64. Regreso a 1992 por mil pesetas

por Nacho Mirás Fole

Podría ponerme intenso y decir, por ejemplo, que de todos los libros que leí en la carrera, entre 1989 y 1994, los que más me marcaron fueron cualquiera de los títulos del maestro Ryszard Kapuściński que todavía siguen en las bibliografías; las crónicas noveladas de Truman Capote en A Sangre Fría; o incluso las obras maestras de Hemingway, que también era un gran contador de realidades recreadas. Pero no, ni Ryszard, ni Ernest ni Truman, que me tocaron mucho, fueron capaces de taladrarme en la memoria tal cantidad de frases como labró en mi vida de estudiante en la Barcelona anterior a los Juegos Olímpicos del 92 una de las obras cumbre del periodismo de ficción: Sin noticias de Gurb, de Eduardo Mendoza. Mendoza, que es un cachondo mental, hacía aterrizar a su extraterrestre Gurb -antes de que se transformase en el ser humano conocido como Marta Sánchez- en el campus de la Universitat Autònoma (UAB), ¡mi universidad! Y ahí me enganchó en lo profundo. Igual tuvo también algo que ver lo de Marta Sánchez, a quien tantas novenas solitarias dediqué cuando posó en pelotas en el Interviú para desatascar a la adolescencia masculina española, para alegrar a sus padres y sorprender a sus madres; el subsconsciente, ya lo sabéis, que juega sucio.

El caso es que el marciano aterrizaba en un planeta raro como el nuestro, lleno de gente que hace cosas que no sabe explicar y que vive vidas surrealistas, y tardaba bien poco en darse cuenta de que la humanidad es el eslabón perdido entre el caos original y el punto final. Copio ahora de la Wikipedia: “El autor convierte a la ciudad [Barcelona] absurda y cotidiana en el escenario de una carnavalada que revela el verdadero rostro del ser humano urbano actual y la acelerada conciencia artística del escritor”. Completamente de acuerdo.

No sé por qué extraña conjunción, esta mañana me desperté en la esquina entre el Passeig de Gràcia y el Carrer de València, donde me refugio, con la ausencia de noticias de Gurb en la cabeza. Y como mi compañero de piso dormía y ante el riesgo de mutar en el ser humano conocido como Marta Sánchez, ya un poco fuera de punto, me puse en marcha con un objetivo claro: llevar de paseo a mi astrocitoma anaplásico o las células que de él puedan quedar, a mi Casiano invasor, al campus en el que aterricé, como un marciano de la provincia de Pontevedra, un día de septiembre de 1989; el lugar que abandoné para siempre hará pronto veinte años.

Así que me fui a paso ligero a la estación de los ferrocatas (la forma abreviada y popular de referirse a los Ferrocarrils de la Generalitat de Catalunya, que es una pequeña Renfe patria) me subí al S2 con dirección a Sabadell y me dejé guiar, como Gurb en la nave espacial, hasta el campus de Bellaterra. Y aterricé.

Ha sido una gran experiencia, quitando que Gardel no tenía criterio cuando cantaba que veinte años no es nada. En lo de “que es un soplo la vida” sí que estamos de acuerdo, Carlitos. He vuelto por unas horas a los escenarios en los que perdí los dientes de leche, gané un montón de amigos, un idioma en el que incluso sueño, una formación con la que alimento a mi familia y, en definitiva, cinco de los mejores años de mi vida, por dentro y por fuera.

Tanto me pudo la nostalgia que, después de atravesar la facultad y echar de menos a Xosé, el Kioskiero, caminé hasta la Vila Universitària, que tuve el privilegio de estrenar con otros compañeros en 1992. En realidad, quienes probaron primero los colchones fueron los polis que vinieron para reforzar la seguridad de los Juegos Olímpicos. Y después ya entramos nosotros, a saco.

