40. Qué bueno que viniste…

por Nacho Mirás Fole

Con quince sesiones de radioterapia y veinte de quimio, todavía sigo siendo yo. ¿O quizás soy más yo que antes de que me diagnosticaran un cáncer? Cuando me preguntan cómo estoy suelo contestar con la frase que me decía a mí Isaac Díaz Pardo: “¡Vivo, estoy vivo!”. Queda otro tanto en la freidora radiactiva del Hospital Clínico Universitario de Santiago de Compostela y varios ciclos de citotóxicos al triple de dosis. Si después de semejante invasión los médicos consiguen de verdad matar solo lo malo y dejar lo bueno, entonces les deberé la vida. No está en mis planes deberles la muerte. En todo caso, estamos todavía en el camino, doctores, tómense su tiempo.

Ya he contado que para radiarme el cerebro con precisión me sujetan cada día la cabeza a la camilla del acelerador lineal Siemens Primus con una máscara de plástico hecha a medida. “¿Qué hacéis con las máscaras una vez que termináis el tratamiento?”, le pregunté el otro día a uno de los técnicos. “Se tiran -me respondió- no valen para nadie más”.

-¿Y si quiero quedármela?

-¿Y para qué vas a quedártela?

-No sé, para acordarme de todo esto.

-¡De todo esto lo mejor es olvidarse!

Puede que no le falte razón al churrero atómico, pero yo estoy convencido de que el vaciado plástico de mi cabeza quedaría estupendamente decorando en 3D una pared, aunque sea la del trastero. Siempre he sido un chatarrero.

Cualquiera que tenga la idea de que la sala de espera de radioterapia es un lugar triste donde la gente comparte las penas debería darse una vuelta por la del Clínico de Santiago a la hora que voy yo. Allí se encontrará a J., por ejemplo, un tipo de Vista Alegre que habla alto y que dice lo que piensa sin contemplaciones. Generalmente pone a parir al Gobierno, a Aznar, a Ana Botella… Y lo hace con gracia. Eso le quita hierro a la seriedad de lo que se cocina detrás de las puertas. Es difícil que no acabemos descojonándonos por la ocurrencias de un compañero de lucha que, siempre que despotrica de la realeza o de los políticos, acaba las frase con la misma jaculatoria: “¡A nai que os pareu! (la madre que los parió)”.

J. suele entrar en el acelerador justo después que yo, así que cuando nos cruzamos en el pasillo le digo: “Te queda la máquina caliente, aprovéchala”.  Estar de una pieza después de tres semanas de caña química y radiactiva, no obstante, tiene algunos inconvenientes. Corres el riesgo de que los que te rodean te vean demasiado entero y te exijan que funciones como antes; lo que llevas dentro lo sabes solo tú. Que nadie pierda la perspectiva.

En todo caso, la energía mediterránea que necesitaba para acabar bien la semana me llegó por el aire y ninguna ciclogénesis fue capaz de impedirlo. Cuando accedí a la sala de llegadas A del aeropuerto de Lavacolla, todavía con la noche encima, me sorprendió encontrarme con un espacio lúgubre y mal iluminado en una terminal que nos ha costado una pasta a los contribuyentes. Además, la terraza de la cafetería, un negocio privado, se come la zona pública y deja solo unos pocos metros para el reencuentro. Una millonada en la nueva terminal para acabar desembarcando en un trastero. Y cada cinco minutos, que son eternos cuando esperas noticias del cielo, un trenecito infantil que funciona con dinero y se come otro metro cuadrado toca a toda pastilla: “Hola, don Pepito, hola, don José”. El horror.

Como ya no me callo nada, como J., mientras llegaba mi viajera me fui al mostrador de AENA y, sin tono borde, le dije a la chica que estaba detrás: “Buenos días. He visto tanatorios mejor iluminados que la sala de llegadas. Entre el tiempo que tenemos fuera y la penumbra de dentro, lo raro es que alguien quiera aterrizar aquí”. Después se quejarán de que disminuye el tráfico aéreo. Aunque la empleada me contestó que quizás hubiera un fallo eléctrico derivado del temporal, a los cinco minutos la luz se hizo, justo cuando se abrieron las puertas y desapareció el riesgo de abrazar, equivocado, a un técnico de mantenimiento. Protestar sirve. Ahora hay que conseguir que AENA coloque los paneles informativos junto a las puertas y no en el quinto carallo. Y mantener a raya a los chiringuitos privados que nos comen el espacio que pagamos todos. En todo caso, logística aparte, tengo medio lleno el saco de los abrazos que me han llegado por vía aérea. Si de aquí a mañana consigo llenarlo entero, que se preparen en la freidora.

Ahí van Los Secretos, en acústico. A los resucitados nos pone la letra, que es toda una declaración de intenciones. Puedes llevártela en el avión de vuelta sin pagar suplemento; pesa poco para lo mucho que dice. Feliz domingo.