32. Carta a Henning Mankell

por Nacho Mirás Fole

Escribirle de tú a tú a Henning Mankell me trae a la memoria una escena que presencié en Barcelona a principios de los años noventa. El entonces presidente de la Generalitat de Catalunya, Jordi Pujol, visitaba un centro gallego, una de esas embajadas de la diáspora en la que yo trataba de buscarme la vida como profesor de gaita.

Como toda asociación legal, aquel colectivo de emigrantes tenía su propia junta directiva. Y el tipo que la encabezaba, que creo que era taxista, no se anduvo con hostias: Fue cruzar la puerta Pujol con su séquito y el jefe de los gallegos emigrados le espetó: “Señor Pujol, ¡de presidente a presidente!” ¡Ole tus cojones!, me dije al escuchar a mi compatriota. Claro que enseguida pensé: También tiene razón; qué más dará el número de presididos, el asunto es presidir. Complejos, los justos. Así que, querido y admirado Henning Mankell, de presidente a presidente:

Ni yo conozco Suecia ni tú la empanada de mi madre, y a eso hay que ponerle remedio. Aunque tú vives de escribir lo que quieres y yo de hacer lo que puedo o lo que me dejan; aunque tú eres Dios y yo un humilde fontanero del periodismo, leo con agrado que has decidido hacer pública tu lucha contra el cáncer a través de una columna en el Göteborgs-Posten. Digo lo de “con agrado” porque eso nos une: yo llevo haciéndolo cuatro meses a través de este blog y te puedo asegurar que me ayuda mucho. A ti te ayudará también. Ojalá coincidiésemos escribiendo de las enfermedades ajenas y no de las propias, pero en el bombo de la vida una mano ha sacado tu número, el mío, el de mi amigo y admirado José Luis Alvite… Y el sorteo sigue. Aunque nos separan la tierra, el idioma, la edad y la cuenta corriente, el cáncer, el puto cáncer, Henning, nos junta en este viaje en el que no podemos hacernos los suecos.

Tú creías que tenías una hernia discal -deberías conocer a mi padre, que sufre más por las hernias fiscales que por las discales y por la pensión que por la tensión- y, de un día para otro, te ataron un lazo rosa. Lo mío tampoco fue tan diferente. Escribías ayer en el Göteborgs-Posten que la ansiedad que te provocan tus tumores “es muy profunda” aunque, a grandes rasgos, puedes mantenerla bajo control. Conozco bien esa sensación, que también es la mía. Y dices que quieres afrontar la narración de tu cáncer como una lucha “desde la perspectiva de la vida”. En eso también somos iguales, desconocido sueco; desde la perspectiva de la muerte ya se encargan el enterrador y el señor de marrón que viene cada mes a cobrar el recibo del seguro de decesos. No me digas que también te gusta Abba.

Lo tuyo es grave, pero lo mío no es leve: ataque epiléptico por sorpresa; tumor cerebral; craneotomía pterional y tres placas de titanio; anatomía patológica con resultado de astrocitoma anaplásico en grado III; y ahora, desde hace ya más de una semana, radioterapia y quimioterapia a todo lo que aguante el animal. Los detalles están en los otros 31 textos de este blog, pero seguro que tienes más cosas que leer o que escribir. Te saco ventaja.

Cuando yo empecé a enseñar mis paños mayores aquí para poner en orden mis sentimientos y dolerme acompañado, como suelo decir, no me esperaba que conseguiría alistar semejante ejército para llevármelo a la guerra. Y si lo he hecho yo, que a tu lado soy un breve en una página par, qué no conseguirás tú. Como comparar a Xan das Bolas con Ingrid Bergman.

Hoy, Henning, cuando van ocho días de tratamiento, han empezado a flaquearme las rodillas y tengo menos apetito, pero confío en que sea una sensación pasajera. Hasta ahora no había ocurrido. A ti y a mí nos van a meter mucha física y mucha química en las entrañas y toda esa carga, como el estrés o la rabia, afectan por acumulación. Hoy he asistido a la octava sesión de radioterapia en la churrería radiactiva del Complexo Hospitalario Universtario de Santiago y, mientras me cocinaban el cerebro, una mano anónima borró el “Ignacio” de mi tarjeta de paciente oncológico y lo sustituyó por “Nacho”, sabiendo que me hacía ilusión. No podía menos que agradecérselo al personal con una pedrea de Toblerones importados de Suiza por mi amigo Juan Capeáns. Bah, retazos de mi nueva vida como paciente oncológico.

Termino, que hoy estoy especialmente cansado y soy consciente de que tengo menos posibilidades de que me leas que de que los Reyes Magos me traigan un Scaléxtric. Si los dos salimos de esta, que vamos a salir, te propongo en todo caso un trato: tú regresas a Galicia y pruebas la empanada sobrenatural de mi madre. En la sobremesa te pondré al corriente de una cantidad de sucesos tal que convencerás a Wallander para que se mude a un piso en Fontiñas, junto a los juzgados de Santiago, donde se corta el bacalao de las tragedias españolas. Aquí, de un tiempo a esta parte, en la crónica negra somos los putos amos. Hasta conseguiré que mi compañero Xurxo Melchor te presente al juez Vázquez Taín, a cuya mesa van a parar los asuntos más gordos. Estoy seguro de que si nos invadieran los extraterrestres, el caso le tocaría también a Taín. En compensación -vale, serás Mankell, pero la empanada de Toñita no la vas a encontrar en Ikea-, yo vuelo a Suecia -corro con los gastos, faltaría más-, tú me guías por tus dominios y me dices cómo carallo tengo que hacer para que tu hijo Kurt Wallander deje de tener la cara de Kenneth Branagh. Es como cuando me hablan de El Lute, no dejo de ver a Imanol Arias. ¿Hay trato? Ánimo con lo tuyo amigo, ánimo con lo mío. Si el cáncer y los periódicos nos han unido, que sea por una buena causa. Venceremos nós, Henning, que en el otro mundo nunca saben qué hacer con los muertos de izquierdas. Lo sé por todos los difuntos de mi familia que siguen ocupando ilegalmente las ruinas del purgatorio. Un abrazo radiactivo.