóvil: Dios nuestro señor». Y aceptó el «peculiar presente» como «símbolo de los tiempos modernos». El único humo que se olió a continuación fue el del Botafumeiro. Sabe Dios qué habría pasado en la batalla de Clavijo si Santiago Apóstol, en lugar de a caballo, se hubiese aparecido, escarranchado, sobre las cachas de una Vespa blanca.

Jorge Negreira: “Durante toda mi vida me he caído de la moto dieciocho veces”

Jorge Negreira Guzmán fue uno de aquellos entusiastas de las dos ruedas que participaron en la organización de la peregrinación masiva de vespistas. Hoy tiene 81 años y recuerda con nostalgia los tiempos en los que las distancias se medían en horas de disfrute sobre una Vespa. Tuvo dos y conserva la segunda en perfecto estado de revista. «Mis hijos -lamenta- me dicen que nada de moto, que estoy mayor». Pero todavía le queda gasolina en la sangre, y por eso, de vez en cuando, cabalga su montura de acero en un tramo de unos cien metros que hizo hormigonar, pensando en la escúter, en la finca que tiene en Aríns. «Durante toda mi vida me he caído de la moto dieciocho veces, pero nunca me he roto nada. En un par de ocasiones me pude matar», recuerda. Pero para un amante de este tipo de vehículo siempre son más las ventajas que los inconvenientes.

Jorge sonríe al recordar cómo embistió por detrás al primer Seat 850 que circuló en A Coruña y acabó en horizontal, con la Vespa «encartada».

El Vespa Club de Santiago funcionó entre 1965 y 1970, con Andrés Villaverde, propietario del concesionario de la ciudad, como presidente. Por allí también andaban el mecánico Suso Pedreira, el comerciante Luis Aldariz o el hoy propietario de Motos Adán y mecánico de referencia en el mundillo, Manolo Pérez Adán. «Llegamos a ser unos setenta, estas motos las tenía gente de cierto nivel», cuenta el ex secretario. Si a usted también le ha picado la avispa, puede encontrar un montón de material gráfico sobre el vespismo gallego en la web de Pablo Osorio http://www.miabueloteniaunaigual.es.

Dentro el cáncer crudo de Berrogüetto, que ya lo pongo yo en pepitoria.