81. En la muerte de Chema Veloso, compañero

por Nacho Mirás Fole

Si es verdad que, como dice mi querido Carlos Blanco, escribo estas memorias sanitarias con las tripas, hoy toca trabalengüizar la expresión y añadir: escribo desde mis tristes tripas. El sábado por la noche acabé la quimio de este segundo ciclo y ahora disfruto -es un decir- de veintiocho días de reposo guerrero. Pero entre la Temozolomida y el Septrin Forte, que es un antibiótico tan preventivo que parece que me lo hubiera recetado Gallardón, siento que me han trasplantado el estómago de Moby Dick en pleno maremoto.

Aunque sabéis que paso, de momento, de la medicina alternativa, sí que le doy al bifidus, por ejemplo, que me regenera bastante bien la flora y, a este paso, la fauna intestinal. No quiero ni pensar en el festival químico que tiene que haber ahora mismo en mis entrañas. Estoy en el segundo ciclo y me quedan otros cuatro, así que hasta el otoño seguiremos rodando en mis escenarios intestinales nuevos episodios de la madre de todas las batallas.

El malestar físico, sin embargo, no me hace mella en el ánimo. Igual los neurocirujanos Prieto y Allut se llevaron pegado al bisturí, con mi astrocitoma anaplásico grado III, el mecanismo que regula los bajones. En serio, algo han debido de tocar, porque ni siquiera me hundo anímicamente ante el desfile de compañeros de batalla que causan baja. El último se fue ayer. Se llamaba Chema Veloso Castaño y durante casi tres lustros fue la mano derecha de Manuel Fraga Iribarne, que ya hay que valer para ser la mano derecha de un señor tan de derechas. Veloso era un periodista de raza, controvertido a veces pero buena persona siempre -al menos lo fue conmigo-. Me imagino a Chema cruzando la puerta del más allá y al viejo encendido, del otro lado, con una carretilla de recortes de prensa acumulados en todos estos años: “¡Veloso, ¿Quiere decirme dónde se había metido???!!”.

-Estaba viviendo, presidente.

-¡Déjese de tonterías, que hay mucho trabajo. Y póngame con Dios!

-Ahora mismo, presidente.

Como periodista de La Voz de Galicia viajé con Fraga por algunos escenarios de Europa y compartí entretenidas expediciones con Veloso y su jefe. Iribarne era genio y figura. Recuerdo el día que el sistema aleatorio de control del aeropuerto de Heathrow encendió una luz sobre mi cabeza en el arco de seguridad. Fraga, su séquito y los demás periodistas habían cruzado sin problema, pero a mí me pitó la electrónica. Dos agentes al servicio de Su Majestad me abrieron de brazos y piernas, me embutieron contra una pared y comenzaron a masajearme, digo yo que en busca de alguna hernia. El viejo se coscó y, seguramente más preocupado por el retraso que por mi persona, desenfundó el pasaporte diplomático, se fue a los policías y les gritó en inglés: “¡Este señor viene conmigo!”. No hubo más que hablar. Los del masaje acabaron de sacudirme el polvo, pidieron disculpas y nos dejaron ir.

-Gracias, presidente.

-¡Tire!

Como homenaje a mi compañero Chema Veloso recupero las dos entrevistas que le hice para La Voz de Galicia, la primera en el 2005 y la segunda en el 2012, cuando Fraga le tomó la delantera, víctima de esa manía casi insana que tenía el león de Vilalba de llegar a los sitios antes de tiempo. Y al final, el minuto musical sabiniano, que sé que a Veloso le ponía Sabina. Pasad buena semana, que yo de momento arranco con fuerte marejada detrás del ombligo pero muy bien situado de coco.

Chema Veloso: “Fraga no es un león tan fiero”

Publicada en La Voz de Galicia el 13 de marzo de 2005

Nacho Mirás. Santiago

Es la sala de máquinas de un portaaviones nuclear; ha tenido que adaptarse y renunciar a la vida privada, pero está orgulloso de ser la sombra de su patrón

