60. Los niños y la enfermedad de papá. Lunes de carnaval

por Nacho Mirás Fole

Aprovecho el anuncio de Siemens que acaban de poner en la tele para repartir buenas noches o buenos días según vayáis apareciendo. El comercial dice: “Un día, y otro día, y otro día…” Efectivamente, fueron treinta los días que me espatarré en el acelerador lineal Siemens Primus del Complexo Hospitalario Universitario de Santiago de Compostela para radiarme el cerebro. Pero eso ya pasó. Como somos animales de costumbres, poco antes de las dos de la tarde, que venía siendo la hora de la fritura radiactiva, hasta me puse nervioso pensando en que se me estaba olvidando alguna cita importante. No hay preso que se habitúe a la libertad en un día. Yo, además, he sido liberado con síndrome de Estocolmo hacia mis churreras. Vale, Jesús, tú también.

Atribuyo el tremendo picor de piernas de ayer por la noche a la abstinencia hacia la quimio, de la que también estoy de vacaciones durante tres semanas. Como ya se me ha pasado, ni puto caso. Al cambiar la rutina terapéutica he tenido que buscarme nuevas ocupaciones. Mejor dicho, viejas ocupaciones: me pone mucho todo lo que tenga que ver con el mantenimiento del parque móvil o de la propia casa. Para mis hijos soy Manny Manitas, el que lo arregla todo. Y para más gente, ¿verdad, Rebecop? Entre eso, los paseos, los niños y la gaita electrónica he conseguido hacer del lunes otro sábado sin tener que cruzar en rojo los semáforos ni leer a medias el periódico ni cantar hasta quedarme afónico. Pero el jueves me subiré con tantas ganas a uno de esos omnibuses de los cielos que son los aviones de Ryanair que ya me está tardando.

Sois bastantes los que preguntáis cómo llevan todo esto del cáncer y el tratamiento mis hijos, una niña de seis años y un miniyó de tres. Pues lo llevan bien porque me ven bien, así de simple. La mayor sabe que a papá le abrieron la cabeza para quitarle algo que sobraba y que ahora toma medicinas y no trabaja. Hemos ido improvisando con eso; nadie te da un manual en la consulta para que hables con tus herederos sobre el cáncer de papá. Manda el sentido común, el sentidiño gallego. No hay fórmulas mágicas. A una niña de seis años le da lo mismo el nombre de la enfermedad, su pronóstico y sus estadísticas. Si te ve bien, estará contenta; si te vienes abajo, se caerá contigo. Así de sencillo. Sí que suelo reflexionar con Ane sobre que todos estamos aquí de paso y que morirse forma parte de la propia vida. Lo hago con su vocabulario, sin misterios, sin parafernalias, sin superstición. ¿Y Flor también se va a morir?, me pregunta mirando a la gata que me acompaña desde hace casi diecisiete años. “Sí, cariño, todos”. Sin más, ya digo. No percibo traumas. En los mayores, sin embargo, sí.

El pequeño todavía es muy pequeño, pero se sintió especialmente orgulloso de mí cuando tenía la cabeza zurcida con quince grapas: “A mi papá le grapó la cabeza el doctor”, se chuleaba en el cole. Ahora está convencido de que cuando no estoy con él estoy trabajando. A él y a su hermana les leo cuentos todas las noches, los veo mucho más que antes, con aquel horario laboral sin sentido en el que vivía instalado… Así que lo llevan bien. Me preocupaba mucho que percibieran un deterioro físico causado por el tratamiento. Eso no ha ocurrido -lo del pelo es un daño menor para uno que ya se pelaba antes-, así que no hay que preocuparse.

