55. Un martes más, un miércoles menos. Una de curas

por Nacho Mirás Fole

Hoy os dejaré pronto, que me ha venido todo el sueño junto. Los martes son un coñazo. O lo han sido, porque, después del viernes, ya no tendré que pisar más el hospital hasta el 25 de marzo. Me han chutado, me han analizado los fluidos, he tenido visita con el oncólogo… Todo en orden. El roble sigue vertical, con menos hojas pero con las mismas ramas. Tengo bajos los leucocitos, vale, pero entra dentro de lo normal. Va a ser que leucocitos están sobrevalorados.

Llevo bastante bien lo de ir saludando por el hospital; soy la Leticia Ortiz de la oncología compostelana. Aunque Josep Plà distinguía entre amigos, conocidos y saludados, creo que en los últimos meses ha habido un montón de cambios y saltos entre las tres categorías. Amigos que han pasado a ser saludados; conocidos y saludados que se han convertido en amigos… El tiempo y las urgencias suelen poner a cada uno en su sitio. Está bien hacer limpieza general, que cuando te das cuenta tienes la casa llena de trastos inútiles y escasa de las cosas necesarias.

Solo voy a seguir escribiendo esta noche mientras me llega la hora de la droga dura. Así que después me entregaré en cuerpo y alma al edredón nórdico y me dormiré oyendo llover. Por cierto, el edredón nórdico es una de las consecuencias de una novia alemana que tuve en la universidad. Hasta 1992 yo era de mantas y colcha, pero ella cambió eso y más cosas. ¿Cómo era esa frase de José Luis Alvite? Ah, sí: “El amor eterno es aquel cuyo fracaso se recuerda siempre”.

Hoy me he encontrado por la calle a un montón de personas. La difunta madrina Celia, que era la Agustina de Aragón de mi familia -madrina de mi madre, de mi hermano y de la boda de mis padres-, distinguía siempre claramente entre personas y gente: “Hai moita xente -decía-, pero persoas poucas”. Por eso digo que esta tarde he saludado y me he parado con un montón de personas. Os diré que estas memorias sanitarias tienen más de una lectura. Intento decir muchas cosas sin decirlas, lo mismo que obvio otras. Hay mensajes cifrados, hay frases en código, dedicatorias escondidas… incluso aflora, sin yo buscarlo, algún que otro rencor. De fogueo, nada preocupante. En todo caso, confío en que los interlineados lleguen a los destinatarios. Ya sé que algunos saben leer perfectamente entre líneas.

Por petición os dejo de nuevo el enlace al programa Expreso de Medianoite que compartí el sábado pasado con Victoria Rodríguez en la Radio Galega. Victoria es todo sensibilidad y me hizo sentir muy a gusto en el compartimento de este convoy autonómico. Son tres cuartos de hora de viaje que podéis escuchar desde aquí. Ya me voy, pero antes, en este intermedio del cáncer, voy a rescatar un post del pasado para dedicárselo a mi amiga Tere Ferreirós Criado, a propósito de un encuentro episcopal que ha tenido estos días en los dominios de Dios. Lo escribí en noviembre del 2010, cuando viajé a Barcelona en acto de servicio para cubrir la consagración de la Sagrada Familia. No todo el mundo puede presumir de haber viajado en avión con toda la Conferencia Episcopal Española al completo. Para ti, Tere, en rigurosa reedición. Hasta mañana.

La trastienda del Papa 

(Barcelona, noviembre 2010)

Tengo que hacerme mirar esta facilidad pasmosa que tengo para encontrarme frikis por la calle. ¿Cuántas posibilidades hay de que te envíen a Barcelona a cubrir una visita del Papa y tropieces con el Padre Apeles? Pues a mí me ha pasado hoy. No pude evitar la tentación de sacarle una foto con el móvil. “Si no lo hago -me dije- no me creerán”. Apeles vestía sotana hasta el suelo, parecía un cura en traje de noche en un capítulo revenido de Amar en tiempos revueltos.

Junto al pinturero Apeles, dos idiotas arborescentes se dejaban la garganta: “¡Viva España, una y católica!”. Miré a mi alrededor, convencido de que, en cualquier momento, aparecería el caudillo bajo palio. Entiendo a los católicos y a sus razones, incluso las que no comparto -aún no he apostatado, así que hablo desde dentro-, pero no comprendo a los fanáticos y soy completamente incapaz de respetarlos. “¡Viva España, una y católica!”, seguía vociferando el idiota mientras yo me abría paso en esta cuadrícula maravillosa que es el Eixample barcelonés, una ciudad de papel milimetrado. Allá lo dejé, desbocado junto a Apeles. Carne de cañón.

