38. Burrocracia semanal en la era espacial

por Nacho Mirás Fole

“Ya te vi ayer en la tele, neniño, te sacaron bien, pero estás más guapo en directo, mucho mejor que en el periódico”. Escuchas eso a primera hora de la mañana en el pasillo del Hospital de Día de Oncología y te ves capaz de invadir Portugal. La mujer que me lo dijo tendría setenta años. Pero el piropo me sentó de bien como si ella tuviera 26. Quiero pensar que las señoras de setenta no le mienten a un paciente oncológico. ¿Baila?

Hoy me han radiado a las nueve, así que he cambiado un poco la rutina, que tampoco viene mal. Mi festival diario de fotones vuelve mañana a su horario habitual. Después de las hostilidades radiactivas he caminado largo hasta el centro de salud para cumplir con la burocracia sanitaria. Parte de confirmación de baja número 18. Y los que quedan. Burrocracia de papel mientras estamos pensando en mandar fulanos forrados de papel Albal a plantar repollos a Marte. ¿Quién dirige la mecánica de los partes semanales obligatorios? ¿Matusalén?

Después me hice mis kilómetros para entregar el parte en mano en la empresa, en la facultad… Podría hacerlo por correo electrónico, pero ya que estamos prefiero caminar. Lo que jode es que el trámite sea semanal. Y, como ya dije, de ir al ambulatorio a buscar la baja no te libras. Si se trata de que te despidan, sin embargo, lo pueden hacer por buró fax. Le firmas la entrega al cartero y estás en la puta calle. Así de simple. Disfruten lo votado.

Como también he contado, cada día redescubro olores nuevos. Con el trozo de cerebro que me rebanaron en la operación del 12 de diciembre del 2013, con su correspondiente astrocitoma anaplásico dentro, el neurocirujano se llevó casi toda mi memoria olfativa, así que sigo acumulando novedades. Ayer olí por primera vez la pintura en un plató de la Televisión de Galicia. ¡Qué colocón! Por la calle, los perfumes de la gente son todos nuevos. Me pasa también con los sabores. Este mediodía me he reencontrado con el cocido, del que recordaba que me gustaba, pero no a qué sabía cada ingrediente. Menuda alegría: comida exótica con grelos.

No siempre es una sensación agradable volver a almacenar olores y sabores. Sobre todo porque se graban por separado, me explico: de una sopa no guardo el recuerdo del sabor a sopa, sino cada ingrediente: el agua, la pasta, la carne o los tropezones… Y detecto a menudo un olor afrutado que lo mismo está presente en la Coca Cola Light que en el Disiclín o en la crema hidratante.

Noto que me crecen más rápido las uñas; serán también efectos de la física o de la química. Cualquier día empiezo a disparar telas de araña por las muñecas y tengo que pedirle a mi madre que me calcete un traje para salvar a la humanidad. Y sigue acentuándose la sequedad de la boca. Como no creo que me vayan a hacer una transfusión de saliva allí donde me la quitan, tendré que probar con alguno de los inventos que la gente me receta: zumo de aloe vera, poner una gominola debajo de la lengua… El recurso de la saliva artificial me da más asquito que la posibilidad de buscar donantes. Bueno, depende de la donante. Tampoco pongáis esa cara, que anda que no hemos intercambiado todos salivazos y gérmenes con bocas ajenas desde bien jóvenes. Y sin causa médica. Vaaale, lo dejo.

Hoy les he puesto a mis hijos la versión de Palabras para Julia, de José Agustín Goytisolo, que hicieron Los Suaves, la que cerraba el post de ayer. Y les ha entusiasmado. La blogoterapia es un tratamiento autorrecetado que complemento con músicoterapia. Hoy me voy a la cama con una banda sonora que me emocionó cuando Televisión Española estrenó El Gran Héroe Americano. Teníais que verme con diez años, decidido a pedirle matrimonio por teléfono a Connie Selleca y traérmela para A Salgueira. Me voy al sobre, que ya está el agente Bill Maxwell gritando: “¡Ponte el pijama, muchacho!” Stay tuned; to be continued.