Eso no quiere decir que los niños sean idiotas. Pero si nos comunicamos con ellos con sinceridad y en el código que entienden, nos sorprenderá lo bien que pueden reaccionar ante situaciones en las que los mayores nos hundimos. La sobreprotección y el ocultamiento sí que me parecen prácticas que no llevan a ninguna parte; si acaso, a la porra. Lo dicho: sinceridad y cariño, no hay mejor fórmula. Y dejaos de pupas, baubaus, pipís y tetes que, aunque bajitos, nuestros hijos son seres humanos perfectamente capaces de asimilar palabras como herida perro, meo o chupete. Yo estoy muy orgulloso de que Mikel le llame “pirola” a su pirola. Hay pocas palabras con tanta fuerza como pirola. Chorizo o calzoncillo, en todo caso, como decía Torrente Ballester. Y pensad, padres y madres que no llegáis para acostar a los enanos por sistema -un día malo lo tiene cualquiera-: lo que sí perciben los niños como una enfermedad es vuestra ausencia. Cuando os deis cuenta será tarde. Y no me vengáis con hostias: no hay nada más importante que ver crecer a tus hijos. Yo pienso seguir haciéndolo y vosotros deberíais, porque de lo contrario os perderéis lo mejor de su vida y de la vuestra. No me valen excusas. Yo me dejé llevar en algún momento, pero ya no. NUNCA MÁIS.

Como mañana es martes de carnaval, y ante el riesgo de que una borrasca obligue a anular el desfile que estaba previsto para la tarde, voy a recuperar un viejo texto del año 2011 que hoy me recordó Rafa Cuiña (@Rafiklalin) en Twitter. En aquellos carnavales La Voz me mandó a cubrir las fiestas por la provincia de Ourense. El 8 de marzo del 2011, lunes de carnaval también, publiqué mi experiencia en una orgía de harina y hormigas en Laza, maravillosa experiencia. Se la vuelvo a dedicar a Rafa Cuiña con un abrazo. Decía así:

Una orgía de hormigas y harina

El encanto del lunes de carnaval en Laza reside en lo primitivo de una tradición que no es para flojos. Nos precintamos de arriba abajo y adentro

Nacho Mirás. Laza. 8 marzo 2011

Una orgía de hormigas, harina y tojos. El lunes de carnaval en Laza, provincia de Ourense, es cualquier cosa menos saludable. Tiene algo de salvaje, de ancestral, primitivo… La gente lo sabe y por eso va. Laza es tierra de licor café, de bica y de xastré, un brebaje verde que visualmente no es distinto del Fairy, aunque mucho más sabroso.

En un día como el de ayer, el lugar de los hechos es la praza da Picota, en la parte alta del pueblo. Si miras a tu alrededor te darás cuenta de que se se va a perpetrar algo gordo. Todo el mundo va más o menos protegido con monos de pintor, capuchas, gafas de las que se usan para cortar con la rebarbadora, trajes antirradiación… Los que tienen experiencia dicen que lo del mono no es útil, porque las hormigas, que se lanzan a puñados, entran en la prenda y no pueden salir, que es mejor ir de calle y sacudirse. Por si acaso, vamos precintados de arriba abajo. Me miro y veo a Woody Allen disfrazado de espermatozoide. Soy un salvaje.

A las cuatro y media, la praza da Picota ya está llena. Faltan tres horas para que baje A Morena, que es una máscara con cara de vaca a la que sigue un cortejo terrible de personas que hacen el mal: lanzan hormigas, esparcen harina, te sulfatan con agua… un sindiós porcalleiro.

Como A Morena, que viene del vecino pueblo de Cimadevila, no baja hasta que cae el sol, la gente se va mazando en mayor o menor grado con los destilados locales, sin perder de vista a los peliqueiros, que sacuden latigazos con tanta saña que parecen peliqueiros de la Unidad de Intervención Policial. Hacen sonar sus chocallos, esa especie de cencerros que llevan a la cintura y que en Verín se llaman chocas. Y emprenden carreras veloces en busca de buenas espaldas para descagar sus pelicas; tan fuerte que, en más de una ocasión, la correa del látigo vuela por los aires.

