67. Acojone semestral. Hoy toca.

por Nacho Mirás Fole

Ya sé que voy a tener que acostumbrarme al acojone que me invadirá, de por vida, como hoy me invade, cada vez que me toque pasar por la resonancia magnética de control. Fue tan gráfico el radioterapeuta con aquello de que “en seis meses se le puede abrir una coliflor en el cerebro” que no puedo evitar pensar en que mi cabeza es una olla exprés con temporizador en la que se cocina el plato del día. Eso no quiere decir que me derrumbe, qué va, simplemente es inquietud, no vaya a ser que se me queme el menú y acabemos almorzando en el Burger King. Hoy estoy así, un poco como un flan sísmico con epicentro entre el estómago y los congojos. Ayer tocó resonancia y hasta que el doctor Allut le dé a mis neuronas la bendición urbi et orbi, el miedo es libre.

Antes de profundizar en los hechos magnéticos de ayer por la tarde, hagamos justicia. Me golpeo el pecho con la mano derecha por haber llamado radiólogos a los “especialistas en oncología radioterápica”. Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. A mí también me molesta cuando llegamos los periodistas a un sitio y nos llaman “paparazzi”. Asumo mi culpa, pero estaréis conmigo, doctores, en que, en general, en el terreno esdrújulo de la medicina, la física y la química la comunicación con el mundo exterior es mejorable. Hace tiempo que los de Periodismo impartimos en Derecho una asignatura que se llama “Técnicas de comunicación oral y escrita aplicadas al Derecho”. ¿Nos ponemos con unas técnicas de comunicación oral y escrita aplicadas a la Medicina? Señores decanos, pueden darle una vuelta; la humanidad que no habla esperanto se lo agradecería. Pacientes, familiares…

Ahí va un ejemplo de mi propio informe del servicio de radioterapia, al que adoro aunque en sus despachos se hable marciano reintegrado: “En el polo anteroinferior del lóbulo temporal derecho se observa engrosamiento de la corteza cerebral que en secuencias T2 y Flair tiene un comportamiento discretamente hiperintenso y es isointenso en secuencia T1“. Si ya sabía yo que el T2 y el Flair estaban en la pomada… Que el índice de proliferación de mi astrocitoma anaplásico grado III es alto lo entiendo sin diccionario.

Hoy escribo desde el Tosta e Tostiña de la Avenida de A Coruña, uno de esos sitios en los que, si te dejas llevar, te quedas a vivir y acabas apagando la luz. Voy pues con lo de ayer. Después de la sesión de despachos de la mañana tuve que guardar ayuno las seis horas siguientes. Como nadie te explica los motivos supongo que es una medida cautelar para que no acabes echando la pastilla en el Magnetom Siemens. No he comentado la sensación de respeto que volví a sentir al cruzar de nuevo, después de tantos días de relax, la puerta principal del Hospital Clínico Universtiario de Santiago. Con tanto apoyo y estando de una pieza es fácil que te olvides de que tienes cáncer. Pero él no se olvida de ti, el muy hijo de puta. De eso se trata, de convivir para sobrevivir.

Agradecí mucho que otros usuarios avanzados de la sanidad pública se me acercasen para saludar. Como Virginia Rodríguez, una colombostelana (nació en Colombia pero lleva 18 años en Santiago), que me dio unos besos terapéuticos y me confesó que no se va tranquila a la cama hasta que no doy señales de vida en el blog. Con tanta compañía vamos a acabar haciendo una fiesta de pijamas en el multiusos Fontes de Sar, ya veréis. Gracias por tu cariño y por el de tantos que se manifiestan justo cuando hace falta.

De nuevo penetré a las seis de la tarde en las entrañas de esa ballena alemana que es el Magnetom de Siemens en posición decúbito supino. Por cierto, después de las treinta sesiones de radioterapia en la Primus, también de Siemens, y de varias resonancias magnéticas y otras putadas en otros tantos aparatos de la marca, si me quieren llevar a Alemania para conocer sus instalaciones ¡iré encantado! Ustedes me prolongan la vida y me lavan los platos en casa, no sería malo que intimáramos más.

El caso es que Moby Dick me tragó, me administró su sesión de música trance y me regurgitó como a una sobra con camisón de usar y tirar. Y de esa coreografía sexual salió la imagen que en breve comentaremos en el despacho de uno de los hombres de mi vida. Los neurocirujanos Alfredo García Allut y Ángel Prieto han metido sus manos en lugares nunca antes explorados, son ya de casa. Cuando me extirparon un trozo del lóbulo temporal derecho del cerebro con su tumor maligno dentro decidí bautizar al solar que dejaron como “plaza de los doctores Prieto y Allut. O Allut y Prieto (no creo que el orden de los factores altere el producto). Recordad que hay muchos descerebrados por ahí, pero yo soy un descerebrado con papeles y una plaza dedicada en medio del tarro. Si hoy me confirman que el solar está saneado, igual me dejo una pasta en marisco.

No me marcho sin recuperar un texto sanitario de esos que me hacen volver a los tiempos cercanos en los que contaba las historias de los demás y no la mía propia. Nos subimos a la Vespa del tiempo acompañados por mi compañero y amigo Joel Gómez para presenciar el desalojo del Hospital Real de Santiago -hoy Hostal de los Reyes Católicos- el 31 de agosto de 1953. Poneos cómodos, que veréis cosas que no creeríais. Al final, el minuto musical. Gracias, y me repito, porque con vuestro apoyo estáis consiguiendo que viva el mejor peor momento de mi vida.

