20. Bonus track. Jorge, ese “Hombre”

por Nacho Mirás Fole

Solo hay tres cosas con las que me defiendo más o menos decentemente y con las que podría intentar pagar, en especie, todo este tsunami de cariño que llega a sobrecogerme: el bricolaje, tocar la gaita o escribir. Como no sé si tenéis muebles de Ikea que montar ni si andan los ánimos para escuchar mi versión más enxebre -siempre he creído, insisto, que soy mejor músico que escritor-, voy a tirar por la tercera vía y mandarme uno de esos bonus para tuiteros a los que tanto acostumbra Pedro J. Ramírez. Pero como acabo de resucitar de la madre de todas las migrañas, recuperaré un post del pasado que ahora viene muy a cuento, por cuanto habla de una de esas personas vitales a las que siempre quise parecerme. Jorge Hombre, propietario de O Galo D’Ouro, mítico pub de la noche compostelana, es uno de esos individuos que te cargan la batería con un apretón de manos. Ya hace unos años de esto, pero el espíritu de Jorge, ese “Hombre”, permanece intacto. Para él y para Fernando Varela, mi hermano mayor, y por extensión para todos los que me acompañáis en la trinchera, reedito y os deseo un fin de semana emocionante. Amaos los unos sobre los otros.

Vengo de tomarme una copa en O Galo D’Ouro, uno de esos sitios irrepetibles como su dueño. Se extendió el rumor de que a Jorge Hombre, el propietario, le había pasado algo; se dijo que se había fugado para no volver; se comentó que tenía intención de traspasar el local. A tal punto llegó el rumor que hubo quien visitó a su mujer para proponerle hacerse cargo del negocio, como quien saquea a un muerto que todavía respira. Pero lo cierto es que Jorge existe todavía, y de qué manera. A lingotazos de güisqui, y mientras en la gramola de cedés cantaban por turnos Bonnie Tyler, Pavarotti y Elvis Presley, ahora tú, ahora yo, Jorge nos contó durante sesenta minutos la verdad sobre su ausencia y su verdad sobre el viaje más intenso y también el más peligroso de su vida: el que lo llevó a Mongolia. Este aventurero insaciable, viejo lobo que viaja sólo, nos describió las noches claras en la estepa; los dos meses que en los que convivió con un porteador, chófer y criado nativo al que contrató, todoterreno incluido, por seiscientos dólares; y relató como si leyese un gran libro de viajes cómo cambian los valores humanos a tantos kilómetros de distancia; y cómo bebió cerveza fermentada con escupitajos de mujer sobre leche de cabra, y escuchó sinfonías de lobos que le ayudaron a conciliar el sueño… Jorge sobrevivió a la nada con casi nada, se jugó la vida, las pasó putas para poder tener una experiencia irrepetible y, mira tú por donde, fue a estrellarse, qué ironía, cuando volvía en un taxi desde el aeropuerto de Barajas a Madrid. Subirse a aquel coche, con aquel individuo occidental, fue la experiencia más peligrosa de la travesía, tanto que estuvo a punto de costarle la vida y eso siempre se lo recordarán cada uno de los tornillos que le sujetan el húmero. “Venía de Mongolia cojonudamente de coco y, mira tú, para estrellarme en Madrid”. A Jorge se le empañan los ojos al explicar cómo un taxista con poca pericia estuvo a punto de arruinar esa máquina de viajar que es él mismo. Pero, de todo su relato, me quedo con tres cosas: Cuando dijo aquello de “volamos en un Yakolev y ¡qué cosa! ¡llovía dentro!”; cuando se lavó en un río que difícilmente saldrá en un mapa con jabón de La Toja (contemplado de lejos por un puñado de nativas incrédulas); y cuando convenció a su compañero y porteador, mongol y desconocido, para subir una montaña después de todo un día de caminata para poder disfrutar de un momento irrepetible: ¡Cagar en lo alto de un monte teniendo a sus pies el desierto del Gobi!
“¡Gracias por haberos preocupado de mí!”, nos dijo al despedirnos.
“A ti por existir”, le contesté. Hacía tiempo que no disfrutaba así de una conversación.