57. No se vayan todavía, ¡aún hay más!

por Nacho Mirás Fole

¿Noche de jueves? Me voy a escuchar a French Connection Quartet a la Casa das Crechas. Pero no voy a dejar tirados a los que se niegan a irse a la cama sin noticias rabudas. Estoy abrumado y agradecido a partes iguales. Además, saber que mi amiga Noa Díaz le da la teta a Nara a eso de las cinco de la mañana leyendo mis memorias sanitarias es toda una responsabilidad. Hoy va por vosotras, guapísimas. Por eso escribo ya y, como decimos en el periódico, me marcho antes de que pase algo. Además, tengo que ordenar un par de ideas para soltar mañana a las 13.00 en el acto de homenaje al personal del área sanitaria de Santiago que se jubila. Lo celebramos en el aulario, que también es un poco mi casa como profesor asociado de la USC que soy. Una sesión de freidora más, dos raciones de citotóxicos asesinos y vacaciones.

Hemos tenido un simulacro de sol por la tarde y daba gusto ver a la gente echarse a la calle para deshumidificarse y para protestar. A eso voy yo a Barcelona la semana que viene: a secarme. Por los ecos que me llegan, hay quien agradece que recupere viejas historias y las coloque aquí. Normal, no todo van a ser enfermedades. Hoy quiero darle las gracias de manera especial a Pablo Alcalá por dedicarme este artículo en ABC. Lo podéis leer directamente en el enlace o también aquí, que se lo merece. Pablo y yo no nos conocemos de nada, pero la hostelería compostelana tiene remedio para eso. Después recupero una historia que escribí hace unos meses, recreando el viaje de Eva Perón, Evita, a Santiago de Compostela en 1947. Y permitidme que cierre el post con la música que Kim Carnes le dedicó a los ojos de Bette Davis. Esos ojos. Como decía Jack el destripador, vamos por partes.

De oncología y ortografía

Pablo Alcalá (ABC Galicia) 27 febrero 2014

Aunque no conozco a Nacho Mirás, llevo unas cuantas semanas acostándome con él. Últimamente, en realidad, he cambiado la rutina ante las sospechas de mi esposa, que me ve reír, sonreír, fruncir el ceño y hasta los ojos vidriosos mirando el teléfono, y empieza a sospechar que en vez de irme a la cama con un señor y un astrocitoma anaplásico grado III me despido entre nostálgico y feliz de una amante de guasap ligero.

 Ahora lo dejo para las mañanas. Hijo con mal despertar, ducha, café, pañal, correo electrónico, radio, guardería, prensa, coche, teléfono, correo físico y… Mirás. Esa hora y media ajetreada que me separa de rabudo.com la vivo con impaciencia. «¡Puñetas, cómo escribes, Mirás!», me digo cada nueve de la mañana, con esa sensación frustrante de que todo lo que tú vayas a escribir a partir de ese chorreo de emociones radioactivas con retranca balsámica va a importar bastante nada. Tal es el talento del escribiente.

 El citado autor tiene dos características que disgustarían a cualquier padre de familia que quisiera a su hijo: es periodista y tiene cáncer. Mezclando ambas desgracias, Mirás vuelca en un blog, ya bestseller, su personalísima batalla con lo que viene a llamar «un inquilino de renta antigua que ahora, descubierto, se expone a un desahucio inmediato». Y lo hace tan bien, que casi olvida uno que está hablando de un puñetero cáncer.

 Da pudor escribir esto. Primero porque se me adelantaron hace tiempo unos señores de esos capaces de escribir una notificación de embargo y que parezca merecedora del Cavia. Además porque no le conozco, pero es que Mirás ya es un poco de todos.

 Ocurre también que él lleva 10 goles y el tumor un par, así que me he comprado la bufanda del que va a ganar el partido. Me apunto el tanto antes de que me pase como en los 90, que yo seguía siendo del Rácing de Ferrol y no había quien tomase una copa sin cara de pardillo entre tanto deportivista venido a más. Aquí un hooligan, Mirás. Por delante y por detrás.

