43. Los orígenes. Dame veneno.

por Nacho Mirás Fole

A unas horas de otro episodio de hostilidades, recupero un texto antiguo que me sirve para reflexionar sobre los orígenes; quién soy, de dónde vengo, a dónde voy… A dónde voy lo tengo claro: De momento, y por catorce sesiones todavía, a la Siemens Primus del servicio de Radioterapia del Hospital Clínico Universitario de Santiago -la churrería atómica- y a la guerra química de la Temozolomida. Mañana, además, toca control general. A los que me saludáis por los pasillos de oncohematología o de radioterapia -incluso en la calle-, muchas gracias. Y a los que, encima, me dais las gracias, más gracias todavía. A este paso, con tanto buen rollo y tanto abrazo, el hospital de día va a parecer un congreso de Oblatas. Con mis mejores deseos para todos los que os habéis alistado, ahí va, en reedición, Tardes de crónica negra, que arroja algo de luz sobre este fulano que firma. Lo escribí hace unos años, y dice así:

El periodismo de sucesos me vino de casta, aunque soy el único de la familia que lo ha ejercido de manera colegiada. La culpa fue de una hermana de mi abuela que estaba suscrita a El Caso. En la casa de la tía de mi padre en O Sobreiro, (Lavadores-Vigo), el suelo de la cocina siempre estaba tapizado con los crímenes de la semana pasada. En aquel gres de la tía Carmen, sentado en una banqueta de formica con las piernas colgando, descubrí mirando hacia abajo la narrativa forense de Margarita Landi y de Paco Pérez Abellán, padre de mi amigo Paco Pérez Caballero. Y conocí a Eleuterio Sánchez El Lute antes de que le trasplantasen la cara de Imanol Arias. En aquella enciclopedia del crimen de usar y tirar aprendí unas nociones básicas de criminología que, más tarde, reforcé en televisión a través de películas y series en las que al asesino siempre lo pillaban porque regresaba como un bumerán tarado al escenario del crimen. Con Colombo hice un máster en blanco y negro. Pero la base de mi educación criminológica está en casa de la tía Carmen y en esa devoción que le profesaba la hermana de mi abuela al semanario más desgarrador de la prensa española. Para cuando me licencié en Periodismo en Barcelona, en 1994, ya tenía más horas de vuelo en las morgues del Estado que muchos estudiantes de medicina.

La tía Carmen tenía toda una semana para documentarse antes de que llegasen los cadáveres nuevos. La abuela Pura no sabía leer. Pero se conocía hasta las telarañas de los archivos de las comisarías españolas gracias a las explicaciones que le daba por las tardes su hermana, tomando la fresca, en aquella escuela alternativa de práctica jurídica que mi familia montaba en la calle. Tengo muy vivo el recuerdo de los sábados por la tarde en O Sobreiro, que era un plató de telerrealidad del país. En la acera, la plaqueta marrón que revestía la casa de Carmen y Benito -esa plaqueta todavía existe- hacía de respaldo. Cada vecino se llevaba su silla y acudían, puntuales como clavos, los demás tertulianos: Moncho, Chirula, Carme do Román, La Navarreta, Marcial el de la tienda… No era raro que apareciesen de visita en aquellas tardes de los años setenta mis tíos del Calvario o un primo de mi padre que trabajó como investigador privado y al que le quedó para siempre el apodo de O detetive. Mi padre siempre dice: “Meu primo, o detetive”. La plana mayor de Scotland Yard de Lavadores. El cuadro lo completaba Milito, primo también de mi padre y enterrador titular de Santo Tomé de Freixeiro, que venía a arreglar algún asunto funerario o para organizar el desahucio de un cadáver caducado que debía dejar sitio a otro más fresco. Milito jugaba al Tetris con la muerte: nadie sabía organizar mejor el espacio de un nicho para urbanizar, sin aprietos, a un finado y los huesos de otros seis enlatados en zinc.

En aquellas tertulias del Sobreiro, decía, se destripaba a los vivos y se devoraban las entrañas de los muertos. Y la tía Carmen, el ministro portavoz, informaba de la maldad española con tanta autoridad que daba gusto escucharla. “¡Lo mató chas, chas, chas y pintó las paredes de la casa con sus entrañas, así como te lo digo, Purita, un salvaje!”.

Mis hermanos y yo escuchábamos calladitos y educados, como hacían antes los niños cuando hablan los mayores. Como para meter baza en semejantes expedientes. Y la tarde se hacía larga en aquella mesa de autopsias de O Sobreiro. Pasó mucho tiempo hasta que me di cuenta de qué manera el periodismo de sucesos había marcado la vida de mis antepasados y, por genética, la mía propia. Fue cuando descubrí que a Enrique, otro primo de mi padre -un día escribiré sobre ellos, que son una tropa-, lo apodaban Chessman porque era clavado a un criminal al que gasearon en el penal de San Quintín. “Meu primo O Chessman”, decía Mirás. Entonces entendí también por qué, cuando hacías una trastada, mie abuela me revolvía el pelo y me decía: “¡Ahhhhh, Landrú? De aquellos polvos vinieron estos lodos. Y ya después, con el paso del tiempo, el título, el periódico… La vida, que es la verdadera crónica de sucesos propia.

Hoy ya no me dedico casi a redactar de tripas. Bueno, de momento cuento el suceso en el que vivo instalado, pero como hobby, que para eso estoy de baja. Solo una cosa más: si un día no escribo, que nadie se preocupe más de lo necesario. Puede ser simplemente que me apetezca descansar. Si la cosa se alarga, consultad entonces las esquelas de La Voz de Galicia, que por convenio me tienen que poner una en un sitio visible. Por cierto, ahórrense la tinta de la cruz, que no están los tiempos para derrochar en rayas. No es nada personal. No diréis que no mola estar seguro de que tu necrológica saldrá gratis en el quinto periódico de España. Voy con la droga dura. Qué mejor que esta canción de Los Chunguitos para amenizar el envenenamiento controlado de mis células. “Dame veneno que quiero morir, dame veneno. Antes prefiero la muerte que vivir contigo, dame veneno, ay para moriiiiiir”. Lo de que quiero morir, astrocitoma anaplásico de los cojones, es una licencia poética. Buenas noches. Mañana más.