61. Embarque y desembarco. Hasta la vuelta

por Nacho Mirás Fole

Confirmado: las placas de titanio con las que me precintaron el cráneo el 12 de diciembre del 2013 no pitan en el arco de seguridad del aeropuerto de Lavacolla, en Santiago de Compostela. Aquí estoy, en el Caffriccio, pagando casi mil de las viejas pesetas por un café con leche y una bollería del montón. Sale más barato el autobús que te trae desde el centro de la ciudad, pero lo de que te claven por consumir en los aeropuertos ya forma parte de la parafernalia de viajar de la que participamos resignados. ¡Oigan, gestores de AENA, que el avión ya es cosa de pobres hace mucho tiempo! ¿Para cuándo almuerzos low cost?

En cincuenta minutos -yo soy de los que llegan a los sitios a poner las calles y, si hace falta, las rutas aéreas- embarcaré en uno de esos Castromiles de los cielos que son los aviones de Ryanair. Hay novedades: ya te dejan llevar, además de la maleta con lo justo para siete días- un bolsito de mano. Había que ver la cara del tipo que maneja el escáner cuando observó en la pantalla las formas desconocidas y serpenteantes de una gaita electrónica. La música, amigo vigilante, que avanza que es una barbaridad.

¡Claro que me llevo la herramienta al Mediterráneo! Recordad que la terapia musical forma parte del tratamiento contra el cáncer. Descanso de la radiactividad y de la química. Pero siete días sin tocarle muiñeiras a lo que pueda quedar de mi astrocitoma anaplásico se me hacían largos. Pensad en él, pobre… Tremendos solazos está dando ahora mismo la chica del tiempo en el canal 24 horas. Tengo una agenda tan apretada para la próxima semana -mi amigo Pau vale muchísimo más de lo que pesa- que se me va a hacer corto el paseo.

Solo lamento de esta escapada no haber descansado mejor esta noche. Cuando la cabeza te hierve puede ocurrir que la olla desborde y, sin querer, dejes la cocina hecha una mierda. Eso es lo que ocurrió ayer y, aunque siento de corazón el estropicio y las salpicaduras, confío en que quienes me viven más de cerca sepan disculpar a un tipo que intenta sobrevivir con una enfermedad muy hija de puta; es mi equipaje de mano.

Antes de embarcar, y pensando en los que madrugáis tanto que no os ayuda ni Dios, os propongo otro salto en el tiempo. Yo me voy por aire y vosotros, mientras, os dais una vuelta por el mar de Arousa. Año 2005, verano. La Voz de Galicia me empotró en las topas vikingas que desembarcaron en la localidad pontevedresa de Catoira. Lo conté como lo viví. Aunque mantengo que a las romerías tradicionales de Galicia les sobra cada vez más graduación alcohólica, Catoira tiene elementos para mantenerse como fiesta de interés turístico internacional. De los propios vikingos depende que deje de ser el macrobotellón primitivo en la que ha ido derivando. Tened buen día, que mi cáncer y yo nos vamos a mediterranear. No prometo escribir cada día, que la cabeza también pide vacaciones. Pero haré lo que pueda. Desembarcad mientras yo embarco. Gracias por estar ahí. Al final, como siempre, minutos musicales.

¡Catoira es nuestra, por Thor! 

Publicado en La Voz de Galicia, 7 agosto 2005

¡Qué dura es la vida del vikingo, por Thor! La única manera de saber qué se siente protagonizando la fiesta más bestial de Galicia, la Romería Vikinga de Catoira, es convertirse en uno de los salvajes que ayer recrearon el desembarco bárbaro justo donde el río Ulla endulza la ría de Arousa. Por testigos, miles de personas apelotonadas frente a los restos de las Torres do Oeste. ¡Qué bravura, por Odín! ¡Qué aventura, por Frey! ¡Qué resaca, por… favor! Ya de perdidos, al Ulla, así que no queda otra que meterse en el papel.

A nuestro lado, los marines americanos son unas colegialas. Como al que madruga Thor le ayuda, como dice el viejo refrán vikingo, pisamos Catoira a las nueve, que es una hora prudente para una invasión.

No nos aguarda Eric el Rojo, ni Olafo, ni siquiera el legendario jefe Halvar, padre del célebre Vickie. Nos ponemos a las órdenes de Emilio López, patrón del drakkar con el que, en pocas horas, conquistaremos Catoira. Emilio nos desvela un secretillo de la embarcación: un pequeño motor fuera borda que ayuda a que el cascarón se mueva. «¡Porque xa verás qué tropa, aquí non da un remo nin Cristo!». Qué emoción. Lo del motor que quede entre nosotros. El casco me viene pequeño y con los cuernos no sé, como que no me veo.

