65. Resiliencia

por Nacho Mirás Fole

Después de casi seis meses pegando barrigazos en esta guerra de Gila contra el cáncer en la que vivo instalado, donde al enemigo lo llamamos por teléfono para saber cuándo piensa atacar, los psicólogos que se me aparecen por escrito o se manifiestan en persona se empeñan en destacar de mi actitud ante la enfermedad una circunstancia que, hasta hace unos días, ni sabía que tenía: la resiliencia. Vamos al diccionario de la Real Academia de la Lengua Española. La resiliencia es, en su acepción primera, la capacidad humana de asumir con flexibilidad situaciones límite y sobreponerse a ellas. Y, en la segunda, la capacidad de un material elástico para absorber y almacenar energía de deformación. Pero es que en psicología, además, explican que de experiencias traumáticas como la mía se puede salir reforzado. Pues entonces sí, queridos expertos: soy resiliente hasta los tuétanos o, por lo menos, estoy en ello.

Arranco, de todas maneras, la última semana de vacaciones terapéuticas con un hormigueo en el estómago que tiene más de una explicación. La sanitaria es que, en dos días, me meterán de nuevo en ese sarcófago magnético que es la resonancia 3T, la vanguardia de la prueba diagnóstica por imagen. Será el 19 de marzo, día del padre. Otra vez me entrará en la cabeza un señor con pijama blanco sin tener que usar el abrelatas. El radiólogo se paseará por el solar del que arrancaron mi tumor en el lóbulo temporal derecho del cerebro para echar un vistazo como un paseante virtual en Second Life. El terreno debería estar limpio y sin zarzas, pelado, saneado. Pero si no fuera así, con que únicamente hubiera empezado a aflorar el brote de un grelo microscópico, tendríamos, Houston, un problema gordo. Mi astrocitoma anaplásico grado III, ahora ausente, es un tumor de crecimiento rápido, como las lentejas que plantan mis hijos en una fiambrera para que hagan la fotosíntesis en la ventana de la cocina. La mínima reaparición de una espora de Casiano requeriría la intervención inmediata de la fuerza pública: cirugía de precisión otra vez, anestesia, motosierra, unidad de críticos… el lote completo. Según he sabido, los craneotomizados solemos reincidir. Ojalá yo sea la excepción, pero prefiero mantener los pies en el suelo como he venido haciendo. En la salud, como en el amor, escojo la certeza mala a las posibilidades infinitas de la incertidumbre. Comprenderéis que sienta miedo a que treinta sesiones de radioterapia y otras cuarenta de quimio no hayan sido suficientes para aplacar a la bestia casiana que me aflora en las entrañas. Así que perdonad si estoy un poco más nervioso que de costumbre; se me pasará.

Supongo que lo peor será la espera entre la resonancia y el veredicto del neurocirujano. Porque ya sabéis que los radiólogos no te cuentan nada a pie de obra así descubran que tienes la cabeza hueca o infestada de nécoras. El protocolo es el protocolo, así que de las noticias, buenas o malas, se encarga el periodismo científico de los neurocirujanos. Pórtense, doctores, y no me intoxiquen el día del padre más de lo necesario, que tengo que estar a tope para corresponder en besos y alegría a esos dos fans enanos que tengo por hijos. El pequeño, que tiene tres años, me llamó ayer por teléfono para preguntarme: “¿Dónde está la cueva de los cuarenta ladrones, papá?”

He vuelto de Barcelona con tantos sentimientos acumulados que creí que los de Ryanair me iban a obligar a facturarlos. Por cierto ¿os habéis fijado en la cantidad de ropa que llevan puestos los pasajeros de Ryanair? Se nota a leguas que se lo ponen todo para descargar la maleta y no tener que pasar por caja.  O eso o están sobrealimentados. En cualquier momento empezarán a comprobar las capas de forro y ya veréis la de sujetadores, camisetas y calzoncillos que empiezan a requisar en la puerta de embarque. Por cierto, felicidades a los irlandeses, incluido el presidente de la aerolínea, Michael O’Leary, en el día de su patrón, San Patricio, que fue un tipo que supo librar a Irlanda de las serpientes.

Voy acabando antes del revival periodístico del día. Varias personas me preguntan si predico en foros públicos. Y siempre respondo lo mismo: mientras no me cueste pasta y mientras siga en vertical, contad conmigo para todo lo que sirva de ayuda a otros en situaciones semejantes.

