74. ¿Quién es el incapacitado?

por Nacho Mirás Fole

Cuando llegas a la mutua, después de seis meses de baja por un asunto oncológico grave como el mío, y te dicen que lo mismo te tienen que mirar “lo de la incapacidad laboral revisable”, a los efectos tóxicos de la radioterapia y la quimioterapia acumulados se suma la mala hostia. Me están tratando para curarme, no para desahuciarme. No estoy todavía en cuidados paliativos, así que dejen de anticipar acontecimientos que ojalá no lleguen.

De entrada, no tengo nada contra las mutuas, que cumplen con su función. Pero tengo todo contra un sistema, y no me canso de repetirlo, que me obliga a pedir semanalmente la baja en el centro de salud, llevarla en mano a la empresa con su correspondiente “neoplasia maligna de cerebro” y, además, a que una mutua privada que defiende su legítima cuenta de resultados supervise mi cáncer, que está en manos de la sanidad pública y, si acaso, de la suerte.

¿Me quieren explicar de una vez por qué tengo que llevar a mi tumor de paseo a una mutua? ¿No se fía la Seguridad Social de sus propios médicos de familia, neurólogos, neurocirujanos, oncólogos y radiólogos? Ya sé, y ya lo he dicho, que en la cosa de las bajas no faltarán sinvergüenzas que se van a la vendimia aprovechando unas anginas; gente que sulfata viñas con hernias falsificadas. Pero no es el caso, oigan, burócratas de cuello duro, no es el caso. Astrocitoma anaplásico grado III de la OMS. CÁNCER, cojones, CÁNCER. Y ahora que me sugieren lo de la incapacitación laboral soy yo el que considero la posibilidad de incapacitarlos a ustedes, por inútiles. Lo que no tengo muy claro es si incapacitar a los que legislan o a quienes, como corderos, hacen cumplir normas absurdas sin discutirlas. “Es el protocolo”. O carallo vintenove.

Que el cáncer y sus ritmos nos impiden a los enfermos oncológicos someternos a la disciplina de los centros de trabajo es una obviedad que, en todo caso, supervisa ya el sistema público de salud con una insultante frecuencia semanal que interfiere en el Iron Man de los tratamientos médicos. ¿Qué sacan pues los intermediarios? ¿Por qué se empeñan en hacerme una ITV de cuerpo presente para sugerirme en la cara que igual me tienen que incapacitar? De pasta no hemos hablado, pero solo faltaba que la metástasis que no tengo se presente ahora en la cuenta corriente.

Yo tengo la suerte, al menos, de formar parte de la plantilla de una empresa que no me ha dejado tirado, de un equipo que, desde que el tumor se manifestó por primerva vez en el cuarto de baño pequeño el 6 de octubre del 2013, me ha prestado un apoyo inquebrantable: “Lo primero eres tú, cuídate. Cuando un problema como este le toca a uno de nosotros, nos toca a todos. Ponte bueno. Eso es lo fundamental, lo demás es accesorio. Lo que necesites, tú o tu familia. El tiempo que sea”.

Juro por mis hijos que la enfermedad ha ordenado de tal manera mis prioridades en la vida que si hubiera sido de otra manera lo habría denunciado lo mismo que ahora lo agradezco. Hoy quiero darle las gracias a Santiago Rey Fernández-Latorre porque me da la gana y porque cada vez que echo la mano al bolsillo sigo notando en el llavero la llave de la delegación y en el cerebro el número del portero electrónico que da acceso a este coro de compañeros y amigos en el que yo soy una voz más de Galicia. Las llaves de casa.

Acabo. La familia, los amigos, la sanidad pública y la empresa están a la altura. Lo único que llevo mal es la burrocracia. Eso y tener el horóscopo tatuado en el historial médico para lo que me quede de vida. Y ahora, si quieren, discutimos en un despacho lo de la incapacidad. Perdonen si me viene una arcada: es un efecto secundario de la quimio y del sistema; miren en el prospecto.