Tiene razón Emilio, menuda tropa. Pasan de las diez cuando embarca el resto de la tripulación. Con los litros de vino que llevan por dentro y por fuera, prácticamente todos son inflamables. El embarque es terrible, porque hay overbooking de bárbaros y Emilio se niega a zarpar con más salvajes a bordo de los legalmente estipulados. Después de una dura pelea verbal, el patrón desiste: «O ano pasado igual, sempre co mesmo conto, joder!» El taco no es muy vikingo, pero sí marinero y expeditivo.

Junto al drakkar, un viejo arenero reconvertido en galeón, con mucha más capacidad que el nuestro, completa una flota de la que también forma parte un tercer barco, el Ellen Dubh, capitaneado por el irlandés John Rogers y llegado especialmente desde la tierra de la cerveza negra para la ocasión.

El Ellen Dubh es de poliéster, pero eso desde tierra no se ve. Para llegar a Catoira, los veinte irlandeses que forman la tripulación se han tragado una dura travesía en ferry y en tráiler desde la ciudad de Ardglass.

Todo listo para zarpar. El patrón parece sereno, que no es poco. Llevamos sobrepeso. «¡A ver, atendede!», dice la voz ronca de un temible guerrero. Y atendemos, por Odín. El guerrero cambia el tono, se dulcifica y, amaneradamente, explica: «Se informa a los señores pasajeros de que debajo de sus asientos tienen ustedes unos chalecos….» El despiporre es tal que la explicación no termina. Un bárbaro interrumpe: «¡Señorita, señorita!, ¿onde está a bolsa para jomitar?». Estamos navegando.

Como la tropa no está por remar, y ante las duras discusiones que tratan de esclarecer si estribor es la izquierda o la derecha, Emilio echa a andar el motor y damos vueltas por la ría. Nos exhibimos y hacemos tiempo hasta la hora más esperada: el desembarco.

Como somos vikingos, cantamos canciones vikingas y brutales que le ponen al enemigo los pelos de punta: «¡Soy capitán, soy capitán, de un barco inglés, de un barco inglés, y en cada puerto tengo una mujeeer!» Ya, no acojona, pero es lo que hay, los vikingos no iban al conservatorio.

A pecho partido, las treinta y ocho bestias coreamos otra: «¡Alabaré, alabaré, alabaré, alabarééé, ala-barééé a mi señoooor!». Menudo ejército de seminaristas. Durante el recorrido, el grito de guerra suena así: «¡Úr-su-la! ¡Úr-su-la!». No veo a Úrsula por ninguna parte, pero me imagino a los de Catoira pidiéndole a Dios por sus vidas y por sus hijas.

Alto a la Guardia Civil

En pleno desgarro guerrero, un incidente. ¡Nos para la Guardia Civil! Palabra. Se nos pega una lancha y nos dice que no podemos continuar.

-La orden de la Delegación del Gobierno dice que tienen licencia para un barco y para veintisiete personas.

Emilio no sabe qué cara poner. ¡La Guardia Civil dándole el alto a un drakkar lleno de terribles bárbaros! ¡Dónde vamos a ir a parar, por Thor!

«Es lo que dice la Delegación del Gobierno», insisten.

Los guerreros gritan y los tres guardias, en inferioridad numérica evidente, prefieren no meterse en camisas de once varas. Tras una llamada deciden que podemos continuar; las invasiones ya no son lo que eran.

Vuelven a escucharse gritos guerreros como ése, duro y atronador, que dice: «¡Qué pasa neeeeeennn!». Viene de la proa, que queda por delante.

A lo largo del trayecto, más gente se ha apostado en las orillas para vernos desembarcar. Hacemos que remamos, pero el sentido del ritmo es tan lamentable que es posible que acabemos en el fondo.

Desde tierra vuelan los foguetes. Después de rodear la Illa do Rato, enfilamos la orilla. Los corazones palpitan al unísono, no como los remos. Lo que viene después es el éxtasis vikingo. Saltamos a tierra como salvajes y nos fundimos en una terrible orgía de agua, fango y vino tinto. Nos retratan. Bebemos por el cuerno. Gritamos. Secuestramos mujeres. La gente ser ríe porque no sabe de nuestra naturaleza animal. Finalmente, decidimos hacer el amor y no la guerra y entregarnos a una fiesta de las se curan en cama. ¡Qué bárbaro, por Odín!

Elton, muchacho, es tu turno. Alégrame el día.