Ha sido interesantísimo el viaje desde Santiago a Barcelona a bordo del Papa Force Two, el avión especialmente fletado por la Conferencia Episcopal Española. Los de Iberia, que se deshacen en atenciones con el clero, incluso le pusieron a los asientos unos reposacabezas conmemorativos de la visita de Ratzinger. Y, así, me encontré con que, durante todo el viaje, Benedicto XVI me hacía masajitos castos y píos. Llegué a temer que hubieran sustituido el chaleco salvavidas por una casulla. ¡Dios, ¿¿cómo inflo una casulla??! ¿Soplando por un tubo?
En el avión iban facturados cien obispos y arzobispos y, en las plazas sobrantes, los chicos de la prensa. Estaba convencido de que rezaríamos en medio de la travesía, como en aquel viaje en autobús a Torreciudad con el cura de A Salgueira, que era del Opus; empezamos con el rosario en Benavente y acabamos en el desierto de Monegros. Menudo recital.

Pero no, nada de rezos en el aire. Después caí en la cuenta, claro, de que Dios nunca daría de baja en acto de servicio a la Conferencia Episcopal toda junta. Eso obligaría a Nuestro Señor a replantear la empresa y a convocar concurso de méritos. O, lo que es peor, a un cierre patronal. Viajé, por lo tanto, con una seguridad desconocida, como si el avión lo pilotara directamente la Virgen de Loreto, patrona de la aviación.

Mientras la aeronave llegaba y no llegaba a buscar tan selecta carga, en Lavacolla conversé con monseñor Luis Quinteiro, obispo de Tui-Vigo; y también con Alfonso Carrasco Rouco, obispo de Lugo y sobrino del cardenal Rouco Varela. He entrevistado a ambos, así que ya nos sonábamos. Aunque lleva poco tiempo en Vigo, Quinteiro le tiene perfectamente tomada la medida a sus parroquianos, a la esencia de cómo somos en esa ciudad donde, detrás de cada farola, sale en su defensa una asociación de vecinos; nos tiene calados. Rouco me sorprendió cuando, del bolsillo de su chaqueta de obispo, sacó un flamante iPhone negro. “Caramba, monseñor -le dije- está usted a la última”. Carrasco sonrió -todos los del iPhone ponemos risa tonta cuando nos adulan- y nos pusimos a hablar de nuestros teléfonos móviles como solo sabemos hacer los devotos de San Steve Jobs. Tengo que desmentir a mi compañera Tamara Montero, que está convencida de que todos los curas hablan “en cura” -así le llama a esa manera de expresarse canturreada y aguda que se enseña en la escuela oficial de idiomas del seminario-. Fuera de servicio, algunos obispos son magníficos oradores.

Con Quinteiro hablé de la sociedad civil y para nada intentó plantar olivos ni recoger espigas por el camino. Soy terreno duro. Y con Rouco, del último IOS del iPhone. “Yo espero a que salga el 5 ¿Para qué quiero el 4?”, me dijo vacilón. La de puntos Movistar que debe de tener la Conferencia Episcopal Española. A pesar de las tres horas que duró la ceremonia de hoy -alguien debería convencer a la Iglesia de que, a veces, menos es más- vengo razonablemente satisfecho, sobre todo en la parte musical. He descubierto que, bien cantadas, las letanías no tienen que tener la monotonía insoportable del sorteo de Navidad. Es más, el recitado de santos se me hizo corto, arropado por ochocientas gargantas del Orfeó Català, el coro Sant Jordi y la Escolanía de Montserrat, entre otros. Qué delicia. Me pasó con la misa flamenca de Enrique Morente que viví en la basílica de Saint Denis de París.

Tal como ordenaba el protocolo, he ido de traje a la consagración. Reconozco que el traje me queda bien, pero yo no me veo. Para diario soy más de Decathlon. “Neno, qué bien te queda el traje”, me dice mi madre, que siempre que me quiere halagar empieza las frases por “neno”. El caso es que, al ser gris oscuro e ir combinado con una camisa negra sin corbata, me dio la impresión de que mi presencia, más que seductora, era pastoral. Solo así se puede explicar la sonrisa piadosa que me dedicó una voluntaria del Arzobispado de Barcelona que, por cierto, tenía un interesantísimo piercing en la nariz. Yo creo que, nada más verme, sintió ganas de confesarse. Pero… estoy pensando… ¿y si la mirada no era piadosa? No, seguro que sí que lo era… ¿Y si no era?. Vengo de Barcelona ungido de santidad, no cabe duda.

Tres horas y pico de misa hoy, más todas las visperas de Santiago… ¿No podría convalidar todos estos créditos por una docena de mis peores pecados? Como nos colocaron en una tribuna en el segundo nivel de la Sagrada Familia, el humo del incienso que quemó el Papa para purificar la basílica menor subió sobre su cabeza y acabó incrustado en mi traje de legionario de Cristo del servicio secreto. He estado todo el día oliendo a tiraboleiro y me acabo de dar cuenta ahora, al llegar al hotel y quitarme la ropa. Si me pilla Armando, el tiraboleiro mayor, me para girando y acabamos fundidos en un tango. Va a ser por el olor y por la camisa negra por lo que me hacía ojitos la del piercing. Y es que uno ya tiene una edad y con las canas supongo que infunde una mezcla de ternura, seguridad y absolución latente. Aunque… ¿y si no era eso? ¡Vade retro, Satanás!