Ahí va la visita de Eva Perón a Santiago contada en primera persona. Ya sabéis que soy un freak que viaja en una Vespa del tiempo. Me fui al 20 de junio de 1947 de una patada. La crónica la publiqué en La Voz de Galicia el 16 de junio del año pasado, sin prisas. Y, al final del relato, las propinas musicales.

No llores por mí, Compostela

“Una jornada inolvidable de emoción intensísima y de fraternidad hispano-argentina con motivo de la llegada de doña María Eva Duarte de Perón, esposa del presidente de la República del Plata». Así arrancaba el relato de la visita a Compostela de un mito rubio y argentino en La Voz de Galicia del 20 de junio de 1947, un día después de que Evita, la única, la irrepetible, la gran valedora de los descamisados, llegase a la ciudad en una parada de su gira española. Fueron unas pocas horas, pero suficientes para desatar una de las mayores apoteosis ciudadanas que se hayan vivido jamás en las calles de Santiago.

Con la excusa de la mini serie emitida recientemente por Televisión Española y con la portada de La Voz como guía, arranco mi Vespa del tiempo de una patada y me planto en la Compostela alterada de 1947. Si quiere venir de paquete, hay sitio; verá cosas asombrosas.

Nos vamos directos al «campo de aviación» de Lavacolla, que es una manera pretérita de referirse a nuestro aeropuerto. Según la página que llevo en el bolsillo, a las 12.50, exactamente, divisaremos en el horizonte la escuadrilla que escolta el avión presidencial. ¿La ve? ¡Ahí está! Y justo detrás, como bien escribe el cronista de la época, el DC-3 «que ocupa la ilustre dama», pilotado por el comandante Ansaldo. Las aeronaves de apoyo, comandadas por un tal Araújo desde el aeródromo de Guitiriz, vigilan el aterrizaje desde las alturas; esto es una visita de primera división. Si nos colamos entre la multitud aún veremos más. Por ejemplo, cómo la esposa del ministro de Marina recibe a «doña María Eva» -como la llama el Régimen- con un ramo de flores. En la recepción no falta nadie, desde el ministro del Aire, el general González Gallarza, al capitán general, señor Mujica, o los gobernadores civiles de las cuatro provincias. Pero lo realmente interesante viene después del acto protocolario, cuando arranca una formidable caravana automovilística con dirección a Santiago.

He conseguido colarme en el coche de la prensa enseñando únicamente una libreta. Todo el mundo está tan alterado con el despliegue que ni se han fijado en que mi pinta no es exactamente la de un periodista de posguerra. Para no levantar sospechas, hago como que tomo notas, aunque llevo el programa cerrado en el bolsillo y sé perfectamente todo lo que va a ocurrir; ventajas de viajar en el tiempo.

Tal como dice el periódico que me he traído del futuro, entramos en el pueblo por Concheiros y por la Cruz de San Pedro, donde nos esperan el alcalde, la corporación y una batería de artillería con estandarte. Y lo hacemos por lo que hoy sería dirección contraria. Como para que se nos averíe la línea espacio-temporal y suba el 6 en dirección a San Lázaro. No quiero ni pensarlo. Miles de personas se agolpan a ambos lados durante todo el trayecto. ¡Franco, Franco, Franco! ¡Perón, Perón, Perón! ¡Evita, Evita!, gritan los ciudadanos, ya sea voluntariamente o inducidos. Doña María Eva contesta con uno de esos gestos automáticos de mano que se aprenden en las academias de protocolo. Subimos por Casas Reais, enfilamos Cervantes y, por fin, la caravana se detiene frente a la fachada de la Inmaculada. Mires a donde mires solo hay gente que vitorea. Toca caminar ahora por debajo del arco de palacio, que en 1947 todavía no tiene incorporado el gaiteiro de serie. La ilustre dama lleva un peinado digno del mejor estilismo de mediados de siglo y se cubre la cabeza con un sombrero que recuerda a los que usan las campesinas. ¿Será un guiño? Aunque tiene solo 28 años aparenta muchos más, pero es la elegancia personificada. Una diva, una diosa caída del cielo para unos españoles necesitados de glamur y de pan, todo sea dicho.