En las fotos siempre sale un paso por detrás de Fraga, pero lo bastante cerca como para leerle el pensamiento y anticiparse a sus órdenes. Es la cara b del de Vilalba, su sala de máquinas. Es José María Veloso Castaño (Vigo, 1958) y es de este mundo.
-¡Veloso, dónde está Veloso! ¿Cuántas veces al día escucha eso?
-Si estamos en el despacho, tres o cuatro. Si estamos fuera, alguna más. Procuro no alejarme mucho por si acaso, por la cuenta que me trae.
-¿Cómo sobrevive a Fraga?
-Es cuestión de adaptarse y de dormir un mínimo de horas diarias. Siempre me gustó madrugar y lo llevo bien. ¡Incluso algún día me da tiempo a tomar una copa!
-¿Le molesta que digan que es el hombre sombra?
-En absoluto. Primero, porque es verdad y, segundo, porque es un honor ser la sombra de un señor como Fraga.
-¿Se le han pegado las sábanas alguna vez?
-Una vez sí que me levanté tarde, hace años…
-¡Menudo paquete!
-No. Tuve la suficiente imaginación como para llamarle directamente y decirle que me había quedado dormido. Es humano y me entendió.
-¿Recuerda haberse dicho a sí mismo alguna vez ‘Chema, la has cagao’?
-No, pero seguramente alguna haya.
-¿Tiene úlcera o acidez?
-No, de salud bien. Tuve un susto cardíaco hace seis o siete años, pero lo llevo bien. Procuro hacer algo de deporte los fines de semana.
-Cuénteme un día tipo…
-Me levanto a las 5.50. Salgo de casa a las 6.50. Paro en el quiosco que hay frente al antiguo Hospital Xeral de Santiago a coger los cuatro periódicos gordos, los leemos en casa de 7.10 a 7.30. A las 7.30 vienen los coches y nos vamos a San Caetano. Llegamos sobre las 7.40 y hasta las 9.00 despachamos los dos, mano a mano. Y lo que vaya dando el día.
-¿Y uno sobrenatural?
-El viaje de hace dos semanas: salida lunes noche, duerme en el avión, martes en Uruguay, vuelta al día siguiente…
-¡Por lo menos viaja!
-Sí, la vuelta al mundo la tengo dada. Pero, viajando con este señor, no te da tiempo a conocer nada. Sé que la Ópera de Sídney era una cosa que estaba a la izquierda.
-¿Cómo se relaja?
-Leo algo que me distraiga o con música suavecita: Beethoven, Bach, Tchaikovsky. Y soy de la generación de Sabina, Silvio, Pablo Milanés. Hace año y pico descubrí a La Oreja de Van Gogh, u otro tipo de cosas para poner en el coche, como Milladoiro.
-¿Escucha La Oreja de Van Gogh en el coche de Fraga?
-No, en su coche siempre los informativos de Radio Nacional a las horas en punto.
-¿Escribirá sus memorias cuando cumpla ochenta?
-Seguramente, pero cuando tenga esa edad.
-¿Lo peor de su trabajo?
-La falta de vida privada.
-¿Él le pide consejo?
-No. Gran parte de su vida la ha hecho solo. Él va por libre. A veces le recomiendas que se ponga un traje liso para ir a la tele y, aunque al final te hace caso, siempre tiene algo que decir. Y no le gusta nada el maquillaje.
-¿Le riñe el patrón?
-Desde fuera todo el mundo piensa eso. Pero es una persona encantadora, no es tan fiero el león como lo pintan, incluso es entrañable.
-El alcalde de Negreira dice que «Don Manuel tiene un estado en la cabesa» ¿lo ha visto usted? ¿es grande?
-¡Ja, ja, ja! El alcalde de Negreira le dio una vuelta a una frase de Felipe González que decía que Fraga tenía «el Estado» en la cabeza. Lo que es cierto es que es una persona muy inteligente.

Y la segunda entrevista que le hice en La Voz, publicada el 17 de enero del 2012.

Chema Veloso: “Fraga era una persona tímida”

Nacho Mirás. Santiago

Dice José María Veloso Castaño (Vigo, 1958) que cuando se enteró, el domingo por la noche, de la muerte de Manuel Fraga, le asaltó un sentimiento de pesar: «No como si se muere tu padre, no es eso, pero sí alguien importante que se va. Era el típico señor que, una vez que lo retiras de la actividad, se va desinflando. Y se desinfló». Chema Veloso fue asistente personal de Fraga y director xeral del Gabinete de Apoio en su última etapa en Galicia. Su mano derecha. Su sala de máquinas.
-Era usted la auténtica sombra de Fraga…
-Empecé a trabajar con él en la campaña del 89. Vine a ayudar al equipo de Jesús Pérez Varela y Enrique Beotas. Cuando se acabó la campaña, tres o cuatro nos quedamos. Hicimos la transición de lo que era el Gobierno de González Laxe a la toma de posesión del 5 de febrero del 90. A partir de ahí estuve en el gabinete de comunicación dos años y, desde el 92, viajé constantemente con él. En el 2001 me nombró director xeral.
-¿Todavía tiene activado el reloj biológico que programaba el patrón?
-Sin duda. Me levanto a las 5.50 y a las siete y media estoy en el despacho. Me gusta desayunar con calma. Fraga tenía una actividad que se contagiaba. Y durante los años que estuve con él no puedo decir que acabara agotado, que no pudiera levantarme al día siguiente. Solo recuerdo una vez que no pude seguirlo, pero no por agotamiento, sino por un gripazo con cuarenta de fiebre. Íbamos a Potes, en Cantabria. Lo comprendió perfectamente.
-¿Fraga lo veía a usted solo desde el punto de vista profesional, como la pieza de un engranaje, o también lo tenía en cuenta en lo personal?
-Compartíamos también lo humano. Como cuando estuvo preocupado por la situación de su señora o cuando tenía algún problema personal. Si eso ocurría, se lo notabas. Y si veía que tú estabas mal, enseguida se interesaba por saber qué te ocurría y si podía hacer algo.
-A veces no lo parecía, con los desplantes que daba…
-Soy de los que pienso que él, en el fondo, era una persona tímida. Entonces, para autoprotegerse, daba esa imagen de dureza. Pero en la intimidad era la persona más cariñosa del mundo. En un momento determinado te podía decir que algo no le había gustado pero, a los dos minutos, si veía que no tenía toda la razón, enseguida lo reconocía. Era impulsivo y podía tener algún desplante con el primero que tenía delante y ese, claro, solía ser yo.
-¿Todas las anécdotas que se cuentan son verdad o hay leyenda urbana?
-Supongo que son verdad. Recuerdo que cuando viajábamos y vivía doña Carmen todavía, había que estar más pendiente de ella que de él. Él era súper puntual, pero ella era más de pararse a hablar con la gente. Él mismo te decía: «¡Encárguese de ella y esté atento, que tenemos que salir en diez minutos!».
-¿Hizo usted renuncias personales por estar al pie del cañón?
-Sí. Tuve que elegir: o sigo con esta persona, con la que cada día aprendo más cosas y me desarrollo más, o me dedico a otra cosa. Tuve que renunciar a la otra parte, pero pasó y no voy ahora a preguntarme si hice bien o mal; lo hice.

Dentro Joaquín Sabina, acompañado de su primo Joan Manuel Serrat. Veloso ya no será muchos hombres, pero fue otros. Borrando contacto…