56. Entre dos mundos, entre dos aguas

por Nacho Mirás Fole

“Nunca había caminado tanto ni había comido tantos bombones como desde que trabajo en este hospital”. Me lo dijo ayer, después de la sesión de radioterapia número 28 de 30, la técnica que me frió la cabeza en el acelerador lineal Siemens Primus con tanto cariño que casi me quedo dormido. La de corriente que le tengo que estar gastando a la Consellería de Sanidade. Sabiendo lo caro que está el kilowatio hora, no quiero ni pensar a cómo saldrá el kilo de fotones. ¿O se venderán por litro?

Lo de andar mucho que me decía mi churrera viene porque el Hospital Clínico Universitario de Santiago de Compostela es más horizontal que vertical. Atrás quedaron aquellos pirulís como el Xeral de Vigo, antigua Residencia Sanitaria Almirante Vierna, donde yo nací el 4 de julio de 1971, con más de veinte pisos; sanidad preconstitucional en caída libre. Por eso la técnica dice que camina mucho entre departamentos cada día. En cinco pisos y tres sótanos hay que resolver todas las instalaciones que antes se metían en rascacielos, así que toca recorrer mucho pasillo de nuestro señor. Y lo de los bombones -un exceso bien se compensa con el otro- es una prueba de que los pacientes de radioterapia somos público agradecido. ¿Preferís pues algo saladito? Yo quería agasajaros el viernes, cuando me friáis por úlitma vez. Llevar callos al hospital me parece un poco arriesgado; algo se me ocurrirá, pero tampoco esperéis sushi.

Hoy me he ganado el sueldo, caminando arriba y abajo por toda la ciudad como si la vida me fuese en ello. En cierto modo, la vida me va en ello. Mi oncólogo insiste en que gaste mucha zapatilla para eliminar toxinas. Hoy, como un control de la Guardia Civil por sorpresa, voy y me lo encuentro en la Porta Faxeira.

-¿Qué haces?

-Caminar, como me mandas.

-Eso está bien.

-Mira la prueba (entonces levanté un zapato y le mostré la suela consumida de unos Camper que me costaron un pastón poco antes de Navidad. Ya no lo quedaron dudas).

En el paseo de la tarde incluso he parado en una iglesia. No lo hice por mí, sino por acompañar a un amigo policía que tiene fe y suele entrar a echarle una oración rápida, incluida esa pequeña coreografía del alma que es hacer la señal de la cruz desde la frente al pecho y desde el hombro izquierdo al derecho, invocando a la Santísima Trinidad; santiguarse, vaya. Yo soy más de bostezar. Pero respeto profundamente a los que hallan en la fe el consuelo y el remedio que yo encuentro en otras alternativas, desde tocar la gaita a escribir mis memorias sanitarias o hablar con el hombre que siempre va conmigo.

Ahora que me ha dado por reeditar viejos escritos, me sorprende que haya personas que se acuerden de cosas que leyeron hace un montón de años. Ya que hablamos de rezos,  mi amiga Eva Sandino, que no es precisamente una crítica complaciente, me pidió hoy por Whatsapp que volviera a colgar la crónica de una peregrinación europea de jóvenes católicos que escribí… ¡en 1999! Hace quince añazos. Aquella cobertura informativa fue la crónica de una invasión. A la jerarquía le pareció tan irreverente mi página que desde el arzobispado compostelano llamaron al director y al dueño de La Voz de Galicia para que me sometieran a un consejo de guerra que, de haberse celebrado, podría haber acabado con un fusilamiento al amanecer. Lo que se llama espíritu cristiano, vaya. Total, porque utilizaba, según decían en palacio, algunas expresiones que de ninguna manera se podían admitir. Solo me faltaba que me controlara los textos el Espíritu Santo. Dieron en hueso. 

Yo simplemente me limité a contar el exceso de celo con el que una invasión alienígena de jóvenes tomó al asalto la capital de Galicia en el nombre de Jesucristo. Os juro que fue, como diría Enrique Iglesias, casi una experiencia religiosa. No me inventé nada. Es más, me quedé corto. A mí tampoco me gustan muchas cosas que dicen los curas en las misas y no por eso voy por ahí pidiéndole sus cabezas al Papa. En cualquier caso, aquello ocurrió hace tiempo así que, por mi parte, monseñores, pelillos a la mar. Querida Eva, ahí te va aquella crónica que empezaba “Solo faltó María Ostiz bajando en ala delta” y por la que casi me crucifican en el monte Pedroso. La empresa me avaló y ni siquiera tuve la necesidad de resucitar. Aquí estoy, quince años después, de cuerpo presente y sin rencor.

Catequesis a discreción

El arzobispo de Santiago dio la bienvenida a los miles de jóvenes que participan en el Encuentro Europeo

(Publicado en La Voz de Galicia el 5 de agosto de 1999)

Nacho Mirás. Santiago

Sólo faltó María Ostiz bajando en ala delta. Imagínese una sesión de catequesis para cinco mil personas. Cientos, miles de catequistas cambiando la guerra por el amor y el pecado por la penitencia. Pues así fue ayer el acto de bienvenida que el arzobispo de Santiago brindó a los muchachos que participan en la Peregrinación y Encuentro de Jóvenes Europeos. Todo lo que se diga sobre el acto es poco y sólo vivir la celebración en carnes propias puede servir para hacerse una idea de lo que fue Santiago ayer por la tarde.

