59. Robocop, Ons, licor café y Andrés do Barro

por Nacho Mirás Fole

No son horas, pero me escuece la conciencia si me meto en la cama sin pasarme siquiera a saludar. Hay que ver lo rápido que se acostumbra uno a prescindir de la quimioterapia, y eso que han sido 40 noches de entrega; se ve que lo mío con la Temozolomida no era amor verdadero. No te lloro, nena. Déjame, no juegues más conmigo; déjame, en serio te lo pido…

Después de un día familiar y amoroso de intendencia, disfraces, lavadoras y dientes de leche, vengo del cine de ver la versión 2014 de Robocop. Si vais -no os va a cambiar la vida, simplemente entretiene, que es de lo que se trataba- que no os acompañe un craneotomizado como yo. Cuando al inspector Murphy le abren el cerebro para ponerle las piezas que le faltan hay un pequeño defecto de guión que solo detectamos los usuarios avanzados: “Me sabe todo a manteca de cacahuete”, dice Robocop mientras el neurocirujano le manipula el lóbulo frontal del cerebro. No, director, no es ahí. Hasta donde yo sé, lo de los olores y los sabores, las mezclas, este tipo de sensaciones, son más del temporal derecho. Después lo arreglan mientras, operando en la misma zona, hablan ya del comportamiento, de la conciencia… En todo caso, lo mejor de la película ha sido la compañía: Anne Merkel, amiga, “proletaria de la feminidad y extraterrestre entre las streetstyle” (no dejéis de visitar su blog, AnneMerkel.org) y mi hermano mayor Fernando Varela (@fervabi). Empezamos la tarde con otra perspectiva pero, como he venido haciendo yo con el cáncer, improvisamos sobre un pronóstico malo y nos salió un reencuentro cojonudo.

He redescubierto el aroma y el sabor del licor café. Ya lo tengo fijado en el lóbulo temporal derecho para siempre y si se diera el caso de que me tuvieran que volver a quitar un trozo, que no sea este, doctores Allut y Prieto. No sé si a Robocop le instalarían en el sistema operativo los matices de los aguardientes y los destilados de Galicia pero, si no lo hicieron, hicieron mal. Conste que tengo permiso médico para, sin pasarme, mojar los labios al menos. Nunca he sido de beber, pero no le he hecho ascos a semejante poción mágica y la experiencia me ha gustado. El licor café es el pentotal sódico del pobre, el suero de la verdad de la clase obrera: mira que acaba uno largando después. Eso, más una Galiburguer, nos dejaron los cuerpos en estado de revista. Encima, los del Vilalúa nos amenizaron la cena con una canción que ni hecha a propósito: O Tren, de Andrés do Barro.

El tipo que nos cortó las entradas para la película iba maquillado -aquí vivimos el carnaval incluso estando de servicio- y tenía sobre la cara una cicatriz pintada: “La tuya está bien -le dije-, pero la mía mola más”. Humor negro señalando directamente a la interrogación rematada en titanio que me cierra el cráneo desde hace casi tres meses; la cremallera de las emociones; la marca de la casa. Si pita el en el arco de seguridad del aeropuerto ya os lo contaré.

Como hasta el jueves no dan sol -justo el día en el que volaré a Cataluña para echarme a secar una semana- voy a seguir tirando del cajón de los recuerdos, esta vez para regresar a la isla de Ons, un paraíso que no deberíais dejar visitar. El reportaje que viene a continuación lo publiqué en La Voz de Galicia del 2 de abril del 2012. Por si fallara el enlace directo, transcribo el texto en el que tuve que resumir lo que dieron de sí cinco horas inolvidables. Y al final, para que arranquéis el lunes con buen pie, al tren con Andrés do Barro. Gracias, Anne y Fer, me ha gustado oleros de nuevo. Gracias también a Xerardo y a Paula por el afecto que me habéis transmitido esta tarde; siempre me habéis caído bien.

Ánimo a todos con la semana. Haced del lunes, como cantaba Paloma San Basilio, otro sábado. Oremos, hermanos: A la una, a las dos… Ooooooooooonssss!!!

Un Robinson en Bueu

(La Voz de Galicia, contraportada, 2 abril 2012)

Cinco horas en la isla de Ons

Nacho Mirás. Ons

Era un viejo sueño: patear la isla de Ons lo más desierta posible. Unos trabajos de mantenimiento en Casa Acuña me permiten acoplarme a los mecánicos y ser por unas horas un Robinson en Bueu. Fuera de temporada, en Ons solo viven tres matrimonios: Rogelio y María; Cesáreo y Victoria; y Chefa y Emilio. Ellos y el personal del Parque Nacional das Illas Atlánticas, el farero y unos operarios que están instalando una antena. Nadie más. Viajamos con la naviera Nabia, cómodos, en una lancha rápida que, en veinte minutos, nos aísla del continente. Manuel Antonio me susurra al oído: «Fomos quedando sós, o mar, o barco e máis nós…».

Camilo Pérez Otero, yerno de Cesáreo y de Victoria, les lleva víveres a sus suegros. Él nació en la isla hace 43 años, es un auténtico illán. «Non deixes de ir ao Burato do Inferno -me recomienda-, contan que un alumno da Armada foi escalar alí, e alí morreu. E, de praias, para min Melide é a mellor. Aquí, os ritmos son outros, e o mellor de todo no inverno e fóra de tempada é o silencio».

Desembarcamos sin novedad. Dejo atrás a la humanidad y, desde la zona de O Curro, zapatilleo con rumbo sur. Quiero llegar al Mirador de Fedorentos y al Burato do Inferno. La ruta sur tiene 6,2 kilómetros, un desnivel de 86 metros y el tiempo estimado para completarla, entre la ida y la vuelta, es de dos horas y media. Pan comido.

Voy pasando por encima de las playas de Area dos Cans, Canexol, Pereiró… Dejo las últimas casas a mi espalda y, armado de mochila y mapa, me transmuto en Dora, la Exploradora: «Camino, ladera… ¡Moooonte de toxos!». No tengo un mono que me acompañe, pero, cuando estoy a punto de llegar al mirador de Fedorentos, se me acopla un conejo insensato que ni me teme ni me huye. «¡Te llamaré Jueves!», le digo. Jueves me sigue a saltitos, se deja acariciar, husmea, sube y baja hasta que, de pronto, nuestros caminos se separan y él se pierde entre la maleza.

En el mirador, una gaviota de la Luftwaffe me caga en la gorra. Ahora, el fedorento soy yo. Al norte tengo A Lanzada y la península de O Grove; de frente, la vista abarca desde Marín a cabo Silleiro. América no se ve al oeste, pero está. Caminando hacia el Burato do Inferno, los tojos me rascan las pantorrillas. Las aves marinas lloran sobre el agujero en el que, según Camilo, se despeñó un militar. Me asomo lo justo, por si se me cae el alma. Completo el itinerario circular y el paisaje cambia, del acantilado agreste a la leira; es como recorrer una maqueta de Galicia entera, de Ribadeo a Tui. Me zampo dos manzanas mientras emprendo la ascensión al faro (hora y media la ruta completa) para regresar por la ensenada de Caniveliñas. Descubro un microhábitat acotado para insectos xilófagos; un sanatorio de termitas. Almuerzo en la zona de acampada. El viento me come la oreja y me despeina las servilletas. Siento tentaciones de perder el barco de vuelta y quedarme a fundar. Quizás en otra vida. Regreso crecido. Cinco horas en el paraíso.

Amigo Andrés do Barro, es tu turno. “Alguén pode ser que me espere na estación…” Sería bonito.