78. Flojera en las bisagras y burrocracia franquista

por Nacho Mirás Fole

Vuelve la normalidad meteorológica -que no es otra cosa que la humedad perenne- a Mordor de Compostela, la ciudad donde llueve por aspersión. Y regresan las hostilidades justo cuando menos falta me hace, ahora que noto los efectos acumulativos de la Temozolomida con la que Súper López trata de frenar el avance del súper villano que tiene reserva de espacio en el lóbulo temporal derecho de mi cerebro: Casiano Luthor, un cabrón con pintas.

No, amigos, no estoy curado. Soy un aspirante a enfermo crónico y me daría con un canto en los dientes si, en los días de mi vida, el cáncer y yo mantenemos la distancia suficiente para que el invasor me deje ver crecer a mis hijos. Estoy operado, sí. Craneotomizado. Frito en la churrería radiactiva que dirige el doctor Antonio Gómez hasta treinta veces a una potencia tal que, si hago fuerza y no me hago caca, podría iluminar el rótulo de neón de un puticlub de la Nacional 550. Y sometido a 45 dosis de quimioterapia oral, que para nada es una quimio menor; la cicuta y el arsénico también se pueden administrar por la boca y no por eso te perdonan la vida. La única ventaja del tratamiento domiciliario es que te puedes envenenar con vistas a tu propio váter mientras tu gato se te frota entre las piernas.

Es ahora, precisamente ahora que el simulacro de primavera finaliza, cuando el veneno se ensaña con mis rodillas, que dejan de sostenerme de repente, como si se acojonasen ante los acontecimientos, e incluso con mis codos. Tengo la sensación de haber estado tirando flechas al pebetero olímpico de Barcelona 92 para no acertar ni la primera. Vaya, que el Temodal es para mis articulaciones un antídoto del 3 en 1. Por suerte, sigo siendo capaz de neutralizar la potencia de la Kriptonita movilizando al trozo de cerebro que no me han extirpado, poniendo a trabajar la cabeza: caminando, en moto, entre la tornillería del taller clandestino que tengo montado en el trastero… Pero me asusta pensar en cómo estaré de aquí a octubre, cuando terminaré la primera oleada de ciclos químicos a la que estoy convocado por la Seguridad Social.

Esta semana, al menos, tengo tareas para no aburrirme e incluso para hacer mala hostia, que también es una manera de entretenerse. La burrocracia española y de las JONS va un paso más allá con la visita obligada -y bajo amenaza escrita- a la inspección médica. Porque, señores de la Consellería de Sanidade, citar a un tipo con cáncer para que comparezca en sus instalaciones por primera vez y calzarle un párrafo que dice literalmente: “A súa NON COMPARECENCIA -atención a las mayúsculas- inxustificada poderá dar lugar á emisión do parte de ALTA en aplicación da Orde Ministerial do 21 de marzo de 1974” es una amenaza. Y apelando a una norma franquista. Ahórrense la pistola, que voy a ir. A quien corresponda: va siendo hora de darle una vuelta al formulario de la notificación,  por preconstitucional y por burdo.

También me exige -“deberá achegar” es una exigencia- la Inspección que me lleve tanto los informes médicos como los resultados de cualquier prueba diagnóstica que se me haya realizado “y tenga en su poder en relación con su proceso de baja médica”. Ya me veo con la carretilla llamando a la puerta el jueves por la mañana cual repartidor de Gadis. Lo cachondo es que me lo piden desde la propia consellería que, en un carísimo sistema informático, custodia mi historial médico completo, que no es de principiante, igual que hace con los vuestros si vivís en Galicia. ¿No tiene poder un inspector para darle a un botón y acceder a mis entrañas? Claro que lo tiene. Pues no mareen entonces. Menos mal que no me mandan llevar lacre para sellar los sobres o incienso para espantar el meigallo. Ya contaré cómo me va, pero ya adelanto que no me gusta un carallo el tonillo de la carta de convocatoria. Para informar no hace falta amenazar con normas de la Administración sanitaria del régimen anterior.

Me entra tal flojera en las rodillas que voy a tener que acabar escribiendo en una máquina de coser. En cuanto salga de la inspección médica y certifiquen burocráticamente que tengo, como sabe media España, un astrocitoma anaplásico grado III, clasificación de la Organización Mundial de la Salud, para poder seguir dedicado a curarme sin trabajar -a cuenta de lo que llevo más de veinte años cotizado-, pondré rumbo a Madrid. Sabréis, claro, que si estás de baja tienes que pedirle permiso al médico de familia para que te deje desplazarte a otra comunidad. Porque para acojonarte desde la inspección vale echar mano de las normas franquistas, pero para ir a una entrega de premios a la capital del reino te tienen que autorizar el desplazamiento, no vaya a ser que te pongas a trabajar en una inmobiliaria de Alpedrete y al Servizo Galego de Saúde no le conste porque las autonomías no cruzan los datos de sus respectivas seguridades sociales. Dan unas ganas de cagarse en todo…

Lo de Madrid, el jueves por la noche, es la gala de entrega de los premios 20Blogs, a la que llegamos ilusionados sesenta finalistas cribados entre 7.000 blogueros. Si me dicen hace un año que aspiraría a un premio por escribir la crónica de mi propio cáncer me habría echado a llorar.  Vaya, justo como ahora, disculpad. Qué bonito sería hacer de la necesidad virtud.