Desahucio en el Hospital Real

La Voz de Galicia, 1 de julio de 2013

Nacho Mirás / Joel Gómez. Santiago

Lunes, 31 de agosto de 1953. Llevan semanas trasladando a todo el mundo al nuevo hospital de Galeras. Es el no va más, dicen. Me he ido escaqueando, pero el doctor Puente Domínguez, hijo del doctor Puente Castro, me dio ayer un ultimátum: «Amigo, hay que irse, que aquí ya no pintamos nada». Es buena gente don José Luis.

El edificio tiene eco. Se han llevado los muebles, las camas, a los enfermos… Quedamos el gato y yo. «¡Mueva eso con cuidado y cárguelo en el camión de la Diputación, merluzo!». Mientras el decano de Medicina, Pedro Pena, manda y ordena, me voy a dar una última vuelta. Franco ha decidido que esto va a ser un hotelazo, el mejor de Europa, y ese no se anda con chiquitas.

Encima de una caja de vendas hay un ejemplar de La Noche de anteayer. «Para el año santo tendremos el mejor parador de Europa», dice en portada. Leo que unos 2.000 obreros, «en ocho meses de trabajo intensivo» convertirán el Hospital Real en la Hospedería del Peregrino. ¿Hospedería? No lo veo. ¿No sería mejor algo más potente, como Hostal de los Reyes Católicos? ¡No la cague en el nombre, generalísimo!

Me pierdo por el edificio, que aún huele a cataplasma y a cloroformo. Un morbo insano me hace ir primero a la morgue, donde todas las plazas están vacantes. Tendría su gracia hacer aquí un restaurante y llamarlo Restaurante dos Reis. Me parto.

Me puede la sangre. No me pregunten cómo, acabo en la sala de autopsias. ¡La de gente que ha entrado aquí de una pieza y ha salido desmontada! Qué ideas se me ocurren: estaba pensando en abrir en este sitio otro restaurante y llamarlo, por ejemplo… Restaurante Enxebre; soy un adelantado a mi tiempo. Mejor vuelvo con los vivos, que tengo palpitaciones. Me planto en el vestíbulo. A la izquierda esta la enfermería de San José, pero hasta el siglo XIX esto era la peregrinería de hombres. Aquí siempre han convivido muy bien la sanidad, la beneficencia y la peregrinación. Voy hacia el refectorio de peregrinos. ¿Y si pusieran ahí una cafetería con sus camareros con chaquetilla? Valeeee, solo era una sugerencia.

Detrás del refectorio ya han desmantelado la cocina de los peregrinos. Apuesto a que con la reforma se cargan la lareira. Y ya no hay nada tampoco ni en la botica ni en la rebotica. Qué bien le quedaría llamar a esta zona Salón San Marcos y darle glamour. Lástima de huerta, con sus casi doscientas plantas medicinales: saúco, malvas, artemisas, adormideras…

Estoy pensando que allá, en la enfermería de Santa Ana, pondría un comedor potente. Ya está: El Salón Real. ¡Viva el Rey! (si me oyen, me destierran a Fuerteventura). Evito pasar por lo que fue hasta 1846 la inclusa, conectada a la plaza de España por una pequeña puerta. Me perturba pensar en la cantidad de madres que han dejado ahí una parte de sus vidas y de sus entrañas. Podrían poner una sala de lectura, por ejemplo, para meditar. En el paritorio, subiendo las escaleras de Belén, ya no llora nadie. Me ha dicho Puente que el último niño nació hace unos meses. Yo ahí dividiría y haría habitaciones. Hay dos inscripciones que me dan repelús: El Observatorio de Agonizados y el Depósito de Sanguijuelas. La acústica del observatorio es increíble. Si un día lo descubre Andrés Segovia seguro que querrá venir aquí a tocar la guitarra. Tengo la corazonada de que mis propuestas serán oídas.

-¿Todavía por ahí, hombre de Dios? ¡Hay que irse!

-Estaba buscando la salida y me he liado, don José Luis. Que pase un buen día. Y perdone.

José Peña, pediatra: “Había mucha prisa por hacer el parador”

Los niños fueron los primeros en ser trasladados desde el Hospital Real al nuevo de la rúa Galeras, entonces conocido como Residencia de la Seguridad Social, sostiene José Peña, quien ya ejercía como pediatra del centro: «Recuerdo que fue en verano. Vino un camión de la Diputación, que transportaba todo, e hice mucha amistad con el chófer. Fuimos incluso juntos algún día festivo a la playa, porque estábamos en la misma pensión. Había mucha prisa para construir el parador: la obra del Hostal se hizo con 3 turnos de trabajo, las 24 horas, para acelerarla y que estuviese dispuesto en el Año Santo para acoger peregrinos», afirma. Peña había acabado Medicina en 1950. Entonces no había especialidades como ahora. La carrera duraba siete años y finalizaba con un curso rotatorio con prácticas en varios departamentos. «Estaba el catedrático Suárez Perdiguero al frente de la pediatría y acordamos que yo siguiese con él», afirma. Peña elaboró un trabajo sobre aquella etapa, presentado en el último congreso de la Sociedad Española de Pediatría y editado este mes por la entidad científica. Este texto memora la transformación que experimentó la asistencia pediátrica en los últimos años del Hospital Real, donde los pacientes procedían del llamado padrón de beneficencia, la Diputación pagaba su alimentación y el Ministerio de Educación su medicación. Suárez Perdiguero logró dinero para cambiar el viejo piso de madera; separó enfermos contagiosos del resto; amplió habitaciones y creó nuevos servicios como el área de radiología pediátrica. De sus colegas de entonces, cita como otro aún vivo «al doctor Gallego».

Vamos con la música. Bowie me acompaña en el iPhone cada vez que tengo que meterme en un aparato. Tócala otra vez, Sam. Podemos ser héroes, aunque solo sea por un día.