47. Humor negro y notas compostelanas

por Nacho Mirás Fole

Si me tomo un descansillo de fin de semana espero que no me lo toméis a mal. La ciclogénesis, la radiactividad y los citotóxicos me han dejado hoy escarallado, que no quiere decir desanimado. Cuando los médicos me dijeron que el cansancio que provocan la física y la química no se curan en el sofá, era cierto. Por eso, durante el último mes, a la que me veo flojo echo a andar, me reactivo y ya no paro. Pero la ciclogénesis explosiva de hoy en Galicia ha sido tan salvaje que me he tenido que poner a cubierto y claro, se me ha hecho de noche sin pegar palo al agua.

El detalle más interesante del día ha sido encontrarme en los pasillos del Hospital Clínico de Santiago con un forense al que conozco desde hace muchos años: “Hostia, Benito -le dije- cuando te toque abrirme el tarro, comprueba que me sacaron el tumor correctamente, que no se dejaron dentro cualquier porquería. Y ya me contarás”. Reconozco que no todo el mundo vale para bromear con un forense sobre su propia autopsia. Casi mejor, conociendo a tanto médico de vivos y de muertos, no donaré el cuerpo a la ciencia, no vaya a ser que en plena clase de anatomía se le ocurra a alguno darle conversación a mis despojos. “Joder, Mirás, estás tan callado…¿Te subo la cremallera?”.

“El humor negro me ayudó mucho, muchísimo”, me dijo alguien que pasó por algo parecido a lo mío por partida doble, con él y con su padre. A mí tampoco me va mal. Me voy a dar a las drogas no sin antes dejar un regalo para que la próxima vez que visitéis la Catedral de Santiago -algún año dejará de llover- os subáis a los tejados y los veáis con otros ojos. Hay quien todavía piensa que es una leyenda que allá arriba, sobre las cubiertas, viviese una familia completa, matrimonio, tres niños y unas gallinas. El reportaje que os dejo es producto de una intensa investigación y cuenta la realidad de lo que fue para la familia Fandiño residir en semejante sitio. Ahí van la literatura, por una parte, y el infográfico de Manuela Mariño por la otra. Así que si alguien os dice que todo es un cuento, contestadle con papeles. Eso de “Lo leí en el periódico” o “lo escuché en la radio” todavía aporta autoridad a la hora de argumentar en el bar. Es bastante más real el mundo que hubo arriba que el que dicen que hay abajo, ni lo dudéis. Lo publiqué en La Voz de Galicia el 27 de septiembre de 2009 y dice así:

Una familia en el tejado de la catedral

Ricardo Fandiño fue el último campanero de la basílica compostelana y vivió a cuarenta metros de altura, con su mujer y sus hijos, durante veinte años

         Nacho Mirás

 27/9/2009

Ricardo Fandiño Lage lo anotaba todo. Y por eso están bastante bien documentados los veinte años -de 1942 a 1962- que vivió con su mujer y sus tres hijos en una pequeña casa construida sobre el tejado de la catedral de Santiago, el hogar reservado a la familia del campanero. En sus legajos hay dibujos, croquis, anotaciones a mano e incluso un día resumido, a máquina, en el anverso de un sobre del Banco de Bilbao. Y gracias a esos documentos y a sus hijos podemos saber, once años después de la muerte de Fandiño, cómo era la vida de los últimos seres humanos que residieron, literalmente, en los tejados de la catedral de Santiago, a cuarenta metros del suelo.

«16 de enero de 1942. Entro de campanero cobrando 180 pesetas al mes. Era fabriquero don Antonio Villasante; deán, mi padrino, don Salustiano Portela Pazos; y tesorero don Claudio Rodríguez. En esta fecha, todos los empleados teníamos el mismo sueldo, 180 pesetas al mes». Fandiño, un joven sastre oriundo de Sobrado dos Monxes, hace su primera anotación a la edad de 28 años, y la acompaña de un documento oficial del Ayuntamiento de Santiago que da fe de su empadronamiento en la ciudad en 1940.

