66. Viaje en torno de mi cráneo y otros. Rock duro.

por Nacho Mirás Fole

Ya me perdonarán mañana en el colegio, pero hay una explicación para que los niños lleguen a clase oliendo a empanada. El pequeño tosía algo y, en una combinación maestra entre la química industrial del Flutox y la medicina del supermercado, hemos dejado en la habitación una cebolla cortada a trozos; pocas cosas resultan mejor contra la tos rebelde. El único efecto secundario es el olor, que no se va aunque te duches con Mistol.

Acabo de llegar de una partida memorable de futbolín terapéutico en nuestro Wembley particular que es el Volga y tengo que acostarme enseguida, que mañana me conectan de nuevo a la máquina de la verdad para hacerle a Casiano unas fotos de carné. No puedo olvidarme de una cosa todavía más importante: “Papá -me dijo Ane- mañana no te puedes levantar antes que nosotros”. Tengo pues que hacer como que no sé que me van a traer el desayuno a la cama para celebrar que soy su padre. Y cada año, desde que me hicieran el primer dibujo con lentejas, lo gozo igual que si me dieran el premio Ortega y Gasset en pijama. Mis hijos son los mejores personajes de mis mejores obras incompletas.

Ayer, en uno de esos paseos que me están dejando las suelas para recauchutar, di en la calle Alfredo Brañas de Santiago con mi amigo Henrique Alvarellos, hoy editor y en otro tiempo compañero de prácticas periodísticas en los veranos interminables de La Voz de Galicia.

-¿Conoces el “Viaje en torno de mi cráneo” de Frigyes Karinthy?

-Ni idea.

-Karinthy, que era un afamado novelista y periodista húngaro, se diagnosticó a sí mismo un tumor cerebral en 1936. Y decidió contarlo en un libro, algo parecido a lo que estás haciendo tú.

Lo bueno de tener amigos editores es que incluso cuando te los tropiezas en la calle te amplían la bibliografía y acabas alquilando una furgoneta para ir a Ikea a buscar más estanterías Billy. No tenía ni idea de Karinthy y mucho menos de su tumor público. Pero me he mirado la reseña que hacen en el blog El niño vampiro lee, y a la que llegáis aquí, y ya estoy entusiasmado con tener un hermano húngaro de enfermedad y terapia. “El proceso de su ingreso e intervención, que constituyen el eje de esta obra, se convirtieron en asunto de interés nacional, seguido minuto a minuto por la prensa”, cuenta El niño vampiro. Casi os ahorro el bajón de saber que Karinthy palmó dos años después de que lo operaran. Olvidad esta frase. Claro que eso fue en el 36; algo habrá avanzado la medicina, Frigyes, ya siento que no nacieras más tarde. Lo bien que nos lo pasaríamos leyéndonos las enfermedades el uno al otro.

Me gustó eso que escribiste, querido hermano de cáncer, de “tengo un tumor muy bien desarrollado para usted, querido doctor, si le interesa… Se trata de un ejemplar magnífico, digno de un especalista y coleccionista como usted. Se lo dejaría a muy buen precio”. A mí me da la risa al pensar que el mío lo guardan en un congelador de la Seguridad Social junto a las croquetas de la madre de un técnico de laboratorio. Gracias, Alvarellos, por encontrar a mi sosias de 1936 y regalarme un billete a su cráneo.

Para completar este día del padre (aunque nos hagamos los tontos porque los niños nos traen el desayuno a la cama, todos sabemos que San José usurpa un esfuerzo que le corresponde al Espíritu Santo), hoy me han entrevistado en la Cope Santiago y he compartido almuerzo y tertulia con los residentes del colegio mayor La Estila. Ya he dicho que, mientras no me cueste dinero, voy allá a donde me llamen. Al menos mientras siga en vertical. Por si no era bastante, el Diario de Morón, que es una publicación comarcal de Morón de la Frontera, va y me dedica un artículo de opinión firmado por Marcos Martínez (@gallo_moron) con tanto corazón que solo se me ocurre agradecérselo plantándome en Morón a la que tenga ocasión.