Ya puesto, busqué los dos pisos en los que viví: el B005 y el G308. Me emocionó ver que, veinte años después, todavía resisten, debajo del hueco de las escaleras traseras del bloque, las manchas de aceite que derramaba mi Vespino antes de que en un taller de Cerdanyola del Vallés me lo retificasen con el motor de una Derbi Variant. ¡Uy! Si acabo de meter la pata… Sí, mamá y papá, yo tenía un Vespino en Barcelona. ¿Os acordáis de aquella moto que le compré a Pablo Camiña para usar en los veranos y que después, cuando empezaba el curso y volvía a Cataluña, “guardaba” en el garaje de Alfonso? Pues no es cierto. Lo que en realidad hacía era facturar el ciclomotor por Transportes Ochoa y recogerlo en un polígono industrial de Barcelona. Nunca os lo dije porque eso de que el corazón no siente si los ojos no ven no es del todo mentira. No diréis que no os ahorré disgustos. La gasolina no tenía los precios de ahora, claro. Pero lo que no tenía precio era la libertad.

Fui el puto amo del campus con mi Vespino azul y blanco. La chavalada del Barça me rajó el asiento en Cerdanyola pensando que era una moto del Español cuando, en realidad, el uniforme blanquiazul del bastidor era el reflejo del celtismo vigués de su dueño anterior. La violencia, lo mismo que la ignorancia, suele ser atrevida. Incluso daltónica. La de kilómetros que le metí, solo o en compañía de otros, a aquella bicicleta de gasolina que acabó, amortizados sus servicios, en una finca de Vilasobroso, cerca de Ponteareas.

Los que hoy residen en la Vila, claro, solo ven suciedad donde yo leo el pasado. El futuro todavía se me resiste. Pero el momento álgido de la mañana llegó cuando, parado delante del G308, nostálgico y emocionado, se abrió la puerta y salió un chaval pelirrojo.

-Ah, disculpa, es que yo viví aquí hace más de veinte años, no pretendía asustarte.

-¿De verdad? ¡Encantado de saludar a un veterano! Un placer.

El estudiante me estrechó la mano justo antes de confesarme que desde la dirección les acababan de dar un ultimátum de desalojo:

-¿Y eso? ¿No podéis pagar?

-Se ve que nos hemos pasado con las fiestas.

-¿Qué tal se conservan los pisos? Tienen 22 años…

-Bueno, más o menos; les damos mucho tute.

-Pues anda que nosotros…

Menudo marrón lo del desahucio.

El pelirrojo cerró la puerta y divisé a la derecha el colchón que yo ocupé en una vida anterior. Me marché satisfecho con la risa puesta pensando en lo complicado que lo tendría Gil Grissom para extraer y clasificar semejante cantidad de ADN y de pelo púbico acumulado durante tanto tiempo en semejante sala de fiestas.

No pasé ni dos horas entre la Vila y el campus. Pero durante esos 120 minutos volví a tener flequillo, guardapolvos y salud. Y solo por eso doy por bien empleados los seis euros que, entre la ida y la vuelta, me gasté en la nave espacial con la que la Generalitat de Catalunya me llevó al pasado en calidad de observador.

Ahí van esas fotos y unos minutos musicales de la época, uno de aquellos temazos que nos pinchaban en el Impacto de Cerdanyola, junto a los cines Kursaal. El vídeo de Los Especialistas, con Cúbrele, es de 1991 y lo copresenta el ser humano conocido como Ana Obregón, otra diosa de la neumática. Mañana volvemos mis entrañas mutiladas y yo a Santiago con la maleta llena de regalos y la cara llena de besos. Recordad, alumnos queridos, lo que decía Kapuściński, aunque seguro que Gurb, incluso tuneado con las tetas de Marta Sánchez, pensaba lo mismo: “Creo que para ejercer el periodismo, ante todo, hay que ser un buen hombre o una buena mujer: buenos seres humanos. Las malas personas no pueden ser buenos periodistas. Si se es una buena persona se puede intentar comprender a los demás, sus intenciones, su fe, sus intereses, sus dificultades, sus tragedias. Y convertirse, inmediatamente, desde el primer momento, en parte de su destino. Es una cualidad que en psicología se denomina empatía. Mediante la empatía se puede comprender el carácter del propio interlocutor y compartir de forma natural y sincera el destino y los problemas de los demás” (En Los cínicos no sirven para este oficio). Bona nit, bona sort.