«¿Ha visto cómo está el Obradoiro, Alvite?», le pregunto a un compañero de la prensa.

-Dirá la plaza de España…

-Claro, perdón, no sé en qué estaba pensando.

-¿Y todas esas personas de blanco en el balcón del Hostal de los Reyes Católicos?

-Eso es un hospital. ¿De dónde ha salido usted, señor? ¡Son los médicos y las enfermeras!

La comitiva entra en el Ayuntamiento, pero yo me quedo a pulsar el ambiente. La gente saluda con pañuelos y echa vivas a la Argentina cuando La Perona abanica con los dos brazos abiertos desde el balcón de Raxoi. ¿Les he dicho que hace un calor horrible? «¡¡Relindaaaa, sós como una diosa!!», le grita con acento argentino un señor orondo que está a mi lado. Lo que sucede en el ayuntamiento está en las hemerotecas: ofrendas, discursos, la medalla de oro para su marido, más discursos… Intermedio.

Evita se lleva de Santiago tantos regalos que le hará falta sitio en el avión: una imagen del Apóstol peregrino de 30 centímetros, una talla en azabache de Mayer, un álbum… Procuro no perder de vista al fotógrafo Artus -el hijo- que se conoce al dedillo el programa y tiene que retratar la visita para La Voz. Es él el que me cuenta que Evita ha estrenado con su firma el Libro de Oro de Santiago.

-¿Y qué ha escrito?

«¡No sé, pelotudeses!», bromea Artus fingiendo acento austral.

«Minutos después -leo en la crónica de La Voz del día siguiente- doña Eva Duarte abandonó las casas consistoriales, siempre entre las fervorosas manifestaciones de afecto y simpatía de pueblo santiagués». Vuelva a leer esta frase imaginándose la voz de Matías Prats padre, hágame caso.

La comitiva camina ahora en procesión hasta la catedral detrás de la Virgen de Luján. Veo a lo lejos al doctor Souto Vizoso, obispo auxiliar, que aguarda a la dama a pie de escalera. ¿Este sabrá que está casada por detrás de la sacristía? Y tanto que lo sabe. Dentro de la catedral, ceremonia solemne, discursos, botafumeiro y lleno absoluto.

Evita sale del templo por Platerías, «donde el gentío le tributa nuevas ovaciones y vítores». Subida en un impresionante descapotable recorre la Rúa do Vilar hasta el Hotel Compostela. La gente le entrega ramos «con delirante entusiasmo», que ella va arrojando, flor por flor, al público, a sus descamisados. Yo recibo una y me la guardo, porque siempre me he sentido un descamisado. En la recepción del hotel la agasaja con otro ramo el violinista Manuel Quiroga. Si quieren revivir el saludo desde el balcón del Compostela, busquen en Internet el NO-DO número 243B.

Ameniza la comida la masa coral de Educación y Descanso. Antes de salir hacia Pontevedra, Evita plantará un abeto en la explanada de la residencia de estudiantes, el único vestigio que encontrarán de su visita 66 años después. Búsquenlo; lo llaman La Perona.

Y acabo. Ahí van los ojos de Bette Davis cantados la voz rota de esa rubia platino que es Kim Carnes. ¡No se vayan todavía, aún hay más!

Sí, señores. Despedida y cierre a lo grande con otro de mis clásicos. Johnny Hallyday. Este fulano sí que es la rehostia en verso. Que je t’aime.