73. Podemos ser héroes, aunque sea por un día

por Nacho Mirás Fole

Acabo la jornada del miércoles realmente cansado, pero esta vez no hay que buscar explicaciones en la oncología, en la física o en la química. Vengo de salvar al mundo desde una sala de cine metido en la piel del Capitán América. En la piel y en la camiseta licenciada por Marvel Comics, que a la guerra, ya lo dice el prota, siempre hay que ir de uniforme. Y aunque la quimioterapia y las demás putadas que me hacen para controlar al cáncer que me acampa en el cerebro son duras, no creáis que lo es menos ponerse durante dos horas en la piel de Steve Rogers, arreando mamporros con un escudo redondo a la edad pasada de Gerardo Fernández Albor.

Tanto me he metido en la trama que incluso me he mordido las uñas, que es un algoritmo que se me borró después de la craneotomía por causas que ningún científico me ha explicado. Hay quien piensa que en la palangana del quirófano, junto con una rebanada de cerebro y un astrocitoma anaplásico grado III, Allut y Prieto echaron también mi ansiedad. Han tenido que pasar 40 años y un cáncer para que mis propias uñas hayan dejado de interesarme como aperitivo ligero. Y viene un superhéroe ultracongelado para reprogramarme las neuronas. Espero que los efectos no duren, que ya me había acostumbrado a rascarme la espalda sin muñones.

Aparte de los efectos de subidón de la película, que he gozado con la tripulación del USS Alabama (@luipardo, @zapi, @joseprecedo, @jinetefugaz y @GermyPaul), puedo decir ya a estas alturas de la madrugada que el de hoy ha sido el mejor día de la segunda etapa química. La kriptonita citotóxica que me metí desde el martes hasta el sábado, ambos incluídos, me dejó la sangre, como diría mi amigo José Luis Alvite, “como a Urdangarín, del montón”. He tenido que refugiarme en las ofertas de Leroy Merlin para sobreponerme; el bricolaje y los apaños domésticos siempre han sido unas buenas contramedidas contra los bajones anímicos. Y han resultado ser un gran antídoto también contra la drogodependencia impuesta por la Seguridad Social. Cuando le pregunté al oncólogo que por qué había programado un descanso de 23 días entre cada ciclo de quimio me respondió: “Te van a hacer falta”. Va a ser que era verdad. Me quedan todavía otros cinco. He leído por ahí que hay incluso a quien le dan vacaciones terapéuticas de 28 días; será una cuestión de resistencia. Yo he tardado casi ocho en venirme arriba del todo, pero eso no quiere decir que mañana no acabe en el inframundo. Tranquilos, en cualquier caso; las películas en las que salen tipos que llevan el calzoncillo por encima del pijama siempre tienen secuelas. En la nueva versión del Capitán América muere tanta gente que en realidad no muere que he llegado a pensar en la resurrección de Chanquete; llamadme iluso.

Esta mañana me ha tocado de nuevo pasear mi parte de baja entre el ambulatorio y mis centros de trabajo que, como sabéis, son dos: el periódico y la Facultad, actividades completamente compatibles aunque haya quien crea, y no sin motivo, que la universidad y las empresas se dan cada vez menos la mano y más la espalda. Yo hago mi aportación para que se encuentren, lástima que el cáncer haya interrumpido temporalmente nuestro baile agarrado. No me hace gracia entregar en las dos secretarías, en la privada y en la pública, un papel que acredita al portador como poseedor de una “neoplasia maligna en el cerebro”. Espero que los de la mutua se lean este post, que si algo me aburre es responder a diagnósticos que conoce todo el mundo menos los de la mutua. Al Capitán América quería yo verlo toreando a la burrocracia española con el escudito. Seguro, además, que si va al centro de salud con la estrella en el pecho se creen que es de Resistencia Galega y llaman al 091.

No quiero acostarme sin compartir unos enlaces que me ha hecho llegar esta noche, mientras salvábamos al mundo de las cabezas con recidiva de Hydra, mi amigo José Menéndez Zapico (@zapi). El primero lleva hasta un reportaje que firmaron mis compañeros de La Vanguardia el 23 de diciembre del año pasado en la sección Vida con este titular: Un hospital cambia el suero de quimioterapia por suero de superhéroes. Lo hacen en el centro brasileño A.C. Camargo donde, como cuenta la información, “la agencia JWT ha convertido las tediosas sesiones de quimioterapia de los niños enfermos en una sesión de súper poderes”. Añaden que todo es cuestión de empaquetar de otra manera: tunear el medicamento de toda la vida con envases de súper fórmulas convenientemente etiquetadas con los símbolos de Batman, Superman, Linterna Verde o la Mujer Maravilla. Acojonante es poco. Y todo lo que inventen para subir la moral de la tropa, sobre todo de la tropa menuda, es acojonante aunque se quede en el intento. No dejéis de ver el vídeo que arranca con la frase que le da sentido a todo: “El primer paso en la lucha contra el cáncer es creer en la cura”.

Es @zapi el que me pone también sobre la pista de otra iniciativa enorme: la de los limpiacristales de un hospital infantil que se cuelgan del edificio con trajes de súper héroe. Veis la fotos [aquí]. Después de semejante despliegue de poderes, el vídeo musical no puede ser otro, aunque sea recurrente. Buenas noches. Mañana, si eso, viajamos un poco al pasado en la Vespa del tiempo y conocéis cosas de mi ciudad que los de las guías turísticas se callan. Tened cuidado ahí afuera.