69. La muerte siempre puede esperar

por Nacho Mirás Fole

Tengo tal empacho de hagiografías de Adolfo Suárez que temo que en cualquier momento aparezca una señora de Ávila atribuyéndole una curación milagrosa y arranque el imparable proceso de beatificación. Ni le quito ni le pongo méritos al difunto que pudo prometer y prometió y pudo dimitir y dimitió, a lo que hizo o a lo que dejó de hacer, pero la cobertura mediática del óbito, incluso la anticipación del óbito mismo, dan para una gran reflexión acerca de la sobreinformación y el exceso. Si se le pueden poner grados al luto, vaya por delante que me ha tocado más en lo hondo la muerte de Iñaki Azkuna, el alcalde de Bilbao, más que nada porque jugaba conmigo en la liga de la oncología y le llamaba al cáncer con sus seis letras. Me he hartado en los últimos días de escuchar tapadillos diferentes para referirse al Alzheimer de Suárez, incluidas la “larga enfermedad” y el “complicado proceso neurodegenerativo”; flaco favor para otros enfermos. ¿Seguro que a un tipo tan sencillo le gustaría semejante cobertura mediática? Menos es más.

Llevo cuatro días sin escribir y no falta incluso quien me riña. Hay que recordar que esto es un blog terapéutico en el que un enfermo de cáncer cuenta su batalla y la comparte con los demás. Pero no son unos deberes. Agradezco el interés y no sobra la mano de obra, pero el ritmo lo marcamos Casiano, yo y los acontecimientos.

En el capítulo anterior di cuenta del premio especial de la montaña que me llevo al conseguir que, después de treinta sesiones de radioterapia y otras cuarenta de química venenosa, el astrocitoma anaplásico grado III siga ausente. La posibilidad de que tengan que abrirme otra vez la cabeza no es menor. Y la recidiva es toda. Ahora se trata de complicarle las cosas al invasor hasta el punto de que se manifieste lo más tarde posible. Como la primera fase física y química ha ido bien, este martes vamos con la segunda.

Esta misma noche empezaré los ciclos con la Temozolomida, en dosis más altas, con la siguiente frecuencia: cinco días de drogas duras, 23 de descanso. Y así, en principio, seis meses. Yo pongo todo de mi parte para responder bien al tratamiento, pero también lo hago para que me toque la lotería y no me toca. Agradezco que me hagáis llegar novedades sobre los avances en oncología. Como la de los investigadores suecos del Instituto Karolinska, empeñados en cargarse al tumor cerebral más agresivo, el glioblastoma -mi Casiano es un glioma con aspiraciones a glioblastoma- con un matarratas que se llama Vacquinol-1.  O ese ensayo de la Clínica Universitaria de Navarra que apuesta por atacar los tumores con virus. Si algo tengo claro es que cada año que gano de vida es un año de investigación, en Suecia o en A Choupana.

Supongo que con la cantidad de cosas que me tengo que hacer mañana en el hospital llenaré el porrón de las historias para seguir informando en tiempo real de mis episodios sanitarios nacionales. Me voy a la cama después de una breve incursión navarra que improvisamos en familia y salió bien y os dejo un proverbio chino que me prestó hoy mi amigo César Casal, que es un tipo que escribe columnas medicinales que se leen sin receta: Nadie es demasiado mayor porque siempre puede vivir un año más; y nadie es demasiado joven porque podría morir esta noche.

No, yo no conocí personalmente a Adolfo Suárez. Pero lo más parecido que me tocó cubrir fue el entierro de Manuel Fraga Iribarne, una crónica que encabecé para La Voz de Galicia al más puro estilo Monterroso y coló. Así que me voy al archivo secreto de mi padre, lo busco y os lo pongo. Lo mejor de los entierros siempre es que no sean el tuyo. Buenas noches.

