23. Esto no es un simulacro

por Nacho Mirás Fole

“Llega un momento en el que la vida deja de darte cosas y empieza a quitártelas”. Acojona ¿eh? Pues no busquéis la frase en grandes compendios de citas. Y mucho menos en casas de citas. Se la dice en una película el doctor Sean Connery Jones a su hijo, Harrison Indiana Jones Ford, y echo mano de ella con frecuencia cuando vienen mal dadas. Aunque el enunciado es una verdad indiscutible, también es cierto que se puede complementar con la cantidad de cosas nuevas que aparecen durante el expolio; prioridades nuevas; personas nuevas; sentimientos nuevos… Yo los estoy experimentando y seguro que a todos os ha pasado. O, en todo caso, os pasará. Mi abuela Pilar, que era una señora alta de luto que calzaba un 43, siempre decía: “O que non as teña, que as agarde” (el que no las tenga, que las espere). La madre de mi madre no era la alegría de la huerta, pero tenía presente en su discurso cenizo que en esta empresa no hay contratos indefinidos y que lo que hay es que aprovechar el tiempo y regalárselo, si acaso, solo a quien lo merece.

En los capítulos anteriores de estas memorias sanitarias he ido avanzando sobre mi debut en el mundo de la oncología. Ya extirpado un tumor cerebral que salió rana, ahora la estrategia pasa por iniciar las hostilidades radiactivas y químicas para mantener al enemigo apartado de mi sala de máquinas el mayor tiempo posible. Es un tumor caprichoso, un invasor que acostumbra a reincidir. Antes de empezar con la primera de las treinta sesiones de radioterapia con las que me freirán la cabeza a partir de lunes -combinadas con quimio a domicilio-, en el hospital me han convocado para una simulación. Y ha sido colgar el teléfono y pensar en lo bonito que sería que, en realidad, todo esto no hubiese sido más que eso: un simulacro. Ojalá apareciera ahora mismo detrás de una cortina mi amigo Cesáreo Rey Noya, jefe jubilado de los bomberos de Santiago, con un megáfono en la mano: “¡Gracias, por su colaboración, el ejercicio ha salido estupendamente! Pueden disolverse”. Qué putada, Cesáreo, que esto no sea un entrenamiento. 

Pienso que el acelerador lineal es una freidora de churros Siemens de un millón de pavos en la que yo soy el churro. Y me imagino al churrero de la Alameda, Valeriano García Temprano, apuntando un haz radiactivo directamente a mi cicatriz. “De este lado ya estás hecho, espera que te pongo del otro. ¿Te echo azúcar?”. Y así, treinta veces. No sé de nadie que haya mezclado en un mismo texto dos especialidades tan diferentes y complicadas como la radioterapia y la churrería, pero me ha dado por ahí. Seguro que es estrés post traumático. A saber la cara que pondrá el psicólogo de oncología si lo lee. A tres días del fregado, ya he decidido en firme que antes me muero de amor que de cáncer, y así lo he hecho saber en esa declaración de principios escritos que es el estado del WhatsApp. Recordad: Cuidad el fuerte, mantened el fuego encendido y, si no vuelvo al amanecer… llamad al presidente To be continued.