Y va un reportaje de agosto de 2012 dedicado a la gente del mar, que también tiene que aguantar las hostias en tierra. Yo respeto mucho todos los oficios y las funciones de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado. Pero no estaría de más que algunos se pusieran el traje de marinero, aunque solo sea una vez, para darse cuenta de la desproporción de algunos porrazos. Y digo algunos, que buenos profesionales los hay hasta en el Gobierno. Al final, el minuto musical del día. Feliz Saint Patrick’s Day. Pensad en verde.

Héroes de Sal en el mar de Arousa

A bordo del pesquero de bajura Vendaval

La Voz de Galicia, 25 de agosto de 2012

Nacho Mirás. O Grove.

Cinco y media de la madrugada. El mar todavía no está puesto en la ría de Arousa,que parece una gigantesca explanada de asfalto. Es un trabajo duro, pero alguien tiene que hacerlo. El programa de turismo marinero Pescanatur, promovido por las cofradías de pescadores San Martiño de O Grove, San Telmo de Pontevedra y San Xosé de Cangas, permite ponerse en la piel de un marinero por 40 euros por persona. Es una de las propuestas de ocio más instructivas en las que uno pueda invertir, una manera de aprender a valorar el esfuerzo nunca bien reconocido de las mujeres y los hombres del mar.

Vamos a las órdenes de Paco Iglesias, patrón del Vendaval, un pesquero tipo racú de enérgico nombre, costillaje de carballo y topes de pino blanco con algo más de trece metros de eslora total. La tripulación la completan el grovense José Lorenzo, de 54 años; el marroquí Mohamed,de 34; y el peruano Mario Mariano Laines, de 61. Como mirones vamos otros cuatro: Rosa,de Barcelona; Julián y su hijo Jacobo, de 12 años, vigueses residentes en Madrid; y el único que acabará abonando el mar con su desayuno pese a ir puesto hasta arriba de Biodramina:un servidor.

«Pescadilla, faneca, xarda… o que caia», explica Paco sobre el fondo sonoro del motor diésel. Navegamos con la luz de proa apagada. Pero la noche no nos confunde porque los dos radares de a bordo saben bien que no todas las bateas son pardas. Hay vientos del suroeste de fuerza 4-5; esto se va a mover.

El Vendaval va equipado con betas, un arte de pesca de enmalle de un solo paño. La red, de dos kilómetros y medio de largo por tres de ancho, va al fondo y levanta en el mar de Arousa un muro de la muerte. Hay que largarlo antes de que salga el sol y el mundo submarino se encienda. «El precio del pescado es como la prima de riesgo, un día sube, otro baja, pero sobre todo baja», dice Paco mientras gobierna el timón.

El patrón hace unos comentarios sobre la situación económica llenos de realidad y sentido común, fruto de la experiencia de un trabajador que, en un día bueno, puede arrancarle al mar, como mucho, doscientos kilos de pescado; hoy no será ese día. Según avance la jornada, el mar se irá cabreando con los que se empeñan en peinarlo y apenas dejará escapar una limosna a la superficie.

Al bordear la Illa da Rúa, el patrón recuerda que, en este punto, su padre siempre le contaba la historia de Cananca, el farero que vivía allí durante la Guerra Civil obsesionado con que se le colase un submarino en la ría. El cielo avisa de la que se nos viene encima. Los marineros sueltan los 2.500 metros de red hasta que Lorenzo grita: «¡Boia na auga!». Son las siete. Dejamos que los peces caigan en la trampa fondeados durante un par de horas en Punta Cabalo, en la Illa de Arousa. Y se nos echa encima la claridad, con la embarcación junto a una batea.

Hablamos de las cantadas de Valdés en el partido del jueves; de la intensa vida de Mario, ex instructor de paracaidistas en el Ejército de Perú, que tiene dos sueños que cumplir antes de volver a los Andes: «Conocer París y el Vaticano»; reflexionamos sobre el futuro borroso de Mohamed: «Cobramos por semana en función de las capturas —explica—; en las dos últimas he sacado poco más de veinte euros». Con el kilo de pescadilla a setenta céntimos en lonja, el premio al esfuerzo es una venganza.

Las horas siguientes, la tripulación se empleará a fondo para recuperar el aparejo, que sube escasísimo de vida. Una manada de delfines nos baila el agua por estribor. Y el mar y la lluvia se ponen de acuerdo para regarnos por aspersión. Pero los marineros le plantan cara y le juran que el lunes volverán a intentarlo, Dios mediante.

Como buen zurdo, un clásico de Tahúres Zurdos. Yo también pienso tocar hasta que mis dedos sangren.  Y no me perderé en las palabras corrompidas por el uso. Besos.