Antes de pasar por delante de la habitación donde duermen mis hijos encebollados voy a dejar para la hemeroteca dos crónicas musicales, un género que de vez en cuando me gusta cultivar. La primera, dedicada a mi primo Carlos Mirás -que me inició en la música del mal en su piso de la calle Cataluña de Vigo- nos lleva al concierto que dio Barón Rojo en Cambre el 14 de agosto del 2010. Y la segunda también a Cambre, dos años después, pero esta vez ante otra banda de culto: Status Quo. Yo estaba allí. Y debajo de cada relato, su correspondiente minuto musical. Descansad, que mi cráneo y yo tenemos que pensar mucho todavía en la instantánea magnética que nos van a hacer mañana en el fotomatón 3T de la Seguridad Social. El rock también va por ti, Karinthy. Si no acabamos con los tumores, al menos que bailen.

Los rockeros, antes de ir al infierno van a Cambre

La Voz de Galicia, 15 de agosto de 2010

Nacho Mirás

«Se oye comentar a las gentes del lugar: los rockeros no son buenos…». La letra del clásico Los rockeros van al infierno, de Barón Rojo, es casi un himno para los que gastan melena o la tuvieron un día; para las muñequeras con pinchos, las camisetas negras y los pantalones pitillos adornados con cadenas y abundante ferretería. Buenos o no, el caso es que son fieles, para toda la vida. Los roqueros nunca mueren, no; si acaso, envejecen por fuera. Sobre 5.000 personas había -según la Policía Local- en el concierto que la otra noche subió de nuevo a un escenario a Barón Rojo, letras mayúsculas del rock duro cantado en español, en una nueva convocatoria del Rock in Cambre.

Los que llegaron a las nueve y media, con día, tuvieron que esperar. Mucha camiseta de Iron Maiden, de Motörhead, de Ramones, de AC/DC… Cuarentones con melena, cincuentones con el descampado que dejó la melena, seguidores fieles de la causa roquera… Y gente también muy joven, iniciada en el heavy metal por sus hermanos mayores, por sus primos, por sus padres.

El público y el cartel contrastaban con una joya del románico como es la iglesia de Santa María de Cambre; y uno no podía dejar de imaginarse al párroco local empuñando el hisopo para excomulgar jevirulos pecadores en el nombre de Dios. Mucha nevera de playa con refrigerio, mucho calimocho en garrafa de cinco litros, humos de controvertidas hierbas… Ambiente del bueno.

A las 21.40 arrancaron los primeros de la noche, Display of Power. «¡Venga esas melenas!», reclamaba el cantante desde el escenario, todavía con la camiseta puesta. Y venga punteos, venga percusión, venga voces del averno. «¡We are the fuckin’ kings of metal!», reza el eslogan de este grupo, que no es, ni más ni menos, que un tributo a la legendaria banda de Texas, Pantera. Música dura y potente en Cambre, demasiado quizás para algún matrimonio que llegó al recinto confiado en echarse un agarrado, perdidos como María Ostiz en un concierto de Metallica. Los Display lo dieron todo y le dieron tiempo al sol para meterse. «¡A ver esos cuernos!», pedía el cantante. Y sobre las cabezas melenudas o descampadas aparecía de repente un mar de peinetas hechas con dedos índices y meñiques.

El heavy de toda la vida baila mucho, pero, sobre todo, con la cabeza; de ahí la importancia de la pelambrera. Quienes tuvieron y ya no, hacían lo que podían.

A las 22.40 salió al escenario Oath, todos menos uno con generosas cabelleras. El cantante es uno de esos tipos capaces de cambiar del grave al agudo como si la cremallera le hubiera pillado los escrotos. Los Oath y su público son, sin duda, auténticos obreros del metal. «Non dou maniobrado coa silla, macho», decía un padre cuarentón intentando colar entre el público a su hijo de poco más de un año, incrustado en una McLaren.