Quizás sabía que era el último de un oficio condenado a la extinción; puede que por eso decidiera dejar su memoria por escrito. «La humedad era lo peor», cuenta Jesús Fandiño, hijo de Ricardo que, hasta bien cumplidos los veinte años, compartió con sus padres y con sus hermanos Ricardo y Feli la pequeña casucha que se ubicaba en el tejado de la catedral, junto a la torre de la derecha según se ve la fachada desde el Obradoiro.

El mundo era diferente allá arriba, con unas vistas sobre la ciudad que hacían que uno fuese una especie de guardián de una atalaya de la cristiandad. Los Fandiño hacían su vida sobre las cabezas de los demás compostelanos; eran los compostelanos que más cerca estaban del cielo. Y eso era extraordinario.

«La vivienda a la que fuimos tendría unos trescientos o cuatrocientos años -cuenta Jesús-con una cocina amplia, un comedor y dos habitaciones. Ahí estuvimos hasta que empezaron a remodelar los tejados, quitaron toda la teja, la porquería que había y nos trasladamos a Entrerríos».

No solo vivía gente allá arriba. También había gallinas y un gallo que cantaba puntual cuando el sol comenzaba a asomarse por detrás de San Paio de Antealtares. El gallinero estaba instalado en una nave lateral, flanqueada por almenas, que se levanta muchos metros sobre el claustro. El quiquiriquí del gallo de Fandiño fue tan famoso en Compostela como su dueño. Y no había en todo el entorno unos huevos más santificados que los de las gallinas aéreas del campanero.

«1943. Año Santo. El fabriquero Villasante me dio cinco pesetas por cada repique en las peregrinaciones oficiales que entrasen en la Catedral», recoge el sastre en sus anotaciones. «Lo de que matábamos un cerdo allá arriba es una leyenda urbana, seguramente eso lo hacía la persona que vivió allí antes que nosotros, el anterior campanero; pero es una leyenda bonita, así que no me importa que lo digan», explica Jesús Fandiño Vidal que, no obstante, precisa: «Lo que sí teníamos eran muchas palomas a tiro para comer».

Ricardo se incorporó, primero, como campanero, al jubilarse su antecesor en el cargo, José María González. Pero como había que llenar las barrigas, y las 180 pesetas del sueldo estaban muy justas para cinco, empezó a coger encargos como sastre en casa, primero en una habitación de la torre de la campana, junto a la vivienda, y a partir de 1961 unos pisos más abajo. «Con la misma habilidad y destreza que maneja las campanas, volteándolas con agilidad pasmosa, corta un traje de caballero de impecable línea», decía un reportaje publicado por el Diario de Barcelona en 1968.

Al morir el sastre oficial de la catedral, Emilio Quinteiro, Fandiño pasó a ocuparse de los arreglos del clero. Lo malo es que el personal eclesiástico acostumbraba a abonarle el trabajo de palabra, con un «que Dios te lo pague, Fandiño», que no servía para comprar patatas en las tiendas de Santiago. Y así no había manera. Por eso siguió cosiendo para los hombres, y no para Dios. A diferencia del Quasimodo de Víctor Hugo, Fandiño existió de verdad.

Un grupo de rock casero sobre los restos del Apóstol

Ricardo Fandiño Vidal, el hijo pequeño del campanero, es el único de los tres que vino al mundo en la casita que había sobre el tejado. Era el año 1945 y Encarnación se puso de parto a cuarenta metros del suelo, y eso seguro que fue una señal para un niño que llegó a acompañar con la guitarra, cuando se hizo mayor, a estrellas de la talla de José Luis Perales y a Raphael. «Yo tenía cuatro años -cuenta su hermano Jesús- y recuerdo que subió la comadrona con una bolso negro. Cuando me enseñaron a Ricardo, que era rubito, mi madre, para no darme explicaciones sobre los misterios de la vida, me dijo que lo había subido la comadrona en su bolso. Y yo me lo creí, claro». La actividad de los Fandiño Vidal no se limitaba a la vida normal de una familia, a la sastrería o al tañido de las campanas. Los chavales, que eran revoltosos como correspondía a su edad, llegaron a formar un conjunto, al que bautizaron Rhytmen, en el que Jesús tocaba la armónica y Ricardito el bajo y la guitarra. ¿Y dónde ensayaban? En casa, sobre el tejado. Y sonaba divino, claro.

