54. Droja en el Colacao… and I feel fine…

por Nacho Mirás Fole

Oigan, doctores: ¿Están seguros de que no me están echando droja en el Colacao como a Tojeiro? Porque excepto por unos pequeños daños colaterales ya conocidos, en general me encuentro de puta madre. Mondo y lirondo en el cuero cabelludo, envenenado de Temozolomida, frito por las 26 sesiones de radiactividad acumuladas y rindiendo cuentas cada día a las autoridades sanitarias como cualquier consejero podrido de un banco en el juzgado… Pero fuerte. Capaz. Y como la gente sigue mandándome ánimos en distintos formatos, me vengo arriba. Hoy incluso he acabado tomando café en el París con una mujer y con una perra desconocidas. Es la excitante vida pública de un paciente oncológico que, en vez de mortificarse, decidió improvisar sobre un pronóstico malo.

Para completar el cuadro social, me han invitado a que diga unas palabras el próximo viernes en el acto de jubilación del personal del área sanitaria de Santiago, que se celebra a las 13.00 en el aulario del complejo hospitalario. Como usuario avanzado del sistema que soy no me puedo negar: el personal es, precisamente, el que hace que la sanidad pública sea un tesoro de todos que hay que proteger; a los de Siemens tanto les da fabricar aceleradores lineales como lavadoras. “¡O asunto non é a máquina, é o maquinista!”, decía mi tío Antonio. Me viene de repente a la cabeza el discurso que nos echó don Juan, el profesor de inglés, cuando dejamos el colegio público Lope de Vega de Vigo para migrar al instituto con el acné puesto y la libido a punto de nieve: “Sean buenos, malos o peores, recordad siempre que lo mejor que tiene este colegio son sus alumnos”. Con la sanidad pasa lo mismo: lo mejor de los hospitales es la humanidad que está dentro, en pijama, en camisón, en bata o en uniforme; lo demás es inventario.

Hoy me contó Jesús, uno de los técnicos de radioterapia, que muchos de los radiados acaban pidiendo la máscara hecha a medida con la que nos atornillan todos los días al a freidora. “Algunos la quieren para destruirla -me explicó-, otros para usarla en carnaval o para quemarla directamente en la hoguera de San Juan”. Yo también quiero la mía; siempre puedo exponerla en el CGAC como obra de arte contemporáneo. He visto cosas peores.

Que mis alumnos de la Facultad de Derecho me hayan votado para salir en la orla de su graduación es otro de esos regalos que me hacen crecer como ser humano. Los del departamento de Xornalismo impartimos en primero de Derecho Técnicas de comunicación oral e escrita aplicadas ao Dereito, que yo di dos años. Los que ahora se gradúan me juran que lo habrían decidido igual aunque estuviera sano, y no tengo motivos para pensar que a los futuros abogados los educamos en la trola ya desde la Universidad. Gracias. No, si cuando digo que tengo la sensación de estar asistiendo a mis propias honras fúnebres en vida…

Ya solo me quedan cuatro sesiones en el acelerador lineal para completar la treintena. Tengo la oreja derecha como para echarla al cocido, pero confío en recuperarla. Con lo que me gusta a mí que me coman la oreja… en crudo.

Los martes lo de siempre: sesión de control, agujas, análisis, farmacia, papeleo, oncólogo y residentes… Solo pienso en que llegue la semana que viene para desbrozar el musgo compostelano en el Mediterráneo. No queda nada. Una semana en Cataluña, otras dos de vacaciones terapéuticas y de nuevo en orden de marcha para afrontar los ciclos de quimio a dosis más brava: droga para cinco días, colocón para veintitrés. Y así seis meses. Antes me tendrán que hacer otra resonancia magnética para comprobar que la invasión alien sigue contenida.

Atención a lo que me ha dicho mi hijo esta tarde mientras cenaba: “Papá, en la radio están hablando de Pokemon. Eso me gusta a mí, tengo cromos”. Excepto por un par de detalles, la frase no tendría más interés. El primero, que Mikel tiene tres años. El segundo, que Pokemon, para los que estéis fuera de la actualidad política gallega, es el nombre de una operación anticorrupción dirigida por la jueza de Lugo Pilar de Lara que salpica de mierda a un montón de ayuntamientos. Mal sabe el enano que lo de la radio no son dibujos animados. Está visto que lo único incorrupto en este país sigue siendo el despojo de Santa Teresa de Jesús.

Me acaba de venir a la cabeza una frase que mi padre siempre le clava a su médico cuando le dice que se descubra el brazo para colocarle el tensiómetro: “Mire, doctor, yo la tensión la tengo bien, ¡lo que tengo baja es la pensión!”. Debe de ser por eso que le han subido un ridículo euro y medio al mes y otro tanto a mi madre. Un capital. Cuesta más la carta que les enviaron para comunicárselo que la subida. A veces tengo la impresión de que nos gobierna Calamardo.

Me voy al sobre con el veneno en la barriga y con mi cabeza mutilada en otra parte. Últimamente siento una curiosidad insana por saber dónde y cómo se conserva mi trozo de cerebro. ¿En la sección de frío? ¿En ultracongelados? Nunca pensé que me fueran a pasar cosas tan raras. Pero pasan, ya lo cantaba The Radio Dept. La letra parece hecha a mi medida. Y después otra de propina, también muy propia: It’s the end of the world as we know it, and I feel fine. Buenas noches. Abrazos radiactivos; un beso atómico de largo recorrido.