31. Día completo, día Comansi

por Nacho Mirás Fole

Diario de campaña. Día 9 de las hostilidades. Si al enemigo no lo freímos con los aceleradores lineales del Hospital Clínico Universitario de Santiago o lo envenenamos con lingotazos de Temozolomida, siempre nos quedará la posibilidad de ahogarlo. Y que nadie me venga con que en Santiago la lluvia es arte; ¡la lluvia es agua, señora! Y qué manera de caer. Hoy ha tocado ITV en el cuartel general: análisis de control, visita al oncólogo y radiación vuelta y vuelta; me he ganado el sueldo que me paga la Seguridad Social.

En el hospital de día del servicio de oncología los resultados de los análisis corren prisa. De lo que te salga depende que puedas continuar o no con el tratamiento, así que el revelado es rápido, casi a la misma velocidad con la que la señora Julia, viuda de Sandine, positiva los carretes de 35 milímetros de los turistas japoneses en su tienda de la Rúa do Vilar.

Con la vena perforada y taponado con algodón y esparadrapo acudí a la puerta 11. Cuando entras en el depacho de un oncólogo la sensación es parecida a la que tienes si te llaman del departamento de recursos humanos de la empresa: o te perdonan la vida o date por jodido. Desconfiad de toda gestión sanitaria o laboral que no se pueda resolver por teléfono. Esta vez hubo suerte. “Los análisis están perfectos -dijo el especialista- está todo muy bien. ¿Algún síntoma?”. La verdad es que, excepto el hormigueo en los dedos que se suaviza escribiendo o tocando a la gaita electrónica a toda hostia The Clumsy Lover, no. Me dan más náuseas algunas noticias y algunas personas que la quimioterapia, y eso dice mucho de mi resistencia física al Temadol y poco de mi tolerancia hacia el género humano. Pero se trata de cáncer, no de principios.

Antes de despedirme con un apretón de manos y de darme la enhorabuena por haber sobrevivido a la primera semana de tratamiento físico y químico, el doctor me recomendó que instalase en el iPhone una aplicación para contar los kilómetros que camino cada día. De momento los cuento por horas y me salen no menos de quince o dieciséis. 

Siguiente parada de la mañana: la farmacia del hospital, esa cámara frigorífica en la que el Servicio Galego de Saúde refrigera por igual a los medicamentos y a los farmacéuticos. De ahí sales con tu dosis personalizada de veneno en una bolsa de plástico y con una sonrisa segura. Qué bien sienta un poco de aire del sur en este humedal compostelano.

Papeleos, trámites, citas… Esto de matar al cáncer tiene una logística a la que enseguida te acostumbras, pero da lata. Mientras esperaba mi turno en el mostrador de control me fijé en un cartel que anuncia el banco de pelucas para pacientes oncológicos. “Mondo y lirondo como estoy -pensé- como no done pelos del pecho…”. Es un gran servicio, sin duda. Porque esta enfermedad, en sus múltiples formas, es de las que no se conforma con comerte por dentro. Como yo voy pelado de serie es algo que llevo ganado, no hay mal que por bien no venga.

Ya en la planta -3, la única novedad en la séptima sesión de radioterapia fue musical. Me atornillaron a la máquina número 1 y me frieron una vez más sobre un patrón musical que incluye algún cambio: Do-Do (octava)-Do-Sííííí. Me acuerdo mucho estos días de los dictados del conservatorio. Nadie ha sabido explicarme todavía por qué cada máquina tiene su propia sintonía radiactiva. Soy todo oídos.

Cuando salía de radiarme, en el pasillo me paró un hombre de barba y jersey gris. “¿Nacho Mirás?”, preguntó. No me pareció momento para contestar con el grito de guerra familiar -el que no lo conoce es que no está a lo que está-, así que respondí que sí. “Pues yo -dijo- soy el jefe de la churrería”. Ha sido una manera diferente de conocer a Antonio Gómez, responsable máximo del servicio de radioterapia del Clínico de Santiago. Si se les va la mano con la sartén ya sé a quién pedirle la hoja de reclamaciones. Pero eso no va a pasar. Ahora que tengo el olfato disparado huelo de lejos a los que saben lo que se traen entre manos. Y aquí hay calidad profesional y humana, no es peloteo. La única queja que tengo es el ruido que hacen las puertas. La agudeza auditiva es otro súper poder fruto de la operación en la que me descorcharon el cráneo para sacarme un astrocitoma anaplásico en grado tres con su correspondiente rebozado de cerebro. Así que cada vez que alguien le da un hostiazo a una puerta pienso que va a salir Tejero mandando callar a Gutiérrez Mellado; el corazón en un puño.

Y por fin, después de las cuatro, por si no me había radiado bastante, acudí puntual a los estudios de Radio Galicia-Cadena Ser en Santiago. Si me dicen hace cuatro meses que Carles Francino me invitaría a tomar café con Isaías Lafuente, Juanlu Sánchez, Roberto Sánchez, Jon Sistiaga, Cristina Fallarás o con él mismo en La Ventana no me lo habría creído. No entraba en mis planes ser una celebrity de la oncología, pero el día que decidí enseñar mis paños mayores lo hice con todas las consecuencias. Y qué mejor excusa para ser mi propio reportero de guerra en Prime Time que la etiqueta #atomarporculo, sobre la que Francino y su equipo montaron el programa de ayer. Lo que dije está aquí, incluida mi intención de sodomizar al cáncer. Lo que no dije, pero pienso en firme, son las cosas y las personas que pienso mandar #atomarporculo cuando se acabe esta emergencia sanitaria en la que vivo instalado y pase a ser un enfermo crónico. Sí, lo mío es para siempre. Soy el sueño de cualquier mujer soltera: casado, dos hijos, una gata y un cáncer. Me van a llover las ofertas. Pero, por si eso no ocurre, de momento las prioridades las pongo yo. Si la vida son cuatro días y te dicen que a ti igual te dan tres, me sobra lastre indeseable del que desprenderme. ¡A tomar por culo! Gracias por prestarme el micro amarillo, Francino. Si mañana me convalidan la sesión de radio en la churrería ya te informaré, aunque me da que Gómez va a decir que no. Voy con la droga y os dejo una foto de una de las sesiones radiactivas recreada con clicks por mi amigo Xoán A. Soler y su hija Lola. Mañana toca renovación semanal de la baja laboral, esa mierda burocrática que pienso tramitar yo mismo mientras me mantenga vertical. To be continued.

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