Sobre las seis, varios miles de chicos y chicas, monjas blancas de hábito negro, monjas negras de hábito blanco, curas recién ordenados, simpatizantes de las órdenes más diversas, guitarras con bandolera, pañuelos, gorritas identificativas y mochilas de peso escaso tomaron literalmente las aceras de la rúa do Hórreo. La tropa aguardaba a los compañeros que llegaban en tren desde la estación y que no pudieron contener las lágrimas con semejante recibimiento, mezcla de emoción y asalto.

Eran casi tantos como en la última manifestación del BNG, sólo que las consignas no tenían mucho que ver, ni tampoco las banderas: «Somos una familia, un auténtico mogollón», gritaban hasta desgañitarse en la zona de la praza de Galicia; «Cristo me ama, Cristo me ama», contestaban otros, completamente convencidos de que, en efecto, Cristo les ama. «A-ba-ni-bi-aboebé» —que, como todo el mundo sabe, quiere decir «te quiero, amor»— , bailaban los más modernos, arropados por los acordes guitarreros de una sor con sandalias e inspirados en un ídolo profano como es El Chaval de la Peca.

Todos en piña, arrasando con los peatones a su paso, pasando de las señales, los semáforos y los policías locales, se concentraron en el Obradoiro para participar en la Liturgia de la Palabra que presidió Julián Barrio.

«¡Que bote el arzobispo, que bote el arzobispo!». Y el arzobispo botó. Discreto, pero botó. De repente, la plaza se convirtió en el festival de la OTI. Nunca un acto religioso había sido tan festejado. Parecía que fuese a dar la eucaristía Michael Jackson. En lo alto, a las puertas de la catedral, el clero, con Julián Barrio, Ricard María Carles y el cardenal Rouco Varela al frente. Abajo, en la platea, miles y miles de devotos.

«Ahora podríais hacer ondear las gorras y los pañuelos», pedían desde la tarima. Y la muchedumbre respondía a gritos al llamamiento. Se oyeron mensajes de profundo contenido católico polaco, inglés, alemán, español. Pero el plato fuerte fue cuando salieron a las escaleras de la catedral una especie de Spice Girls peregrinas, también apodadas in situ las «chicas botafumeiro»: cuatro chavalas con pantalones ajustados que cantaron y bailaron el himno del encuentro al más puro estilo G iorgio Aresu. «Arriba, arriba, abajo, abajo, uno dos, uno dos…». Resulta que eran italianas y se llaman Hope Music. Pero fueron, sin duda, la bomba, el contrapunto discotequero en sesión de tarde de un acto que se pretendía solemne.

Luego vinieron los mensajes del arzobispo santiagués en varios idiomas y se cantó a pulmón partido Mensajeros de la vida, de la paz y del perdón, un clásico de las liturgias, según los entendidos. «Que el Dios de la esperanza os colme de paz y de alegría en vuestra fe», dijo Julián Barrio a los jóvenes que, a la vista saltaba, andaban sobrados de alegría. El broche final lo puso la Royal Bagpipe Band of the Diputation of Ourense, nombre internacional con el que los jóvenes peregrinos conocieron a la banda de gaitas de la Diputación ourensana, muy en la línea de la cosa anglosajona tanto en sus interpretaciones como en las coreografías marciales y castrenses que se marcaron en medio de la plaza.

Lo de ayer sólo fue el cohete de salida de una concentración que durará hasta el próximo fin de semana y en la que, según la organización, participarán unos cincuenta mil jóvenes. Los compostelanos tendrán que tener paciencia hasta el domingo, pues los peregrinos demostraron ayer que no vienen a Santiago en plan muermo.

¿Verdad que tampoco era para tanto? Yo suelo decir a quien se molesta por algunas lecturas que escojan otra opción entre las que hay en el quiosco. Solo jodería. Me voy a ir a la cama con la Temozolomida puesta, con esos 150 miligramos de citotóxicos que me envenenan lo bueno para fulminar lo malo. Estoy muy afectado por la muerte de Paco de Lucía. Monseñores, Dios está demostrando muy poca sensibilidad con la guadaña, no me lo negarán. No se puede andar por ahí haciendo el indio con la motosierra. Y lo de las borrascas perpetuas en las que vivimos instalados en Galicia es como para darle de comer aparte o hacerse budista.

Doble ración, para finalizar, de minutos musicales. Para arrancar, la voz de Leonard Cohen (gracias, Lola Camiña, por coincidir en gustos). De postre, Entre dos aguas, de Paco de Lucía, cuyos dedos me gustaría tener trasplantados para tocar con ellos a la gaita una muiñeira atómica que resonase en las ruinas del purgatorio. Buenas noches. Vivid antes de que la vida os mate, como le pasó a Paco.