Voy acabando, pero tengo que cumplir con mi primo Miguel Cabaco Mirás (por delante y por detrás). Miguel es el pequeño de una familia de supervivientes que se merece su propia crónica y que seguramente firmaré yo si vivo para firmarla. Mi primo, el hijo menor de la hermana de mi padre, me pidió que rescatase dos historias viejas de cuando http://www.rabudo.com era un asunto de alcance doméstico. La primera hablaba sobre nuestro abuelo común, el abuelo Mirás, y la segunda sobre la madre de mi padre y de su madre, la abuela Pura. Ahí van, primo, en rigurosa reedición para que se las imprimas a tu madre. A mi tía Estrella el nombre le marcó la vida hasta el punto de que de sus seis hijos, mis primos carnales, solo viven tres. Tres tragedias con mi apellido. Y para sobreponerse a semejante mutilación hay que estar hecha de una pasta especial. Os hablaré otro día de la madre de Miguel. Hoy cumplo con su hijo y cierro el capítulo de una semana santa (no me da la gana de usar mayúsculas en la conmemoración del asesinato de Jesús de Nazaret) en la que solo he echado de menos alguna presencia que no pudo ser. Ahí va, primo:

¡Era cierto! Homenaje a Mirás 

(Publicado en http://www.rabudo.com el 23 de octubre de 2005)

Mi padre siempre predicaba, cuando éramos pequeños, acerca de la necesidad de compartirlo todo, de trabajar en equipo, de no ser un outsider en un mundo en el que, aseguraba, estábamos para vivir en comunidad. Nada era mío; era nuestro; nada era tuyo; era de todos. En su sermón, Mirás insistía en que no podíamos hacer como hizo su padre quien, para no tener que entenderse ni pelearse con nadie, había fundado en un bar de Vigo una peña de la que él era el único miembro: presidente, secretario, tesorero y vocal. Todo para él bajo un nombre que no dejaba lugar a dudas: la peña “Mi Solo”. Eso no impedía que mi abuelo fuese un comunista de Lavadores, la Rusia Chica. Pero en el reparto recreativo prefería ir a la suya. Por eso mi padre decía que en una casa de cinco personas no podía existir la peña Mi Solo. Siempre pensé que había mucho de leyenda en eso de la peña Mi Solo, que era una de esas historias exageradas con fin didáctico, con algo de base real, pero con más imaginación que datos.

Mi padre borda las historias que rayan lo imposible, así que igual lo de la peña del abuelo también era un ejercicio de lógica borrosa de la rama Mirás. Qué equivocado estaba. Un día, el marido de mi madre me sorprendió con un tesoro rescatado de lo más profundo de la memoria familiar. A través de mi primo Eladio y de mi tío Carlos, a mi casa de Vigo fue a parar una reliquia, una prueba real de que la peña Mi Solo, la del abuelo Mirás, no era fruto de la imaginación de mi padre. Es un espejo en forma de corazón que mi abuelo les regaló a los miembros de otra peña. El recuerdo es de 1964 e incluye una foto de Mirás en el centro de un corazón: “La peña Mi Solo de todo… (corazón) a la peña Amigos de Todos. 1964”. La obra de cristalería la firmó su cuñado, el tío Alfonso, desde la cristalería La Belga. La foto encabeza este texto.

No queda ninguna duda de que mi abuelo fue un personaje: proletario; preso rojo durante buena parte de su juventud -incluido el penal de San Simón, en la ría de Vigo-; escapado en los montes; miembro de la selección gallega de Campo a Través y campeón de España en Lasarte en 1934; perdedor represaliado de la guerra; tranviario; fumador de Record a tiempo completo… y muerto prematuro, a los 60, cuando yo aún no tenía 6 años. Fue baja, precisamente, por su dedicación inquebrantable a las labores del tabaco. Y el caso es que me acuerdo como si fuera hoy del día de su entierro, con los grises montando guardia en la casa de mi abuela, en O Sobreiro, y sus colegas de la Agrupación Comunista del Calvario estirando sobre el ataúd del viejo la bandera roja con la hoz y el martillo. ¡En diciembre del 77, con dos cojones! El cura de Santo Tomé de Freixeiro pidió que le quitaran los galones bolcheviques al abuelo, al menos, para entrar en la iglesia. Porque él era más ateo que Dios, pero Purita rezaba por ella y por su marido, que una cosa es el matrimonio y otra la libertad de credo.

Mi madre no nos dejó bajar del coche, temerosa de que una carga policial convirtiese el sepelio en una charcutería. Nunca volví a ver tanta gente en un entierro; quizás el padre de mi padre no estaba tan solo. A los pocos días de apagarse para siempre con un pitillo colgando del labio, el diario Pueblo Gallego publicó: “Adiós a Mirás”. Arriba los pobres del mundo, abuelo.

Para no alargarme, el texto sobre el pan y la abuela Pura lo cuelgo mañana. Además, necesito echar a andar antes de que se me salgan los goznes. Saludos. Y minuto musical pensando en que el cáncer se ha comido en pocos días a  Gabriel García Márquez y a Hurricane Carter, entre otras miles de víctimas que tienen quizás la misma letra pero menos banda sonora. Yo, que no les llego a las uñas de los pies, sigo cubriéndome con los puños de las hostias del enemigo común. Y leña al mono, hasta que hable inglés.