Cómo hacer sonar una campana sin levantarse de la cama

Además de campanero y sastre, Ricardo Fandiño Lage también fue tiraboleiro, una de esas personas que se ocupan de dirigir el vuelo del botafumeiro. Y gracias a esa misión consiguió demostrar que es posible estar en misa y repicar: como, en los años de muchas peregrinaciones, el vuelo del botafumeiro coincidía a menudo con las horas a las que había que tocar la campana, era Encarnación la que se ocupaba del sonido, convenientemente documentada con unas originales partituras que Ricardo le escribía a mano.

La jornada del campanero arrancaba a las seis de la mañana y terminaba al anochecer, de sol a sol, día sí, día también. Pero el ingenio del de Sobrado dos Monxes no conocía límites. Harto de tener que levantarse para el primer toque, con un cable, poleas y mucha habilidad inventó un sistema que supuso un gran avance en la tranquilidad familiar de los Fandiño Vidal: Ricardo consiguió tocar la campana grande de la basílica desde su propia cama, sin levantarse; domótica de los años cincuenta.

Ni váter ni bicicleta, pero con buenas vistas

Aunque vivir a cuarenta metros tenía sus ventajas, no era algo que careciese de inconvenientes. Jesús Fandiño, el hijo mayor del difunto sastre y campanero de la catedral compostelana, cuenta que el agua se llevó al tejado cuando su familia se instaló, pero que quienes ocuparon la pequeña casita antes tenían que apañárselas subiendo calderos a pulso.

-Perdone el atrevimiento, Fandiño, ¿y lo de ir al servicio como lo solucionaban?

-¿Ves ahí al fondo, donde estaba el gallinero, hacia el claustro?

-Sí, debajo de las almenas…

-Pues mira si había o no metros de servicio ahí. Acababa todo en el gallinero.

Otro de los problemas serios se producía en ciertos días de viento. Al estar la vivienda encajada entre la torre y la nave central, el tiro de la chimenea era nefasto, y los Fandiño acababan ahumados como arenques.

Secretos de altura

Desde Madrid, Ricardo Fandiño, el pequeño de los tres, el único que nació en la mismísima catedral, se emociona al recordar todo aquello: «Para mí era un lugar natural, era mi lugar». Y cuenta un secreto que tiene mucho que ver con aquella manera de vida: «Hoy, con más de sesenta años, todavía no sé montar en bicicleta. Y no aprendí porque eso se hacía en la calle, pero nosotros no jugábamos abajo, sino que subían nuestros amigos al tejado, que era mucho más divertido. Y en aquel plano inclinado la bicicleta no era una opción».

Su hermano Jesús enseña un pequeño campanario de piedra que hay al final del tejado de la nave central de la basílica santiaguesa. Ahora está vacío, solo queda el arco, pero durante mucho tiempo hubo una pequeña campanita que era todo un sistema de telecomunicaciones: se accionaba desde abajo con una larguísima cuerda y servía para llamar a servicio al campanero. «Lo que nunca dejamos de tener fue gato, porque había muchos ratones», añade Fandiño. Tanto Ricardo hijo como Jesús recuerdan con especial cariño a un micifú que no es que cazase demasiados ratones, pero que era un monstruo con las palomas, el amo. «Igual que mi cuñado, el asturiano, cuando venía de visita», bromea Jesús. Otro secreto es una losa que se encuentra sobre una de las ventanas de la torre, en el exterior, hacia Platerías: «¿Sabes para qué servía? Ahí encima ponía mi madre a secar los quesos». Los quesos mejor ventilados de Santiago.

Para terminar, música ochentera que me sigue poniendo como una moto.  Matia Bazar. Ti sento.