Me ha pasado una cosa muy curiosa en la tribuna de prensa. Me explico, primero, para los que no saben cómo va esto del periodismo. Normalmente, cuando nos envían a cubrir un acto -el verbo suena fuerte, pero no es algo en absoluto carnal, al menos de entrada- los periodistas no tomamos parte. Es decir, si nos ponen delante a un político soltando una sarta de paridas tomamos nota, si acaso preguntamos -cada vez preguntamos menos- y ya está. Nunca jamás aplaudimos ni nos levantamos por respeto, así se esté firmando la paz en Oriente Medio. Estamos trabajando, como ellos, y así lo hacemos ver, yendo a lo nuestro.

Sin embargo, en la tribuna que me tocó hoy todo fue diferente. No reparé en que, conmigo, la mayor parte de los compañeros acreditados eran redactores de publicaciones católicas, desde Radio Vaticana hasta L’Observatore Romano. Había muchos, como veinte. Me di cuenta cuando una de las voluntarias se nos acercó y pidió que levantasen la mano todos los que querían comulgar durante la macromisa, que ella se encargaría de que subiera un cura para darnos unas hostias a distancia. Fue muy violento cuando, menos la mía y otras dos, se levantaron todas las manos. Tan brusco me resultó que me puse a recitar mentalmente los santos de las letanías: San Pedro y San Pablo, San Andrés, Santiago, San Juan, Santa María Magdalena… Se me pasó un poco el agobio cuando comprobé que don Juan Carlos de Borbón, Rey de España, también ayunó el cuerpo de Cristo mientras su mujer sí que participaba en la cena del Señor. Pero eso no fue lo peor del trabajo en la tribuna.

Hace un momento os conté que los periodistas jamás nos levantamos ante el que nos convoca -nunca falta alguna palanganera excepción-. Pero es que aquí el que convocaba era el Papa y los que cubrían a mi lado la ceremonia estaban a la vez en misa y repicando, esto es, trabajando y participando de la eucaristía. Mal asunto. Ese estar a todo provocaba un continuo levantarse y sentarse de compañeros que hacía realmente difícil mantener la atención. Tanto viento generaban que casi me vuela un discurso embargado de Benedicto XVI. Y claro, si el de delante te tapa la pantalla gigante porque viene la consagración, te da reparo mandarle que se siente, porque no ves. Fue una cobertura difícil. No faltará quien me tache de irreverente por contar las cosas como las cuento. Pero diré en mi descargo que, para ser irreverente, hay que serlo en el momento en el que uno debería tener un respeto, y yo en eso soy muy escrupuloso. Quitando que no comulgué -estoy plenamente convencido de que algunos de mis compañeros estaban, por lo menos, empatados conmigo en el gol average pecador- soy un maestro en el arte del respeto in situ. Sin embargo, lo que sí me parece irreverente es un acólito del Padre Apeles salivando en medio de Barcelona: “¡Viva España, una y Católica!”, eso sí que me parece irreverente.

Me pasó lo mismo cuando, el día de la Guardia Civil, un chaval con los dientes y el bigote de leche se puso a vociferar como un animal, sin venir a cuento, junto a la capilla de San Lázaro: “¡Viva España, viva el Rey, viva le orden y la Ley!”. Soy alérgico a tales declaraciones de principios. Lo que yo cuento, guste más o menos, no deja de ser un retrato fiel de la realidad, adobado si acaso, pero retrato. Creo -y ahora opino- que la Iglesia ganaría purgándose de fanáticos y de parafernalia y que, en general, el mundo espiritual está falto de sentido del humor. El padre Isorna, un franciscano al que le tengo fe, me decía el otro día que no soporta a los fanáticos de ninguna religión. Y en eso estamos de acuerdo: ni a los de la religión, ni a los del fútbol, ni a los de la política… Ha sido un fin de semana intenso, pero ahora me voy a la cama sin cargos de conciencia.

Hasta aquí las notas a pie de página de hoy y el recuerdo del pasado. Me voy con la música a otra parte y en la confianza de que no soñaré con obispos. He arrancado mi Suzuki Burgman 400 y me he dado una vuelta por el garaje a lo loco, sin obedecer al neurocirujano. Qué bien me sientan estos gestos de insumisión sanitaria. Mañana toca burrocracia un miércoles más. Pero también es un miércoles menos. Música y a la piltra. Dirige la orquesta un súper pecador: Elton John. Gracias por todo.