87. Normandía, día D, hora H

por Nacho Mirás Fole

El fútbol lo mismo me da que me da lo mismo. Pero tengo un porrón de amigos del Deportivo. Así que, aun habiendo nacido en Vigo, voy a rescatar rapidito un reportaje de hace 3 veranos. Realmente es un salto de 70 años al 6 de junio de 1944. Aprovecho la conmemoración de la liberación de Europa por los aliados, se lo dedico a los deportivistas y hago tiempo para meterme la química que, como decía el filósofo Camilo Sesto en su obra maestra Tanto Amor, “me mata y me da vida a la vez”. Condensador de fluzo a tope. El monte coruñés de San Pedro es la costa de Normandía. Vamos allá.

Normandía, día D, Hora H
La Voz de Galicia, 8 de agosto de 2011

Nacho Mirás
Pocos podemos presumir de haber ido al desembarco de Normandía en autobús. Y si no se lo cuento, reviento. Día D. Por una extraña circunstancia espacio temporal que no tengo tiempo de contarles, y gracias a la mediación de la asociación The Royal Green Jackets de A Coruña, me convierto en el reportero de guerra Ernest Pyle (Dana, Estados Unidos, 1900) y me empotro en la fuerza internacional que tiene como misión, un domingo, a la hora de la merienda, liberar Europa del yugo nazi.

«No nos disfrazamos, nos caracterizamos, somos recreadores», dice Antonio Osende, lugarteniente de Manuel Arenas en el mando de los Royal Green Jackets. Así que, debidamente compaginado, soy Ernest Pyle de pies a cabeza. Llevo al cuello mi cámara Argus made in USA de 1939. Uniforme de infantería. Casco. Botas. No pienso morir en esta guerra, solo contarla, pero pongo, como los demás, mi vida en las manos infinitas de Dios. Soy un reportero de guerra, un empotrado.

Seis de junio de 1944. Hoy va a pasar algo gordo, un hecho que cambiará el mundo. El mando me supervisa y se asegura de que no hay nada en mi atuendo que se haya fabricado en el siglo XXI. Me destinan a la torreta de un M-8, un blindado de la Segunda Guerra Mundial. Y es subirte en la torreta, a los mandos del cañón, y te asaltan unas ganas inexplicables de liberar París. Tranquilidad, en este año de 1944 me darán el Pulitzer.

Atardece en el monte coruñés de San Pedro. A lo que estamos: amanece en la costa de Normandía. Antes del desembarco propiamente dicho hay preparada otra recreación: la toma del Nido del Águila en los Álpes Bávaros. No queda a mano, pero el monte de San Pedro, con sus baterías auditando el Atlántico, puede ser lo que uno quiera que sea. La toma del Nido del Águila es un paseo. Hay tiros, humo, bajas, rugen las entrañas de los blindados. Los muchachos se entregan a la misión y le arrancan la victoria al enemigo, que claudica. Llevamos cuatro Jeeps, un Dodge, tres motos alemanas con sidecar, el M-8 y un semioruga. Parque móvil suficiente para recuperar Europa.

Y ya nos vamos a Normandía. Los alemanes ni se imaginan la que se les viene encima. El Atlántico está sereno y se presenta ante la vista como una paellera abisal. El general alemán, que es alemán, ve pobres las defensas y pide que se refuercen. No las tiene todas consigo. Los centinelas patrullan. Nada hace prever un ataque masivo y brutal salido de las entrañas mismas del océano Atlántico. Una sirena, un disparo. Ya están aquí. Desde Illinois, desde Arkansas, desde Kentucky… los muchachos suben la colina para liberar el continente. Veo a Smith, a Tylor, veo a Harris dejándose el aliento para liberar a Europa. La reconquista no ha hecho más que empezar. Sus madres estarían orgullosas.

Valor y emoción
Los aliados escalan la costa de Normandía como jabatos con piolet. El enemigo abre fuego sin contemplaciones. Al frente tienen ya un cañón 38,1 que defiende la costa, un artefacto capaz de hacer blanco a 38 kilómetros de distancia. Como suele ocurrir en las guerras, el general enemigo es el primero en ponerse a cubierto.
«¡Granadeeeeen!», grita un soldado de Hannover justo antes de que una detonación sorda deje a un par de alemanas viudas, su mujer incluida. Los muchachos avanzan y se produce el inevitable cuerpo a cuerpo, la lucha desesperada. O tú o yo. Y serás tú. Los aliados dinamitan la defensa y ya, por fin, celebran la victoria.
Los generales Patton y Leclerc aparecen en un Cadillac del 41 y pasan revista a las tropas y las bendicen por la acción. Y se acaba así una recreación tan auténtica que durante algo más de una hora uno se olvida de que el mundo del año 2011 ya es otro, aunque las guerras sean parecidas.
El presidente de los Royal Green Jackets, Manuel Arenas, destaca la labor de difusión histórico-cultural que realiza esta entidad. «Nuestra idea -dice- es difundir las épocas, medieval, templaria, napoleónica, la Segunda Guerra Mundial y toda la historia de Galicia y España».
Además, aprovechando la recreación de ayer se rodaron secuencias para un documental que se está haciendo sobre Cariño López, que bien podría ser el soldado Ryan gallego.