De entre todos los peliqueiros de este año llama la atención uno. Es un peliqueiriño. Justo después de cruzarme el pecho de un correazo, detiene su ira -sin bajar el arma- y se deja interrogar:

-¿Cantos anos tes?

-Teño nove, vou cumplir dez o 17 de marzo.

-Pois zoscas como se tiveses quince. ¿É o primeiro ano que saes de peliqueiro?

-Si. Chámome Manuel Requejo Días.

Con la misma, sigue arreando a todo el que se le ponga delante.

De tal magnitud es el rebozado que se espera que los fotógrafos tienen que forrar sus cámaras con film de cocina. La praza da Picota está flanqueada por unas tascas neurálgicas que alimentan la graduación de la parroquia: el Café Bar A Picota y la Taberna do Ardilla -tipo listo, sin duda, el propietario-.

De los cables de la luz cuelgan trapos embarrados que volaron durante la farrapada de la mañana.

La farrapada no tiene mayor ciencia: se enmierdan a fondo un montón de trapos y se lanzan. Ahora los hacen con barro, pero la tradición era mucho más escatológica y el término enmerdar era literal.

Detrás de una nariz de payaso se adivinan los rasgos de Miguel de Lira, que se cruza con Rafa Cuíña y con Anakin Skywalker. El segundo es el único que no va disfrazado.

Pasan de las siete y media de la tarde cuando, por fin, empieza la madre de todos los fregados. En pocos minutos, la harina y la tierra llena de hormigas esparcidas por el aire hace que el día se vuelva noche. Aquí quería ver yo al hombre blanco de Colón.

Rebozado masivo

Las hormigas de Laza pican tanto que no sabes si te están lanzando insectos o cigalas rabiosas. Dicen que las cabrean con vinagre. Durante el año, la gente que organiza la fiesta va localizando hormigueros y procurando que se mantengan intactos hasta el carnaval. Por fin, Trancas, Barrancas y otro millón de congéneres acaban metidas en sacos y, después de ayer, en los sitios más recónditos de los cuerpos humanos. Y pican, carallo si pican.

El aparato con el que lanzan la harina, bautizado como Ajuria 1 -aquí se emigró mucho al País Vasco- combina una trilladora y una máquina de sulfatar. El resultado es un arma de rebozado masivo del que no se salva ni el Espíritu Santo.

La comitiva lleva también un burro con cuyo hocico frotan a las mujeres de mejor ver que se van encontrando en su camino. Recapitulemos: babas de burro, hormigas, tierra del monte, harina, agua, líquidos sin identificar, humanidad, latigazos de Manolito Requejo y de los otros peliqueiros… No hay parque temático que ofrezca más por menos.

Para terminar, una dedicada a mis hijos, esos locos bajitos que se incorporan. Pensad en la prédica de arriba: se trata de trabajar para vivir. Vivir para trabajar solo lleva al nicho y a la soledad.

“A menudo los hijos se nos parecen, y así nos dan la primera satisfacción. Esos que se menean con nuestros gestos, echando mano a cuanto cae a su alrededor. Esos locos bajitos que se incorporan, con los ojos abiertos de par en par. Sin respeto al horario ni a las costumbres, y a los que por su bien hay que domesticar. Niño, deja ya de joder con la pelota. Niño, que eso no se dice, que eso no se hace, que eso no se toca. Cargan con nuestros dioses y nuestro idioma, con nuestros rencores y nuestro porvenir. Por eso nos parece que son de goma, y que les bastan nuestros cuentos para dormir. Nos empeñamos en dirigir sus vidas, sin saber el oficio y sin vocación. Les vamos transmitiendo nuestras frustraciones, con la leche templada y en cada canción. Ni nada ni nadie puede impedir que sufran, que las agujas avancen en el reloj. Que decidan por ellos, que se equivoquen, que crezcan y que un día nos digan adiós.” (Joan Manuel Serrat)