Por fin, Barón Rojo apareció -resucitó, decían algunos- a las 23.42 a la derecha de Santa María de Cambre. Arrancaron con Concierto para ellos, en cuya letra se cita a roqueros que palmaron en la tierra, pero que viven para la eternidad: «Las campanas doblan por Bon Scott, por Janis, Lennon, Allman, Hendrix, Bolan, Bonham, Brian y Moon». Todos muertos; todos vivos. Uno no podía dejar de mirar a la iglesia: ¿Y si, de repente, las campanas doblaran, ellas solas, por el finado vocalista de AC/DC? Eso no ocurrió -por suerte para el cura-, pero, a partir de este primer tema, ya no dejaron de atacar clásicos para delirio de sus seguidores. No faltó quien sacó a relucir, con cincuenta y tantos tacos en el cuerpo -los roqueros no cumplen años, cumplen tacos-, la camiseta relavada que desde hace 30 años guarda en el cajón de un armario como una reliquia de juventud.

Después fue Incomunicación, luego Chicos del rock, Larga vida al rock & roll… El tiempo sí que pasa por Barón Rojo, pero también los Stones están rozando el pensionismo y no han dejado de ser dioses. Barón Rojo mantiene el tipo en el escenario treinta años después con mucha dignidad. Los que no los vieron el viernes por la noche en Cambre tienen una segunda oportunidad hoy, a las 23.30, en la plaza mayor de Viveiro. Larga vida al rock and roll.

Status Quo, eméritos por la University of Cambre

La Voz de Galicia, 13 de agosto de 2012.

Nacho Mirás. Cambre.

El número 50 que ilustraba el bombo de Matt Letley estaba lejos de ser un límite de velocidad. Letley tomaba teta cuando unos adolescentes del instituto de Sedgehill empezaron a hacer ruido en The Spectres, el embrión de Status Quo. La pasada madrugada, en el Brincadeira Rock in Cambre Festival, la batería de Matt percutía, como un corazón trasplantado, los acordes potentes y afinados de Francis Rossi, Rick Parfitt, Andy Bown y John Edwards. Fue salir al escenario a las doce y diez, británicos y puntuales, y cesar los chistes fáciles del tipo: «¡Pero si estos ya eran viejos cuando empezaron!».

La banda pasó del punto muerto a la sexta en medio segundo para impartir una lección musical magistral digna de la University of Cambre. Parfitt (1948) anticipó ese plato de rock puro que es Caroline. Sin descanso, rebotó contra la tapia del cementerio Something ‘bout you baby I like. Justo después, Rossi (1949), el abuelo rockero y elegante que cualquiera querría tener, se quitó el chaleco y dejó claro que lo de cortarse la coleta fue solo en sentido literal. Sin piedad, la cuadrilla de obreros del metal sulfató las leiras de Cambre con What you’re proposing y ese patapatapán, patapatapán locomotorizado que mueve los vagones de este tren de mercancías. Había que ver la boca de Francis, marcando con la lengua cada punteo y cada distorsión como si su guitarra fuese un instrumento de viento.

El público se dejaba llevar ante el derroche de potencia, saber estar y saber tocar que demostraron sobre el escenario del Brincadeira los Status Quo. Conversación (en inglés), la justa; música, toda.

Andy Bown (1946) dejó los teclados para soplar la armónica y también para amarrarse a un mástil, y, a la una de la madrugada, llegaba otro hit: In the Army now, con un estribillo que el público reunido en Cambre se traía aprendido de casa.

A Francis lo dejaron solo ante el peligro para anticipar Down down, que es una canción con la que dan ganas hacer el Camino de Santiago a los mandos de un camión. La apoteosis, para los que todavía no la habían experimentado -ya pocos-, llegó con Whatever you want a la 1.18. Y por fin, después de un bombardeo masivo a orillas del río Mero, donde no se emplearon más armas químicas que los cubatas y la cerveza, los músicos simularon una huida de fogueo a la 1.28 con la evidente voluntad de regresar.

El bis fue uno solo pero sonó como si fuera uno y trino: Bye, bye Johnny, con una brutal distorsión metálica final que, seguramente, habrá afectado al desarrollo futuro de las cosechas de la zona. Después de repartir púas, los ingleses se despidieron a la 1.35 dejando un imborrable recuerdo.