Fraga, puntual hasta en el adiós

Cientos de personas despidieron al expresidente de la Xunta en San Pedro de Perbres

Publicado en La Voz de Galicia el 18 de enero de 2012

Nacho Mirás. Perbes

Cuando el cardenal Rouco llegó a Perbes para enterrar a Fraga, Fraga ya estaba allí. La comitiva fúnebre que partió de Madrid poco antes de las diez de la mañana alcanzó el cementerio parroquial a las cinco menos veinte, con cinco minutos de adelanto sobre el horario previsto (16.45) en el protocolo. «Aí o tes: Xenio e figura», decía alguien entre dientes.

Colocados como un regimiento de cariátides sobre un muro de contención que tiene vistas directas al camposanto, cuarenta músicos de la Real Banda de Gaitas de la Deputación de Ourense recibieron al expresidente de la Xunta con el Himno do Antergo Reino de Galicia. En el plano inferior, dirigía la partitura Xosé Luis Foxo. Los nietos de Fraga sacaron el ataúd del abuelo del coche fúnebre, alguien colocó una bandera de Galicia sobre la caja y don Manuel entró en la pequeña iglesia dedicada a San Pedro pasando revista ante el respeto de la mayor concentración de políticos y autoridades que jamás haya llegado a Perbes: desde José María Aznar y su esposa, Ana Botella, a la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría; los ministros Alberto Ruiz Gallardón, Ana Mato y Ana Pastor; o los presidentes de Galicia, Castilla-La Mancha y Asturias, Alberto Núñez Feijoo, Dolores de Cospedal y Francisco Álvarez Cascos, respectivamente, entre otros.

El féretro llegó con la bandera gallega y se le añadió la española

El funeral de cuerpo presente, al que solo asistieron la familia y las principales autoridades por lo escaso del aforo, duró alrededor de una hora. Y por fin salió de nuevo el ataúd con los restos de Fraga, cubierto esta vez por dos banderas: la de Galicia y la de España. La segunda la trajeron con retraso, pero España llegó a tiempo. Cientos de personas se apretujaban en el exterior para despedir al político, al amigo, al vecino; a don Manuel. No se oía otro nombre.

Sobrecogía la imagen de una de las hijas de Fraga, Adriana, tocada por una mantilla negra mientras caminaba triste con un cirio blanco en la mano. Vibraron entonces los punteiros tumbales de la Real Banda con el Himno Galego. Y Rouco bendijo por última vez el féretro de Fraga, antes de que sus nietos auparan al padre de sus padres a la cuarta altura del panteón familiar, sobre los restos de la abuela Carmen, que murió en 1996. Allí descansa para siempre quien fuera presidente de Galicia durante dieciséis años, en un nicho forrado de granito negro, junto a la familia Dopico Díaz. «¡Viva Galicia! ¡Viva España!», gritó alguien. La respuesta fue más discreta de lo que cabría esperar. En el cementerio de Perbes olía a hierba recién cortada, a mar. Y aún se escuchó un último viva, salido de la garganta desgarrada de una mujer que seguía el entierro desde una finca alta: «¡Viva don Manuel!». «Eso iba a decir yo», se lamentaba un vecino que tampoco anduvo ligero en la despedida de quien hizo de la puntualidad una seña de identidad. Entre los muchos ramos que llegaron llamaba la atención uno, por lejano: el que envió el presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abbas.

«Se quiso despedir como un gallego más al lado de su casa y con su mujer»

Alberto Núñez Feijoo

«Nos hemos convertido todos en deudores de su obra, por eso hemos venido aquí »

Francisco Álvarez-Cascos

«Manuel Fraga foi un home que desparramou o seu gran corazón por España enteira»

Jesús Pérez Varela

El minuto musical va dedicado a los que suben la escalera -o la bajan- para no volver. Aunque esté en inglés, a mí me valdría para despedirme. Pero tranquilos, presidentes, no me esperen levantados, que tengo lío; ya iré llegando. The Parting Glass.